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La Mesa Beatle: Ayer te vi

Desde nuestro espacio queremos ensayar una pequeña despedida para un grande del arte rioplatense, el Negro Rada. El pasado 26 de agosto alguien reforzó esa idea que suena en las calles: “se están yendo los buenos” e hizo correr la voz de una noticia que no queríamos escuchar, la pérdida de un artista popular.


Por Jorge Garacotche

 

Ese miércoles 26 de agosto, estaba en la sala de espera de un médico cuando en varios grupos de chat se empezaba a hablar de la partida del Negro Rada. Sabía que estaba internado, alguien me dijo que peleaba contra una neumonía, pero tuve cierta duda, ¿en serio que se puede morir el Negro Rada? Pero resultó cierto y de inmediato los mensajes fueron dolor y sorpresa. Enseguida pensé que la tristeza iba a inundar las dos orillas del río más ancho del mundo, en esas dos ciudades que le sirvieron de trampolín para lanzarse a una carrera de muchos años, discos, recitales, giras, sonrisas, bajones, éxitos y tantísimas cosas, pero el tipo siempre se las rebuscaba para contagiar alegría, no sé de dónde la sacaba, pero se le notaba esa buena onda de fábrica. 

Probablemente el querido Negro Rada haya sido el artista más popular que expuso la música uruguaya. Uruguay es un país muy extraño, es demasiado chiquito su espacio físico, pero su territorio cultural y futbolístico lo transforma en un espacio infinito. 

Me enteré de sus cosas durante los setentas, leyendo sobre sus grupos El Kinto y Tótem, logré escuchar ambos grupos en casas de uruguayos amigos, que lo nombraban con marcado respeto, pero con una sonrisa, lo sabían divertido. Recuerdo cuando alguien me hizo escuchar al Trío Opa, palabras mayores en lo que se denominaba música uruguaya, pero grabada en EE.UU., lo cual ya era sorprendente. Compartió semejante hazaña con Hugo y Osvaldo Fattoruso, dos patriotas orientales, y Ringo Thielmann, fue en la grabación de Magic time, segundo LP del grupo. El álbum presentó una música influida por el jazz rock, muy en boga en esos días, fusionando el candombe, lo cual representó un gran hallazgo, quedaron en la Historia. Creo que la mayoría de los músicos que nos estábamos formando en la Argentina por esos años fuimos subyugados por Opa. Allí, incluso, lo conocimos como compositor con su tema Montevideo, un verdadero clásico.

A fines de esa década, había un espacio jazzero que partió aguas en la historia de la música porteña: Jazz y Pop. Un boliche tan chiquito como hermoso en la calle Chacabuco, era una extraña isla creativa en medio de una Buenos Aires arrasada por la Dictadura cívico–militar. Uno allí se conectaba con el jazz y su extraño mundo secreto, con todos esos músicos que la rompen. Yo concurría todas las semanas, ya que un amigo mío, Daniel Flanagan, trabajaba allí manejando la barra, lo cual nos obligaba a salir del lugar con una importante graduación alcohólica. Allí, Rada y los suyos formaban parte del elenco estable y uno iba a escucharlos todas las semanas, conocíamos el repertorio al dedillo. Ese grupo después se llamó La Banda y llegaron al disco teniendo su rato de gloria. La Banda se formó en 1979 e incluía a Rubén Rada, junto a reconocidos músicos del jazz argentino de finales de los años setenta, como Luis Ceràvolo, Benny Izaguirre, Ricardo Sanz, Jorge Navarro y Bernardo Baraj, les aseguro que era un flash ver en vivo a este verdadero seleccionado. 

Una cosa que recuerdo de esos días era la tremenda escena que ya tenía el Negro, un manejo del público, de la situación que no era común en la música que yo iba a ver. Incluso al principio me costó acostumbrarme a su comicidad, a esos gestos más de cómico que de músico, lo que tardé en comprender, por ese tiempo el humor parecía un extranjero, esa ironía que lo caracterizaba rompía los esquemas en forma permanente en un país que apenas flotaba en la amargura. 

