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Y Rasguña las Piedras…

Sui Generis, del latín, significa de su propio género o especie, único, sin igual e inclasificable. Para pensarlo. Hace poco, retumbó en muchísimos medios un recuerdo sensible: se cumplieron 45 años de Adiós Sui Generis, el concierto de despedida de una banda mítica en la historia de la música popular argentina, probablemente, la más fogonera. A mi criterio, la que mejor pintó la vida y el sentir de los/as adolescentes. Sui Generis irrumpió con sus canciones frescas, acústicas, suaves, pero, punzantes en un país donde todo se ponía denso. Supo construir una singularidad con la que abordó la complejidad de su época. El rock argentino, que, aún, no se llamaba así, le presentaba batalla al mundo complaciente. Se había marchado Onganía, pero, la Dictadura no, crecían las protestas, las manifestaciones, las huelgas, pero, los militares seguían atrincherados. En las primeras canciones del grupo, se contaban ciertas decepciones internas y aparecían cuestionamientos a la sociedad y al sistema imperante. Todo con una poesía cuasi adolescente, pero, con mucha agudeza.

Por Jorge Garacotche

El Instituto Social Militar Dr. Dámaso Centeno es un conocido colegio del barrio de Caballito y lo que menos se estaba esperando es que egrese de ahí un grupo que cuestione todo, desde la birome de uno de sus alumnos más famosos: Charly García. Seguramente, la mayoría conservadora que habita esa escuela reniega de Sui Generis, pero, la historia del grupo empieza allí. Charly y Nito Mestre cursaban en el secundario y, cada uno, tenía su propio proyecto musical: To Walk Spanish y The Century Indignation, respectivamente. Estas bandas se fusionaron y a Charly se le ocurrió bautizarla Sui Generis. Al comienzo, abordaron un estilo entre lo eléctrico y lo psicodélico, corriente muy fuerte por esos días.

En sus orígenes eran un quinteto. A medida que rodaban las frustraciones los integrantes abandonaban el barco, hasta reducirse a un bote con dos músicos. Pronto, llegó el debut y, allí, salieron al escenario Charly, con una guitarra criolla, y Nito, con su flauta. La gente estaba encantada con las canciones frescas del dúo y, entonces, los ánimos crecieron de golpe. Temas como Monoblock, Te recuerdo invierno y hasta la base de una ópera rock titulada Theo, el hijo de la luna, más algunos recuerdos de esa obra, sobrevivieron en el tema Eiti leda y en pasajes de La máquina de hacer pájaros.

En el año 1970, el Rock Argentino queda mal herido, se separan Los Gatos, Almendra y Manal, nada menos que las tres bandas fundadoras del movimiento. Era la hora de un recambio y el Gordo Pierre, un personaje del rock local, se transforma en su manager, tratando de digerir la nueva etapa. Al poco tiempo, ya aparecían tocando en varios lugares céntricos, como el viejo Teatro ABC de la calle Esmeralda, lo cual llevó al productor discográfico, Jorge Álvarez, a interesarse por ellos. Álvarez dirigía el sello Talent, una división de Microfón, que publicaba discos de rock nacional. En una sesión tipo casting, donde participó el músico y productor Billy Bond, Charly y Nito interpretaron, guitarra en mano, Canción para mi muerte y, automáticamente, fueron contratados. El mismo Billy Bond fue el productor artístico del primer álbum, lo cual le permitió al dúo contar con el acompañamiento de algunos músicos de La Pesada del Rock and Roll, no muy consustanciados con esta estética, pero, profesionales al fin. El sello, además, publicó un disco simple con los temas Canción para mi muerte y Amigo mío, vuelve a casa pronto, a manera de adelanto. Por esos días, se editó la banda sonora de la película Rock hasta que se ponga el sol, del director Aníbal Uset, en donde Sui Generis interpreta Canción para mi muerte. Uno de los temas se llamaba Vida y le daba nombre al álbum, pero, en el momento de la edición fue rebautizada como Cuando comenzamos a nacer.

