Seguimos con los aportes de Callenep sobre algo de lo mejor de la música mexicana y ahora le toca el turno a la música tradicional. El Grupo Mono Blanco es toda una institución en uno de los géneros más ricos de la tradición musical mexicana, el son jarocho, que es la música de Veracruz, en la sierra y la costa tropical del Golfo de México. El lanzamiento de El mundo se va a acabar en 1997 marcó el momento en que se consolidó el proceso de revaloración de esa música, que estaba un poco olvidada. A partir de entonces la tradición sonera de Veracruz ha crecido, han aparecido muchas agrupaciones nuevas como Chuchumbé y Son de Madera, se han reinstituido los fabricantes de jaranas, arpas y otros instrumentos propios de esta música, se organizan cada vez más fandangos (las fiestas en que se toca y se baila esta música) y las familias que conservan la tradición, como los Vega y los Utrera, se han convertido en escuelas. Pero antes de eso, el son jarocho vivió tiempos duros ante el embate de influencias que aparecían y conquistaban el gusto de la gente desplazándolo, en ocasiones como expresión de un pasado y unas circusntacias que la gente parecía querer dejar atrás. Mono Blanco es un reflejo fiel de este proceso pues se formó en 1977 en la ciudad de México, por iniciativa de migrantes que habían dejado sus tierras en la sierra de los Tuxtlas para buscarse la vida en la capital.
Artista: Grupo Mono Blanco y Stone Lips
Álbum: El mundo se va a acabar Año: 1997 Género: Música tradicional mexicana / Son jarocho fusión Duración: 44:40 Nacionalidad: México
"El Mono Blanco es una deidad de los indígenas popolucas que viven en el sur de Veracruz, en la sierra de Santa Martha, es un mono prehispánico, los cristianos lo confunden con cosas del diablo, pero no tiene nada que ver con eso, es muy anterior a todo eso, y entre sus cualidades más destacadas es que le gusta la música, entonces cuentan que en un tiempo se transformaba en persona e iba a tocar a los fandangos, dejando claro su amor por el arte musical. Creo que fue un nombre muy atinado, nos ha ido muy bien con él."
(De una entrevista con Gilberto Gutiérrez Silva)
1977 fue un momento de
gran popularidad del folclor sudamericano, cuya poderosa influencia
se había dejado sentir en las grandes ciudades, colocando en el
imaginario musical mexicano, con toda naturalidad, instrumentos y
ritmos provenientes de los Andes y el Cono Sur, pero había quedado
relativamente olvidado el “rescate” de las tradiciones
propiamente mexicanas, las cuales no se personificaban precisamente
en la “música ranchera” y el mariachi, que identifican a los
mexicanos en el exterior y
representan más un discurso de nacionalismo chauvinista que un
recurso de expresión del pueblo.
Los
fundadores de Mono Blanco optaron por su
música y dieron a su
proyecto el nombre de un lugar sagrado en la fuerte tradición
chamánica de los Tuxtlas, el cerro Mono Blanco que se eleva en los
bordes de la laguna de Catemaco, famosa por ser lugar de brujos.
Cuenta uno de sus fundadores lo
difícil que le resultó conseguir una jarana en la ciudad de México,
en una época en la que podías adquirir quenas, zampoñas, charangos
y cuatros venezolanos en cualquier tienda de música. Pero el grupo
nació y fortaleció el espíritu de búsqueda y rescate de la
tradición jarocha que hoy está más viva que nunca.
A
20 años de haberlo creado, el Mono Blanco viajó a los EEUU y allá
en California se reunieron con músicos chicanos agrupados en Stone
Lips para producir esta maravilla de álbum. El mundo de va
a acabar hace referencia cómica
de los miedos milenaristas que ocupaban nuestras mentes al acercarse
el fin de siglo, y en las 8 canciones que conforman esta producción
de son jarocho, la
participación de esta agrupación chicana
fusiona el son con
elementos de jazz tanto
rítmicos como instrumentales:un
bajo eléctrico sustituye los bordones de la jarana tercera;
algunas percusiones que no se encuentran en la tradición original
sustituyen en la grabnación al zapateo, y se incorpora un piano tipo
fox trot en el tema principal del disco.
