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Charly García, o el Karma de Vivir al Sur

Con algunas personas sucede. No los eligen, al menos no completamente. Los elige la gente, pero de una manera sumamente distinta a como se eligen a los presidentes. Los eligen porque expresan un momento histórico, un pensamiento colectivo, porque para mejor o peor los representa. Cada país y generación tiene los suyos, y este equívoco al que llamamos Argentina, también. Los llamamos por sus apellidos: San Martín, Gardel, Perón, Borges, Fangio, Spinetta, Maradona. Excepto a uno de ellos, al que simplemente le decimos Charly. Carlos Alberto García Moreno nació en 1951 en donde el diablo perdió el poncho, cerca de donde le apretó el zapato a Norma Jean Baker (conocida luego como Marilyn Monroe). Sin embargo, lo que importa a todos los que no hacemos biografía es dónde y cuándo nació el mito.

 


Por Guillermo Alén


"- Yo pienso que si alguien toca el cielo y vos le exigís que lo haga mil veces, alguna vez cuando va a volar por ahí lo agarra un rayo. Entonces nosotros no podemos pretender que él sea toda la vida el mago de siempre. Ni yo ni nadie lo logra. ¿Por qué se lo exigimos a él? ¿Qué es lo que falta que nos dé? ¿Qué mierda queremos de él?"

Luis Alberto Spinetta [1] 

 

Los primeros años

La carrera de Charly García es larga, muy larga. De chico ya tocaba piezas clásicas en el piano; según leyenda popular demostró tener oído absoluto a los 8 años. Su iniciación musical se da a los 17, con el músico Raúl Porchetto. A los 18 fundaría Sui Generis, junto con Nito Mestre. Era 1969, el Flower Power pegaba fuerte en la Argentina, casi tan fuerte como la dictadura de Onganía.[2] Inspirados por bandas como The Byrds, los Beatles[3] y luego The Who o Procol Harum, los dos amigos del secundario fantasean con un mundo más libre, seducir a las chicas y escapar del rígido orden familiar. Una canción de Charly resume esta época en “un día me fui con los hippies y tuve un amor y también mucho más”.[4] La banda casi se ve truncada por el servicio militar obligatorio de Charly, experiencia traumática que le dará el sabor de la opresión y la privación de libertad, un tema que será recurrente en otras canciones.

A la distancia, Sui Generis se ve demasiado naïf, porque lo es. Son dos jóvenes pelilargos de clase media argentina que cantan a la manera de un dúo folk temas sobre el amor y la inocencia. Dos hippies, en el no mejor sentido del término. Algunas joyas resisten el paso del tiempo, no obstante, y uno puede escucharlos en un fogón de adolescentes en cualquier playa de este enero de esta era cruel, cuarenta años después, y revivir una época en la que no era tan difícil soñar: Canción para mi muerte, Mariel y el Capitán, Confesiones de invierno, Mr. Jones, y Rasguña las piedras son algunas.

Luego de Vida y Confesiones de Invierno, dos obras clásicas con temas predominantemente acústicos y suaves, vendría un nuevo disco de esta primera banda. Era 1974, y en democracia era posible un disco como Pequeñas anécdotas sobre las instituciones. Este álbum incorporaría dos grandes cambios. Por un lado, Charly haría  su primer viaje a Estados Unidos, y traería con él sonidos nuevos: un minimoog, un mellotrón, y otros instrumentos electrónicos de punta. Por el otro, y a instancias de Charly, el disco haría un giro en las letras, hacia una pose más combativa. El disco no fue tan bien recibido como los primeros y generó grandes tensiones dentro del dúo: era el fin de la infancia y la inocencia, y no todos supieron dejarla atrás. Algunos temas, por censura de la discográfica, habían quedado afuera: “Juan Represión” y “Botas Locas” dan una idea de sobre qué trataban. Tras una despedida emotiva con más de 26.500 espectadores,[5] ese sería el fin de Sui Generis.[6]