Particularmente, siempre recordé el hermosísimo tema Estación, una melodía que atrapa desde el vamos, con una letra que fue escrita por Charly cuando aún estaba en el secundario, sin dudas un pibe maravilla. En ella, se describe un amor de verano con imágenes entre románticas y poéticas que emociona. Acá, el personaje apela a la complicidad del oyente con frases tales como; “todos sabemos que fue” o “quizás sepan que tenía”, un hallazgo. En ese disco, también, está Quizás por qué, una sagaz canción de amor, desde la mirada de un antihéroe, plagada de sutilezas y que inscribió frases que han quedado en el inconsciente colectivo de tanta gente. Siempre, lo miré como un álbum que trajo aires de renovación al rock argentino, alejado de lo pesado, que parecía adueñarse de muchas bandas, con matices melancólicos que pegaron muy fuerte en un público juvenil, masivo, que, hasta ahí, no se había arrimado al ambiente de la llamada música progresiva.

Para sorpresa de muchos/as, varias de esas canciones, musicalizaron fogones, plazas y reuniones donde asomaban guitarras adolescentes. Seguramente, a través de Vida arranca el denominado “segundo ciclo del rock argentino”, como lo define el periodista Miguel Grimberg, con un agregado: la presencia de un público masivo, heterogéneo y, hasta se diría, policlasista. El trabajo duro lo habían hecho los grupos fundantes, cantando en castellano, generando una prensa adicta y abriendo los ojos atentos de algunos sellos discográficos. Era el momento de ampliar horizontes.

Para 1973, el grupo ingresó al estudio a grabar su nuevo material, rodeado de una expectativa inusitada. Producto de eso vio la luz Confesiones de invierno. La homónima canción relataba la vida cruel de un personaje que deambulaba entre derrotas, cargando con serios cuestionamientos al sistema, la sociedad, la religión, la policía y todo lo que representaba ese enemigo feroz que empezaba a ensañarse con el mundo rockero. La ironía llegó de la mano de Mr. Jones, un rock and roll que demostraba que la banda podía ser tan ecléctica como dura. Clásicos como Aprendizaje o Bienvenidos al tren hacían cantar a multitudes, deseosas de identificarse y sentirse menos solos. Allí, estaba uno de los grandes himnos del rock argentino: Rasguña las piedras, rodeada de interpretaciones y mitos nacientes.

Recuerda Charly: “Queríamos dar algo más que la música y la letra. Buscamos experimentar. Yo quería tocar con una orquesta y lograr algo parecido a lo que hace Elton John, ese sonido denso. En cuanto a la temática, es posible que haya significado la toma de una posición política. Pero, lo que pasa es que en el primer álbum yo no tenía ningún tipo de conciencia política. Desde ese punto de vista, Vida es más fresco, pero, tiene barandas ideológicas. Es válido porque refleja la adolescencia de un tipo. Creo que, en ese sentido, muestra fielmente el momento por el que yo atravesaba. Y Confesiones… es más maduro políticamente”.

Muchos años después, en 1986, sentado en un cine del centro de Buenos Aires, con Silvia, mi compañera de entonces, fuimos al accidentado estreno del film La noche de los lápices. La gente interactuaba con las escenas durísimas que se mostraban, insultando, gritando consignas, pidiendo justicia y silbando, es decir, dando rienda suelta a una serie de situaciones dramáticas que nunca había visto en una sala. En un momento, se ve a los chicos y chicas, patriotas platenses, en el campo de concentración El Pozo de Banfield y, entre todos, entonan Rasguña las piedras, en una de las escenas más emocionantes que he visto. Pensé en García en ese momento, en un lento desfile de sensaciones al ver semejante imagen. Al lado nuestro, estaba sentado un tipo de alrededor de 35 años que no paró de llorar en toda la película, se ahogaba, tosía, se recostaba y volvía al llanto, conmovía su silencio triste. Cuando terminó la película no le preguntamos nada, no explicó nada, simplemente, lo abrazamos, lo comprendimos y fuimos saliendo en medio de un llanto colectivo y una rabia clavada en las miradas. Eso también es el Rock Argentino, eso también es Sui Generis.

