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La Argentina soberana está muerta

¿Recuerdan cuando decíamos "Patria si, colonia no". Bueno, somos una colonia. ¿Recuerdan cuando decíamos "Patria o Muerte"?. ¿Recuerdan que seguidamente decíamos "¡Venceremos!"?. Pero hay que tenerlo claro si queremos que vuelva a existir: para que la Argentina vuelva a ser soberana primero debemos aceptar que la que conocimos ha sido asesinada. Como las ranas en una olla puesta a fuego lento, asistimos a su agonía sin querer darnos cuenta de que es irreparable. Pero de nada vale que nos hagamos los distraídos, la Argentina ha sido destruida y no volveremos a tener una patria soberana si no es a través de una profunda refundación, una auténtica revolución democrática que le devuelva el poder a las organizaciones libres del pueblo. A pesar de parecerme muy interesante, central, no tengo idea de quien es el autor (Hakan Illatiksi parece un seudónimo) ni conozco el medio donde se ha publicado originalmente. Pero hoy se trata de un debate vital, de vida o muerte.

Por Hakan Illatiksi

 

En el Spodoceno (palabra que proviene del latín spado, spadonis, que significa eunuco, castrado o persona privada de las facultades viriles), los países no siempre son destruidos: a veces son conservados como ruinas funcionales. 

Seamos positivos, entonces. Miremos el cuadro desde la lógica de sus propios arquitectos. Si el objetivo histórico fue desarmar irreversiblemente a la Argentina, el plan ha sido exitoso. No solo se debilitó su economía, no solo se colonizó su sistema financiero, no solo se fragmentó su tejido social: se avanzó sobre aquello que hacía posible imaginar una nación con autonomía material, científica, energética, militar, cultural y estratégica.

El desarme no consiste únicamente en quitar armas. Ese es apenas el sentido más pobre de la palabra. Desarmar un país es quitarle sus instrumentos de decisión. Es romper la cadena que une conocimiento, territorio, industria, defensa, energía, educación y voluntad política. Es hacer que la nación conserve bandera, himno, fronteras y elecciones, pero pierda la capacidad efectiva de decidir sobre su destino.

En ese sentido, el desarme argentino ha sido una obra larga, paciente y casi pedagógica. Primero se desarmó la confianza en lo propio. Luego se desarmó la industria. Después se desarmó la ciencia. Más tarde se desarmó la política, reducida a administración de deuda, marketing electoral y obediencia externa. Finalmente se desarmó la imaginación colectiva: se convenció a millones de que toda aspiración nacional era atraso, delirio, corrupción o nostalgia.

El resultado está a la vista. Argentina ya no es derrotada solamente desde afuera. Ha aprendido a derrotarse a sí misma. Ha incorporado el mandato de su propia demolición como si fuera lucidez económica, modernización institucional o sinceramiento moral. El colonizado perfecto no es quien obedece por miedo, sino quien llama libertad a su obediencia.

Eso no ocurrió de golpe. La osteoporosis no duele mientras avanza. El hueso se vacía por dentro, conserva su forma, su tamaño, su apariencia exterior. El colapso solo se revela cuando ya no puede sostener el peso. Así fue el desarme: no hubo un momento único de quiebre visible. Hubo décadas de vaciamiento silencioso hasta que la estructura ya no pudo sostenerse. Y cuando cayó, muchos creyeron que había caído sola.

  

La irreversibilidad de la muerte histórica

Lo que muere como proyecto histórico no vuelve como recuerdo: vuelve como disputa.

El hecho es irreversible en un sentido profundo: la Argentina que muere no puede ser revivida. No hay restauración posible. No volverá intacta la Argentina industrial del siglo XX, ni la Argentina de la movilidad social ascendente, ni la Argentina científica que imaginaba reactores, satélites, escuelas técnicas, astilleros, ferrocarriles y universidades como partes de una misma arquitectura nacional.

Esa Argentina murió porque las condiciones históricas que la hicieron posible también murieron. Murió el mundo que permitía cierto margen de sustitución industrial. Murió el pacto social que vinculaba trabajo, Estado y ciudadanía. Murió la idea de que la educación pública garantizaba por sí sola integración nacional. Murió la burguesía nacional como sujeto estratégico. Murió, o fue asesinada, la clase política capaz de pensar más allá de la próxima elección.

