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Terrorismo y Sociedad del Espectáculo

En el marco de la sociedad del espectáculo, las imágenes no han dejado de presentarnos una realidad desrealizada y mediatizada, diseñada a medida para inducir al Siervo a una aversión incondicional hacia el Islam y hacia todo aquello que no es orgánico a la civilización del capital, y, además, para prepararlo psicológicamente para la nueva cruzada contra el terrorismo. La problematización del relato dominante y, con ella, la devolución al campo de la libre discusión crítica de la cuestión relativa a la esencia del terrorismo debe centrarse en torno a la pregunta del cui prodest: ¿quién se beneficia de la condición del terror? ¿quién, en el horizonte de la relación de poder hegemónica, saca provecho en concreto de la desestabilización permanente puesta en marcha por el terrorismo?


Por Diego Fusaro

 

De esta pregunta se pueden derivar, sin pretensión de exhaustividad, algunas consideraciones. En primer lugar, el terrorismo vuelve legitimas reacciones terroristas. La guerra al terrorismo, precisamente porque se libra contra un enemigo con el que no es posible negociar, desencadena la reacción terrorista del bombardeo y del intervencionismo sin fronteras. Permite al fundamentalismo del libre mercado ocultar su propio carácter terrorista mediante la narrativa de la lucha incondicional y la utilización de todos los medios contra el terrorismo.

La opinión pública, que inicialmente puede ser escéptica cuando no abiertamente contraria respecto a la acción militar, se vuelve ahora favorable: no es posible no responder militarmente frente al terrorismo, bajo pena de ser aniquilados en nuestra misma esencia de «civilización del bien». La agresión imperialista es así glorificada como legítima defensa.

Con estas premisas se justifica esa guerra contra el terrorismo, que es en sí misma el terrorismo propio de los dominantes. Por lo demás, cualquiera que ose mantener una posición neutral o contraria respecto a la guerra contra el terror es deslegitimado como potencial apologeta del terrorismo, cuando no directamente como terrorista in pectore.

Se obtiene, por esta vía, una adhesión general a los “valores” de la civilización “democrática” frente a la barbarie, identificada con todo aquello que no coincida con el mundo occidental. Por cierto, ya era central en el De regimine principum, de Egidio Romano, la conciencia de que las guerras externas contribuyen a finiquitar las sediciones internas y a reforzar la concordia civil.

Más allá de los dogmatismos y de las versiones raramente sometidas a la libre discusión racional, resulta evidente cómo, mediante el fenómeno del terrorismo, el Señor neofeudal ha visto facilitadas las agresiones contra pueblos y estados soberanos que, en condiciones normales, difícilmente se habrían podido llevar a cabo.

Por ende, han sido contrabandeadas y legitimadas a los ojos de la opinión pública como operaciones de defensa las que, en rigor, son agresiones imperialistas dirigidas a incluir las realidades aún no integradas en el modelo mundialista occidental, siguiendo la dinámica propia de la globalización como “globaritarismo” y como “inglobalización“.

Piénsese en el caso del 11 de septiembre de 2001, que brindó a la civilización del dólar la “oportunidad” de iniciar un proceso de ocupación del Asia Central contra Rusia y China. Y quizás también bajo esta luz puedan, al menos en parte, comprenderse las ambigüedades, las aporías y las verdaderas y francas contradicciones que caracterizaron la mayoría de las reconstrucciones de los atentados terroristas que, desde el 2001, han ensangrentado el planeta: y esto según extremos que abarcan desde la ausencia de defensa frente a los ataques previstos hasta el fenómeno de las operaciones de falsa bandera (false flag operations), donde las agresiones sufridas han estado inducidas y provocadas por las mismas agencias que deberían haberlas impedido, y se ha atribuido la culpa a grupos distintos de los verdaderos perpetradores con el inconfesable objetivo de poderlos atacar.

Nihil novi sub sole (nada nuevo bajo el sol), se podría decir con razón, si se considera que ya Herodoto, en las Historias (I, 1), narra cómo Pisístrato, para conseguir la tiranía en Atenas, se hizo apalear para poder mostrarse públicamente herido e instaurar el estado de emergencia, reforzando los controles y la seguridad. Hay quien ha señalado que el “Informe de la Comisión de Investigación del 11 de Septiembre” contenía más de doscientas omisiones, incongruencias y falsedades.

Con arreglo a un modelo que explica tanto el incendio del Reichstag alemán en 1933 (con la subsiguiente “Ley para la Protección y la Defensa del Pueblo Alemán” y la abolición de derechos civiles para garantizar la seguridad) como el ataque a Pearl Harbor en 1941 (con la inmediata entrada en la guerra de la monarquía del dólar), en el marco histórico post-1989 existe la tendencia a permitir que los atentados ocurran, utilizándolos a continuación como “oportunidades” para justificar políticas expansionistas y abiertamente imperialistas.

