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Navegando por la niebla: de la contención a la disuasión

Imagina por un momento que estás en una habitación oscura junto a un desconocido. Ambos sostienen un revólver cargado. Sabes que, si aprietas el gatillo, él probablemente hará lo mismo, y los dos acabarán heridos o muertos. Esa certeza incómoda, ese miedo compartido fue, durante décadas, el mecanismo que evitó una guerra directa entre las grandes potencias. Se llamó disuasión nuclear. Puede parecer una forma extraña de paz: fría, calculada y basada en la amenaza permanente de destrucción. Sin embargo, funcionó. Nadie quería ser el primero en morir. Durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX, el miedo racional evitó que la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética derivara en un conflicto nuclear total. Hoy, esa habitación parece más pequeña. Las luces parpadean. Los actores son más numerosos y algunos empiezan a insinuar que tal vez convenga disparar primero para recordar al adversario quién tiene la iniciativa. Estamos transitando, casi sin advertirlo, desde la lógica clásica de la disuasión hacia una dinámica más cercana a la confrontación abierta. Lo que está en juego ya no son únicamente doctrinas militares o sistemas de misiles. Es la vida de millones de personas comunes que apenas conocen los nombres de los tratados que están desapareciendo.

Por Lic. Alejandro Marcó del Pont
 

La única forma de evitar una guerra mayor es restaurar el miedo estratégico.
Sergey Karaganov



Para entender cómo llegamos hasta aquí conviene retroceder unas décadas. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo descubrió el poder devastador del átomo en Hiroshima y Nagasaki. Muy pronto, Estados Unidos y la Unión Soviética comenzaron a acumular arsenales nucleares capaces de destruir la civilización varias veces. Surgió entonces una idea paradójica: las armas más destructivas de la historia servirían no para ganar guerras, sino para impedirlas.

El estratega nuclear Bernard Brodie resumió esa transformación con una frase célebre: “el propósito principal de las fuerzas militares ya no sería ganar guerras, sino evitar que ocurrieran”. La lógica era brutal, pero simple. Si una potencia atacaba primero, la otra conservaría capacidad suficiente para responder con un golpe devastador. El resultado sería el suicidio mutuo.

Así nació la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, conocida como MAD, por sus siglas en inglés. Dos gigantes se observaban permanentemente sabiendo que cualquier error podía significar el fin del mundo. Hubo crisis gravísimas: Berlín, Corea, los misiles soviéticos en Cuba en 1962. Hubo guerras indirectas en Asia, África, pero, en el último momento, el miedo al abismo terminaba imponiendo prudencia. El equilibrio del terror evitó una conflagración global.

Aquella estabilidad, sin embargo, dependía de ciertos elementos específicos: actores relativamente racionales que hoy no los hay, líneas de comunicación abiertas, doctrinas conocidas y una estructura bipolar relativamente clara. Washington y Moscú podían odiarse profundamente, pero comprendían los límites. Ambos sabían que cruzar ciertas líneas conduciría a la aniquilación.

Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, y la Unión Soviética se disolvió en 1991, gran parte de Occidente creyó que esa etapa había terminado definitivamente. Parecía el triunfo irreversible del modelo liberal occidental. El politólogo Francis Fukuyama habló incluso del “fin de la historia”, entendiendo que la democracia liberal y el capitalismo habían derrotado a sus competidores ideológicos.

En ese clima de optimismo, la disuasión nuclear perdió centralidad en el debate público occidental. Estados Unidos emergió como la única superpotencia global y comenzó a expandir su influencia política, económica y militar. La OTAN, creada en 1949 para contener a la Unión Soviética, no se disolvió tras la Guerra Fría. Por el contrario, empezó a avanzar hacia Europa del Este y lo hizo por 1.300 kilómetros.

Polonia, Hungría y la República Checa ingresaron en 1999. Más tarde lo hicieron los países bálticos, Rumania, Bulgaria y otras naciones del antiguo bloque soviético. Para muchos europeos orientales, especialmente aquellos que habían vivido décadas bajo influencia de Moscú, el ingreso en la OTAN representaba una garantía de protección.

Pero lo que en Varsovia o Bucarest era visto como una expansión de la seguridad, en Moscú se interpretaba de manera completamente distinta. Rusia percibió el avance de la alianza atlántica como una amenaza estratégica creciente. El problema no era solamente militar, sino histórico.