En este disco hay una grata novedad: la presencia de una orquesta, conducida por Gustavo Beytelmann, en el tema Tribulaciones, lamentos y ocasos de un tonto rey imaginario o no. Allí, se escuchan una serie de arreglos novedosos para la época, en un disco de rock, que le da un tinte clásico a una letra donde García deja en claro su postura política. Confesiones de invierno fue un éxito de ventas y transformó a Sui Generis en la banda más popular del rock local. Todo eso sin resignar la calidad artística, apelando a la poesía y al buen gusto. El grupo contaba con uno de los cantantes más afinados y expresivos, dueño de una dulzura que no estaba en el imaginario rockero, eso lo hacía único. En el piano y las composiciones asomaba la cabeza uno de los más grandes músicos de la historia argentina, un verdadero genio. Ahí sí que había equipo.

Para el año 1974, Sui Generis ya no parecía un dúo. Las actuaciones en vivo le iban dando otra forma, se perfilaba un grupo, que incluía a Rinaldo Rafanelli en bajo y Juan Rodríguez en batería. Con esa formación encaran su tercer disco: Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, un proyecto ambicioso. En este álbum, aparecen otros músicos cercanos a la banda, como David Lebón, Carlos Cutaia, Oscar Moro, Jorge Pinchevsky, León Gieco, Alejandro Correa y la cantante María Rosa Yorio. Acá, el grupo casi abandona su estilo folk, sus canciones suaves y cruza hacia el rock progresivo, algo notorio en los teclados de Charly, ahora, reforzado con un Sintetizador Moog y un órgano Hammond, lo cual dan un aire genesiano a las nuevas composiciones. Era el momento del discazo de Genesis Vendiendo Inglaterra por una libra (Selling England by the pound) y la influencia de semejante obra llegaba al grupo produciendo una mixtura admirable. El tema Pequeñas delicias de la vida conyugal es una prueba de ello. Los arreglos, el clima oscuro y denso de Tango en segunda; las letras sarcásticas, haciendo blanco en la censura de la época, en Las Increíbles Aventuras del Señor Tijeras; el certero ataque a la violencia como espectáculo en El show de los muertos, hacían de Instituciones un registro que, creo, está entre los mejores de nuestro rock.

Cuenta Nito Mestre: “El show de los muertos, puesto después de Tango en segunda, perdió buena parte de su sentido, porque, en realidad, antes tenía que estar Juan Represión, el que tuvimos que dejar afuera. El relator, en El show de los muertos, es Juan, el de Juan Represión. Es el tipo que dice: Tengo todos los muertos aquí, ¿quién quiere que se los muestre?”.

Eran tiempos de La Triple A, de persecuciones, censura y atentados, mientras, en sus oficinas, el nefasto Martínez de Hoz, comenzaba a delinear su plan económico, social, cultural y político para el futuro Golpe de Estado. Una tragedia tremenda se estaba pergeñando. Algunos lo sabían y le salieron al cruce, pero, la Embajada norteamericana ya había tomado cartas en el asunto y tenía todo planeado, sólo era cuestión de esperar el momento exacto para el zarpazo. Los grupos económicos de siempre planeaban un nuevo saqueo, esta vez, apoyados en un genocidio.

La censura echó mano sobre ese disco, hubo que cambiar letras y desistir de grabar temas (Juan Represión y Botas locas), manejarse con un cuidado que, poco, tenía que ver con el arte y, mucho, con la supervivencia. Pero, la tijera estatal, sin dudas, logró su cometido: lo perjudicó. El álbum se publica el 16 de diciembre de 1974, en medio del principio de un incendio. Instituciones marcaba la cancha, estaba de un lado de la grieta, era hostil con lo complaciente y el mercado, irónico con la hipocresía reinante, protestaba contra el statu quo, ponía en tela de juicio a las instituciones y sus habitantes, desnudaba a un país que se desangraba entre dos proyectos, como siempre le ocurre. A lo largo de esas canciones, las instituciones eran puestas en la silla de los acusados y, por ahí, desfilaban el matrimonio, las fuerzas de seguridad, la clase dominante, la iglesia, la justicia y lo mediático.

