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¡Una Biblia! A 50 años de La Biblia, según Vox Dei, un hito del Rock Argentino

En el mes de marzo de 2021, se cumplieron 50 años de la edición de uno de los grandes discos del rock local. Un álbum que, de inmediato, se calzó el traje de clásico. Se les fue colando, a muchos, a través de la militancia juvenil que se reunía en las parroquias de todo el país. A otros, los hizo cantar en las plazas y, a los guitarristas, triunfar en los fogones. Transformó algunas de sus hermosas canciones en verdaderos himnos de la música popular argentina y catapultó a Vox Dei, una de las bandas pioneras de nuestro rock.

Por Jorge Garacotche (músico, compositor, integrante del grupo Canturbe y miembro de AMIBA - Asociación Músicas/os Independientes Buenos Aires) para Con Fervor


Corría el psicodélico año 1967, de la mano del Sargento Peppers. Las novedades que trajo ese disco de Los Beatles ingresaban hasta en los rincones más oscuros. Los que debían conmoverse, lo hicieron; los conservadores, luego del sacudón, decidieron volver a sus andanzas, pero, el entorno nunca más sería el mismo. Por estos lares, alguien, con una voz adolescente, decía estar muy solo y triste en este mundo abandonado. Mientras tanto, en Quilmes, al sur del Gran Buenos Aires, cuatro pibes empezaban a delinear una banda. Eran Ricardo Soulé, en bajo; Willy Quiroga, en guitarra; Juan Carlos Yodi Godoy, en guitarra; y Rubén Basoalto, en batería. Al poco tiempo, Soulé y Quiroga invirtieron los roles. El grupo se llamó Mach 4 y hacían temas de Los Beatles, Los Rolling Stones, The Byrds y The Kinks.

Cantaban en un inglés algo sospechoso y, al poco tiempo, hicieron una grabación como Mach 4. Pero, el productor, Jorge Álvarez, no estaba convencido de ese nombre. Cuenta Quiroga: «Nosotros éramos Mach 4. Jorge Álvarez nos dijo: tienen que cambiar el nombre. Un día, agarró un libro, hablaba de qué es la Justicia. Una persona estaba siendo juzgada y no estaba conforme de ser juzgada, porque estaba convencida de lo que había hecho. El relato finalizaba como todo sabemos: la voz de lo que piensa la mayoría es lo que sucede, porque ‘vox populi, vox dei…’. Y púmbate, se los dije a mis compañeros, a uno no le gustó… Rubén fue el único que estuvo de acuerdo. Y les dije, cualquier cosa lo cambiamos. Y así quedó».

Luego de una actuación en el boliche Macu, en Quilmes, los productores, Jorge Álvarez y Pedro Pujó, les proponen integrarse al sello Mandioca. Lo cual, para los muchachos, significó la gloria. En el sello, les aconsejan cantar en castellano, cosa que se hizo definitiva gracias a la intervención de Luis Alberto Spinetta. Es que, una noche, Vox Dei se presenta en el Teatro Payró, en la ciudad de Buenos Aires, junto a otro grupo del sello, Piel Tierna. Finalizado el concierto, se les acerca Spinetta, uno de los asistentes, y les dice que el show le había encantado, pero que debían aprovechar su lenguaje y cantar en castellano. Deciden traducir Bitter sugar a Azúcar amargo y, allí, comienza otro capítulo. O sea que, a Spinetta, hasta siendo parte del público, también, se le ocurren cosas geniales.

En 1970, publican su primer álbum, Caliente, en el sello Mandioca y ocupan, junto a Manal y Almendra, un espacio en el nuevo espectro musical. Espacio que, aún, no tenía un rótulo claro. Allí, hay dos temas que dan mucho que hablar: Canción para una mujer que no está, una de las más hermosas melodías de nuestro rock, y Presente, sin duda, un clasicazo de todos los tiempos. De esas canciones, que todos tocamos en la guitarra por ser de las más populares de nuestra historia y que todas y todos cantan, aunque, en esa parte donde se grita “sí, el presente…”, sólo quedan los valientes. Una de las letras mejor aprendidas de memoria por varias generaciones.

En noviembre de 1970, Vox Dei se presenta en el festival B. A. Rock de Buenos Aires, conectándose con la posteridad. Allí, deciden adelantar algo de lo que sería su segundo disco: La Biblia. Pensar en una obra semejante, en esos tiempos y en un país como la Argentina, significaba comenzar a dar un largo recital en la cornisa. El disco se grabó en los estudios TNT y llevó algo más de 150 horas, lo cual significó un presupuesto que, hasta ese entonces, el rock nacional desconocía. La idea inspiradora surgió de una inquietud de Ricardo Soulé: «Al principio, pensé que debía encarar los textos de la Biblia en forma dogmática. Sin poner nada de mí. Pero, eso era imposible por varios motivos. Decidí, entonces, que tenía que jugarme. Dar un poco la cara, ya que había decidido afrontar el tema. No tenía otra salida que elaborar mi propia interpretación de las escrituras. Contar lo que ocurre en la Biblia, pero, tal como yo lo sentí al leerla».