En los temas incluidos en esta grabación hay algunos más fusionados
o modernos, como “Se acaba el mundo”, “La palma” o “Tiempos
pasados”, y otros más cercanos al son jarocho tradicional, como
“El perro”, “Malhaya”, “El son del viento”, “El
Chuchumbé” y “El aguacero”. En algunos de ellos, como ya es
común en la música mexicana, hay humorismo y picardía; en otros,
esa melancólica languidez de los campesinos mexicanos, especialmente
en “El son del viento” y “El perro”. La forma poética por
excelencia del son jarocho es la décima, y en este aspecto resulta
pariente cercano de muchas formas tradicionales a lo largo de América
Latina: la décima está presente en las músicas caribeñas (Cuba,
Puerto Rico, República Dominicana, Venezuela, Panamá, Colombia), en
las tradiciones de la costa del Pacífico (Colombia, Ecuador, Perú y
Chile) y por supuesto en la música de los payadores argentinos y
uruguayos. Como en muchos casos, en la situación tradicional, la
décima se improvisa, y con ella se compite en términos de
creatividad, espontaneidad y picardía.
A
partir de los años 90, gracias al esfuerzo de escuelas como Mono
Blanco, el son jarocho rejuvenece y se recupera. Hoy debemos a estos
músicos veracruzanos el hecho de que una de las formas musicales más
sabrosas y creativas de México esté presente, viva y sea reconocida
en el mundo.
Sobre
Mono Blanco en las tecnonubes, empezamos con el breve texto con el
que los presenta el sello que ha grabado algunos de sus discos:
Mono Blanco más que en un grupo es
una institución con veinte años de tradición e innovación en el
Son Jarocho. Urtext se complace en presentar un nuevo CD que conjura
y rompe tradiciones: “El mundo se va a acabar”, reúne a
distinguidos invitados de la Unión Americana, América Latina y
Africa en un proyecto premiado por el Fondo Nacional para la Cultura
y las Artes.
El son jarocho es un género que no tiene una letra específica, cada
cantador posee su acervo de coplas, puede incluso inventar un
argumento y está inspirado en el momento actual o el estado de
ánimo, aseguró anoche el director del grupo de son jarocho Mono
Blanco, Gilberto Gutiérrez Silva.
Entrevistado previo a un recital que ofreció la agrupación en el
foro multidisciplinario Bajo Circuito, de la zona de la Condesa, en
esta capital, el también cofundador del grupo originario de esta
ciudad, comentó a Notimex que el son jarocho “le canta al amor, a
la vida, a la muerte y todo lo que hay en medio”.
Refirió que el género hoy “tiene mucha actividad, hay mucho
fandango, muchos grupos, algunos apegados a lo tradicional otros a lo
experimental, pero el género en la ciudad representa una parte
importante de la dinámica cultural”.
No obstante la amplia oferta cultural y artística en la capital,
Gutiérrez afirmó que ese tipo de música gana cada vez más terreno
y espacios, no sólo en la capital sino en otras varias partes del
país y del mundo.
“Cada vez hay más público, ha crecido en cantidad y ello se debe
a un trabajo que en nuestro caso, comenzó hace 40 años con
distintas personalidades”, señaló.
El jaranero expresó también su beneplácito por tocar en espacios
como el Bajo Circuito, el cual, consideró, es una valiosa
alternativa dentro de la capital.
“Para nosotros es interesante porque se trata de espacios que están
abriendo y dan cabida a la música tradicional mexicana. Es buena la
apertura de estos espacios para promover la música y sobre todo
porque se crean fuentes de empleo y más en un época en que la
tendencia escasea en el rubro cultural”, señaló.
Con toda la energía del Sotavento, la agrupación impulsora de la
renovación del son jarocho, tuvo un muy buen debut en dicho espacio
donde promocionaron su más reciente material discográfico titulado
“Orquesta Jarocha”.
Octavio Vega Hernández, César Castro González y Andrés Vega
Delfín, integrantes de Mono Blanco, ofrecieron una buena dosis de
sones jarochos tales como “La lloroncita”, “La petenera”,
“Los chiles verdes”, “La bruja”, “El capotín”, “El
coco”, “La palma” y “La guacamaya”, entre otros.
