Por Jorge Garacotche
Una vez en tierra mediterránea hice cabeza de playa en la campera ciudad de Marcos Juárez, en la casa de mi amigo de muchos años Juan Yacobone, otro rockero de ley y amigo de los caminos. Un tipo naturista, vegetariano, guitarrista de toda la vida, docente en una escuela municipal que trabaja para que chicos y chicas de la ciudad empiecen a mirar la vida agarrados a un instrumento. En su casa no hay televisor ni radio, el diario hace años que no llega y está pendiente de las noticias que trae la gente copada. Un hallazgo, un tipo bueno.
Juan se encargó de formar una banda temporaria que iba a acompañarme en estas presentaciones. Habló con el baterista Fernando Carmona, un ingeniero uruguayo rodando por campos cordobeses, disparando tecnología moderna. Sutil como pocos con los parches, con un reloj propio en sus movimientos y toda la cultura yorugua en los ritmos. Se lo vio tan creativo como apasionado. Para encargarse del bajo trajo la sorpresa de esta aventura: Felipe Mamer. Sólido y talentoso, creativo, tanto en las bases como al dibujar. Con una carta sorprendente en la manga representada por sus quince años de edad, que disimuló muy bien, parecía un tipo de lo más experimentado.
En el viaje de regreso, empecé a pensar en escribir acerca de esto que escuché en voces de pibas/es que no hacen lo que tantas/os aseguran, que no siguen las consignas que se gritan y que no votan a la derecha porque están perdidas/os. Por eso, habrá que escucharlas/os en vez de salir a renegar de lo que no hacen o de acusarlos de pensar lo que no piensan. El conflicto generacional llegó, hace rato, veámoslo un poco con tus ojos… parafraseando al Indio que nunca estuvo Solari.
Algunos preguntarán por qué utilizo el término “místico”, querrán saber si lo sostengo con un buen argumento. Si voy al antiguo y querido diccionario puedo ver: algo místico es, en principio, lo relacionado con la experiencia de algún tipo de saberes, vivencias o nociones vinculadas con lo sagrado y la santidad, que se comparten únicamente entre iniciados. Dicho de otro modo, lo místico es aquello que tiene que ver con los secretos de la elevación del espíritu.
Por supuesto que las letras de muchísimas canciones nos dieron saberes, nos transmitieron valores y claro que produjo en muchas/os de nosotras/os cierto tipo de elevación, esa exquisita tarea de inflar el espíritu, aunque sea por encima de una mediocridad prefabricada por los medios, aquellos que dieron una pelea encarnizada en su afán de idiotizarnos. Conocí a tantos a quienes el rock les abrió las puertas de un país ubicado atrás de la locura, donde las/os solas/os, las/os vulnerables, las/os extrañas/os, las diferentes, las solitarias, las sorprendentes podían ser felices con sólo tener ganas, iba a ser la música la encargada del transporte.
También pude leer otro par de definiciones que me interesaron sobre la mística: “Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana”. Y otra más, que viene al caso: “Persona o cosa rodeada de extraordinaria admiración y estima”. Sé de algunas/os periodistas o historiadoras/es que supieron cruzar la investigación con la poesía para construir una “Narración maravillosa”, citando historias, aventuras, corajeadas en sitios hostiles, en tiempos violentos, por la acción directa de personajes cuasi heroicos. Y ni hablar de tantísimas personas rodeadas de admiración o estima, aquellas que supieron llevar hasta el asombro en medio de emociones compartidas.
Otro capítulo sobre mística
Me acuerdo de una extraordinaria frase de Cerati: “Ponés canciones tristes, para sentirte mejor…”, sabio Gustavo, cómo se ve que habla de algo que conoce muy bien. Cuántas veces llegamos a casa con sólo la compañía de un bajón caprichoso, que venía abrazándonos por la calle y que más nos apretó al entrar y encender el equipo de música. Pero, supimos encontrar de inmediato la canción justa, que acompañe sin preguntar, que acaricie las veces que sea necesario, que pronuncie palabras que nos hacen bien, que entone una melodía que se va por la piel recorriendo cada uno de los lugares que el mal nunca podrá invadir. Alguien me dirá que todo esto no tiene un ritmo en particular. Si mi viejo estuviera aquí diría que eso le produjo el tango. O mi padrino aseguraría, con acento provinciano, que estoy hablando de zambas y chamamés. Pero bueno, a mí me pasó con el rock y desde allí me conecto.
Hace poco, con unos amigos recordamos a Tanguito, el primer y gran mito del Rock Argentino. Un creativo, gran compositor, uno de los inventores del modo de cantar rock en castellano. Un pibe del Conurba que, junto con el rosarino Litto Nebbia, son nuestros Blas Parera y López y Planes. Pero, sobre todo, un valiente, que remaba con su balsa contra la corriente, que se hizo atar al mástil del ferrocarril San Martín para poder saber lo que chusmeaban las vecinas.
Andan por ahí voces enemigas o traicioneras jurando que el Rock Argentino está muerto o que agoniza en algún hospital público porque se quedó sin prepaga, son los deseos de giles de cuarta que no pueden con su propio ahogo, que siempre beben ese brebaje que mezcla la maldad con la idiotez y que intentan adivinar el futuro, cuando ni siquiera saben de qué se trata el Presente, ignorando que sabemos desde hace un tocazo que todo concluye al fin, que nada puede escapar.
Entonces, si hablamos de mística, de mitos, leyendas, de despedidas, esos dolores dulces, como cantaron Los Redondos, le podemos conceder a nuestro rock un lugar privilegiado en el cielo, aunque solamente sea el nuestro. Pero, a dormir tranquila/o, porque les aseguro que ese cielo que nosotras/os flasheamos es tan infinito como el otro.
Jorge Garacotche - músico, compositor, integrante del grupo Canturbe y presidente de AMIBA (Asociación Músicas/os Independientes Buenos Aires).





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