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El giro neoliberal fue y es una victoria del poder, no de una teoría económica

La transición de las élites hacia este modelo ya está en marcha. Como ocurrió en los años setenta, las élites están utilizando la crisis —esta vez la crisis de la deuda, la crisis climática, la crisis de legitimidad democrática— para imponer un nuevo proyecto político que consolide su poder. Y lo están haciendo con una ventaja que no tenían hace cuarenta años: controlan la infraestructura digital sobre la que se sostiene la vida moderna. Controlan los datos, los algoritmos, las plataformas. Controlan la información que consumimos, las opiniones que nos formamos, las emociones que sentimos. Varoufakis lo ha advertido, los "tecnolords" controlan nuestras mentes, atrapando a millones en un ciclo incesante de dependencia digital, el circuito de la cloud rent. Y mientras nosotros debatimos sobre si la renta básica universal o la semana laboral de cuatro días son soluciones viables, ellos están construyendo un sistema a prueba de democracia, blindado por algoritmos y vigilancia, diseñado para perpetuarse más allá de cualquier ciclo electoral. El manifiesto de Palantir es un grito de guerra, pero también es un síntoma de debilidad. Si tuvieran el poder absoluto, no necesitarían justificarse. El hecho de que hayan sentido la necesidad de publicar sus 22 puntos, de explicar su ideología, de convencer a la opinión pública, indica que todavía no están seguros de haber ganado la batalla definitiva. Y mientras haya espacio para la duda, hay espacio para la resistencia. Pero el tiempo corre en nuestra contra. O reconstruimos un nuevo contrato social basado en la justicia, la igualdad y la democracia real, o aceptaremos mansamente la jaula de cristal que nos están preparando. La elección, todavía, es nuestra. Pero no por mucho tiempo. Mientras tanto anda un monstruo suelto en Argentina. Peter Thiel, el fundador de Paypal y Palantir, se instaló en el país para respaldar el experimento anarcocapitalista del sociópata Milei: autoridad, hambre y control social.

Por Lic. Alejandro Marcó del Pont

 

Cómo la clase dominante cambió el mercado por la vigilancia. El giro neoliberal es y fue una victoria del poder, no de una teoría económica. La nueva Tecnoligarquía.

La última vez que alguien en el poder utilizó la palabra “mercado” con verdadera convicción el mundo era otro. Corrían los años setenta y el sistema capitalista enfrentaba una doble crisis que parecía anunciar su propio colapso, las tasas de beneficio se derrumbaban y las calles de Occidente hervían con la mayor oleada de luchas obreras desde los años treinta. Los capitalistas se sintieron acorralados.

Su respuesta no fue intelectual ni académica. Fue una ofensiva de clase perfectamente orquestada. El geógrafo marxista David Harvey ha sido implacable al señalar que el neoliberalismo no emergió como una teoría económica superior que derrotó al keynesianismo en el libre mercado de las ideas, sino como una respuesta política feroz de una clase dominante que vio peligrar sus privilegios. No fue una revolución intelectual, fue una guerra de clases. Harvey lo ha repetido hasta el cansancio. El neoliberalismo es, ante todo, “un proyecto para restaurar la dominación de clase de sectores que vieron amenazado su poder”.

Los capitalistas se sintieron amenazados en su propia casa. Y no estaban dispuestos a permitirlo. La respuesta fue brutal y meticulosa. No hubo debate académico. Hubo una estrategia de clase, desmantelar el Estado de Bienestar, aplastar la negociación colectiva, restaurar el poder de los propietarios del capital sobre los cuerpos de los trabajadores. El neoliberalismo nunca fue una verdad revelada por Milton Friedman o Friedrich Hayek que anduvieron 40 años por los pasillos de la marginalidad. Fue la maquinaria de guerra de una élite asustada, quien lo tomó para su beneficio. Y funcionó y sigue funcionando. Durante casi medio siglo, la clase trabajadora ha pagado el precio de aquella ofensiva con salarios estancados, se restauró el poder de los propietarios del capital, se desguazaron o privatizaron servicios públicos y se instaló una desigualdad que no dejó de crecer.

