¿Qué nos deja el Mundial 2026? En esta nota, el periodista e investigador Gabriel Montali propone mirar más allá de la cancha. Entre la despedida de Messi, «el mundial de los números», el avance del negocio y el odio digital, el autor encuentra en la Scaloneta una respuesta política y cultural: “En medio de este mundial farsesco, la selección argentina deja dos contundentes gestos políticos como suelo firme para caminar. El primero es el que se impone al privilegiar el equipo por sobre sus integrantes, el juego colectivo antes que la aventura personal y la valoración del juego no por su resultado, sino por lo que se deja en la cancha para conseguir la victoria. La bandera de Malvinas fue el segundo gesto político de representación. Un gesto que recuerda que el fútbol, para los ciudadanos de este país, es uno de los pocos espacios democráticos en los que aún podemos compartir un pogo, una canción y un abrazo con desconocidos”.
La escena se repitió luego del partido con Inglaterra: el capitán sentado en un banco a pleno sol, al costado del campo de entrenamiento. A su lado, sus compañeros se turnan para compartir con él la última tarde, la que queremos estirar, la que quisiéramos que nunca termine. Porque hay chistes y risas, hay abrazos, hay comentarios íntimos, que solo podemos imaginar. Y hay música, mates, opiniones sobre el partido y, también, hay un momento en el que el capitán se queda solo, con la mirada perdida en un punto distante. Quizás es la sombra del día después, para el que nunca estamos preparados. Esa ausencia que habrá que llenar con historias, con relatos (y, por supuesto, también con videos), cuando alguien nos pregunte cómo era él, cómo jugaba y qué tan bueno fue el equipo que armó con sus compañeros.
En cierto sentido, no es una situación novedosa: el tiempo nos lanza a todos, más de una vez, hacia esa misma secuencia. Primero, nos resistimos a la fugacidad, al abismo de la conjugación en pasado, porque mucho de nosotros ha quedado prendido a lo que se fue y el aire se nos enrarece de penas.
Después, mucho tiempo después, el pasado fragua, sedimenta y nos ofrece un suelo firme para caminar y un mapa para encontrarnos cuando la historia cambia de coordenadas y de protagonistas.
Por Gabriel Montali para La Tinta
La escena se repitió luego del partido con Inglaterra: el capitán sentado en un banco a pleno sol, al costado del campo de entrenamiento. A su lado, sus compañeros se turnan para compartir con él la última tarde, la que queremos estirar, la que quisiéramos que nunca termine. Porque hay chistes y risas, hay abrazos, hay comentarios íntimos, que solo podemos imaginar. Y hay música, mates, opiniones sobre el partido y, también, hay un momento en el que el capitán se queda solo, con la mirada perdida en un punto distante. Quizás es la sombra del día después, para el que nunca estamos preparados. Esa ausencia que habrá que llenar con historias, con relatos (y, por supuesto, también con videos), cuando alguien nos pregunte cómo era él, cómo jugaba y qué tan bueno fue el equipo que armó con sus compañeros.
En cierto sentido, no es una situación novedosa: el tiempo nos lanza a todos, más de una vez, hacia esa misma secuencia. Primero, nos resistimos a la fugacidad, al abismo de la conjugación en pasado, porque mucho de nosotros ha quedado prendido a lo que se fue y el aire se nos enrarece de penas.
Después, mucho tiempo después, el pasado fragua, sedimenta y nos ofrece un suelo firme para caminar y un mapa para encontrarnos cuando la historia cambia de coordenadas y de protagonistas.
Este fue el mundial de los números: 48 equipos, 104 partidos, dos “pausas de hidratación” de unos tres minutos por encuentro, que sumaron alrededor de 624 minutos destinados a publicidades televisivas que, según estimaciones de la BBC para las emisiones norteamericanas, alcanzaron un costo de entre 7000 y 25.000 dólares el segundo, de acuerdo al partido y a la instancia del campeonato.
A ello, se podría añadir el precio de las entradas en reventa, que oscilaron entre los 7000 y los 40.000 dólares para la final (60.000 para los boletos VIP), o los 50.000 millones que habrían circulado por los sitios de apuestas deportivas (unos 500 millones por partido), que hicieron del Mundial 2026 el mayor evento de apuestas de todos los tiempos.
La épica del fútbol, su veta popular, son casi un recuerdo del siglo XX en medio de un escenario en el que se imponen los tejes y manejes por los contratos de trasmisión, los precios excluyentes para el bolsillo de las mayorías, los episodios de (o las permanentes sospechas de) lavado de dinero y la subordinación definitiva del espectáculo a la lógica publicitaria, que ahora incluye shows interminables protagonizados por artistas que componen un modelo para armar la banda sonora de Farmacity.
“Los verdaderos públicos del fútbol están lejos de los estadios”, escribió en estos días el mexicano Juan Villoro al recordar la hazaña de Mohammed al Wahidi: el activista palestino que trabajaba para aliviar las condiciones infrahumanas de la vida en la Franja de Gaza, para ello, en la previa al partido entre Argentina y Egipto, coordinó la instalación de pantallas gigantes en distintos puntos del territorio, pero no logró ser testigo de su ocurrencia solidaria, ya que fue asesinado media hora antes del encuentro, por una bomba traicionera que también se cobró la vida de dos chicos que volvían de jugar a la pelota con sus amigos.
