En "El mercader de Venecia", Shakespeare imagina un contrato imposible. Antonio, incapaz de devolver un préstamo, deberá pagar con una libra de su propia carne. Si la escena nos remueve por dentro es porque todos intuimos que hay cosas que no deben convertirse en mercancía. El dinero sirve para comprar trigo, barcos o telas, no una parte de una persona (es decir: no una persona). Sin embargo, cuatro siglos después hemos terminado firmando un pacto todavía más extraño. Ya no vendemos un pedazo del cuerpo; somos nosotros mismos los que nos ponemos en el escaparate. Convertimos la personalidad en marca y las relaciones en transacciones. La libra de carne ya no la reclama Shylock; la ofrecemos voluntariamente cada vez que aceptamos que nuestro valor depende de nuestra capacidad para ser deseables y visibles, esto es, rentables. Los seres humanos somos eso, humanos, no productos a optimizar o empresas regidas por la ley oferta-demanda a punto de salir a bolsa. Por Juan Macías Viv...