Cuando se agita el trapo de Malvinas en un estadio, el eco no resuena
únicamente en nuestros lares. Viaja, por canales subterráneos de la
memoria colectiva, hacia geografías unidas por la misma cicatriz
imperial. Sin embargo, la persistente zoncera de nuestra Cancillería
—atendida por una partidocracia de espíritu colonial— insiste en
transformar esos fogonazos de hermandad en una acción «tribunera», vacía
de densidad institucional. Incapaces de comprender la mística de los
pueblos, confunden la política exterior con los modales de un salón de
té.
El espejo del Sur Global: el grito de Bangladesh
Miremos, si no, el fenómeno de Bangladesh. Desde el Mundial de 1986,
esa lejana nación asiática adoptó la camiseta argentina como una
liturgia propia. Detrás del fervor por Diego Maradona o Lionel Messi no
hay un capricho del marketing deportivo ni un algoritmo de las
multinacionales; late la memoria histórica de un pueblo que padeció el
yugo feroz de la Corona Británica y las hambrunas inducidas que
diezmaron a su población. La victoria futbolística argentina contra
Inglaterra fue leída en las calles de Dacá como una reparación vicaria,
un grito de rebeldía del Sur Global contra el opresor histórico.
El tercer peronismo, en los años 70, entendió ese lazo primigenio
desde el realismo de la Tercera Posición: fue uno de los primeros
Estados en reconocer su independencia y abrir una embajada. Una avanzada
estratégica que luego sería desmantelada por el analfabetismo
geopolítico de la última dictadura cívico-militar y el posterior
repliegue neoliberal. Aquí radica el nudo gordiano que Arturo Jauretche
denunciaría con su habitual agudeza: la incapacidad congénita de las
élites locales para traducir el sentimiento popular en doctrina de
Estado.

Esta sensación de inferioridad que anida en nuestros representantes
no es una anomalía aislada; es el rasgo distintivo de la intelligentzia
que promueve la balcanización cultural del continente. El reciente
editorial del influyente semanario uruguayo Búsqueda, que trató a sus
propios compatriotas de “envidiosos, del primero al último” por
simpatizar con el vecino, es una muestra cabal de cómo opera el poder
blando anglosajón. Buscan socavar los últimos despojos donde anida
nuestra identidad nacional. Convertir la solidaridad internacional en
una acción «tribunera» es el triunfo de la desmalvinización pedagógica.
Es creer que el apoyo mutuo es sólo un tuit viral, y no la base para
edificar una política transnacional permanente.
La urgencia de la insubordinación fundante
Es aquí donde el pensamiento nacional debe armarse con la categoría
clave de la insubordinación fundante. Todo proceso de emancipación
exitoso en la historia —desde los Estados Unidos de Alexander Hamilton
hasta la Alemania de Bismarck o el Japón de la era Meiji— exigió un
doble movimiento: una insubordinación ideológica contra el pensamiento
dominante impuesto por la potencia hegemónica, seguida de una eficaz
subordinación estatal que organice las fuerzas productivas y políticas
de la nación.
Nuestras élites diplomáticas operan exactamente al revés. Han
internalizado la subordinación cultural y pretenden que el Estado se
adapte a las reglas de juego de un orden internacional diseñado para
mantenernos en la periferia. Cuando la hinchada o los jugadores desafían
ese orden con una bandera en Atlanta, están ejecutando un acto de
insubordinación cultural espontánea. El drama histórico de la Argentina
es que esa rebeldía del barro nunca encuentra un correlato en la
superestructura política; el poder político carece de la audacia
necesaria para convertir la insubordinación popular en una doctrina de
poder estatal que desafíe el statu quo colonial.
La vía muerta del eje Madrid-Buenos Aires
¿Por qué, entonces, no existe una solidaridad estratégica con España?
La analogía jurídica entre Malvinas y Gibraltar es perfecta ante los
ojos de los internacionalistas de salón: dos enclaves coloniales
británicos encallados en la geografía de terceros Estados, dos reclamos
respaldados por el principio de integridad territorial y dos potencias
ocupantes blindadas en la soberanía prepotente del Foreign Office. Sin
embargo, la zoncera del espejo roto salta a la vista: mientras los
pueblos del Sur Global se identifican con la Argentina desde el barro
del sufrimiento compartido, el eje estratégico Buenos Aires-Madrid por
Gibraltar es una vía muerta.
Para comprender esta parálisis conceptual, resulta útil observar la
trama de la economía real y la sumisión ideológica de nuestras élites.
El 80% de la pesca capturada ilegalmente en las aguas de Malvinas
desembarca en el puerto español de Vigo, donde se procesa en plantas
gallegas para su comercialización europea. Esta acción no coloca a
España necesariamente en el bando británico; es el espejo de nuestra
propia negligencia soberana. Ningún Estado ni empresa va a dejar de
aprovechar jugosos negocios por mera solidaridad retórica si el propio
Estado afectado carece de una política de insubordinación económica y
mira hacia otro lado.

Mientras el Reino Unido monta bases militares e impone la trampa
retórica del «deseo» de los isleños, España procesa el conflicto bajo el
corsé de la OTAN y la Unión Europea, priorizando pactos fronterizos
sobre la soberanía. Por nuestra parte, la Cancillería abdica de
construir una pinza diplomática transnacional asertiva con Madrid según
el derecho histórico. Los diplomáticos de cóctel prefieren no tensionar
con la «madre patria» para resguardar los intereses de las
multinacionales energéticas y financieras españolas radicadas en el
país, transformando el unánime apoyo de los pueblos en una postal
folclórica y aislada.
Hacia una política exterior con matriz nacional
La política de solidaridad estratégica que había desplegado el primer
gobierno de Perón para aliviar la carestía alimenticia que aquejaba a
España —bloqueada por el orden de posguerra— fue desconocida tras el
golpe de 1955. Las relaciones reanudadas bajo el paraguas
socialdemócrata liberal en 1983 estipularon una relación asimétrica,
donde nuestro país aceptó un rol subsidiario y dependiente de la
globalización. Ante esta debilidad estructural, el deporte nacional
sigue siendo la única ventana de expresión al mundo de nuestras demandas
históricas.
Una política exterior con matriz nacional no puede ser un espectador
pasivo del folclore de las tribunas. Debe ser la encargada de dotar de
insubordinación fundante a la diplomacia. Esto implica capitalizar
estratégicamente estas corrientes de simpatía global para consolidar
bloques de presión en el Sur Global, coordinar denuncias conjuntas
contra el saqueo de recursos pesqueros y petroleros en el Atlántico Sur,
y forjar alianzas culturales sólidas que desgasten el relato colonial.

En este páramo intelectual, la sentida labor desarrollada por el
historiador revisionista Marcelo Gullo en la península ibérica
constituye una respuesta cultural imprescindible. Al proponer la unión
estratégica en clave hispanoamericana, Gullo no hace más que proponer
una insubordinación continental conjunta contra las estructuras del
poder anglosajón que nos dividió para reinar. Frente al entramado
discursivo del progresismo apátrida y el conservadurismo liberal que
anidan en ambos lados del océano, urge recuperar la política de los
pueblos. Desplegar el trapo en Atlanta es el síntoma de que el pulso de
la nación sigue vivo, a la espera de una conducción que deje de pedir
permiso en los salones de Washington o Londres y se atreva, finalmente, a
fundar su propia soberanía.
Julián Otal Landi

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