Pretender revivirla tal como fue sería convertir la nostalgia en programa. Y la nostalgia, cuando intenta gobernar, termina produciendo fantasmas. No se trata de reconstruir la Argentina perdida como si fuera una maqueta dañada. Se trata de aceptar que algo terminó. Que hay una forma histórica de país que ya no volverá. Que el siglo XXI no permite restauraciones ingenuas.

Un glaciar que pierde masa no regresa a su forma anterior cuando baja la temperatura. Lo que tardó siglos en acumularse no se rehace en años. Hay procesos con esa asimetría brutal: la destrucción es rápida, la reconstrucción requiere otra escala de tiempo y otra generación de condiciones. No hay nostalgia que cambie esa física. Solo hay lucidez o fantasmas.

Pero de esa muerte puede surgir algo. La pregunta no es si Argentina renacerá. Renacerá, porque las sociedades no desaparecen simplemente: mutan, se deforman, se reorganizan, se adaptan o se rebelan. La pregunta decisiva es bajo qué forma volverá a levantarse.

  

El riesgo del país zombi

El zombi no es el muerto: es el cuerpo que sigue obedeciendo después de haber perdido la voluntad.

Y aquí aparece la imagen más inquietante: Argentina puede renacer, sí, pero puede hacerlo como zombi.

Un país zombi no es un país muerto. Es algo peor: es un país que camina sin alma histórica. Conserva instituciones, pero no soberanía. Conserva elecciones, pero no proyecto. Conserva universidades, pero expulsa conocimiento. Conserva territorio, pero entrega sus recursos. Conserva pueblo, pero lo transforma en masa endeudada, cansada, conectada y políticamente impotente.

El zombi nacional se mueve. Consume, vota, trabaja, protesta, se entretiene, se indigna, sobrevive. Pero no recuerda para qué existe. Ha perdido la memoria de su potencia. No sabe distinguir entre modernización y entrega, entre eficiencia y subordinación, entre libertad y desamparo, entre apertura al mundo y disolución estratégica.

La Argentina zombi sería una entidad administrada desde afuera y animada desde adentro por el resentimiento, la deuda, el saqueo y la frustración. Una sociedad donde todo funciona apenas lo suficiente para que nada renazca de verdad. Puertos activos, litio activo, Vaca Muerta activa, datos activos, mercado financiero activo, vigilancia activa, pero nación pasiva. Una geografía productiva sin sujeto histórico.

Un río que pierde su cauce no desaparece: se dispersa. Se convierte en bañado, en pantano, en una red de corrientes menores que no llegan a ningún lado. Sigue siendo agua. Sigue moviéndose. Pero ya no profundiza, ya no arrastra, ya no abre camino. Esa es la hidrología del país zombi: mucho movimiento, ninguna dirección. Mucha energía, ningún destino.

Ese es el verdadero peligro: no la desaparición visible de Argentina, sino su permanencia vaciada. Que el nombre siga, que la camiseta siga, que la bandera siga, pero que detrás de esos signos ya no haya una voluntad nacional organizada, sino apenas un cadáver institucional movido por intereses ajenos.

  

La falsa positividad del colapso

Por eso conviene llevar la ironía hasta el final: seamos positivos. El plan fue exitoso. La vieja Argentina fue desarmada. Sus defensas simbólicas, industriales, científicas y políticas fueron penetradas. Su clase dirigente fue degradada hasta volverse gerencial. Su pueblo fue dividido entre sobrevivientes, espectadores, consumidores de odio y creyentes de soluciones mágicas.

Pero si el hecho es irreversible, también lo es en otro sentido: ya no hay nada que conservar tal como estaba. Y esa puede ser la única oportunidad. Cuando una forma histórica muere, también mueren sus chantajes. Ya no tiene sentido defender una normalidad que fue precisamente el camino hacia la catástrofe. Ya no alcanza con pedir moderación, institucionalidad, republicanismo abstracto o regreso al pasado. Todo eso forma parte del museo de una Argentina que no supo defenderse.