Rusia ha construido gran parte de su memoria estratégica sobre el trauma de las invasiones. Napoleón llegó hasta Moscú en 1812. Hitler invadió la Unión Soviética en 1941 causando decenas de millones de muertos. La profundidad territorial se convirtió, para los estrategas rusos, en un elemento esencial de supervivencia nacional. Por eso, el acercamiento gradual de infraestructuras militares occidentales hacia sus fronteras fue percibido como una reducción alarmante de ese espacio defensivo.

Durante los años noventa, Rusia carecía de fuerza suficiente para modificar ese proceso. Su economía colapsaba, el Estado estaba debilitado y el poder militar había perdido gran parte de sus capacidades. Sin embargo, esa situación comenzó a cambiar con la llegada de Vladimir Putin.

Especialmente después de su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007, Putin empezó a marcar límites cada vez más claros frente al avance occidental. La guerra de Georgia en 2008, la anexión de Crimea en 2014 y el conflicto en Donbás fueron señales progresivas de que Moscú estaba dispuesto a usar la fuerza para impedir una expansión adicional de la influencia occidental sobre lo que considera su esfera vital de seguridad.

La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 representó el punto de ruptura definitivo. Lo que el Kremlin imaginaba como una operación rápida terminó convirtiéndose en una guerra larga, costosa y extremadamente destructiva. Para Rusia, Ucrania constituía una línea roja existencial. Para Ucrania, y gran parte de Occidente, se trató de una agresión imperial injustificable.

En ese contexto, la disuasión nuclear regresó al centro de la política internacional. Rusia recordó repetidamente que posee uno de los mayores arsenales atómicos del planeta. Las advertencias, primero ambiguas y luego más explícitas, comenzaron a formar parte del lenguaje cotidiano del conflicto.

Uno de los intelectuales que expresó esta transformación con mayor crudeza fue Sergey Karaganov. Cercano históricamente al establishment estratégico ruso, Karaganov argumentó desde 2023 que Occidente había “perdido el miedo” a la guerra nuclear. Según su visión, la expansión de la OTAN, las defensas antimisiles y la superioridad convencional occidental erosionaron la credibilidad de la disuasión clásica.

Su planteo es radical: para restaurar la estabilidad estratégica sería necesario devolverle a Occidente el temor real a una escalada nuclear. Karaganov llegó a sugerir que Rusia debería estar dispuesta a golpear objetivos en países europeos si fuera necesario para quebrar la voluntad occidental de sostener a Ucrania. Su lógica parte de una idea simple: la disuasión solo funciona cuando el miedo es creíble. Si el adversario deja de creer que existe voluntad de usar la fuerza, el equilibrio se rompe. Por eso propone reducir el umbral nuclear y contemplar el uso limitado de armas tácticas como instrumento de coerción política.

Incluso dentro de Rusia, estas posiciones generan controversias. Algunos las consideran simples maniobras psicológicas destinadas a presionar a Occidente. Otros creen que expresan una transformación más profunda de la doctrina estratégica rusa. En cualquier caso, revelan un cambio importante: el paso desde una disuasión relativamente estable hacia una dinámica de intimidación activa.

Las declaraciones de Karaganov también cumplen funciones políticas internas. En medio de una guerra prolongada, con sanciones económicas, desgaste militar y presión social, el Kremlin necesita proyectar firmeza ante su población. Pero, al mismo tiempo, el endurecimiento retórico puede ocultar otra realidad, una creciente necesidad de negociar.

En política internacional, los actores suelen iniciar las negociaciones desde posiciones máximas para luego retroceder gradualmente, para eso sirven las declaraciones de Karaganov. Moscú exige neutralidad ucraniana, reconocimiento territorial y límites a la OTAN porque intenta construir una posición de fuerza desde la cual obtener concesiones.

Mientras tanto, el sistema global de control nuclear se debilita. El tratado New START, último gran acuerdo de limitación de armas estratégicas entre Washington y Moscú, expiró en febrero de 2026 sin reemplazo claro. Eso deja abierta la puerta a una nueva carrera armamentista. Tanto Rusia como Estados Unidos modernizan sus arsenales. Aparecen misiles hipersónicos, sistemas de inteligencia artificial aplicados a defensa, capacidades cibernéticas y armas de precisión cada vez más sofisticadas. El tiempo para tomar decisiones también se reduce dramáticamente. Donde antes había horas para verificar alertas, ahora pueden existir apenas minutos.