Esta faceta combativa y estos sonidos modernos que no tenían lugar en Sui Generis se trasladaron a la nueva banda de Charly, La máquina de hacer pájaros. Los tiempos habían cambiado, y lo nuevo ahora era Pink Floyd, Yes, Genesis, Led Zeppelin y el llamado rock sinfónico. Charly había finalizado su adolescencia musical y, acorde con el nuevo esprit de temps, armado con sus nuevos juguetes sonoros y con en ensemble de algunos de los mejores músicos de rock del país,[7] se lanzó con todo a lograr un sonido más moderno y audaz. El proyecto fue efímero (1975-1977) y no tan exitoso como su banda predecesora, pero opera un cambio fundamental en el camino poético de Charly García: como líder de la banda, Charly tenía ahora plena libertad para escribir y componer sin trabas e ir a lugares donde nunca había ido antes. Por momentos musicalmente árido (defecto común al período), es en las letras donde está lo mejor de la banda. El vendedor de las muñecas de plástico (No hay nada mejor que una nena de goma) es el pregón de un vendedor que ofrece una muñecas inflable, “la más dulce y la más amable / de las jugueterías, terror / de las industrias del amor / siempre sonríe, siempre de buen humor”: un tema adelantado veinte años a Fake Plastic Trees. Otros temas fusionan ritmos latinos como el candombe uruguayo en Hipercandombe (El grito milenario del Río de la Plata) o  En las calles de Costa Rica (Ae ae qué sabroso!). Sin la consagración que esperaba, Charly disolvió la formación. Mientras, las cosas habían cambiado nuevamente.

Los años de plomo

1977 no es una cifra cualquiera en Argentina. Para un argentino, todo número entre 1976 y 1982 suena, sabe, a plomo. Mientras el rock seguía un camino de rebeldía más o menos comprometido, una guerra silenciosa y fantasmática se llevaba a cabo en las calles de Buenos Aires entre una juventud revolucionaria políticamente proscripta y silenciada y las fuerzas armadas. Un corsé de hierro apretaba fuerte a todo artista que no hubiera elegido ya el exilio, y el mensaje era claro: mejor no hablar de ciertas cosas.

En ese contexto, sólo quedaba un último recurso: hablar en clave. Eso hicieron Luis Alberto Spinetta, León Gieco, la incipiente Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Vox Dei y muchos otros. Un miasma espeso gravita en todo lo que se hizo en esos años, e incluso en los que les siguieron: la sensación de que todo lo que se dice está dicho a medias. Esto marcaría a fuego el rock argentino en las décadas por venir, fundando una tradición de la metáfora y la clave secreta incluso en épocas en que esto ya no era necesario.

Serú Girán, la nueva banda de Charly, no sería la excepción. Tras un viaje por Brasil, donde busca el oxígeno que en Buenos Aires escaseaba, forma su nueva banda y en 1978, en el corazón de las tinieblas, saca su primer disco homónimo. La presentación no fue auspiciosa: en su debut, el tema Disco-shock, una parodia de la música disco, fue abucheado por un público que se lo tomó en serio. Muchos años después, nada ha cambiado: sigue siendo difícil saber cuándo Charly está hablando en serio o no.

En ese primer disco, aún con fuerte impronta del rock sinfónico, juega alegremente con ritmos brasileros y coquetea con el jazz. Le seguiría La grasa de las capitales, un disco ¿conceptual? sobre la vida urbana en Buenos Aires que desde su misma tapa parodia a la revista Gente de la época, vidriera siniestra de la farándula de militares y vedettes. Su tema más combativo, que le da nombre al disco, es una reflexión sobre la destrucción de lo inocente y lo sagrado frente a una fachada grasienta que sólo es una fina capa bajo la que se ocultan la miseria y la violencia, un coro fúnebre jocoserio que sirve de introducción a un tema “liviano” que parodia la basura pasatista que circulaba en diarios y revistas mientras la sangre se escurría por las alcantarillas. Como las babas de Girondo, la grasa es una excreción de la soberbia militar y su siniestro vaudeville, omnipresente, vulgar, purulenta, asfixiante: “Que importan tus ideales / que importa tu canción? / La grasa de las capitales / cubre tu corazón” y el grito desesperado: “¡No se banca más!”.[8] Otras veces la furia puede también ser algo que no se resuelve, una depresión que arrastra a aquel que confronta su propia mediocridad con sus sueños en una tierra que ya no sueña: Viernes 3AM es probablemente la canción más triste que Charly jamás escribió, y fue prohibida en las radios por incitar al suicidio: “Esquivas a tu corazón / y destrozas tu cabeza, / y en tu voz, sólo un pálido adios / y el reloj en tu puño marcó las tres.” Como en un tríptico de pasión, muerte y resurrección, Los sobrevivientes deja una nota de esperanza: lo importante es aguantar.

Para 1980 el terror seguía, pero la gran purga ya estaba hecha: la enorme mayoría de los 30.000 desaparecidos estaban bajo tierra o en el lecho del Río de la Plata, y sus carniceros, Videla y Massera, habían sido depuestos por otros generales.

