Hace años se puso de moda la palabra distopía; entonces, su significado era tan desconocido como lejano. Hoy, sin embargo, parece haberse convertido en norma. Una alianza de tecnoligarcas, gobiernos de ultraderecha y élites económicas, a las que poco importa la vida si sus bolsillos se llenan, intentan manejar el mundo. Una forma de organización donde los conflictos e invasiones, los territorios arrasados, las personas migrantes maltratadas o los servicios públicos desmantelados forman parte de la misma cadena de extracción y lucro. Mientras los hombres más ricos del planeta acumulan un poder tecnológico y económico sin precedentes, los gobiernos ultraconservadores avanzan de su mano cercenando políticas sociales. El sufrimiento humano convertido en oportunidad de negocio. Y así, un nuevo concepto se abre paso, esta vez más cruel si cabe: el necrocapitalismo, un sistema al que no le importa destrozar cuerpos, recursos, derechos y vidas para seguir y seguir creciendo. La salud, la educación, la vivienda, los cuidados ya no se entienden como derechos, sino como mercados financieros con los que seguir alimentando al necrocapitalismo. Cuando todo se derrumba, cuando solo quedan los escombros, cuando los ataques continúan sin cesar… ahí, incluso ahí, se sostiene lo colectivo, se protege la vida.
Por Nacho Esteve
El dolor se monetiza: acabar con lo público, arrasar con los mecanismos de protección de derechos, azuzar el miedo y la criminalización de “los y las otras”, devorar los recursos… En Argentina, Milei empuña la motosierra; Trump alimenta guerras e invasiones; el genocidio en Gaza continúa mientras Netanyahu expande sus ataques a toda la región de forma impune, en alianza con las empresas tecnológicas, armamentísticas e inmobiliarias que siguen haciendo caja; Europa mira a otro lado y continúa endureciendo sus fronteras y criminalizando la solidaridad. ¿Distopía? Realidad.
Todo esto tiene mucho que ver con lo que ocurre en nuestros barrios, en nuestras ciudades. La salud, la educación, la vivienda, los cuidados ya no se entienden como derechos, sino como mercados financieros con los que seguir alimentando al necrocapitalismo y sus secuaces. A esta maquinaria depredadora no le gustan los frenos, le incomodan las leyes, las instituciones supranacionales y la sociedad civil crítica. No quiere testigos de sus atrocidades ni límites a sus actuaciones. Los datos hablan por sí mismos: Israel ha asesinado a 260 periodistas en Palestina y Líbano; el año pasado, 387 trabajadores y trabajadoras humanitarias fueron asesinados en todo el mundo; Estados Unidos ha sancionado a la relatora especial de Naciones Unidas Francesca Albanese y a varios jueces de la Corte Penal Internacional con consecuencias muy serias para su vida cotidiana.
Las organizaciones de la sociedad civil están siendo atacadas en todo el mundo y el espacio cívico se está restringiendo. Según datos de Cívicus, la sociedad civil se encuentra bajo un ataque severo en 122 de los 198 países. Se cuestiona su legitimidad, se criminaliza su trabajo y se recortan sus recursos.
El ataque es tan feroz porque las organizaciones ecologistas cuestionan la destrucción del territorio, los sindicatos combaten la explotación laboral, los movimientos feministas y antirracistas desafían un sistema heteropatriarcal y racista, y las organizaciones de cooperación internacional denuncian las consecuencias globales de un modelo colonial que necesita países empobrecidos, extractivismo y fronteras militarizadas.
El necrocapitalismo necesita sociedades cada vez más individualistas, ignorantes y con miedoNacho Esteve



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