Europa no es el único escenario donde la lógica de la disuasión se vuelve más inestable. En Asia meridional, India y Pakistán ofrecen otro ejemplo alarmante de cómo el equilibrio nuclear puede coexistir con conflictos permanentes. Ambos países realizaron pruebas nucleares en 1998 y desde entonces mantienen una rivalidad marcada por disputas territoriales, terrorismo y guerras limitadas. La región de Cachemira sigue siendo uno de los puntos más peligrosos del planeta. A diferencia de la Guerra Fría, aquí dos potencias nucleares comparten fronteras militarizadas y tiempos de reacción extremadamente cortos.

Pakistán, más pequeño y vulnerable económicamente, percibe la amenaza india como existencial. India, por su parte, intenta consolidarse como potencia regional y global sin quedar atrapada por la estrategia nuclear paquistaní. El resultado es una tensión permanente donde cualquier atentado terrorista o incidente fronterizo podría escalar rápidamente.

Para las poblaciones civiles, estas tensiones tienen consecuencias concretas. Millones de personas viven bajo la posibilidad permanente de una guerra mayor. Un conflicto abierto afectaría el suministro de agua del Indo, provocaría desplazamientos masivos y podría desencadenar una catástrofe humanitaria regional.

China observa atentamente esta dinámica mientras expande y moderniza su propio arsenal nuclear. Pekín entiende que el sistema internacional atraviesa una transición hacia una estructura multipolar mucho más incierta que la bipolaridad de la Guerra Fría.

En Asia oriental, la situación tampoco es estable. Corea del Norte continúa desarrollando capacidades nucleares y misilísticas, mientras Corea del Sur y Japón refuerzan sus sistemas defensivos bajo el paraguas estratégico estadounidense.

En Medio Oriente, la ambigüedad nuclear de Israel sigue siendo un factor central de equilibrio y tensión regional. Al mismo tiempo, las discusiones sobre el rol del Organismo Internacional de Energía Atómica reflejan las dificultades de aplicar mecanismos de control nuclear de manera uniforme y creíble.

La amenaza más peligrosa sigue siendo el error de cálculo. La historia nuclear está llena de falsas alarmas, errores técnicos y decisiones tomadas bajo enorme presión psicológica. Un misil interpretado incorrectamente, un ataque cibernético mal atribuido o un incidente regional fuera de control podrían desencadenar una escalada imposible de detener.

Sin embargo, el panorama no es completamente desesperanzador. El tabú nuclear sigue siendo fuerte. Ningún líder ignora realmente las consecuencias de una guerra atómica. Incluso los discursos más agresivos suelen convivir con contactos diplomáticos discretos y negociaciones indirectas.

La paradoja central de nuestra época es que el miedo continúa siendo necesario. Durante décadas, el temor compartido evitó que las superpotencias cruzaran ciertas líneas. El problema aparece cuando la disuasión deja de ser una herramienta defensiva y comienza a transformarse en intimidación ofensiva.

Hoy el mundo ya no está organizado alrededor de dos actores relativamente previsibles. El sistema es multipolar, fragmentado y mucho más difícil de administrar. Hay más potencias nucleares, más conflictos regionales y más posibilidades de errores simultáneos.

Por eso, regresar a una disuasión estable exige algo cada vez más escaso: empatía estratégica. No significa justificar agresiones ni aceptar zonas de influencia ilimitadas, sino comprender cómo percibe el otro sus amenazas existenciales. Las guerras suelen comenzar cuando los actores dejan de entender los temores de sus adversarios.

También requiere reconstruir mecanismos de control y comunicación. Tratados de limitación de armas, líneas directas entre gobiernos, transparencia militar y canales diplomáticos permanentes fueron herramientas fundamentales durante la Guerra Fría. Su erosión actual aumenta peligrosamente la incertidumbre.

Vivimos una encrucijada histórica. La disuasión nuclear ayudó a evitar una guerra mundial porque el miedo era mutuo, racional y creíble. Pero si ese miedo se convierte en histeria, humillación o deseo de demostrar fuerza permanente, el equilibrio puede quebrarse.

La esperanza reside en que los líderes recuerden una verdad elemental que ya conocían quienes atravesaron los peores momentos de la Guerra Fría: los revólveres cargados en una habitación oscura no están ahí para ser disparados. Están ahí para recordarles a todos lo que ocurriría si alguien pierde la razón.


Lic. Alejandro Marcó del Pont

 


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Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.