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| Hossam Hassan, director técnico de la selección de Egipto. |
La épica del fútbol, su veta popular, son casi un recuerdo del siglo XX en medio de un escenario en el que se imponen los tejes y manejes por los contratos de trasmisión, los precios excluyentes para el bolsillo de las mayorías, los episodios de (o las permanentes sospechas de) lavado de dinero y la subordinación definitiva del espectáculo a la lógica publicitaria, que ahora incluye shows interminables protagonizados por artistas que componen un modelo para armar la banda sonora de Farmacity.
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| Funeral de Mohammed al Wahidi en Gaza. |
El erotismo del dinero, sin embargo, excede la materialidad de las cifras. El mundial de los números también ha sido el mundial del hateo: la campaña de odio antiargentina y la contraofensiva puntual de los youtubers locales, siempre predispuestos a la tentación supremacista, que consistió en medir con el aguantómetro la testosterona de las hinchadas rivales.
Una clave de época, un veneno paciente del que resulta cada vez más difícil aislarse, con las audiencias en modo turba iracunda y los comentadores (comunicadores o streamers) entregados en masa al coqueteo con los “me gusta” y las visualizaciones.
“Es el rating, mi amor, que todo lo justifica”. Ayer, fue el recorte tendencioso de imágenes que alentaban supuestos favoritismos con la Scaloneta. Hoy, quizás sea el debate sobre la hipotética esencia rubia del fútbol europeo, que el dramatismo sobreactuado de las redes sociales cree perdida entre tanta pierna africana (por cierto, ¿nadie recuerda a la pantera Eusebio, gloria portuguesa en tiempos de Pelé?).
Las fabulaciones de mercado coparon el debate público también en otro sentido. Fue recurrente, en estos días, la reflexión sobre el “gen competitivo” de los jugadores argentos. Otro hallazgo que inclina la cancha hacia el terreno de la economía, según el cual el nervio de la Scaloneta habría sido la moral del individuo emprendedor.
¿Imaginan, ustedes, la respuesta de Maradona si alguien le hubiese dicho: “No, mirá, fierita, lo que pasa es que vos eludiste seis ingleses, cuatro belgas, cinco alemanes y doscientas murras uruguayas porque tenés ‘gen competitivo’”?
Una clave de época, un veneno paciente del que resulta cada vez más difícil aislarse, con las audiencias en modo turba iracunda y los comentadores (comunicadores o streamers) entregados en masa al coqueteo con los “me gusta” y las visualizaciones.
“Es el rating, mi amor, que todo lo justifica”. Ayer, fue el recorte tendencioso de imágenes que alentaban supuestos favoritismos con la Scaloneta. Hoy, quizás sea el debate sobre la hipotética esencia rubia del fútbol europeo, que el dramatismo sobreactuado de las redes sociales cree perdida entre tanta pierna africana (por cierto, ¿nadie recuerda a la pantera Eusebio, gloria portuguesa en tiempos de Pelé?).
Las fabulaciones de mercado coparon el debate público también en otro sentido. Fue recurrente, en estos días, la reflexión sobre el “gen competitivo” de los jugadores argentos. Otro hallazgo que inclina la cancha hacia el terreno de la economía, según el cual el nervio de la Scaloneta habría sido la moral del individuo emprendedor.
¿Imaginan, ustedes, la respuesta de Maradona si alguien le hubiese dicho: “No, mirá, fierita, lo que pasa es que vos eludiste seis ingleses, cuatro belgas, cinco alemanes y doscientas murras uruguayas porque tenés ‘gen competitivo’”?
Dice Giorgio Agamben que el sujeto contemporáneo no es aquel que se deja arrastrar por los signos de su tiempo, sino aquel que es capaz de tomar distancia de las cosas. En parte, para evaluar las luces y sombras del escenario en el que actúa. Y en parte, también, para interpelarse: para preguntarse qué resabios de toda esa oscuridad lo habitan y lo constituyen.
Scaloni y Messi conformaron un liderazgo sin estridencias ni supremacismos, ajeno a toda actitud de desprecio contra los rivales y atento a que la existencia de esa cosa que se llama hincha exige mucho más que dos horas de show. Exige, ante todo, representación, que es el acto que nos confirma como integrantes de una comunidad que nos contiene y que nos trasciende, y que está cada vez más amenazada por la privatización de los clubes y de las trasmisiones televisivas, y por los precios expulsivos de las entradas.
Si el erotismo del dinero (o sea, digamos: la aglomeración de cifras en este mundial de los números) es en sí mismo un hecho que pone en evidencia la relación entre el fútbol y la política, para despejar definitivamente las dudas, podríamos recuperar los maravillosos versos de Cristina Peri Rossi, que hablan de otra cosa y, a su vez, de lo mismo:
Ninguna palabra nunca
ningún discurso
–ni Freud ni Martí–
sirvió para detener la mano
la máquina
del torturador.
Pero cuando una palabra escrita
en el margen en la página en la pared
sirve para aliviar el dolor de un torturado,
la literatura tiene sentido.
Vale para el arte y también, claro, para el fútbol, que es una de sus manifestaciones.
Ninguna palabra nunca
ningún discurso
–ni Freud ni Martí–
sirvió para detener la mano
la máquina
del torturador.
Pero cuando una palabra escrita
en el margen en la página en la pared
sirve para aliviar el dolor de un torturado,
la literatura tiene sentido.
Vale para el arte y también, claro, para el fútbol, que es una de sus manifestaciones.









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