La censura había aflojado un poco su tenaza, el descontento empezaban a hacerse oír como un rumor. Serú Girán saca su tercer disco, Bicicleta. La letanía Desarma y desangra juega con la ambigüedad entre el efecto devastador del tiempo y de los verdugos. El tema que sería un himno de la libertad y la protesta, y un ícono en el rock nacional, sería Canción de Alicia en el país, resumen perfecto, lleno de tristeza, impotencia, vida y rabia, de los años de plomo. Toma la forma de una carta anónima a una Alicia que ya no es niña y fantasea con el exilio: “No cuentes lo que viste en los jardines, / el sueño acabó. / Ya no hay morsas, ni tortugas. / Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie / juegan cricket bajo la luna. / Estamos en la tierra de nadie, pero es mía”. La tragedia hecha canción.

En 1981 el último disco de la banda sale a la luz: Peperina. Un disco suave, dulce, íntimo, con un sonido preciosista y letras sensibles y melancólicas. Posiblemente el mejor de la banda, fue instantáneamente adorado por el público. Para ese entonces Serú Girán era la banda más importante y popular de la Argentina, representando sus shows frente a decenas de miles de personas. Sin embargo, tras la partida del bajista Pedro Aznar, se desintegró. Los tiempos habían cambiado nuevamente: la New Wave hacía furor, es la era dorada del pop, y un aire de renovación circula en el rock mientras los ’70 y sus ilusiones mueren. Charly se abre, y se anima finalmente a una carrera solista.

 

El mito y el desastre dentro del desastre

Yendo de la cama al living (1982) es el primer disco solista de Charly, y su éxito fue unánime y brutal. Fresco, audaz e irreverente, más cercano a lo personal, daba ya nuevos aires de apertura en una época signada aún por el desastre dentro del desastre: la Guerra de Malvinas, diseñada para perpetuar a los militares en el poder, selló con su derrota el fin de la dictadura, que era sólo cuestión de tiempo. No bombardeen Buenos Aires es una farsa divertida, una burla a toda velocidad de la locura del momento que en pocas líneas hace un resumen apretado y delirante del momento: “Los ghurkas siguen avanzando / los viejos siguen en TV. / Los jefes de los chicos / toman whisky con los ricos /mientras los obreros hacen masa / en la Plaza como aquella vez”.[9]

El consenso es casi unánime: 1982-1995 es el mejor período de Charly García, el que lo forjaría como mito y cifra de toda una época que estuvo tan signada por la droga y el exceso que, según el decir de algún rockero, “si te acordás de los ’80 es porque no los viviste”. Charly no sería la excepción. Junto con sus excesos y escándalos saldrían sus mejores discos: Yendo de la cama al living (1982), Clics modernos (1983), Piano Bar (1984), Parte de la religión (1987), Cómo conseguir chicas (1989) Filosofía barata y zapatos de goma (1990), Tango 4 (1991, junto con Pedro Aznar), la ópera-rock La hija de la lágrima (1994) y el que sería el broche de oro de una época ya dorada: su MTV unplugged de 1995.

En muchas de las letras de esta época puede verse –aventuro una interpretación personal- un progresivo coqueteo con la artificialidad y la superficialidad de lo posmoderno, que él supo captar mejor que nadie. Clics modernos es a la vez una reflexión y una parodia de la época y, no casualmente, tiene algunas de sus mejores canciones.[10] Muchos no le perdonaron su desenfado, sus hits bailables, su aire neoyorquino, en resumen: su nueva sensibilidad pop.  El disco, y en verdad todo el período solista de Charly hasta la fecha es un complicado tango de ironía y amor/odio con esta era glacial de la tecnología, algo que es común al pop de los ’80[11]: quizás el baile es todo lo que nos quede mientras las ilusiones se disgregan. Podría acusarse todavía a Charly de frívolo, si no estuvieran, paralelos a sus temas pegadizos, temas sobre la dictadura (Los dinosaurios), sobre el exilio (No soy un extraño), sobre la alienación producto de la tecnología (Ojos de videotape). Hoy en día es fácil ver que estamos todos en un vaudeville global donde lo trágico vive bajo amenaza de lo banal, y que es esta convivencia lo que hace a nuestra vida moderna. Clics modernos aún nos habla desde la actualidad, fuera de toda nostalgia. Sui Generis es el pudo ser, Serú Girán es el fue… estos clics modernos son el ahora.

