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Un Mundial con sabor a figuritas repetidas

Lo dice la gente en la calle, lo repiten los comerciantes, se escucha entre los murmullos intermitentes que parecen brotar desde las entrañas urbanas: clima de Mundial no hay. No, no hay clima de Mundial. Quizás podría arriesgarme a decir que no hay clima de nada, más que de hastío y desamparo, algo de desencanto, alguna que otra irrupción de una momentánea bronca que no dura lo suficiente como para transformarse en otra cosa. Pero, sobre todo, no hay clima de Mundial. Aunque algunos, como yo, nos aferremos a la ilusión de repetir viejos gestos, transformados en pequeñas tradiciones cotidianas, para intentar invocar al dios del júbilo.


Por Belén Degrossi

 

Pero en general, lo que la gente dice en la calle, lo que repiten los comerciantes, lo que se escucha entre los murmullos intermitentes que parecen brotar desde las entrañas urbanas, es que clima de Mundial no hay.

Quizás cometemos varios errores en esta lectura. El primero, y más humano de todos, es creer que la felicidad y la dicha pueden ser eternas. Y que aquello que hace menos de cuatro años nos tuvo pendientes y predispuestos e ilusionados, hoy no es más que un discurso que se nos filtra entre propagandas de cerveza hechas con inteligencia artificial y las expectativas de las infancias que, por supuesto, no tienen por qué enterarse de que la magia del futbol ha sido mancillada por los adultos.

Este Mundial es un gran Papá Noel al que todos, como sociedad, nos someteremos. Eso, claro, si no nos dejamos ganar por el resentimiento o la amargura.

En esto quiero detenerme: no hay clima del Mundial. Y, sin embargo, las figuritas se agotan. Las nuevas formas de transacción que han surgido en torno a esos pequeños rectángulos auto-adhesivos son casi un termómetro social, un ejemplo perfecto del mercado regulándose por y para el Pueblo.

En grupos de whatsapp y de facebook infancias y adultos se comparten data de lugares en los que las figus salen más baratas, y planchas imprimibles para que tu criatura pueda completar el álbum por menos guita para que el gasto no te genere una deuda digna de Toto Caputo. Hay gente cambiando figuritas de mundiales anteriores por paquetes nuevos, ayudando a otros a completar viejas ediciones del preciado recuerdo, y hay otros vendiendo las figuritas repetidas a precios cuidados. Y sin lugar a dudas, quienes mantenemos el ejercicio de abrir paquetes cada vez que la economía hogareña lo permite (a costa, a veces, de recortar presupuesto en otras áreas del hogar) no podemos dejar de ilusionarnos con que aparezca entre las siete calcomanías nuevas el último gran 10, ese que está por jugar su último Mundial.

No hay clima de Mundial pero, ¿y si es mejor? ¿Y si la emoción más grande es aquella que nos agarra de imprevisto? O, dicho de otra forma, probablemente lo que no hay es clima triunfalista. No hay demasiadas expectativas, no hay ilusión, no hay deseos. ¿Es esto acaso algo que tiene que ver con el Mundial o, en realidad, un clima de época?

Es innegable que en un contexto de destrucción del salario, asesinato de las jubilaciones, arremetidas constantes contra nuestros derechos y demás es iluso, infantil, simplemente absurdo esperar que exista algo como "un clima mundialista". Cuando además, la Selección ya ganó todo. Ganar no es más la excepción: es la regla. Generaciones enteras que crecimos marcadas por el fracaso futbolístico ahora contamos con esa nueva estrella en nuestras camisetas, nuestros tatuajes, nuestros mates, nuestras pelotas. En el Mundial de Qatar todo estaba por probarse. Este se siente como esa secuela innecesaria que Hollywood hace de una película un par de décadas después para apelar a la nostalgia.

El Mundial del 2022 nos encontraba en verano, saliendo de una pandemia, con la efervescencia de un seleccionado que ilusionaba y la posibilidad de comprar camisetas y figuritas sin detenernos a pensar demasiado en que esa inversión económica nos iba a arruinar por dos o tres generaciones. No, el gobierno de Alberto Fernández no era precisamente un festival de buenas noticias para la clase trabajadora pero al menos, de vez en cuando, podíamos permitirnos este tipo de consumos sin creer que estábamos incurriendo en la adquisición de un lujo. Hoy una camiseta oficial sale más de la mitad de una jubilación mínima. O una cosa tiene sobreprecio o la otra está por el piso. Me inclino a pensar que las dos lecturas son correctas.

