Por Las Malvinas pasaron Francia, la Corona española y, finalmente, en 1833 llegaron los británicos, que desalojaron por la fuerza a la guarnición argentina de Puerto Soledad e iniciaron una ocupación colonial que continúa hasta el día de hoy, ejerciendo el método imperialista clásico en su máxima expresión. Implantaron una población, establecieron una base militar de la OTAN y se dedicaron a extraer beneficios económicos. En los últimos años, la exploración en busca de petróleo derivó en una alianza entre Gran Bretaña y Navitas Petroleum, una empresa israelí integrada por exfuncionarios de ese Estado.
El Estado Español mantiene en el norte de África a Ceuta y Melilla como enclaves coloniales. Resultó asombroso que durante estos días se hablara de avalancha o invasión, expresiones tan llamativas como reveladoras para describir a africanos "invadiendo" África, en lugar de señalar que es la monarquía española la que ocupa esos territorios.
Vimos a miles de jóvenes buscando una perspectiva de futuro, huyendo de las consecuencias de décadas de saqueo imperialista y de las políticas del régimen de Mohamed VI, rey de Marruecos, que pasa buena parte de su tiempo en Francia, entre su castillo en Betz y su residencia en París.
La derecha respondió con sus habituales discursos de odio y xenofobia. Pero también quedó en evidencia que, cuando se trata de colonialismo e imperialismo, los gobiernos llamados progresistas tampoco cuestionan esas posiciones estratégicas para sus intereses. La militarización sigue siendo la respuesta.
El Estado español ha "externalizado" sus fronteras. La Unión Europea, mediante distintos pactos migratorios y de seguridad, financia con dinero, equipamiento e incluso verdaderos campos de concentración —donde terminan confinados también niños y bebés— a Marruecos, Turquía, Libia, Túnez, Egipto o Mauritania, para que allí se detenga a quienes intentan migrar. Se garantiza, de ese modo, que la represión ocurra lejos de las fronteras europeas.
Ese mecanismo externo es parte del racismo institucional de los Estados europeos. Hacia el interior, ese mismo sistema se sostiene mediante leyes de extranjería, los CIE, las deportaciones y un flujo permanente de migración "regulada" destinado a garantizar mano de obra barata para las patronales. La existencia de trabajadores de "primera" y de "segunda", sin plenos derechos o directamente en situación irregular, fragmenta a la clase trabajadora entre nativos y extranjeros, e incluso enfrenta a los "buenos migrantes" con los "ilegales". Son todos dispositivos destinados a dividir a la clase trabajadora para facilitar mayores niveles de explotación y precarización.
Ceuta y Melilla son, por lo tanto, enclaves coloniales. Como ocurre cuando levantamos nuestra voz por Las Malvinas, corresponde exigir el fin de esa situación colonial y su devolución a Marruecos. Del mismo modo, corresponde apoyar el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui en el Sahara Occidental.
Y hay que decirlo con claridad: quienes valientemente han levantado la voz en defensa del pueblo palestino y han condenado los crímenes del Estado de Israel deben hacerlo con la misma firmeza cuando los opresores se encuentran en el corazón de Europa.


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