Considero que García, siempre, a lo largo de sus trabajos, ha relatado una parte de la historia contemporánea, con la poesía y la metáfora como aliadas. Pero, son muchas las canciones suyas en donde uno lee los hechos y su contexto, generando, así, una vinculación muy estrecha entre el artista y su tiempo histórico.

Instituciones no fue un éxito en ventas como el anterior y el público estaba algo sorprendido con el inesperado desplazamiento musical. De todas maneras, Sui se encaminaba hacia el cuarto disco, que ya hasta tenía nombre, Há sido, con acento en la a y un guiño simpático al ácido lisérgico. Otras canciones eran: Eiti Leda, Fabricante de mentiras, Alto en la torre y Bubulina, pero, no llegó a grabarse, sólo se hicieron algunas tomas para las bases, que tiempo después se perdieron.

Algo que no se debe pasar por alto, es el giro estético del grupo, que pasó de un retrato de la cuestión adolescente, con varios pasajes melancólicos y hasta casi naif, a una descripción aguda sobre personajes violentos, climas enrarecidos, un contexto agobiante y hasta ciertas denuncias de una lista de situaciones perversas, que anunciaban un tiempo sombrío.

Arriesgando una opinión personal y, quizá, abriendo una polémica, diría que Sui Generis, en general, y este disco, en particular, inauguraron, en el rock argentino, una visión política sobre lo que se vivía y un análisis mordaz que no estaba. En la pluma de Charly conviven la poesía urbana con un ensayo sobre un tiempo durísimo, que se avecinaba y que era transmitido a una masa de jóvenes que corrían serios peligros. Esas canciones permiten rastrear una serie de hechos históricos que, en ese momento, eran poco leídos desde la música. Había denuncias y acusaciones directas, pero, acá, hay una serie de metáforas y de sutilezas que toman del cuello a ciertos personajes siniestros, sombríos y los lanza por el aire, desnudos, ante los ojos de una generación que estaba atenta, que contaba con sectores combativos y deseos de cambios profundos. Se vivía en un clima autoritario, tanto en lo político como en lo cultural y lo social, se venía de muchos años de esas malas costumbres, pero, Sui Generis parecía encabezar, desde lo artístico, una actitud contestataria que empezaba a ser regional.

En una de las presentaciones de Instituciones, en el Teatro Coliseo, colmado por 3200 almas, tuve la oportunidad de verlos y sorprenderme con el cambio de estilo. Recuerdo que, con dos amigas, salimos asegurando que Sui había dejado ese clima light, del cual era acusado por los duros y que, definitivamente, estaba en el top de los grupos progresivos y con mejores canciones que varios de ellos. Al rato, nos sentamos en el Bar La Giralda, de la Avenida Corrientes, a pensar en esas letras incisivas que sumaban nuevos y necesarios debates.

La banda comenzó a perder magia interna, los choques con la censura, algunos roces entre los músicos, los shows y giras constantes, fueron esmerilando a sus integrantes y, seguramente, en la cabeza de Charly fue naciendo la idea de una evolución en lo musical que excedía este formato. Lo progresivo le quedaba bien, le abría una puerta a un músico que, a lo largo de su carrera, supo pegar saltos hacia lo nuevo sin pensar en las consecuencias, sabiendo que, siempre, llevaba un salvavidas llamado talento. Por eso, no fue una novedad la noticia de su separación, al menos, entre quienes los rodeaban. La producción, enseguida, sacó cuentas y pensó en una despedida multitudinaria, pero, no se imaginó lo que terminó siendo. Eligieron la fecha del 5 de septiembre de 1975 y el Estadio Luna Park, que tenía una capacidad de casi 9 mil personas. La venta de entradas fue alocada, tal es así, que, al agotarse, de inmediato, la primera función, programaron una segunda y, en el mismo día, produciendo una venta de casi 26 mil localidades. Cifra que dejó mudo a todo el movimiento. Es más, en las calles y algunos medios decían que todo era un “invento”. Las funciones fueron a las 20 y a las 23hs., es que, al otro día, el Luna tenía programada una noche de boxeo y aquello era imposible de posponer. Todos rezaban para poder desalojar a tanta gente sin problemas, arrancar con el segundo concierto y, es de destacar, el comportamiento de la gente, en su gran mayoría adolescente, que no produjo ningún incidente.

