“Cuando nuestro odio es violento, nos hunde incluso por debajo de aquellos a quienes odiamos”, sostenía François de La Rochefoucauld. Ese apunte acerca de la naturaleza humana y del ejercicio del poder pertenece al siglo XVII, pero tiene la vigencia invencible de las grandes verdades universales. Quizá haya llegado la hora de que los “ingenieros del caos”, exitosos para una primera etapa de conquista y consolidación, revisen un poco la administración de su principal insumo básico -el rencor-, puesto que su uso y abuso sostenidos en el tiempo están resultando un boomerang que promueve la fatiga popular, despierta antipatías y a veces produce espanto. La irrupción de la figura de Fernando Cerimedo -acusado de contratar en Bolivia a dos sicarios para asesinar a su pareja- devolvió al primer plano las artimañas fundamentales de las que se sirvió Javier Milei para ganar y gobernar: la utilización de “milicias digitales” -plagadas de fanáticos, rentados e inescrupulosos- y de gigantescas “granjas de trolls” para desacreditar personas, amedrentar voces, instalar noticias falsas y defender lo indefendible.
Por Jorge Fernández Díaz
Se sabe: el troleo es el deporte de los cobardes que necesitan ver sangrar a otros para sentir que están vivos. Y es además un caldo de cultivo para los vivillos que por plata le brindan estas prestaciones al populismo de derecha, facción ultramontana que le copia la gestualidad a los trolls y la transforma en formato de gobernanza. “Internet le dio voz a legiones de idiotas que antes solo hablaban en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad -pensaba Umberto Eco-. Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Seamos justos: también le dio voz a personas de gran inteligencia y valía, pero es cierto que Steve Bannon y su grupo de reaccionarios han aprendido más que nadie a industrializar esa clase de idiotez y a convertirla en armamento pesado de sus propósitos.
Una gestión política debe valorarse por su efectividad y transparencia, aunque es innegable que la gente -el pueblo- también evalúa y registra algo mucho más subjetivo y emocional: la calidad humana de sus representantes. Y ese índice está bajísimo en nuestros lares y debería preocupar mucho a quienes trabajan para una reelección: el espectáculo de un hater que utiliza sistemática y escabrosamente los atributos y la inmunidad presidenciales para insultar a cualquiera provoca primero risas, luego estupor y más tarde horror y hartazgo. Pronto podría ocurrir lo peor: que esa patología sea piantavotos. Es además muy decepcionante constatar cómo para algunos puntillosos demócratas y republicanos de otros tiempos -ciudadanos sumamente educados- la grosería institucionalizada no tenga la menor relevancia: una vez más el fin justifica los medios. Olvidan algo que el pensamiento de T. S. Eliot prueba: no se puede hacer el bien con métodos malos. La cultura troll alcanza a varios leones herbívoros que para congraciarse con el líder mesiánico impostan sus mismas dentelladas: Séneca enseña que a quien realmente daña la maldad es a quien la practica.
Jorge Fernández Díaz - La Naciòn





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