El problema, entonces, no es volver atrás. El problema es impedir que el cadáver sea administrado por los mismos poderes que lo produjeron. La salida no está en revivir la Argentina muerta, sino en evitar que su ruina sea ocupada por una forma zombi de existencia colectiva.

  

Renacer sin restaurar

Sin instrumentos de poder, la independencia es apenas una ceremonia.

Argentina renacerá solo si acepta una verdad dura: no hay nación sin poder. No hay soberanía sin instrumentos. No hay justicia social sin base material. No hay democracia real si las decisiones estratégicas ya fueron tomadas por acreedores, embajadas, corporaciones, tribunales externos, plataformas digitales y dispositivos de seguridad transnacional.

El renacimiento no puede ser sentimental. Debe ser estratégico. No puede basarse únicamente en memoria, dolor o denuncia. Necesita reconstruir capacidades: energía, ciencia, defensa, alimentos, industria, educación técnica, infraestructura, inteligencia estatal, cultura política y horizonte civilizatorio.

Pero antes de eso necesita algo más elemental: recuperar la diferencia entre estar vivo y simplemente moverse.

Porque el zombi también se mueve. El zombi también responde a estímulos. El zombi también ocupa espacio. El zombi incluso puede parecer fuerte por momentos. Pero no decide. No crea. No recuerda. No proyecta. Solo repite impulsos que ya no comprende.

La pregunta, entonces, no es si Argentina volverá. Volverá. La pregunta es si volverá como sujeto histórico o como cuerpo administrado.

Si renace como zombi, será una plataforma territorial de extracción, deuda, vigilancia y espectáculo. Si renace como nación, deberá hacerlo desde una conciencia radicalmente nueva: sin nostalgia restauradora, sin ingenuidad institucional, sin obediencia periférica y sin la fantasía de que el mundo recompensa a los pueblos que no saben defenderse.

La vieja Argentina murió. Tal vez era necesario decirlo sin anestesia.

Lo que queda por decidir es si de esa muerte sale una comunidad despierta o una criatura que camina sin saber que ya no vive.

El quebracho colorado es el árbol más duro del monte argentino. Cuando el bosque es arrasado, es el último en caer. Y cuando todo lo demás ha muerto, es el primero en rebrotar desde la raíz. No regresa igual: regresa más lento, más profundo, con menos altura pero con mayor densidad de madera. Lo que renace no imita lo anterior. Es más duro porque sobrevivió a lo que mató a todo lo demás. Esa es la única forma de renacimiento que vale la pena: no la restauración del árbol caído, sino la dureza de lo que vuelve desde abajo.

 

Lecturas recomendadas:

Sobre el desarme nacional y la dependencia estructural:
Aldo Ferrer — La economía argentina (1963)
Marcelo Diamand — Doctrinas económicas, desarrollo e independencia (1973)
Eduardo Basualdo — Sistema político y modelo de acumulación (2001)

Sobre la colonización del imaginario y la derrota cultural:
Frantz Fanon — Los condenados de la tierra (1961)
Albert Memmi — Retrato del colonizado (1957)
Rodolfo Walsh — Operación Masacre (1957)

Sobre el zombi político y la vida administrada:
Achille Mbembe — Necropolítica (2011)
Zygmunt Bauman — Vidas desperdiciadas (2005)
Guy Debord — La sociedad del espectáculo (1967)

Sobre la irreversibilidad histórica y el tiempo político:
Walter Benjamin — Tesis sobre el concepto de historia (1940)
Antonio Gramsci — Cuadernos de la cárcel (selección sobre hegemonía e interregno)

Sobre el renacimiento sin restauración — pensamiento estratégico:
Juan José Hernández Arregui — La formación de la conciencia nacional (1960)
Arturo Jauretche — El medio pelo en la sociedad argentina (1966)
Jorge Abelardo Ramos — Revolución y contrarrevolución en la Argentina (1957)

Lecturas recientes:
Pablo Stefanoni — ¿La rebeldía se volvió de derecha? (2021)
Sebastián Stavisky — El orden de la deuda (2023)
Horacio Verbitsky y Juan Pablo Bohoslavsky — Cuentas pendientes (2013) 

 

Hakan Illatiks 




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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.