Los empleadores y las élites políticas de las décadas de 1970 y 1980 transformaron la turbulencia económica en una oportunidad para reconfigurar la sociedad según sus propios términos. No hubo un debate de ideas donde Keynes cayera derrotado por la superioridad lógica de Friedman. Hubo un golpe de clase silencioso, financiado con miles de millones de dólares, ejecutado a través de cátedras universitarias, medios de comunicación y parlamentos capturados. El Estado de Bienestar, aquel pacto social forjado tras la Segunda Guerra Mundial, que vinculaba el trabajo con la seguridad y el crecimiento con la redistribución, como consecuencia de dos guerras y la crisis del 1930, fue pulverizado pieza por pieza.

Hoy, ese viejo orden neoliberal agoniza. No es una recesión más. Es lo que Antonio Gramsci llamó una “crisis orgánica de hegemonía”: el paradigma que nos gobernó durante cuarenta años ya no sirve para explicar el mundo, y el nuevo aún no termina de nacer. La desregulación financiera llevó la deuda global a niveles insostenibles. El libre comercio, que alguna vez fue el evangelio de los mercados, ha desatado fuerzas que ahora devoran a sus propios creadores. Nacionalismos agresivos, guerras comerciales perpetuas, cadenas de suministro desbastadas.


El sistema financiarizado ha llegado a un límite que amenaza con colapsar el edificio entero. Las élites lo saben. Y por eso están cambiando de estrategia. Ya no pueden permitirse el lujo del caos del mercado. Lo que necesitan ahora es orden. Control absoluto. Predecibilidad. Y lo están encontrando en un lugar que, hace apenas una década, parecía la promesa de un futuro más libre, la tecnología. Pero no cualquier tecnología. Una tecnología que no nos libera, sino que nos encierra. Una tecnología que no nos conecta, sino que nos vigila. Una tecnología que no nos da poder, sino que nos convierte en siervos de un nuevo orden, que el economista Yanis Varoufakis ha llamado “tecnofeudalismo”.

Y para entender hacia dónde nos llevan, no hay mejor guía que el manifiesto que la empresa Palantir publicó hace apenas unos días, una especie de programa político de las Big Tech para un siglo de guerras. Un programa autoritario para dar aún más poder a las élites occidentales. Palantir no es una empresa cualquiera. Fundada en 2003 con una inversión de In-Q-Tel —el brazo de inversión de capital de la CIA—, desarrolló su tecnología de la mano de los analistas de la agencia, lo que le permitió crear un software de análisis de datos sin parangón en el mundo. Hoy, sus herramientas son de amplio uso en la CIA, el FBI, la NSA, y de manera controversial en agencias migratorias como ICE para identificar y localizar migrantes que busca detener y deportar.

Varoufakis ha comentado uno por uno esos 22 puntos con una lucidez que corta el aliento. El primer punto de Palantir afirma que “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su auge” y que “la élite de ingenieros tiene la obligación de participar en la defensa de la nación”. Varoufakis responde: “Silicon Valley tiene una deuda inconmensurable con la clase dominante que rescató a los banqueros criminales que arruinaron el sustento de la mayoría de los estadounidenses. La élite de ingenieros de Silicon Valley defenderá a esa clase dominante hasta la muerte (¡literalmente!), en nombre de la mayoría de los estadounidenses a quienes tratan con desprecio –es decir, como ganado que ha perdido su valor de mercado–”.

No es casualidad. Este manifiesto no es un documento aislado. Es la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo. La emergencia de una oligarquía tecnológica que ya no se conforma con acumular riqueza, sino que quiere rediseñar la política, la economía y la sociedad a su imagen y semejanza. Individuos como Elon Musk, Jeff Bezos, Peter Thiel y Mark Zuckerberg ejercen una influencia sin precedentes sobre los Estados y las sociedades, aprovechando su riqueza personal, su dominio tecnológico y su control monopólico para eludir la autoridad estatal tradicional, convirtiéndose en actores cuasi soberanos.

