Lo curioso es que esa autoridad es bastante reciente. Hace apenas dos décadas, la selección española era conocida por la "Furia Roja": un equipo intenso, físico, muchas veces desordenado y con un juego que difícilmente hoy sería presentado como el ideal estético del fútbol. Luego llegó una generación extraordinaria —Xavi, Iniesta, Busquets, Xabi Alonso, entre otros— que cambió la historia. España comenzó a dominar a través de la posesión y la técnica. Fue una revolución futbolística, sin dudas. Pero de allí a concluir que esa forma de jugar es el fútbol hay un salto enorme. Porque el fútbol nunca tuvo un único idioma. Brasil ganó siendo samba. Italia ganó defendiendo con su catenaccio. Alemania ganó con disciplina. Argentina ganó con talento, presión, pausa o contragolpe, según la época. Incluso la propia España ganó de maneras diferentes a lo largo de su historia.
Sin embargo, cuando algunos afirman que “ganó el fútbol”, en realidad están diciendo otra cosa: ganó el fútbol que a ellos les gusta. El problema aparece cuando una preferencia estética pretende convertirse en una verdad universal.
El primero que me escribió “ganó el fútbol” fue un amigo mexicano que alentaba por España desde el día 1. Después recibí algunos mensajes de amigos y conocidos españoles recordándome que “perdimos”. Como si la derrota ajena fuera más importante que la victoria propia.
Mi respuesta, entre alguna que otra chicana, fue siempre la misma: “Vayan a festejar”.
Esa necesidad de definir quién juega “bien”, quién juega “mal”, quién merece ganar y quién no, me recuerda a una lógica mucho más antigua.No hablo de colonización territorial. Hablo de la colonización de los significados. De la convicción de que existe un centro desde el cual se decide qué idioma es correcto, qué cultura es superior o, en este caso, qué es el verdadero fútbol.
Resulta inevitable que esta discusión aparezca precisamente entre España y Argentina. Una fue potencia colonizadora. La otra fue colonia.
No se trata de que España haya inventado esta actitud. Muchos países caen en la tentación de creer que su forma de hacer las cosas es la correcta. Pero, por razones históricas, resulta inevitable advertir la ironía cuando es precisamente España la que pretende establecer qué es el “verdadero fútbol”.
El fútbol, afortunadamente, siempre fue más democrático que eso. No pertenece a un país. No pertenece a un estilo. Y, desde luego, no pertenece a quienes creen tener el monopolio de definirlo.
Cuando felicité al encargado de mi edificio por el campeonato, la primera respuesta que recibí fue: “Le ganamos a un equipo de tramposos que no sabe jugar al fútbol porque juega al rugby”.
Confieso que me pregunté si sabría que las estadísticas del partido registraron 21 faltas de España contra 25 de Argentina y que todas las tarjetas amarillas, además de la única tarjeta roja, fueron para Argentina. O si simplemente prefería ignorarlo para que el relato siguiera encajando.
Ojalá que con el paso de los días bajen los ánimos. El fútbol despierta pasiones y todos, alguna vez, decimos cosas de más. Pero también conviene recordar que la vida tiene vueltas. Hoy se está arriba. Mañana se puede estar abajo. Por eso siempre es mejor no escupir para arriba, porque el fútbol, como la vida, siempre da revancha.
Y, por último, para que no haya lugar a confusiones, mis felicitaciones a todos los españoles que vivieron la final como lo que era: una fiesta del deporte. A quienes celebraron el triunfo de su selección sin necesidad de menospreciar al rival, de apropiarse del concepto de “buen fútbol” o de recordarle al otro que había perdido.
Santiago Cordero Álvarez



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