En la segunda función, se animaron con Botas locas, a raíz de esto, recuerda el productor Jorge Álvarez: “Esa noche, recién la tocaron en el segundo show. Fue un gesto en donde mezclaron la osadía con la precaución. La evitaron en la primera función para asegurarse la segunda. Tuvimos temor de que fueran detenidos, pero, al tocarla cerca del final del segundo recital garantizaban que ya lo más sustancial lo habían podido realizar”.

Charly lució esa noche un elegantísimo smoking blanco, una flor en el ojal, una galera y zapatillas blancas, así se calzaba el traje de estrella de rock. Desfilaron temas de sus tres discos, más las novedades de Há sido. La banda dejó en claro que habían inaugurado un nuevo estilo y que tenían espalda para bancarlo, la base era muy sólida. Varios recuerdan la devoción por Sui Generis de miles de jóvenes que se asomaban y dejaban atónitos a más de un cronista, que descubría un nuevo rock. Soy de los que creen que esos dos recitales fueron la consolidación del rock local. Pero, esa noche del Adiós fue sólo un anuncio, le siguieron shows en Rosario, Córdoba, Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia. La nota triste fue el vuelco del micro que los trasladaba en un paraje conocido como La curva de la muerte. Todos los equipos de los músicos sufrieron daños irreparables. De los teclados que acompañaron a Charly en el Luna Park, apenas sobrevivió el Mini Moog. Pero, algunas horas después, en el aeropuerto de Comodoro Rivadavia fue robado. Hay quienes dicen que esta serie de desgracias aceleró el fin del grupo.

De aquella jornada del Adiós Sui Generis, quedan dos registros históricos: el álbum doble y la película. Bebe Kamín, un asistente del gran Leopoldo Torre Nilson, fue el director del film. Aníbal Di Salvo, el director de fotografía y el recordado Raymundo Gleyzer, uno de los camarógrafos. Luego, fue desaparecido en tiempos de la Dictadura Cívico-Militar. Cuando llegó el estreno, la película sufrió un nuevo ataque. El censor Paulino Tato la calificó como Prohibida para Menores de 18 años, lo cual le negó miles de espectadores y sonó a revancha, a resentimiento de derecha. En el libro Diccionario de Films Argentinos, Manrupe y Portela, sus autores, sostienen que la calificación se debió a que Tato consideraba que la canción Confesiones de invierno trataba sobre un guerrillero que mataba a un oficial de policía borracho. La revista, de orientación católica, Esquiú, comentó que la película llevaba a descreer en la juventud. Sin comentarios.

En 1975, la Argentina se encontraba en Estado de sitio, la censura vapuleaba al arte a diestra y siniestra, la Triple A perseguía, amenazaba y ajusticiaba, la economía mostraba un desfile de desaciertos que empobrecía a la mayoría de la población y grandes personalidades de la cultura eran amenazados y partían al exilio. En la casa de Gobierno, se reunía gente que no estaba a la altura de las circunstancias, la oposición no exigió el necesario adelantamiento de las elecciones, sólo se quedó esperando un anunciado Golpe de Estado. No eran tiempos para cantar Bienvenidos al tren, de manera que un grupo de las características de Sui Generis parecía no tener espacio y, así, lo entendieron sus integrantes. Uno de ellos, tiempo después, en una canción nostálgica se preguntaba: “qué se puede hacer, salvo ver películas…”.

Jorge Garacotche - Músico, compositor, miembro del grupo Canturbe e integrante de AMIBA.



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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.