La imagen de esos tres multimillonarios ocupando lugares de honor en la investidura de Donald Trump no fue una anécdota. Fue la puesta en escena de un nuevo orden, el matrimonio entre el poder político y el poder tecnológico ha consumado su luna de miel. Los ideólogos de la llamada “Ilustración Oscura”, teorizan explícitamente sobre un orden posdemocrático basado en la figura del director general-monarca. Alex Karp CEO de Palantir, sin llegar tan lejos, propone una “República tecnológica” que, bajo un vocabulario republicano, despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática

Este modelo, al que apunta esta nueva oligarquía, no es el neoliberalismo. El neoliberalismo fue una fase necesaria, pero ya cumplió su función. Su tarea era desmantelar el Estado de Bienestar, debilitar a la clase trabajadora y concentrar la riqueza. Ahora, con la clase trabajadora fragmentada y la desigualdad en niveles récord, las élites necesitan algo más eficiente que el caos del mercado. Necesitan una planificación centralizada de alta tecnología. Necesitan algoritmos que administren, plataformas que gobiernen y sistemas que predigan. Necesitan gobernanza algorítmica.

El mundo que están construyendo no es una democracia. Tampoco es una dictadura tradicional. Es algo nuevo, es la “república tecnológica”, donde el poder no reside en el pueblo ni en un partido, sino en los códigos y en los hombres que los controlan. Un sistema donde las decisiones sobre quién vive y quién muere, quién obtiene un préstamo y quién no, quién es vigilado y quién no, son delegadas a sistemas automatizados que operan bajo una aparente neutralidad técnica que oculta la más brutal de las arbitrariedades. Cualquier error, como un misil en una escuela de niñas en la localidad de Minab, en el sur de Irán, que mató a 165 de ellas es un traspié sin importancia, forma parte del aprendizaje de la IA de Palantir.

La transición de las élites hacia este modelo ya está en marcha. Como ocurrió en los años setenta, las élites están utilizando la crisis —esta vez, la crisis de la deuda, la crisis climática, la crisis de legitimidad democrática— para imponer un nuevo proyecto político que consolide su poder. Y lo están haciendo con una ventaja que no tenían hace cuarenta años: controlan la infraestructura digital sobre la que se sostiene la vida moderna. Controlan los datos, los algoritmos, las plataformas.

Controlan la información que consumimos, las opiniones que nos formamos, las emociones que sentimos. Varoufakis lo ha advertido, los “tecnolords” controlan nuestras mentes, atrapando a millones en un ciclo incesante de dependencia digital, el circuito de la cloud rent. Y mientras nosotros debatimos sobre si la renta básica universal o la semana laboral de cuatro días son soluciones viables, ellos están construyendo un sistema a prueba de democracia, blindado por algoritmos y vigilancia, diseñado para perpetuarse más allá de cualquier ciclo electoral.

El manifiesto de Palantir es un grito de guerra, pero también es un síntoma de debilidad. Si tuvieran el poder absoluto, no necesitarían justificarse. El hecho de que hayan sentido la necesidad de publicar sus 22 puntos, de explicar su ideología, de convencer a la opinión pública, indica que todavía no están seguros de haber ganado la batalla definitiva. Y mientras haya espacio para la duda, hay espacio para la resistencia. Pero el tiempo corre en nuestra contra. O reconstruimos un nuevo contrato social basado en la justicia, la igualdad y la democracia real, o aceptaremos mansamente la jaula de cristal que nos están preparando. La elección, todavía, es nuestra. Pero no por mucho tiempo.

Mientras tanto anda un monstruo suelto en Argentina. Peter Thiel, el fundador de Paypal y Palantir, se instaló en el país para respaldar el experimento anarcocapitalista del sociópata Milei: autoridad, hambre y control social.


Lic. Alejandro Marcó del Pont



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