En un buen ambiente en este lugar que cuenta con una capacidad para
cerca de 300 personas, no faltó quien se levantó de sus asientos y
se puso no a bailar, sino a zapatear, junto con uno de los
integrantes de la agrupación que fue quien animó la velada musical.
Entre pieza y pieza, los presentes reconocieron entre aplausos y
gritos a esta agrupación nacida en el Distrito Federal en 1977.
El Grupo Mono Blanco fue fundado en la Ciudad de México, en 1977,
por iniciativa de Gilberto Gutiérrez Silva, Juan Pascoe y José
Angel Gutiérrez, tres jóvenes intensamente motivados por su interés
en el son jarocho. Tras haber realizado una serie de grabaciones e
investigaciones sobre el son jarocho, hicieron amistad con el
legendario Don Arcadio Hidalgo, quien se une a ellos con sus 87 años
de edad. Pronto se incorporó también al grupo Don Andrés Vega,
otro excelente jaranero rural.
En 1984 murió don Arcadio Hidalgo. Sin embargo, el grupo continuó
trabajando con dos nuevos integrantes: el legendario arpista
tlacotalpeño Andrés Alfonso Vergara y José Tereso Vega, hijo de
don Andrés Vega.
En
el Sistema de Información Cultural del Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes aparece esta ficha:
El Grupo Mono Blanco fue fundado en 1978, por iniciativa de Gilberto
Gutiérrez Silva, Juan Pascoe y José Ángel Gutiérrez. Al paso del
tiempo se ha convertido en líder dentro del movimiento renovador que
vive la música y la danza tradicionales del sur del estado de
Veracruz. La agrupación realiza talleres de ejecución, versada,
danza, canto y fabricación de instrumentos musicales. Ha participado
en diversos encuentros y festivales, como el Festival Internacional
de Arpas (ciudad de México, 2000); el Tercer Encuentro
Latinoamericano de Arpas (Caracas, Venezuela, 1998); el Festival de
Rabat, (Marruecos, 1996), y el Festival de Música Electroacústica
(Skinnskatterberg, Suecia, 1995). Han grabado Sones jarochos,
El mundo se va a acabar y Sin tener que decir nada.
Mono Blanco, grupo de son jarocho nacido en el Distrito Federal en
1977, celebró el pasado jueves con un concierto en el Teatro de la
Ciudad Esperanza Iris su 36 aniversario, y reafirmó que si se quiere
a alguien debe decírselo, probárselo, ¡ya!, porque el mundo se va
a acabar.
Tal fatalismo amoroso de este son "que dio fama a Molotov",
dijo Alberto Gutiérrez, jarana tercera, creó al oírse un clímax
en el fandango, en el foro de Donceles, el cual hizo que la multitud
aplaudiera la rola que comienza como no queriendo y va aumentando el
ritmo para que los estáticos tiren la polilla.
Tres décadas es mucho tiempo para todo y los recuerdos son una
montaña, una Sierra Madre. Al apagarse las luces, a las veinte 30
horas, en las pantallas se proyectaron imágenes de los músicos
pioneros, muy jovencitos, que no siguieron las modas, sino un gusto,
una tradición, el poder de la autenticidad del son jarocho. En 1977
todo era un ambiente ceceachero y la canción de protesta dominaba en
peñas y calles, en los salones.
"A mediados de los años 70, cuando en la ciudad de México
pululaban los charangos, los bombos, quenas y zampoñas, llegó a la
capital Gilberto Gutiérrez Silva, a los 16 años de edad, desde Tres
Zapotes, Veracruz, para encontrarse con su destino. Por distintas
razones y en diferente fecha, su hermano José Ángel Gutiérrez
Vázquez también había llegado a la capital. En otro contexto y
otra actividad se encontraba avencidado aquí Juan Pascoe Pierce.
Cierto día, un compañero de trabajo lo invitó a la Peña
Tecuicanine, que en ese tiempo era eje de un movimiento que celebraba
la música tradicional. Esa noche tocaron sonidos de Paraguay
(resultaron ser Celso Duarte y una de sus hijas) y el grupo Kanek,
compañía que se dedicaba a hacer música original y a tocar ritmos
mexicanos. Quedó fascinado con los sones de arpa grande de Tierra
Caliente y salió de ahí con la convicción de comprarse una jarana
jarocha." Todo había comenzado.