Coquetear con el vacío es peligroso. En algún momento, gradualmente, lo que era un flirteo irónico y crítico con una época acrítica se transformó en un abrazo: eran los ’90 en Argentina, y a nadie le importaba ya más nada. Lo que vendría después serían las cenizas de Charly. Internaciones por sobredosis, escándalos, un culto a su propio ego y una presencia excesiva en los medios que no ayudaba en nada. Todos querían un pedazo suyo. El Charly conectado con su tiempo había llegado a su fin, si bien en vivo seguía siendo una máquina de gloria rockera… cuando no aparecía tres horas tarde para tocar dos temas mal e irse entre vítores de sus comparsas. Su cuerpo y su voz se desmoronaban, como un edificio transformándose en ruina en cámara lenta: año tras año, cada recital que daba parecía que iba a ser el último. Como Maradona en la misma época, erigió un culto a su personalidad justo en el momento en que su gloria lo abandonaba. Say no more (1996), El aguante (1998), Influencia (2002), Rock and roll YO (2003), Kill Gil (2010)[12] son discos mediocres, improvisados, garabatos mal hechos de un hombre que estaba pagando muy caro su entrega a las drogas y a la más absoluta anarquía: la rebeldía que era una forma de resistencia en los 70 y de protesta en los 80 ahora no eran más que un show dentro de una sociedad ávida de espectáculo.Una crisis definitiva en 2008 que dejó al borde de la muerte a un cuerpo que parecía indestructible fue el fin definitivo del rockstar, del mito argentino.

Charly García ahora es un adicto casi recuperado, y lo celebro. Incluso cuando sea un espectáculo triste verlo gordo, anciano y privado de su chispa por la medicación, lo celebro. Incluso si no saca un disco nunca más, quisiera verlo envejecer y morir con algo de la paz que tanto le costó conquistar y que se merece más que nadie: en el basurero mediático que es la Argentina hoy, un Charly feliz y en familia es mucho más subversivo que un trillón de guitarras rotas. Tal vez recaiga en la droga y muera, tal vez recupere su magia y saque más discos geniales, y eso sería un regalo del cielo. Lo que tenía para dar, ya lo dió, ¿qué más vamos a pedirle?

 

Epílogo personal

Yo era un chico católico, criado en una casa donde no se escuchaba música. Conocía algunos pocos hits bailables de Charly que circulaban en la radio y que sólo un autista podía ignorar en la Argentina de los ’90, pero nada más. Lo que sabía de Charly es que era un tipo alto, feo, escandaloso y adicto a la droga (algo que en mi familia era como el Quinto Jinete del Apocalipsis). Una especie de cuco del rock. Al crecer, ya en la adolescencia, el momento propicio para conocer a Charly tendría que haberme llegado obligatoriamente: todo adolescente argentino templa sus primeras debacles sentimentales con Charly… pero no. Por ese entonces, el Charly real, el que se veía en la TV, era un payaso patético, el esqueleto zombi de su época de gloria, un reptil sin dientes que hacía papelones en la tele cada dos o tres meses. En el epicentro de su etapa Say no more, sus seguidores veteranos estaban en su mayoría alienados. El fan prototipo de Charly era un adolescente descerebrado que consideraba sus actos penosos de rebeldía como proezas, que festejaba festejaba sus payasadas, su autodestrucción y su ego desmedido, sus romances con modelos y su función privada a Carlos Saúl Menem.[13] Yo huí despavorido. Mi adolescencia anglófila estaría signada por el recelo al rock nacional y un abrazo desesperado, y en cierta medida estéril, a los infiernos artificiosos de Pink Floyd y Radiohead.

Entonces, un día, se me cayó la estantería. Era una tarde cualquiera de 2003, y recuerdo que hacía un calor infernal. Llegaba del trabajo, tomaba un vaso con más hielo que agua, y prendí la tele. En MTV todavía pasaban música decente, y ahí estaba: el MTV unplugged de 1995, Charly mirando a la cámara dice: “Una canción que le gusta mucho a todo el mundo… sobre todo a los muertos”. Era Los dinosaurios. Yo tenía 20 años, es decir, seis años de ignorar voluntariamente a Charly García. El peso de mi estupidez cobró la presencia de un sólido. Estaban ahí, la gloria, el dolor, los monstruos y los 30.000 muertos, los 80, los 90, estaba todo ahí, en un tema de Charly García.

