Y volvemos otra vez a Jano, esa banda cordobesa que tan lindos discos ha sacado. Porque si hay un rescate poético y conceptual que merece un lugar de honor absoluto en nuestra biblioteca musical cabezona, es este trabajo concebido en el sur del continente. "Atlas" se presenta como un EP de casi 19 minutos que funciona como la tercera parte de la ambiciosa tetralogía "Nedema", inspirada en la novela homónima de Omar Quijano. Lejos de buscar la pirotecnia vacua o el asalto de conservatorio, este progresivo sinfónico opta por el camino más difícil y noble: priorizar la emoción pura, la elegancia melódica y un concepto literario de raigambre fantástica. Hablamos de un disco que condensa en cuatro movimientos precisos ("Ana", "El Atlas y el Navegante", "Diario del Faro de Nédema" y "Muerte de un Ermitaño") una densa mitología sobre un ermitaño que vence al titán, alcanza una isla de brumas, descubre a un ser anfibio capaz de escribir con pluma de plata bajo el agua y encuentra su redención en el vientre del mar.... chupate esa mandarina! Encima, disponible a través de su espacio en Bandcamp!.
Artista: Jano
Álbum: Atlas
Año: 2025
Género: Progresivo sinfónico
Duración: 18:33
Referencia: Bandcamp
Nacionalidad: Argentina
Y nos sumergimos en otro trabajo de Jano. Visto desde la óptica estrictamente instrumental y compositiva, este álbum es una lección de economía expresiva al servicio de la narrativa. Lejos del vértigo del metal progresivo o los excesos modernistas, las texturas musicales de Jano evocan con claridad meridiana los mejores momentos del rock sinfónico británico clásico pero con un alma evidentemente latinoamericana en general y argenta en particular, con ecos palpables al lirismo melancólico de Mike Oldfield y a la sensibilidad atmosférica de Genesis en su etapa más pastoral aunque tampoco tan pastoral, como lo demuestran algunos vuelos de teclado bien a lo Tony Banks. Aunque debemos destacar que, aunque este trabajo no posea la hermosa impresión a fuego que dejó el bandoneón en "Faros Eolos", su disco anterior, el disco suena con esa melancolía tanguera aunque no sea tango.
Las teclas dominan la paleta armónica con colchones sutiles, pianos evocadores y arreglos delicados, mientras la base rítmica y las guitarras construyen un entramado sobrio, preciso, sin alardes técnicos innecesarios, pero con una guitarra rica en armonías y desarrollos expresivos. El gran acierto técnico radica en la integración de unas magníficas líricas en castellano, cantadas con dicción clara y un profundo respeto por el clima literario de la obra.

Y saco de su espacio en Bandcamp el concepto global y de cada tema:
ANA. Jamás tuvo un nombre; tampoco lo tendrá. Una única vez, como si fuera un juego, el ermitaño del Faro de Nédema la llamó Ana. Aquel hombre, cuyo cuerpo yace hoy en un abismo de agua, no pretendía nombrarla para trazar, con una torpeza propiamente humana, los contornos de un ser anfibio y ambiguo, un ser acaso anterior al lenguaje. El ermitaño solo hablaba, y, consecuentemente, nominaba, con una espontaneidad lúdica propia de un niño, siempre taumatúrgica. Ana no es mujer humana, ni monstruo, ni mito. Es una función del mar, un axioma líquido, ciertamente femenino, que no requiere demostración. Más que una criatura, es una categoría del silencio. Su condición no es la del pez ni la del espectro, sino la de lo inasible que permanece. No custodia el Faro de Nédema como un vigía, sino como una clave: su presencia es un signo de que el faro no está allí, desde tiempos inmemoriales, para iluminar, sino para recordar que la oscuridad también puede tener un propósito. Ana, permítasenos nombrarla. es poseída por un don imposible: puede escribir bajo el agua. Lo hace con una pluma de plata y un tintero de cerámica, cuya tinta se torna inagotable únicamente cuando se narra la historia de la Isla de Nédema. Esa tinta, al tocar el papel, que tampoco es papel, sino una membrana de tiempo, no se expande como en tierra firme: gira. Traza espirales infinitos, idénticos a los de los remolinos y los maremotos nocturnos que asolan Nédema. Devora lo escrito sin borrarlo, como un palimpsesto sin comienzo ni fin. Ana demuestra que lo que se inscribe será reescrito, será recordado y olvidado una y mil veces. Se le atribuye el oficio de cronista y de guardiana pero una tradición nedémica la señala como aquella que lee la isla a través de quienes naufragan en ella. Se desconoce si el ermitaño que la bautizó tenía conocimiento de la mencionada tradición. La voz de Ana no existe, es una forma del silencio, un eco que no remite a origen alguno. No habla, solo lee, sólo escribe. Cuando desciende a las depresiones del océano, no lo hace huyendo, sino esperando. No espera como quien anhela, sino como quien ya sabe que otro náufrago u otro ermitaño verá la Isla de Nédema como su ruina o su redención. Solo los que han extraviado el rumbo acceden a su centro. Pero Ana ofrecerá su tinta de espiral, no a los náufragos, sino sólo a los eremitas, porque en Nédema cada naufragio ya ha ocurrido. Solo falta que sea escrito por algún ermitaño.
