Después del partido contra Inglaterra y en la previa de la final, la AFA salió al cruce de las críticas (frontales primero, veladas después y finalmente reculadas) del gobierno por la actitud de los jugadores de mostrar la bandera con el reclamo por Malvinas con un comunicado, del que nos interesa extraer estos dos párrafos: "Cada vez que la Selección Argentina sale a una cancha, no solo representa a una asociación deportiva. Representa a la Argentina. Lleva consigo una identidad, una historia y una forma de entender el juego que el mundo reconoce, respeta y admira. En un mundo donde la reputación también se construye desde la cultura y el deporte, el fútbol argentino dejó de ser únicamente una pasión popular. Se convirtió en un activo estratégico de la Nación. En una herramienta de integración. En una carta de presentación. En un puente que conecta a la Argentina con millones de personas alrededor del planeta. Y cada vez que la celeste y blanca vuelve a salir a la cancha, ese patrimonio colectivo vuelve a crecer...". El comunicado habla de la proyección internacional de la imagen argentina que genera el fútbol, pero valga para las implicancias que tiene para adentro -como uno de nuestros hechos culturales más relevantes- en la definición de nuestra identidad nacional, como se ve sobre todo en los munidales, y éste no fue la excepción. Nunca entre nosotros -menos en un mundial, menos cuando están nuestros colores en la disputa- un partido de fútbol es solamente eso: un partido de fútbol.
Por el fútbol y desde él y lo que genera pudimos ver la fuerza poderosa que genera la afirmación de la autoestima nacional en tiempos de pensamiento colonial y -como dría Jauretche- zonceras autodenigratorias. El fútbol y esta selección nos mostraron también (en un espejo de dimensiones planetarias) de lo que somos capaces los argentinos, nuestra capacidad para superar adversidades y no rendirnos frente a ellas, el valor de lo colectivo y lo solidario frente a un tiempo cultural de exaltación de lo individual, dentro y fuera de la cancha.
Ni que decir de la politización explícita del planeta selección con su afirmación de la causa Malvinas, frente al incomprensible y absurdo intento del gobierno de tapar el cielo con las manos, para no arruinarle a Milei su foto con Mick Jagger.
Claro que es difícil -como ha pasado antes en circunstancias similares- precisar los límites y los alcances posibles de las implicancias posibles a futuro del fenómeno que despierta el fútbol en nuestro país, en especial con la selección y en los mundiales. Y no hablamos exclusivamente de quien ha de capitalizarlo en términos políticos -algo que nuestra historia nos ha demostrado que nunca sucede, no al menos en forma lineal. Tan absurdo que hasta el gobierno de Trump les soltó la mano en la estacada.
Las proyecciones políticas y sociales a futuro del espíritu mundialista todavía están por escribirse: si la circunstancia deportiva de enfrentarnos a los ingleses en la semifinal trazó por sí misma la línea que llevaba a relacionar la disputa futbolística con Malvinas, y eso incidió -sin dudas- en el contexto social bajo el cual el Congreso se disponía a discutir la ley de extranjerización de las tierras rurales, todas las implicancias posibles derivadas de los elementos de sentido que estaban latentes y el mundial no hizo sino despertar son materia necesaria (indispensable) de la praxis política: allí todo está por escribirse, y debe hacerse si se quiere construir una propuesta superadora (no solo en términos electorales) de la vergüenza que padecemos.
Así como los valores que puso en juego y a flor de piel el derrotero de la selección en el Mundial proyectaron mundialmente la causa Malvinas y lograron postergar -al menos por unas semanas- la ley de tierras, hay que encontrar el modo de conectarlos con la defensa de la industria nacional, el programa nuclear, el desarrollo científico y tecnológico, los recursos naturales estratégicos, los salarios y derechos laborales y el derecho de las mayorías populares a una vida digna.
La construcción y la afirmación de la identidad (y vaya si el fútbol tiene cosas para enseñarnos en ese aspecto) es también la construcción de la soberanía y nuestra capacidad de autodeterminación, en todos los planos; y una gran oportunidad para una praxis política que no quede anclada en la queja y la denuncia. Imaginemos por un momento cual sería la reacción si -con base en que perdimos la final con España- alguien propusiera reemplazar a Scaloni en su cargo por un DT extranjero; y pensemos como han reaccionado frente a eso los uruguayos, los brasileños e incluso los mismos ingleses a los que nosotros dejamos afuera del partido decisivo.
¿No veríamos acaso en eso una ofensa inadmisible a nuestra identidad futbolística, nuestro modo de entender el juego y hasta la trasncendencia social y cultural que tiene el fútbol para los argentinos? Y si eso es así, ¿Por qué seguiríamos tolerando para el país lo que no admitiríamos para la selección de fútbol?
El trapo sagrado
Por Sandra Russo
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A Milei no le sale decir Malvinas, entre otras cosas que no le salen. Cuando estuvo obligado a referirse al tema, después del gesto heroico de Lo Celso, dijo algo parecido a Maldivas o Maldwinas. Y dijo que las islas no se recuperarán con “patrioterismo berreta rancio” sino con “una diplomacia sabia”. Ya ese adjetivo, “sabio”, en boca de este presidente más sionista que ninguno es escalofriante.