Desde ese entonces pasó mucho tiempo. Saldé mi deuda con Charly y con muchos otros. Escuché más o menos caóticamente casi todos sus discos. Hice el amor con La hija de la lágrima de fondo. Escuché No soy un extraño en el extranjero y añoré. Finalmente pude verlo en vivo en un lluvioso recital en Ferro 2004 que es, creo, el mejor recital de mi vida. Corée en un fogón con amigos Canción para mi muerte. En este mismo momento, en el espacio que hay entre esta oración y el último punto, tuve que detenerme, hacer alt-tab, y corear: “No ves / que el mundo gira al revés / mientras miras esos ojos de videotape.” No es profesional, no es bueno para la concentración, no lo pensé: la música de fondo se me vino encima, hice alt-tab y canté con él. Así se contagia uno de risa o de lágrimas de la persona que ama, y con algunos mitos, igual. No soy “fan” de Charly, nunca lo fui. Pero soy argentino, esta es mi Historia, y Charly es un pedazo de esta Argentina que ríe o llora el atroz encanto de vivir al Sur.

Guillermo Alén

[1] De la entrevista publicada en la revista del diario Crítica el 5/8/2008, en referencia a la internación de Charly García.

[2] El General Onganía fue el dirigente de la “Revolución Argentina” (1968-1973), que depuso al presidente democrático Illia en 1968, infaustament el mismo año en el que la primera explosión del rock argentino llegaba a su climax. Lo sucedieron los generales Levingston y Lanusse: todos ellos impusieron la censura artística y la represión política, incluyendo fusilamientos clandestinos, detenciones y golpizas arbitrarias por “portación de juventud” y otras atrocidades, pero aún muy lejos del genocidio del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Si uno quiere imaginarse 1968 debe pensar en un joven hippie ingenuo al que detienen tocando la guitarrita en la plaza y le afeitan la cabeza en una comisaría. Si uno quiere imaginarse 1978, debe pensar en ese mismo hippie devenido guerrillero peronista, desnudo, atado a una mesa, y al mismo comisario electrocutándole los testículos.

[3] Así les decimos en Argentina, como si fueran argentinos.

[4] En Demoliendo Hoteles (1983).

[5] Se había programado una sola fecha en el Luna Park, mítica arena de box, con 9.500 espectadores. Frente a la venta desaforada, se programaron dos funciones más.

[6] Sin contar las reuniones, discos en vivo, grabación de inéditos y demás respiraciones artificiales. Charly García y Nito Mestre siguen siendo grandes amigos, y se han reunido en repetidas oportunidades.

[7] Carlos Cutaia, ex Crucis (teclados), Gustavo Bazterrica (guitarra y coros), José Luis Fernández, ex Pescado Rabioso (bajo y coros) y Oscar Moro, ex Los Gatos, Almendra y Color Humano (batería y percusión).

[8] Bancar: argentinismo por soportar, tolerar.

[9] Los Ghurkas Royal Rifles son un cuerpo elite de mercenarios nepaleses al servicio de la corona británica, que fueron utilizados como golpe publicitario en la guerra.  “Los viejos siguen en TV” se refiere a la Junta Militar de turno. Los “jefes de los chicos” son los altos jerarcas de los movimientos revolucionarios Montoneros y ERP que ante el fracaso se abrieron cínicamente del movimiento, dejando a los jóvenes inexpertos sin dirigencia y a merced del terrorismo de estado. “Aquella vez” se refiere a la manifestación del 17 de octubre de 1945, cuando las masas obreras exigieron la liberación de Juan Domingo Perón. El título mismo de la canción hace referencia a los infames bombardeos perpetrados por la Fuerza Aérea Argentina en pleno centro de la ciudad en 1955 para derrocar a Perón, en particular, y a todo acto de violencia política en general.

[10] Clics modernos fue elegido el segundo mejor disco de la historia del rock argentino por la Rolling Stone, sólo después de Artaud, de Luis Alberto Spinetta, lo cual es antes un honor suplementario que una desgracia.

[11] Piénsese tan sólo en los temas bailables de Joy Division y New Order y la locura del “Madchester”, en la melancolía de The Smiths, en la rabia sorda de Siouxsie and the Banshees, en la acidez de Eurrythmics, la ironía del Bowie de la época, la parodia y el kitsch retro de Queen, la oscuridad de Lou Reed… Como las latas Campbell’s de Warhol, el rock en un giro curioso de eventos combatió la alienación con más alienación, la pose con más pose, la falsedad con más falsedad.

[12] Incluso así, algunas canciones aisladas pueden rescatarse de casi todos ellos: mis favoritas son Influencia, Asesíname.

[13] Presidente de la Argentina durante 1989-1999 y principal responsable del vaciamiento económico y cultural de la Argentina actual.




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Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.