Cómo un partido de fútbol reimpulsó el reclamo por unas islas robadas por los ingleses (Nadie sabe lo que puede una sábana IV)
La victoria de la Selección Argentina sobre Inglaterra trascendió lo deportivo. En este artículo, Bruno Sgarzini analiza cómo un partido de fútbol logró reactivar un sentimiento colectivo de pertenencia, orgullo y esperanza en un contexto de fragmentación social, mostrando que el fútbol, además de espectáculo, puede convertirse en un poderoso catalizador político y cultural en especial en un país donde el presidente de la nación reivindica a la criminal de guerra Margaret Thatcher y entrega sistemáticamente la soberanía territorial en nombre de "la libertad".
Por Bruno Sgarzini
El Mundial 2026 es uno de los más políticos de este siglo; ya sea por las intervenciones descaradas de Trump para boicotear la selección de Irán o para anular la expulsión de uno de los jugadores estadounidense. Sin embargo, de una manera inesperada, un partido de fútbol entre Argentina e Inglaterra se convirtió en un evento geopolítico con consecuencias diplomáticas.
El Partido, como lo llamaré en honor a este documental, siempre tuvo un condimento de revancha histórica desde el 86 ; algunos jugadores argentinos de aquella contienda, como Burruchaga por ejemplo, casi fueron obligados a participar de la guerra de Malvinas emprendidas por la dictadura militar argentina contra la Inglaterra de la impopular Margaret Tatcher. Antes del partido, Maradona, incluso, le gritó a sus compañeros que seguro que alguno de los jugadores ingleses habían asesinado a un familiar o un vecino suyo en esa guerra.
El fútbol para nosotros los argentinos es un combustible espiritual Y en la cultura popular argentina, el gol con la mano de Maradona es una especie de justicia poética contra el descarado robo de las islas Malvinas emprendido por los británicos hace varios siglos cuando echaron a los españoles e instalaron una población importada de Inglaterra. Población que hace unos años hicieron votar en un referéndum a favor de ser británicos para darle un barniz de autodeterminación. La misma que los ingleses negaron cuando los habitantes de Crimea votaron a favor de anexionar su territorio a Moscú.
La causa Malvinas, por eso, siempre permanece inalterable en el fútbol, uno de los mayores reductos populares de Argentina. Los jugadores argentinos cuando ganaron El Mundial de Qatar cantaban por los “pibes de Malvinas” y los hinchas al día de hoy, lo siguen haciendo en el Mundial de Estados Unidos por encima de cualquiera de esos cantos racistas que se nos endilgan. El Partido es más que un partido; es una batalla épica por darle un sentido popular y expansivo a un reclamo histórico que justo en este momento el gobierno de Javier Milei quiere dejar en un segundo plano. Según su lógica, la misma de los militares de la dictadura argentina, el alineamiento de Argentina con Estados Unidos permitirá que Argentina se una a la esfera militar de Occidente y que algún día, Washington respalde el reclamo de devolución de Malvinas.
Una estrategia que es como que te robe un policía y vayas a su comisaría a esperar que te devuelvan tus pertenencias.
Por eso, el gobierno de Milei se encargó de negociar con el gobierno de Estados Unidos y la FIFA para que no pasaran a la cancha banderas con alusión a las Malvinas. Su ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, incluso dijo que esas banderas equivalían a un mensaje “político”, lo que le valió un coro de críticas de todo el país, desde hinchas hasta centros de excombatientes de Malvinas. El plan del gobierno de Milei y británico era separar el encuentro de cualquier mensaje que pudiese generar ruido en el vinculo bilateral. Esto en el contexto de los preparativos de Milei para viajar a Londres para firmar acuerdos comerciales, mientras petroleras británicas e israelíes, como Navitas, lanzan planes para explotar petróleo en la plataforma continental que reclama Argentina como suya en Malvinas.
La Argentina es el refugio espiritual de todos los heridos que dejaron los 400 años de colonialismo británico. https://t.co/671rArHhEO
— Manolo (@redetido) July 16, 2026
Como en el 86, antes del partido, los jugadores argentinos dijeron que era solo un partido de fútbol, que no había que politizarlo. Pero desde el canto del himno argentino, hasta los chiflidos al inglés, las semifinales fueron teñidas de un partido a muerte que ninguno podía perder; un encuentro que definía algo más que el trámite a una final. No por el dramatismo del resultado, sino por la necesidad de aprovechar el momento para remarcar algo etéreo en el ambiente; un conjunto de palabras no dichas, no verbalizadas con goles, ni festejos. Por eso, cuando dos hinchas lograron pasar una sábana con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, escrita con un marcador negro indeleble de esos que se compran en una tienda escolar, los policías del estadio se les tiraron encima para sacárselas. El problema fue que antes la lanzaron a la cancha para que, durante los festejos, Giovanni Lo Celso, uno de los jugadores argentinos, la agarrase y la desplegase en el campo de juego.
Los jugadores sabían que esa bandera daba vueltas por ahí y la pidieron para enviar ese mensaje no dicho con goles, ni patadas a los ingleses. Un equipo apartidista, lleno de jugadores con contradicciones, un Messi con fotografías con Trump y críticas de racismo, se convirtió, de inmediato, en portador de un mensaje político que representa a la mayoría de la sociedad argentina sin importar clase, opinión política ni lugar de origen. Milei lo calificó de un “berrinche mononeural de algunos”, los ingleses se apuraron rápido a que su gobierno reafirmara su robo de las islas Malvinas y sus medios a pedir que le revoquen las visas a los cinco jugadores argentinos que trabajan en Manchester United, Chelsea, Aston Villa, Tottenham y Liverpool.
Ese reclamo que querían invisibilizar se metió por la ventana y millones de personas volvieron hablar de ello. ¿Cómo pueden ser que unas islas tan alejadas sean británicas? ¿Por qué unos millonarios jugadores argentinos arriesgaron sus puestos cómodos de trabajo por una bandera? La respuesta, quizás, la dio, entre líneas, Lautaro Martínez, el nueve goleador autor del segundo gol argentino, cuando dijo, entre lágrimas, que siempre soñó desde chico con meter un gol así en un Mundial. ¿Alguna vez soñaron esos argentinos con repetir la cachetada revanchista contra los ingleses de la selección del 86? ¿Soñaron con quedar en esa historia del fútbol argentino llena de rebeldía representada por Maradona?
Lo hayan querido, o no, con una simple bandera lograron poner a hablar al mundo de una injusticia histórica que cobró la vida de millones de argentinos en una guerra varias décadas atrás. Y a un gobierno entreguista, como el de Milei, a hacer malabares para hacerse el nacionalista.






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