Esta semana corrieron muchos rumores sobre eventuales negociaciones entre el Reino Unido, Estados Unidos e Israel, para llevar adelante algo así como un cosplay de recuperación de Malvinas. Las cosas que se les ocurren son aberrantes siempre, siempre. No tardaremos en enterarnos de que aquí también algo se trae entre manos el yerno de Trump, que incluyó el proyecto de la isla Epstein 2 en Albania (de donde el pueblo lo echó a patadas) en uno de los planes de paz con Irán. ¿Cómo seguir viviendo entre dementes, pedófilos y asesinos?
No es difícil imaginar a Milei dando un gran golpe de efecto -para un electorado de edad mental de preescolar, y de mala espina, que ojo, abunda-, que en rigor significaría lo contrario de lo que querrá significar: como un redivivo Galtieri, Milei podría demostrar que sus arrastradas y la repugnante entrega del valor agregado y de los recursos de este país a otros países, que el sacrificio de su población, de su fauna y de su flora, de sus bosques milenarios, de sus metales y sus ríos y su mar, que el saqueo y el robo a mano armada que han hecho en estos tres años, en realidad, en el fondo, aprendan, burros, cucas, delincuentes, mogólicos, ha sido por patriotismo.
Caperucita Roja. Hoy todos somos Caperucita escuchando la voz impostada del lobo, haciéndose pasar por la abuelita.
No solo los argentinos, pero tampoco mal de muchos es consuelo de tontos, habiéndose multiplicado tanto los tontos. Nos queda tratar de entender algo de lo que pasa. Porque a los tecnobro malignos, que no entendamos nada les encanta, los excita, y por ahí avanzan Milei, Vox, Trump, De la Espriella, Kast, Noboa, Netanyahu y sigue la lista. Sobre nuestra confusión.
Esta semana, lo que se llamó “campaña antiargentina” fue una trampa cazabobos que nos demuestra que incluso algunos dirigentes, intelectuales y artistas europeos que ya saben con qué bueyes aramos, pisaron en falso. Confundieron un gobierno con un pueblo. Nada menos que en América Latina, que les ha mostrado formas de luchas sin fin, a ellos, que nos colonizaron.Bienpensantes como Varoufakis, Bardem, Rosalía, Ramonet, Patti Smith, se subieron a la crítica “al país sionista”.
Un país nunca incluye a los que no toman las decisiones, y mucho menos a los que luchan diariamente contra esas decisiones que atentan contra lo humano. Es como si creyéramos que en España, cuando gobierna el PP, son todos franquistas como Aznar, o cuando gobierna el PSOE, traidores como Felipe González. Seríamos ignorantes y crueles con quienes tienen esa pertenencia y luchan contra el poder dominante. Y esta vez se sumó al desprecio a la Selección argentina gente que sabe cómo se están manipulando nuestras emociones. Luego lo entendieron y algunos se disculparon. Cómo Patti Smith, que puso un Messi en su muro, o Bardem, que aclaró que nunca se había referido al pueblo argentino.
Pero se ve que no entienden nada de lo que nos estaba pasando. La desconexión que produce la hiperconectividad es una amenaza. Esto es algo de lo que más me llamó la atención: los españoles creyeron que lo que más nos importaba era la final. Nos importaba, claro, pero justo antes nos había pasado algo extraordinario.
¿Sabrán el volumen de dolor popular que hay en este país? Les dejo un dato: a los recién nacidos el Estado dejó de vacunarlos. No suministra insumos a ninguna provincia, y si lo hace a alguna, que lo hace, es porque le vota las leyes de entrega total del país. Se llama extorsión y vasallaje.¿Que no nos importa Gaza? Desde el 2023 venimos diciendo que nosotros también somos palestinos. El genocidio en la Argentina es por goteo: el año pasado murieron 20.000 personas mayores de 65 años más que el año anterior. Se murieron porque el Estado no da medicamentos, ni tratamientos, ni comida, ni abrigo. Abandona y se jacta de hacerlo.
Es claro, por otra parte, que la intención de que se asimile a la Argentina con Israel es un objetivo estratégico de Milei. Para los argentinos la única bandera fue, es y será la albiceleste, como la camiseta de la Selección.
Por eso pegar el carácter de un facho a un pueblo que está permanentemente sometido a su crueldad también es una forma de crueldad. Es una lección que tenemos que aprender todos, porque el enemigo quiere enfrentarnos.
Los españoles no fueron nuestro adversario simbólico, el que el deporte puede sublimar, y superponerle a la alegría su dolor. Nuestro adversario fue Inglaterra, el país que admira Milei.Quiero contarles a los que nos han criticado tanto afuera, no solo en España, también en América Latina, que para nosotros, para nuestras retinas, nuestros sudores y nuestros pulsos, que vienen tan tristes, ver a los pibes de la Selección sacar el trapo con Las Malvinas son argentinas fue un beso en la punta del alma.
El día que perdimos la final, esa madrugada, acá ni se nombró a España. Todo el centro de Buenos Aires y los centros de la provincias, y hasta en la Antártida, se estuvo festejando a lo pavote. Celebramos el segundo puesto cantando “el que no salta es un inglés”.






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