Tanto la planificación alrededor del proyecto, como su posterior realización, lo dejan a uno en estado de asombro y admiración. El contexto histórico, el acervo cultural atado a un catolicismo recalcitrante y el marco brindado por una Dictadura Militar no dejan margen para la duda: no se podía llevar a cabo. Sin embargo, se alinearon varios planetas y Vox Dei pudo llevar adelante semejante obra. No eran buenos tiempos para el rock nacional, que se reinventaba todos los días, lejos de los medios de comunicación, que no contaba con una prensa aliada y que se batía a duelo con rivales que, ni siquiera, le mandaban sus padrinos y menos un florete.  Aquí, no había duelistas, el mercado enviaba a sus escuderos y en las radios se percibía un crimen a sangre fría.

Soulé se encargó de todas las letras. Los otros tres colaboraron en la parte musical, en especial Yodi Godoy. Explica Soulé: “La obra está enfocada desde el punto de vista humano, no desde un ángulo ortodoxamente religioso. Cuando me puse a trabajar en esto me di cuenta de que, por ejemplo, San Juan, antes de ser San, simplemente era Juan: un hombre como vos y como todos los que estamos acá. Por otro lado, a Jesucristo lo hago hablar como el hijo del hombre. Me da bronca que a Jesús lo hayan encarado como algo sobrenatural, simplemente, era magnífico como hombre. Siempre, tuve sobre él una misma idea. Y lo trasladé a los textos de nuestra obra. Prefiero imaginarlo como un muchacho con ideas radicales, revolucionarias, pero, también, con debilidades”.

Pasado un largo período, conseguí y escuché este disco, no sin preguntarme, antes, qué habrá pensado la Iglesia Argentina y cómo fue la discusión para permitir su edición. Tiempo después, un periodista de la también bíblica Expreso Imaginario me contó que la Iglesia Católica tomó cartas en el asunto. Fue a través de Monseñor Emilio Grasselli, por ese entonces, secretario del Arzobispo de Buenos Aires; el Cardenal Antonio Caggiano, ¿cardenal o general?; bueno, se me hizo una laguna civil. Pero, lo cierto es que se acercó solicitando las letras de las canciones para poder evaluar si se autorizaba o no su publicación. Se constató que Soulé había comprendido el mensaje de las sagradas escrituras y esto llevó tranquilidad a la curia. Es más, hubo enormes elogios y efusivas recomendaciones hacia la juventud católica para que se conecten con la obra. El que, tengo la impresión, que no comprendió muy bien la palabra de Dios fue Monseñor Grasselli, quien, a partir de 1976, fue funcionario de la Dictadura Cívico, Militar y Eclesiástica, como vicario castrense. Se encontraron, en su poder, listas con las denuncias de los familiares de los desaparecidos, información que desvió, al tiempo que se decía que lo vieron presenciando sesiones de tortura en campos de concentración.

Monseñor Grasselli declaró, ante Soulé: “A mí me hubiera costado tres horas explicar qué es Dios y vos, apenas, con un silogismo lo conseguiste”. Hablaba del comienzo de Génesis: “Cuando todo era nada, / era nada el Principio. / Él era el Principio / y de la noche hizo luz. / y fue el cielo / y esto que está aquí”.

El 15 de marzo de 1971, se publica el álbum en un doble vinilo. De inmediato, es presentado en el Teatro Alvear de Buenos Aires y en el teatro Don Bosco de San Isidro. En el interior del disco, aparece un texto escrito por Soulé, como un reflejo de los sentimientos de la banda al componer e interpretar su propia versión de La Biblia: “Siento que crezco / y que subo / y que me veo por dentro / y me toco y me reconozco / y que a mi lado estoy yo / que me hablo y me entiendo / y que ahora soy sueño / y me acerco y no muero”.

Junto al texto, hay un dibujo en tinta realizado por el bajista Willy Quiroga, inspirado en el poema al que interpretó como una manifestación del “conócete a ti mismo”. Allí, se ve a un hombre con pies-raíces alzando sus manos hacia el cielo con forma de ramas.

Dibujo, en el interior del disco, por Willy Quiroga.

​El director y arreglador, Roberto Lar, realizó importantes aportes en algunos temas. La orquesta estaba integrada por veinticinco cuerdas, es decir, violas, violines, cellos y bajos, además de flautas y un coro de dieciséis voces femeninas. Esto, también, era un hallazgo para un álbum rockero.