EL ATLAS Y EL NAVEGANTE. Un navegante busca una isla aparentemente perdida. No lo guía brújula alguna; el timón de su nave, abandonado al arbitrio del viento, lo conduce hacia ese lugar prometido que él considera una utopía. Durante su travesía convive con un fantasma oscuro; ve lunas de colores multiplicarse sobre las aguas, espejismos de un Edén perdido, quizá imaginado. El nombre de ese lugar, murmurado por sirenas y brumas, es Nédema, posiblemente un acrónimo de un idioma extinguido. En su atmósfera densa, el navegante respira imágenes, no aire; escucha su propia voz en los labios de muertos y demonios; ve duendes que hormiguean sobre sus pies y un cráneo flotante que imita al sol. El timón abandonado al azar, o tal vez algún faro austral, eterno e indiferente, guía al soñador hacia la isla. Pero repentinamente, el Atlas despierta del rencor. Ya no sostiene globo alguno sobre sus hombros, pues su castigo se ha vuelto ocioso: el mundo ha dejado de creer en él. El titán, liberado pero no redimido, contempla los mares con ojos ciegos de sal. Su libertad, como todas las libertades verdaderas, lo atormenta. Él, que nunca pudo gozar su deseo por estar constreñido al deber, ahora destruye a quienes osan navegar. Hundir barcas es su triste modo de venganza. Bajo el vaivén de las mareas, acecha soñadores para descargar su ira, con la frialdad de quien repite un castigo ritual. Sin embargo, esta vez algo cambia. El Faro de Nédema, consagrado por una exedra de agua en medio de la tempestad, observa al navegante, que no se detiene. Él alza el tabú de los ciclos, pronuncia el mantra del Edén sobre su destino y cierra los ojos: no para no ver, sino para ver mejor. Entonces ocurre lo inexplicable. De la sal y del dolor emerge el Atlas, colosal, blanco como una estatua sumergida. El navegante lo desafía solo con un viejo arpón. Un maremoto se alza y el navío se quiebra en dos. Pero antes, una flecha certera hiere al Atlas. El gigante blanco cae. No muere; desciende a un mar más profundo que el océano, condenado al infierno de la propia libertad. La isla de Nédema, hospitalaria y silente, acoge al navegante en la paz de un mar austral soñado.
DIARIO DEL FARO DE NEDEMA. La primera página del "Diario del Faro de Nédema" se ha extraviado en la infinitud del tiempo. Solo un códice apócrifo de una tradición de la isla homónima revela que fue escrita no por náufragos sino por ermitaños.