Para ser aceptado por la masa de los dominados, el imperialismo siempre debe disfrazarse y presentarse bajo diferentes semblantes: a veces como guerra justa, a veces como exportación de la democracia, a veces como defensa de los derechos humanos violados, a veces como legítima defensa contra el terrorismo.

Emblemática, a este respecto, sigue siendo la imagen del entonces Secretario de Estado de EE.UU., Colin Powell, cuando el 5 de febrero de 2003, en su discurso ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, agitó un tubo de ensayo con “armas bacteriológicas” utilizadas impunemente —según afirmó— en Irak.

El uso de armas no convencionales, cuyo empleo se demostró con posteridad inexistente, legitimó, a ojos de la opinión pública manipulada, la invasión imperialista preventivamente organizada; y permitió al agresor —como el lobo con el cordero en la fábula de Fedro— esconderse bajo la etiqueta de benefactor y liberador de los pueblos.

También por esta razón las administraciones estadounidenses han financiado copiosamente el terrorismo, promoviéndolo y poniéndolo en valor como oportunidad en el sentido que acabamos de explicar. Este es el caso, por ejemplo, de la presunta Al Qaeda del jeque del terror Bin Laden, en su función antisoviética, y, posteriormente, del ISIS, en su función antisiria.

La lisa y no libre democracia occidental de mercado se mantiene hoy con vida gracias a la presencia permanente de un enemigo que, a semejanza del Emmanuel Goldstein de la novela 1984, de Orwell, permite crear por contraposición la identificación generalizada y en forma estable con el modelo occidentalista, elevado a reino del Bien, y ocultar el antagonismo de clase entre la base y la élite al proyectar el conflicto contra un ideal enemigo externo. De hecho, mediante el gran relato del terrorismo islamista, se induce al Siervo precarizado a identificar al propio enemigo no en el Señor globalista, sino en Oriente y en el islam, genéricamente identificados con el mal siempre al acecho.

Desde esta perspectiva, el caso de Bin Laden continúa siendo del todo paradigmático. Sinécdoque del terrorismo, ha sido, al mismo tiempo, la encarnación del perfil orwelliano de Emmanuel Goldstein, contra el que todos los días, en todas las cadenas, debía activarse el ritual de los «dos minutos de odio» como aglutinante y anestesiante para las masas, cada vez más precarizadas, ilotizadas y pauperizadas.

Aterrorizadas por el espectro del terrorismo, las masas aceptan tanto las limitaciones de las propias libertades en nombre de la seguridad, como el ataque militar presentado como guerra al terrorismo y el desvío general de la atención pública de las contradicciones sociales vinculadas al mundo de los derechos y del trabajo, asediados por obra de las políticas neo-oligárquicas del Señor. En esto reside la verdadera esencia del terrorismo de servicio atlántico firmado como ISIS o como Al Qaeda. Es lo que ocurrió, por ejemplo, tras los atentados terroristas perpetrados en Francia el 13 de noviembre de 2015. Les siguió inmediatamente un bombardeo ético sobre Siria, deslegitimando automáticamente a cualquiera que osara cuestionar la elección de un ataque que, no menos que los propios atentados, se reveló terrorista en sus presupuestos y en sus consecuencias.

Al mismo tiempo, igual que tras el incendio del Reichstag, el gobierno francés, tras el atentado de noviembre de 2015, aprobó una suerte de Patriot Act gala, con añadida revisión de la Constitución y limitaciones de las libertades destinadas a favorecer la seguridad.

En el marco de la sociedad del riesgo (Risikogesellschaft), siempre expuesta a posibles atentados y a eventuales brotes de violencia, las libertades personales, la privacidad (privacy) y, en general, las realidades asociadas a la democracia (en nombre de las cuales, en condiciones normales, se estaría dispuesto a luchar) pueden quedar suspendidas con la aceptación y el consenso de quienes soportan dicha suspensión; incluso, además de ver restringidas sus libertades más elementales, con frecuencia van a alimentar la floreciente industria de la seguridad (desde los servicios de vigilancia hasta los de seguridad personal).

Desde 1991, cada vez que se ha enarbolado la bandera de la lucha contra el terrorismo y el fundamentalismo islamista, le han seguido guerras justas, bombardeos éticos y misiones de paz con misiles. Esto, por otra parte, respalda la tesis expresada por Marie-Dominique Perrot: el adjetivo humanitario («guerras humanitarias», «derechos humanos», etc.), sistemáticamente aplicado a procesos de injerencia, esconde una estrategia orwelliana de agresión imperialista y mortificación precisamente de lo humano que es invocado de manera tan obsesiva.