Una pérdida trascendental fue la partida de Yodi Godoy, sucedida al final de la grabación. Siempre se comentó que Yodi tuvo mucho que ver con ciertos arreglos de los temas, de las partes instrumentales y el exquisito trabajo de las guitarras. Radio Pasillo se encargó de transformarlo en una especie de mito. Su posterior desaparición del ámbito de la música no hizo más que acrecentar ese relato. De manera que Vox Dei se transformó en un trío.

Fue por esos días, que comienzo a ver al grupo en varios clubes de la ciudad de Buenos Aires. Lugares a donde uno iba a bailar y podía ver a grupos de rock nacional o de la movida beat por una entrada barata. Vox Dei tenía un gran público, fiel y rockero hasta la médula que se asentaba en los barrios populares de la ciudad. Pero, donde realmente jugaban de local era en el Gran Buenos Aires. Allí, llenaban clubes, boliches, salas de fomento y teatros.

Por esos años, hacía mis primeros garabatos con una guitarra. Trabajaba, de día, en lo que no me gustaba y, por las noches, iba al secundario en Villa Luro. Los sábados, con amigos del barrio, nos juntábamos a ensayar. Soñaba con ser músico e iba a recitales para inspirarme y contagiarme de energía artística. Con Vox Dei, me sucedía algo muy particular. Me encantaban sus canciones, esa lírica cargada de sensaciones suburbanas, pero, era su imagen de tipos de barrio el mayor impacto, la gran identificación. Nos demostraban que nosotros, también, podíamos estar ahí, si reuníamos buenas canciones y nos armábamos un grupo. Con su postura simple, cargada de romanticismo de esquina, con sus letras sentidas desde la mirada de clase trabajadora, inyectaban esperanzas, justo ahí, donde más hacían falta.

Recuerdo una noche, algo inolvidable en el Club Atlanta, en mi barrio de Villa Crespo. Tocaba Vox Dei y fuimos temprano para estar ahí adelante. Al lado nuestro, había dos chicas que yo conocía de vista, porque vivían cerca de mi casa. Eran dos hermosas exponentes de esos amores soñados y cercanos, esas bellezas que rondan nuestras esquinas, la mejor de las bellezas, esas que nos son accesibles. En un momento, comenzó Soulé a cantar una de las más grandes canciones que escuché en mi vida. Era la segunda parte de Libros sapienciales, esa que dice: “buenas y malas son, cosas que vivo hoy…”, un tema que todos quisiéramos componer siguiendo una melodía que atrapa y lleva, que nos sube y nos perdemos entre nuestras mejores cosas. Miré a mis vecinas, las vi emocionarse. Con un candor nuevo, se apretaron más y se tomaron de las manos, era muy potente lo que veíamos todos y, ahí, a unas cuadras de donde crecíamos. Cuando se miraban, esos ojos eran los brillantes que no se conseguían en otros barrios, justo los que un pibe como yo tenía que tener, si es que la felicidad se iba a sentar en el umbral a esperarme. Era una señal de la música, de esas dos mujeres que habían decidido, por la tarde, conspirar contra todas las penas y decirme que la luna estaba más cerca de aquellos que cantan, que esa guitarra eléctrica transmitía miles y miles de voltios. A partir de esa noche, seguro que fui a estudiar con más esmero. Claro que empecé a invertir más dinero en libros, porque, allí, alguien me iba a contar todo lo que debía saber para explicarme, para que esas miradas se den vuelta y me vean, ahí, en el barrio, con mis cosas.

Horas más tarde, mientras nos íbamos a comer a una económica pizzería en Chacarita, percibí que ya no era el mismo. Había escuchado la voz de otro dios y, este, no me exigía nada, no era un vigilante. No lanzaba pestes ni asesinatos, no pedía sacrificios sangrientos ni me rodeaba con sus detectives. Era la voz de un dios de verdad, de ese que son muchos y no el pillo que se armó un monopolio. El dios de las canciones, de las mujeres, de los barrios, de los pobres, de los que no se quieren quedar afuera, esos que jamás se van a dar una vuelta por las religiones. Y comencé a pensar que, cuando uno va a esos rituales musicales, se conecta, un poco más, con uno mismo, hasta diría, que va perdiendo caretas por el camino.

Enorme Vox Dei ¡Qué lindas canciones! Siempre, le estuve agradecido a ese grupo de Quilmes, a esos tipos que se vestían como nosotros, que hablaban con nuestras palabras. No me interesa La Biblia que reparten en los templos, no me sirve para nada, sólo conseguiría enceguecerme en una corta vida donde hay mucho para ver. Pero, la de Vox Dei la sigo consultando. Por ahora, van 50 años y ya es un clásico, porque es inoxidable.

Jorge Garacotche




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