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El fin de la doctrina que nos protegía del apocalipsis

La comunidad de inteligencia de EE.UU. no considera alta la probabilidad de un ataque nuclear. El 5 de febrero de 2026, el mundo se volvió un poco más peligroso, aunque pocos lo notaran. Esa madrugada, mientras la mayoría dormía, expiró silenciosamente el último gran tratado que regulaba los arsenales nucleares de las dos mayores potencias. El Nuevo START, firmado en 2010 por Dmitri Medvédev y Barack Obama, quedó sin efecto. Vladímir Putin había tendido la mano para una prórroga, pero desde Washington no hubo respuesta. Por primera vez en décadas, Estados Unidos y Rusia navegan sin un marco de contención mutua. Y con ellos, navega el resto de la humanidad.


Por Lic. Alejandro Marcó del Pont


Este vacío legal ha devuelto al centro del debate un concepto que, paradójicamente, nos ha mantenido a salvo durante casi ochenta años: la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, conocida por sus siglas en inglés, MAD. El físico John von Neumann, uno de los padres de esta idea, comprendió algo esencial sobre la naturaleza humana, si sabes que un ataque suicida provocará tu propia muerte, probablemente no aprietes el gatillo. MAD se sostenía sobre la certeza de que, tras un primer golpe nuclear, siempre quedaría la capacidad de responder con una furia tan devastadora que el atacante sería borrado del mapa junto a su víctima.

Pero para que el mecanismo funcione, hacen falta tres pilares. El primero es la capacidad de segundo ataque: tener suficientes ojivas bien protegidas para que, incluso después de recibir un golpe, puedas devolverlo con idéntica saña. El segundo es la vulnerabilidad: ambas partes deben permanecer expuestas. De ahí la importancia del tratado ABM de 1972, que limitó los escudos antimisiles para que nadie pudiera sentirse a salvo tras un primer ataque. El tercero es la racionalidad: el supuesto de que ningún líder está dispuesto a firmar la sentencia de muerte de su propio país.

Durante la Guerra Fría, este equilibrio bipolar funcionó. Washington y Moscú se vigilaron mutuamente con el dedo en el gatillo, pero nunca llegaron a cruzarlo. Sin embargo, el mundo de 2026 ya no es aquel tablero de ajedrez de dos jugadores. China ha emergido como la tercera pata de un taburete que empieza a tambalearse. Pekín ha pasado de unas trescientas ojivas a más de mil en apenas unos años, y el llamado «problema de los tres cuerpos» hace que los cálculos sean mucho más inestables. Si a esto sumamos los misiles hipersónicos —como el ruso Zircon o el chino DF-17—, que vuelan a más de Mach 10 y son casi imposibles de interceptar, el tiempo de reacción se reduce de horas a minutos. La disuasión tradicional se resquebraja cuando apenas te da tiempo a despegar los párpados antes de que el mundo estalle.

Aquí entra en juego otro factor que añade leña al fuego, la defensa antimisiles. El sistema estadounidense, que comenzó como una red de satélites y radares en Turquía, ha sido rebautizado por Donald Trump como «Cúpula Dorada», un guiño explícito a la Iniciativa de Defensa Estratégica de Ronald Reagan, aquella «Guerra de las Galaxias» que tanto inquietó a los soviéticos. La obsesión de Trump por comprar Groenlandia no es un capricho geopolítico menor: en sus propias palabras, las bases en la isla son necesarias para instalar nuevos radares que amplíen el alcance de ese escudo. Para Moscú, esto no es defensa, es cerco. Es la prueba de que Washington busca blindarse para poder golpear primero sin miedo a represalias. Y si hay algo que mata a MAD, es justamente eso: la posibilidad de sentirse invulnerable.

En medio de este tablero, Europa ocupa una posición incómoda. No es una potencia nuclear unificada, pero alberga en sus bases —Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos, Turquía— alrededor de un centenar de bombas B61 estadounidenses. En caso de guerra, serían aviones europeos, los encargados de lanzarlas. Esto convierte al continente en un rehén de lujo: cualquier ataque ruso contra estos países arrastraría automáticamente a Estados Unidos, pero también convierte a Europa en un objetivo prioritario. Es el eslabón débil de la cadena, el lugar por donde la disuasión puede romperse.

Y es aquí donde aparece la figura de Serguéi Karagánov, un politólogo con décadas de influencia en el Kremlin, decano de la Escuela Superior de Economía de Moscú y fundador del foro Valdai. Karagánov lleva años advirtiendo que Occidente ha perdido el miedo a la guerra nuclear. En sus propias palabras, las élites europeas, envueltas en su burbuja de confort, ya no creen que el desastre pueda tocarles. Y si no hay miedo, no hay disuasión. Para restaurarlo, propone algo que hace solo unos años habría sonado a delirio de guionista: una escalada controlada que empiece con oleadas de ataques convencionales contra objetivos valiosos en Europa y, si hay respuesta, siga con golpes nucleares «operacional-estratégicos». Nada de bombas tácticas de baja intensidad, sino castigos lo suficientemente dolorosos como para que el enemigo entienda que va en serio.

