Entre las decenas de mensajes cruzados por Indio, tras el viernes de estupor en Plaza de Mayo –la terrible necesidad de asimilar ese golpe en compañía–, el homenaje del sábado de los hijos putativos del Indio (sus bellos Fundamentalistas) y la despedida pletórica del domingo en Villa Dominico, me faltaba hablar con mi amigo Martín. Hoy lo hicimos y hablamos de Indio, de la transversalidad generacional de su obra, del héroe de nuestra adolescencia al sabio de los últimos años, cuando las pérdidas se nos fueron acumulando y de cómo, sobre todo en la última década, nos interpeló frente al paso del tiempo, las enfermedades, la decrepitud, la muerte y en qué estado la vieja cosechera te encuentre. Ese ya nuevo mandamiento: “Aspiro a que la muerte me encuentre vivo”. Aun nos fascinamos, ya achacados ricoteros, al ver pibitos de diez u once años llorando en el asfalto de Avellaneda. Porque estos días fueron una vorágine de ese estado de ánimo que él siempre nos conminó a cuidar: llorar, c...