La hipocresía del medio tiempo en el Mundial de EEUU: El escenario brilla con la luz de mil reflectores. Sobre el césped, por primera vez, el espectáculo de medio tiempo no es solo ritmo, es un despliegue cuasimesiánico de multiculturalidad: artistas de alto estándar, danzas ancestrales, vestuarios que evocan todos los continentes y, como colofón, un coro de niños de distintas razas entonando un mensaje universal de paz. La cámara hace un travelling aéreo mientras el público llora de emoción. Es el mejor comercial de la humanidad. Pero la humanidad real no está en ese estadio de Estados Unidos. La humanidad real está en las fronteras que este país re-dibuja con pólvora, en los países que este gobierno bombardea con "democracia" y en los conflictos que este sistema alimenta para mantener su industria militar. La final del Mundial se juega en el césped, pero el partido de verdad—el que no muestran las pantallas gigantes—se juega en los despachos del Pentágono, en los contratos de Lockheed Martin y en los vetos en la ONU.
Por Ángel González
¿Qué buscan?
Buscan la absolución. No buscan la paz, buscan el perdón de la conciencia global. Buscan que, durante quince minutos, el mundo confunda el poder blando con la bondad. Necesitan que el «soft power» de la cultura tape el hedor del «hard power» de las bombas. Quieren que el público global, al ver a esos niños sonreír, olvide los huérfanos que sus políticas dejan en Medio Oriente, en América Latina y en el Cáucaso.Vi la final del Mundial en un bar de Nueva York, en el corazón descorazonado del sueño americano. Justo en el epicentro de la excolonia careta, devenida imperio decadente, que ya no sabe lo que es oír el ruido de rotas cadenas.
Vi a los estadounidenses, espectadores de soccer, alentar a los Muppets en el entretiempo; a Messi, consumido como un producto (descartable, como todos). Ellos, ubicados por puro determinismo aspiracional, del lado del ganador cantado, sin entender el juego. Con su comida frita, sus ganas de protagonizar y deglutir todo aquello que no comprenden.
¿Qué quieren?
Quieren vender la coartada perfecta. Quieren que el mensaje de paz sea el nuevo eslogan de su marca país, mientras la realidad de su política exterior es la de un mercader de la guerra que factura en dólares y cobra en vidas ajenas. Quieren desactivar la memoria histórica con una coreografía; quieren que el espectáculo sea tan brillante que nos ciege ante la verdad: que el mismo país que organiza la final es el que ha provocado más conflictos en los últimos 80 años. La paz no es un deseo, es un producto; y lo están empaquetando con luces de neón para que lo compremos emocionados.
¿Quién se lo cree?
Tal vez, los que miran el partido en una pantalla y necesitan creer en un mundo bueno para no enloquecer. Los idealistas ingenuos que confunden el arte con la ética del estado que lo patrocina. Los espectadores del sur global que, hambrientos de representación, aplauden ver su cultura en el escenario y olvidan que sus recursos están en los barcos que zarpan hacia el norte. Pero el más cíclico de los engaños es que ni siquiera ellos se lo creen del todo; la mayoría aplaude porque el show es bueno, porque la música les eriza la piel y porque, al final, la hipocresía es más digerible que la guerra.
El show termina, los niños bajan del escenario, el árbitro pita el reinicio del partido. Pero la paz de mentiras queda flotando en el aire como el humo de los fuegos artificiales. Allá afuera, los aviones no llevan artistas, llevan misiles. Y mientras el mundo aplaude el mensaje de paz, el sistema sigue fabricando la guerra en silencio. Porque el peor engaño no es el que te venden, sino aquel que decides comprar con tus palmas.
Ángel González





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