El humo del cigarrillo flotaba en el aire del bodegón como una neblina densa, de esas que borran los contornos de la realidad. Sonaba de fondo un fuelle oxidado, masticando la melancolía de siempre. Daniel miró el fondo de su vaso de grapa y pensó en la voz rasgada, casi herida, de Melingo. Qué lindo decía el tango este tipo, se dijo en voz baja, sintiendo que cada acorde era un tajo limpio en la memoria. Hay noches en que la música no es un adorno; es un espejo roto donde uno junta los pedazos que puede. Por Nano Vázquez La vida se presentaba últimamente así: como un rompecabezas al que le faltaban las piezas claves, o peor, un tablero donde las esquinas ya no encajaban. Se acordó de los patios de San Telmo, del empedrado brillante por la llovizna, de los fantasmas que caminan de espaldas para no ver el futuro. Melingo cantaba con la mugre y la poesía de los callejones, con esa mezcla perfecta de delirio y linyera ilustrado. En su voz, el lunfardo no era una lengua muerta...