En 1983, se me presentó la oportunidad de grabar el segundo álbum de Canturbe, para un sello multinacional, lo que nos aseguraba difusión, gran cantidad de discos en la calle y una extraordinaria distribución en toda la Argentina y algunos países de Sudamérica. Había dos temas en lo que deseaba convocar a un percusionista y dado los “nenes” que me rodeaban necesitaba a un capo. El productor artístico, Enrique Londaits, preguntó si tenía alguno en mente, si deseaba alguno en particular, le dije que me gustaba mucho el Negro Rada, pero le aclaré que no lo conocía e ignoraba cuánto cobraba. Me dijo, casi guiñando un ojo, que lo charle con Rodolfo, el productor ejecutivo, que él iba a apoyar todo lo que yo necesite, después de todo, recordó Enrique, era quien me contrató y bancaba todo el proyecto. Cuando llegó la nueva sesión de grabación allí estaba Rodolfo, ya le habían comunicado mi deseo y preguntó a quién deseaba en la percusión, le respondí lo mismo que a Enrique, entonces aseguró: “vos llamalo al Negro Rada, que es el que vos querés, de la parte comercial me encargo yo…”. Notable, ahí me sentí más músico luego de semejante respaldo.

Cuando volvimos al estudio me avisaron que alrededor del mediodía venía el Negro a grabar, recibí la noticia con una emoción que por muchas horas me desbordó. Llegó con dos tumbadoras y varios bolsones, de los cuales nunca terminaba de sacar chirimbolos, sólo le faltaron los conejos. Me acerqué a saludarlo y lo primero que dijo fue que nos conocía, que le gustaba mucho nuestro disco anterior y esa cosa tanguera-rockera. Inflé el pecho, lo miré y tranquilicé a todos mis complejos. Le pregunté cómo se hacía este laburo, porque yo no trabajaba con sesionistas y desconocía el método. Pidió que le muestre ambos temas, que le cuente la idea que tenía y entonces él haría tres tomas de cada tema para que después yo pueda elegir tranquilo. Escuchó el primer tema y cuando dije que quería armar algo alrededor de una murga argentina, con la clave que utilizan ellos, algo futbolero, le pareció genial, sobre todo esa cosa más salvaje, más primitiva, de las murgas porteñas, muy diferente que la murga uruguaya, que es mucho más sofisticada.

La intervención de Rada fue crucial, el tema sonaba murguero, pero le faltaba ese toque que incluyó timbres distintos. Lo veía a través del vidrio moverse al tocar, parecía tararear algo que improvisaba. Cuando, en otra toma, metió las tumbadoras la canción dio un vuelco inesperado, acomodándose en un lugar híper rítmico en el que nunca había estado. Estoy seguro de que fue Rada quien transformó el tema en algo bailable, nosotros lo insinuamos, pero él fue el máximo responsable del clima fiestero, fabricó una energía positiva que contagió a todos los que estábamos ahí moviendo los pies. 

Otra cosa que grabé en mi memoria fue su mirada de buen tipo, de esas personas a las que uno les cree todo, quizá ahí yace la explicación de esta tristeza que genera su partida. Uno vuelca en la música esa sensibilidad que lo habita, pero hay gente que emana un tipo de cuadro emotivo que transporta y la música, para llevar esas cosas, es el mejor de los trenes.

Cuando terminó de grabar se acercó preguntando qué me había parecido su trabajo, lo miré extasiado y expresé, en una sincera confesión: “me metiste en un quilombo, no sé cómo carajo voy a hacer para elegir una toma, seguro que no voy a poder, lo único que me queda es revolear una moneda”.

Por supuesto que, una vez publicado ese álbum, llamado Bonpland, en el mes de octubre de 1983, la gente descubrió un plus que nos abrió muchísimas puertas, la presencia del negro Rada y su magia, en una de sus épocas más gloriosas. 

Uno en la vida tiene varios lujos para contar: partidos de barrio, goles mágicos que gritó a lo bestia, charlas de bar con amigos inolvidables, algunos besos sabios e inquietantes, bueno, a todo eso le pude sumar el hecho de haber grabado con un negro muy querido, que hoy se extraña en varias orillas. Además, es un orgullo inenarrable eso de ver en un estudio de grabación a los músicos que uno admira, que vinieron a tocar en una canción nuestra, sabiendo que, seguro, fueron ellos los que nos llenaron de semillas.  


Jorge Garacotche
 - Músico, compositor, integrante del grupo Canturbe y Presidente de AMIBA (Asociación Músicas/os Independientes Buenos Aires).


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