Así, entre fragmentos de historia de Mono Blanco, durante tres horas
se narró el devenir del grupo, sus nexos con músicos viejos, los
maestros soneros. Hoy, Mono Blanco es un árbol de gran fronda, cuyas
ramas son otros proyectos de numerosas agrupaciones. Es una
genealogía del son jarocho, ritmos y bailes, lo indígena y lo
español, lo afro, lo árabe. Y en la manera de cantar por momentos
hasta dylanesca.
Dijo Juan Pascoe que estar esa noche en el Teatro de la Ciudad los
llenaba de orgullo, a la vez que les reafirma su responsabilidad con
el son.
La palabra comunicó un sentir. Primero fue el verbo. Y la décima.
De los primeros días de Mono Blanco un decimista cantó que el son
se da entre cerros, ríos, lluvia, truenos, en el monte Mono Blanco,
con el dios del maíz, cerca de donde caminan las iguanas y los loros
vuelan libres.
El símil es que la agrupación es como una semilla que ya prendió
en la tierra. Con el tiempo los músicos tuvieron hijos y éstos han
seguido la costumbre familiar de tocar y bailar, de aprender a ser
decimistas.
Son guitarreros de acahuales, como don Andrés Vega, a quien se
tributó con un aplauso cerrado. Se oye El ahualulco. Era noche de
fandango, breve, pues en su medio natural puede durar varios días,
en un jolgorio perenne donde los efluvios corren con diligencia,
aguardientes de muchos grados, verdaderos saltapatrás.
Alguna que otra pieza se escuchó en popoluca, moderna, con el punteo
de una jarana, el virtuosismo en el tañido de un arpa.
Se habló de los muertos, de los viejos soneros que ya no están y a
quienes se recuerda con cariño. Son los finados Patricio Hidalgo
Cruz y Andrés Alfonso Vergara.
Citar a todos los ex integrantes llenaría este espacio, pero baste
decir que por Mono Blanco han pasado unos 30 músicos, varios de los
cuales han seguido su camino en, por ejemplo, Son de Madera.
Juan Pascoe Pierce, un gringo ajarochado, "de hablar mocho",
leyó un texto sobre lo que ha sido Mono Blanco, desde que ensayaban
por los rumbos de Mixcoac.
La aportación de este grupo al son está fuera de toda duda. "La
vida no vale nada... cuando me llevaban preso." "A una
joven que parecía doncella yo me acercaba a ella." Suena La
bamba y no se oye aburrida, como en kermés. Se escucharon sones
lentos, como los que se tocaron en el funeral de Patricio Hidalgo.
Sones para zapatear, para alzar las enaguas. Los punteos, los
arpegios marcan el paso silente, lento, para acompañar con música
al alma a su nueva morada.
El son es alegría, amor que se susurra. "Adonde bajan los
dioses para entregarnos las voces."
El Mono Blanco tiene canas, pero ni quién se las note.
Y gracias a LightbulbSun (otra vez) tenemos al disco compilado del enano maldito junto a los Gentlemen, unidos para crear una música disco que ronda el New Wave, el post punk y el pop rock ¿disco-frippertronics? Sea como sea, parece que este fue un trampolín hacia lo que se convertiría en la próxima encarnación de Crimson. Pero no nos adelantemos que aquí de King Crimson estamos muy muy lejos, años luz, aunque no deja de ser interesante sobretodo para los incondicionales de Fripp. Otra entrada cortita y al pie de la que es imposible hablar demasiado, para saber de qué va esto tenés que escucharlo, punto. Artista: Robert Fripp & The League of Gentlemen Álbum: God Save The King Año: 1985 Género: Pop rock Duración: 43:47 Referencia: Rate Your Music Nacionalidad: Inglaterra A finales de los setenta, después de que King Crimson se separara, Fripp grabó por primera vez el maravilloso, pero aún bastante crimsoniano, "Exposure". Luego intentó algunos experi...
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Excelente comentario Calle Neptuno, que buen momento para empaparse de verdadera tradición mexicana.
ResponderEliminarGRACIAS
Gracias Dnilson!
ResponderEliminarHermoso disco.... Muchas gracias...
ResponderEliminargracias!
ResponderEliminarLe agradezco infinitamente la aportación. Muchos años buscando y lo encontré nuevamente.
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