La lucha contra el terrorismo ha permitido al Occidente bajo la hegemonía de la talasocracia atlántica, justificar su propio terrorismo imperialista como respuesta obligada y necesaria al de los demás, presentando las agresiones como manifestaciones de la legítima defensa.

En efecto, el imperialismo ético de la mundialización y de la Cuarta Guerra Mundial siempre va a legitimar sus agresiones como respuesta a ataques sufridos o, alternativamente, como defensa necesaria de la humanidad violada, siguiendo la retórica de los derechos humanos empleada como casus belli, de la democracia take away (para llevar) y de la prevención de nuevos conflictos. Con las palabras de Carl Schmitt en El concepto de lo político:

«Por otra parte se está formando un vocabulario nuevo esencialmente pacifista, que ya no conoce la guerra, sino solo ejecuciones, sanciones, expediciones punitivas, pacificaciones, defensa de los tratados, policía internacional y medidas para el mantenimiento de la paz».

Recordando la sintaxis de Orwell, en el marco del nuevo orden mundial, la guerra se presenta engañosamente como paz. Bajo esta óptica, el terrorismo desempeña una función de primaria importancia para la estabilización y para la ampliación del dominio occidentalista de la potencia atlantista, convertida en bloque monopolar después de 1989.

Como ya se ha señalado, no solo permite pasar de contrabando, ante la opinión pública manipulada, las guerras imperialistas como legítima defensa y como respuesta obligada a los atentados urdidos por el enemigo; sirve también para deslegitimar una religión, la islámica, que —en coherencia con la generalizada agresión capitalista contra lo sagrado y lo todavía no mercadizado— constituye un obstáculo para los procesos de economización de la vida y mercadización del ente.

Religión de la trascendencia, al igual que el cristianismo, y por tanto no reabsorbible en el orden del mercado monoteísta, el islam es identificado por el capital victorioso como obstáculo a abatir. De ahí deriva, del todo consecuentemente, la ecuación entre islam y terrorismo materializada por el clero periodístico y la cháchara mediática, con el único objetivo de la completa deslegitimación de cualquier religión de la trascendencia en cuanto tal.

En referencia a la nueva cruzada global coincidente con la Cuarta Guerra Mundial, más que de guerra de religión, sería apropiado hablar de guerra a la religión: el monoteísmo del mercado aspira a demoler toda religión de la trascendencia, a fin de que en todas partes triunfe sin reservas la teología de la economía de mercado. La misma fórmula paulina «Nulla potestas nisi a Deo» (No hay poder que no provenga de Dios) se implementa plenamente en la civilización de los mercados, donde el Deus reconocido y venerado se identifica con el desordenado orden de la libre circulación de mercancías y personas mercadizadas.

Desde 1989, el principal enemigo del turbocapitalismo absoluto ha sido, en la esfera política, el Estado nacional soberano y, en el ámbito simbólico, la religión de la trascendencia. Ambas formas, como sabemos, se hallan bajo asedio por parte del fundamentalismo económico y el terrorismo financiero, a través de dos procesos: a) el de la desoberanización funcional a la despolitización de lo económico; y b) el de la desdivinización que busca la aniquilación de la trascendencia y, en general, de todo espacio simbólico no reabsorbido en las lógicas inmanentes y sensiblemente suprasensibles de la forma mercancía.

El terrorismo económico del mercado provoca el espejismo de que son las religiones las que amenazan la paz y la estabilidad, con el fin de legitimar su propia práctica de agresión a lo sagrado y de desdivinización completa de la sociedad competitiva. La desacralización del mundo y la intensificación del antiautoritario totalitarismo high tech (de alta tecnología) van de la mano: este último, además de favorecer la desacralización del mundo, ahora desprovisto de toda trascendencia, promueve activamente la resacralización de la inmanencia íntegramente cosificada, según la figura del nuevo monoteísmo del mercado divinizado.

En todas sus variantes, el anti-islamismo promovido en el estilo terrorista del mainstream occidentalista mediante la identificación de una religión y de una civilización entera con el terrorismo, conduce inevitablemente a la capitulación ante el monoteísmo del mercado y el mundialismo mercadista, magnificados como «valores occidentales» y como «civilización buena».

Esto resulta en un realineamiento con el partido único de la producción capitalista y una adhesión incondicional al ritmo de la modernización mercadista, legitimados por contraste con el «atraso», el «fanatismo» y la «violencia» de una civilización, la islámica, aún no subsumida bajo el capital.