En 2022 nos aferrábamos a aquél eslogan que hoy nos provoca, como diría la pibada, “cringe”. Habíamos hecho del “elijo creer” un mantra, una oración repetida como un rezo del rosario, una filosofía de vida que nos llevaba, como pueblo, a buscar coincidencias y señales por todos lados. Del tarot a la Difunta Correa, de Maradona al Gauchito Gil, de San Expedito a los pibes de Malvinas, a todos les hemos rezado. Ahora parece que no sólo perdimos el entusiasmo: perdimos la fe. O la estamos usando para cosas más urgentes.

Entonces no, no hay clima de Mundial. Menos aún para un Mundial diseñado por las grandes corporaciones, toqueteado para parecerse más a un Super Tazón que a un partido de fútbol, instalado en un país que al deporte le dice “soccer” y en el que se le negaría la entrada al 90% de los jugadores de fútbol si no fueran astros del deporte. Un país que en los últimos años ha sido hogar de nuestro capitán, exprimiéndolo como si fuera una reserva de litio en Catamarca, no por su fútbol si no por su capacidad de venta. Un país que no llena estadios, que no canta en la cancha, que no tiene ningún tipo de tradición futbolera. Un país que le negó al Diego la capacidad de jugar íntegro su último Mundial.

Y, sin embargo, ¿qué podíamos decir de Qatar? En ese entonces, hace escasos tres años y un piquito, las reservas para con ese Mundial eran casi las mismas. Elaborábamos informes sobre la cantidad de obreros que habían muerto construyendo el Estadio de Lusail, y nos indignábamos con lo que salían las entradas a los partidos. Nos generaba rechazo ese fútbol de alta gama que querían vendernos, con estadios con aire acondicionado y revisiones de VAR que ralentizaban todos los partidos.

Todo, claro, hasta que la pelotita entró. No, no la del primer gol de Argentina: la de los sauditas. Y donde entró la bola entró la duda. Con la duda, como siempre, llegó el pavor. Y el pavor es, aunque a veces cueste admitirlo, la forma más pura y simple de entender cuando algo realmente nos importa.

¿Acaso no forma la derrota, con sus posteriores lecturas y análisis, parte de ese clima mundialista? ¿No es el derrotismo, también, una forma de vivir el deporte? ¿Todos los que hoy declaran que prefieren perder este Mundial porque intuyen que sería la gota que rebalsa el vaso del hartazgo popular… no son parte del “clima del Mundial”? ¿No ha sido siempre para nosotros, como Pueblo, el Mundial una narrativa que se introduce en nuestras discusiones momentáneas?

A esta teoría, una contra teoría: en el ‘78 ganamos el Mundial, y ese circo que los milicos quisieron armar fue cooptado por la fiesta popular y vitrina para que las Madres de Plaza de Mayo le cuenten a la prensa extranjera lo que realmente estaba pasando en Argentina. En el ‘86 ganamos el Mundial y Alfonsín (que se había sacado una foto con Maradona y compañía y había intentado capitalizar el momento) no llegó siquiera a terminar su mandato. En el ‘22 ganamos el Mundial y Alberto se fue con la plaza vacía, la imagen por el piso y un escándalo en puerta que nada tenía que ver con su capacidad de gestión. Es decir, no existe correlación entre ganar y aplacar el humor del Pueblo. ¿Por qué negarnos, entonces, una alegría en medio de tanta decepción?

O, al menos, ¿por qué negarle la changa al que vende camisetas truchas en las esquinas de Bulevar? No sólo el humor depende de la pelotita: también la economía. La popular, la alterna, la subterránea. La que vende pizzas, latas de cerveza y muñecos de porcelana fría del Dibu Martínez. ¿Qué clima hay para ellos?

Yo quiero que la pelota entre. La que haga falta. Quiero ganar siempre, porque no puedo evitarlo. Pero sobre todo, quiero ganar para probarnos algo: ni en el peor momento, ni con una competencia organizada por Donald Trump, ni con una Selección apática, apátrida, distante, ni con un presidente que se dice arquero pero que odia el fútbol, se pueden adueñar de la alegría.

La alegría es nuestra. En la cancha, en la calle, en la historia. Somos nosotros, siempre, los que sostenemos la ilusión. Los que abrimos ese paquete de figuritas esperando que salga el capitán. Aunque las matemáticas, las probabilidades, las estadísticas y las corporaciones parezcan estar siempre en nuestra contra.


Belén Degrossi


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Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.