Karaganov descarta cualquier reacción nuclear de Estados Unidos. Cree que Trump no arriesgará Chicago por Berlín. Y en cuanto a Francia y Reino Unido, los dos socios europeos con armas propias, los considera capaces de un gesto suicida, pero advierte que cualquier misil lanzado desde París o Londres sería respondido con un ataque «desarmador y decapitador» que borraría ambas naciones del mapa. Cita a Putin: «Si Europa inicia una guerra directa contra nosotros, no quedará nadie en Europa con quien hablar«. El objetivo último, dice, no es destruir, sino despertar el instinto de supervivencia que Occidente ha extraviado. Es la lógica del loco cuerdo: amenazar con el apocalipsis para evitar que nadie se acerque al abismo.

Mientras tanto, en otras latitudes, la doctrina MAD adopta formas más modestas, pero igualmente inquietantes. Irán y Corea del Norte no pueden permitirse arsenales de miles de cabezas, pero han perfeccionado lo que algunos llaman «MAD asimétrica». No necesitan destruir Nueva York; les basta con demostrar que pueden cerrar el Estrecho de Ormuz, incendiar las refinerías del Golfo, eliminar Israel o golpear bases estadounidenses en la región. El ex oficial de inteligencia Scott Ritter lo explica con crudeza: sin misiles, el costo de derrocar a Irán sería asumible para Washington o Tel Aviv. Los misiles son el ecualizador que iguala la partida. Son la prueba de que, en un mundo dominado por la superioridad aérea de la OTAN, un misil balístico puede saltarse todas las defensas y golpear donde más duele.

El gasto militar global, según el informe The Military Balance 2026 del IISS, ha alcanzado los 2,63 billones de dólares, una cifra récord que despide definitivamente los «dividendos de la paz» de la posguerra fría. Estados Unidos lidera la tabla con un billón de dólares, destinado a modernizar su tríada nuclear con nuevos misiles Sentinel y bombarderos B-21 Raider capaces de penetrar las defensas rusas y chinas. Rusia, con 186.000 millones, triplica su gasto desde 2021, apostando por misiles Sarmat y Avangard para recordar que cualquier avance de la OTAN sobre los 1.600 kilómetros de frontera que la Alianza ha ganado hacia el este puede terminar en el fin de la civilización. China, con 314.000 millones, acelera su expansión para que Washington acepte que la partida ya no es a dos bandas. Europa, por su parte, gasta 563.000 millones, casi todo en armamento convencional, buscando construir una muralla lo bastante sólida como para que Moscú no se sienta tentado a probar su chantaje nuclear.

El problema es que esta carrera armamentística ya no es un fenómeno temporal. Se ha vuelto estructural. Para Rusia es una cuestión de supervivencia económica y militar. Para Europa, un impuesto sobre la seguridad que drena recursos del bienestar. Para Estados Unidos, un esfuerzo por sostener una disuasión que ya no es bipolar y que cada día resulta más cara. Y en medio de todo, la industria bélica estadounidense sonríe. Cada amenaza, cada tratado que expira, cada misil hipersónico que se anuncia, engorda sus cuentas de resultados. Es el negocio del miedo, y nunca ha estado tan boyante.

La pregunta que flota en el aire, mientras los líderes mundiales se envían mensajes cifrados y los misiles duermen en sus silos, es si la vieja doctrina de von Neumann sigue en pie. Tal vez la respuesta sea que MAD no ha muerto, pero está en la unidad de cuidados intensivos. Los hipersónicos, el escudo antimisiles, la irrupción de China y las amenazas explícitas de figuras como Karagánov han erosionado sus cimientos. Ya no basta con tener capacidad de respuesta; hay que tenerla en segundos, no en horas. Ya no basta con la vulnerabilidad mutua; hay que gestionar la paranoia de que el otro pueda sentirse invulnerable. Y, sobre todo, ya no basta con la racionalidad de los líderes; hay que preguntarse si, en un mundo de misiles hipersónicos y radares en Groenlandia, la razón sigue siendo un pilar fiable.

El 5 de febrero de 2026, el mundo perdió un tratado. Pero lo que está realmente en juego es mucho más grande: la certeza de que, pase lo que pase, siempre habrá una segunda oportunidad. Sin ella, el equilibrio del terror deja de ser equilibrio y se convierte en una partida de ruleta rusa con el cilindro lleno. Y en esa partida, todos perdemos.


Lic. Alejandro Marcó del Pont




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Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.