MUERTE DE UN ERMITAÑO. En el confín austral de los mapas plagados de dragones y ventiscas, donde las líneas del mundo se disuelven en conjeturas, reposa la Isla de Nédema. Su geografía, más alegórica que física, se articula en torno a un laberinto de agua: un conjunto de canales y remolinos que no excluyen ni delimitan, sino que confunden. Su topografía es una invitación a la perplejidad, un espejo donde el cielo y el abismo de los acantilados se enmarañan en una indistinción primigenia. En aquel repliegue del mundo, erguido sobre la roca y la bruma, un faro sin luz y en vigilia desempeña su panóptica inutilidad: un emplazamiento improbable que no guía a los navegantes, solo los contempla. Nadie lo construyó con fines utilitarios; tal vez su edificación obedeció a una voluntad más antigua que la razón. Textos apócrifos lo señalan como el último umbral extraviado de los mares australes infinitos. Tal es el Faro de Nédema. Allí vivió un hombre cuyos días, idénticos y cíclicos, se deshicieron en la mecánica de una soledad circular. Sus noches, en cambio, eran un aquelarre de alucinaciones. En el desvelo, el hombre era visitado por figuras que atribuía a su memoria: ancestros, amigos de la infancia, voces sin cuerpo alojadas en su propio mentón. Dialogaba con ellas, o creía hacerlo, en una reiterada escena insomne cuyo guion era escrito y reescrito sin cesar por una mente que ya no era la suya. Una visita, sin embargo, era constante: una figura femenina, anfibia, nunca del todo presente, pero tampoco del todo ausente. No era, como en las fábulas, un ser mitad mujer y mitad pez; había renunciado a la carne y no seducía con cánticos. Era más bien una forma del silencio, una sombra densa en el murmullo del agua, un eco sin voz que se deslizaba entre la vigilia y el sueño. Solo por una actitud lúdica el hombre la llamó Ana. Para él, esa figura era más real que los espectros de sus delirios. Cierta mañana, en los desolados y recónditos subsuelos de aquel anómalo faro, el hombre encontró, junto a un tintero de cerámica y una pluma de plata, un antiquísimo volumen: Diario del Faro de Nédema, un códice de páginas quebradizas donde se confundían las crónicas, las profecías y las leyendas. Las entradas más antiguas se contradecían con las más recientes, como si el libro no hubiera sido escrito por un solo autor, sino por muchos, o por ninguno. Una nota marginal sugería que el faro no había sido erigido para salvar navíos, sino, honrando a Neptuno, para provocar naufragios. Aquella escritura le planteaba el inmemorial y agónico enigma del destino y la libertad. La respuesta no le llegó en forma de revelación, sino de escena. Se creyó víctima de los designios de aquel arcano umbral de luz inexistente. Sin poder dilucidar ya su arribo a la isla, incapaz de reconstruir la causa del —ahora difuso, aunque supuesto— naufragio, culpó al faro por su destino, sus privaciones, sus dolores, sus penurias. Sin embargo, no podía figurarse otra vida y, de hecho, en esa torre cuya cúpula emulaba un iglú, había encontrado su hogar; propiamente, su ermita. Perturbado por aquella caligrafía, el hombre subió hasta la ventana del faro que daba al mar. Vio a la mujer de los dos mundos, que por primera vez aparecía a plena luz del día, recostada sobre rocas. Descendió sin prisa, como si repitiera un acto mecánico. En el sendero lo envolvió la bruma. Al llegar a la orilla encontró a la creatura. La tocó. Ella no habló; tampoco lo necesitaba. Lo sostuvo entre sus brazos y lo acunó, como se mece a un niño al anochecer. Una ola, suave y definitiva como una cláusula, los cubrió. En un silencio que no fue ausencia, la última línea del diario —que el hombre no recordaba haber leído— le fue revelada: Solo un faro sin luz puede ofrecer amparo. Nédema lo había recibido no como náufrago, sino como uno de los suyos. La mujer anfibia tapó los ojos de aquel hombre y, como si fuese un rito, ambos regresaron al vientre del mar. Junto a un tintero de cerámica y una pluma de plata, el ermitaño descansa hasta hoy bajo su antiguo navío intacto.
Jano
Y qué mejor que escucharlo por vos mismo!
Estructuras elegantes, arreglos de cámara, espíritu de época, melancolía austral, mito oceánico y refugio íntimo. Escuchar este EP es como contemplar el mar austral desde la ventana de un faro solitario en una tarde de invierno, mientras la bruma se traga las líneas del horizonte y la literatura fantastica cobra vida. Transmite una melancolía señorial, un sentimiento de inmersión en un cuento fantástico donde la soledad, el destino y la muerte se funden en una paz oceánica y definitiva.
Yo diría que es un trabajo que no te abruma; te toma de la mano y te sumerge en su propio mito. Una gema preciosa del progresivo sinfónico conceptual contemporáneo, un trabajo breve pero de una densidad emocional rica y expresionista. Literatura hecha música, sinfonismo elegante sin fuegos artificiales y un viaje directo a las costas secretas de Nédema. Te lo recomiendo!
Lo podés escuchar y descargar desde acá:
https://jano3.bandcamp.com/album/atlas
Lista de Temas:
1. Ana
2. El Atlas y el Navegante
3. Diario del Faro de Nédema
4. Muerte de un Ermitaño
Alineación:
- Yamil Baigorria / Guitarras
- Mario Carnerero / Guitarras
- Ramón Páez Menard / Batería
- Jonatan Cretari / Voz - Guitarras
- Esteban Rasjido / Bajo
- Horacio Tarragona / Bajo - Teclas
Artista invitada
Isabella Rivero Voz



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