La sabana blanca intervenida, desplegada en Atlanta frente a las narices de la diplomacia británica, reabrió una compuerta que el liberalismo vernáculo siempre intenta clausurar con candados de corrección política. La furia del establishment isleño y la previsible respuesta del 10 de Downing Street no hicieron más que confirmar una regla de oro de nuestro pensamiento nacional: el fútbol, en estas latitudes, no es un hecho aislado ni mero entretenimiento de masas. Es el escenario sagrado donde los pueblos vulnerados tramitan sus dolores comunes y ejecutan, aunque sea por noventa minutos, una justicia poética que la diplomacia formal les niega. Por Julián Otal Landi Cuando se agita el trapo de Malvinas en un estadio, el eco no resuena únicamente en nuestros lares. Viaja, por canales subterráneos de la memoria colectiva, hacia geografías unidas por la misma cicatriz imperial. Sin embargo, la persistente zoncera de nuestra Cancillería —atendida por una partidocracia de espíritu ...