La guerra exterior se reconfirma como el medio para enmascarar y desplazar el conflicto de clase hacia una nueva figura: el enemigo externo. Por esta vía, los explotados van madurando un erróneo sentido de solidaridad hacia sus dominadores: el conflicto de clases es neutralizado mediante la creación del conflicto con lo exterior

Este es el resultado inevitable de la falsa alternativa (creada ad hoc por el espectáculo televisivo y por los taumaturgos de la mundialización occidentalista) entre Yihad y McWorld, según la dupla tematizada por Barber; alternativa mediante la cual cualquiera que no se adhiera de manera plena al segundo polo es, por eso mismo, acusado de partidario del primero.

Como ocurre con la crisis, también con el terrorismo se produce la adhesión forzada al modelo dominante, presentado como la única alternativa a un enemigo demasiado a menudo creado ad hoc por el relato dominante con el único objetivo de neutralizar el sentido de cualquier posible alternativa al orden hegemónico. En esto radica el secreto de la economía política de la incertidumbre.

Desde esta perspectiva, el atentado terrorista contra la revista «Charlie Hebdo» (París, 7 de enero de 2015) continúa siendo paradigmático. El ataque a una revista que hacía de la sátira contra las religiones su propio ubi consistam (punto de apoyo, base) propició, en segundo término —con la complicidad de las acciones desplegadas por la fábrica de consensos (manufacturing of consensus) evocada por Chomsky—, el enfrentamiento mediatizado entre el laicismo coesencial al monoteísmo de mercado y las religiones invariablemente fanáticas que degeneran en terrorismo.

El choque entre el reino del bien y el del mal se ha podido presentar con facilidad, de modo para nada neutro, como contraposición entre, por un lado, la desimbolización y la desdivinización capitalistas, celebradas como apoteosis de la tolerancia y la integración, y por otro lado, las religiones de la trascendencia, liquidadas como fanáticas, subversivas y terroristas.

Desde cualquier punto de vista que se explore, el terrorismo que ensangrienta el mundo post-1989 resulta hoy funcional al orden hegemónico. Por una parte, permite a las prácticas manipuladoras de la fábrica de consensos provocar una inmediata adaptación a la condición neoliberal y al partido único de la producción capitalista, contradictoria pero preferible al estado de excepción del terror. Por otra, el terrorismo genera una automática deslegitimación de todas las críticas radicales a la sociedad existente, súbitamente yuxtapuestas a las prácticas terroristas y, por lo mismo, totalmente desautorizadas: quien emerge triunfante es siempre y sólo el orden neoliberal de los globócratas competitivos y del clero de compañía regular y secular de los fundamentalistas del libre mercado.

Resulta evidente que, visto desde el ángulo que se considere, el terrorismo se configura como un instrumento en manos (o, al menos, en beneficio exclusivo) de la clase dominante financiera y apátrida en la masacre de clases que está ejecutando con provecho contra los subalternos y los derrotados de la mundialización, la populosa masa de los rules ones (gobernados) para los que la plena realización de la vida no se mide por la cantidad de poder ejercido y acumulado sobre sus semejantes.

La rentabilidad así obtenida por el partido único de la producción capitalista se puede compendiar en seis puntos:

  1. El capital triunfante (principal enemigo de lo humano) se ha logrado acreditar como humanitario frente a la inhumanidad de todo lo que no es capital, clasificado genéricamente como terrorismo;
  2. La ulterior deslegitimación de las religiones de la trascendencia, en consonancia con el ya descrito proceso en curso de desdivinización y desimbolización inherente a la fase absoluta del turbocapital;
  3. La distracción de masa respecto al terrorismo financiero y capitalista, elevado a irénico reino del bien y de la integración, frente a la única forma de terrorismo identificada y condenada como tal, la de matriz religiosa islámista;
  4. La nueva división del Siervo, ahora convencido de que el enemigo es el islam y no el clasismo financiero-capitalista, y, además, escindido en el enfrentamiento entre siervos cristianos y siervos islámicos, entre siervos occidentales y siervos orientales, en la enésima horizontalización del conflicto funcional a la imposibilidad de su reverticalización;
  5. El triunfo de la política del shock and awe (conmoción y pavor), «golpear y aterrorizar», mediante la cual se induce a la masa nacional-popular a aceptar lo inaceptable (reducciones de libertad y sacrificios económicos) distrayéndola y atemorizándola con guerras, terrorismo y epidemias;
  6. La deslegitimación general de toda crítica y de toda protesta dirigida contra la globocracia americano-céntrica, inmediatamente tildada de terrorista y tratada como tal por el sistema, en una nada neutra superposición entre el terrorista y cualquiera que se oponga al status quo.


Tomando en cuenta todos estos aspectos, se deduce nítidamente como el terrorismo se inscribe hoy plenamente entre las estrategias de las que se vale la clase dominante para —en palabras de Lukács— «desorganizar y disgregar a las clases oprimidas». 


Diego Fusaro


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