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No sos vos, es el capital

A inicios de noviembre, luego de las tediosas campañas electorales, la ex legisladora Ofelia Fernández presentó un documental sobre un tema crucial en nuestras vidas: la relación con las pantallas y la salud mental, en especial de la juventud. El ensayo se propuso abrir una discusión pública indispensable, que la casta política evita y desconoce. Este texto levanta el guante y relanza el debate.


Por Solana Camaño

Notas sobre ¿Qué le pasa a nuestra generación?, un video-ensayo de Ofelia Fernández.
 

La foto muestra decenas de ejemplares de La generación ansiosa, el best seller de Jonathan Haidt sobre el consumo de redes sociales en las nuevas generaciones. El que la comparte en Instagram es Jorge Macri, jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Dice habérselo regalado a su equipo de ministros para construir una ciudad que proteja a los chicos. El libro, unos meses después, protagoniza otro montaje. Hay varias mesas en un espacio blanco, las personas miran el celular, la cámara se acerca a la mesa principal y se enfoca en Ofelia Fernández, que está frente a una notebook, un anotador y dos libros, entre ellos el de Haidt. La escena pertenece a ¿Qué le pasa a nuestra generación? Cómo ser feliz, el ensayo audiovisual producido por Corta y Fundar.

El best seller le otorga al video su argumento fundamental: las redes sociales trastornan la "salud mental” de las infancias y las adolescencias. La coincidencia entre el referente del PRO y la ex legisladora de CABA por el peronismo podría indicar un horizonte de consenso democrático en torno a la preocupación por las nuevas generaciones, los celulares y su bienestar. La dirigencia estaría de acuerdo en que hay que hacer algo. En este consenso, sin embargo, acecha un peligro acaso mortal para cualquier fuerza política: apropiarse de las premisas del adversario, pero sin saberlo.

El ensayo acierta en términos estratégicos cuando señala un problema nodal del capitalismo contemporáneo: la relevancia histórica de las plataformas en la vida social. La pieza explora las aristas culturales de este fenómeno, en particular el tiempo de vida que las redes sociales capturan durante el escroleo. Pero Ofelia se pregunta cómo ser feliz a partir de las ideas de un autor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York, cuyas publicaciones anteriores se dedican a mejorar la ética de los negocios y “despolarizar” al capitalismo, con Argentina y Venezuela como ejemplos de las “malas ideas” que condenan a los países a una “espiral descendente”.

En La generación ansiosa, un aumento estadístico en gráficos de ansiedad, depresión, anorexia y otros padecimientos en 2010, coincidente con la adopción masiva de los celulares y las redes sociales en Estados Unidos, se presenta como un desvío de la evolución biológica de las infancias y adolescencias de Occidente. La argumentación recurre a comparaciones con otros mamíferos y los grupos de cazadores-recolectores. ¿Será a partir de las ideas de un best seller norteamericano que avanzará la discusión regulatoria sobre las plataformas en Argentina?

 

Una generación adicta

“Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, es el propósito”, se advierte desde el principio. Se muestran jóvenes que usan el celular en vez de hablarse, que rezan para que no se les acabe la batería en el taxi y que se acuestan a dormir idiotizados por los videos de TikTok: las “ratas de laboratorio” del like. El documental apuesta por una estética de la investigación. La protagonista viste guantes, se sienta en un escritorio rodeado de cajas y bucea en mapas y papeles para explicar qué le pasa a su generación. “Somos todos drogadictos”, dice Ofelia con calma. La hipótesis del ensayo, que se desarrollará a lo largo de la pieza con tono didáctico, consiste en que las redes sociales y el celular conforman un “vicio nuevo, raro, normal y universal”, como el cigarrillo a mediados del siglo XX.

El video se propone como un llamado a la toma de conciencia y a la acción política frente a la “drogadicción” generalizada que fluye por las pantallas, pero la semejanza con la realidad anunciada al comienzo hace pasar el punto de vista de los autores por una verdad incontrastable. Se escamotea el carácter argumentativo de la producción, que sienta las bases para una discusión pública bajo ciertas coordenadas: la patologización de las prácticas sociales propia de las neurociencias, que han vuelto de todo asunto social en un asunto del cerebro y de la “salud mental”.

Apuntemos los reflectores a la hipótesis y a su eventual “realidad”. ¿A partir de cuántas horas de uso del celular empieza el consumo problemático? ¿Cuatro horas por día? ¿Cinco? ¿Seis? ¿Quién lo determina? ¿Es la misma adicción cuando se miran reels de gatitos o rutinas de maquillaje que cuando se consumen recortes de Milei o de Kicillof? ¿Una madre debe considerar que su hijo se droga mientras mira videos de YouTube Kids? ¿Cómo se posiciona en el aula un profesor que utiliza redes sociales y quiere problematizarlas con sus estudiantes? ¿Es un drogadicto que le enseña a otros drogadictos? ¿Deben crearse grupos terapéuticos para hablar de la dependencia de las redes sociales y superarla?

Ofelia, en el estreno, subió al escenario del ND Teatro e invitó al disenso para trazar una imaginación política que transforme las lógicas “adictivas” de las redes sociales. No pareciera, sin embargo, que pueda conducirse un proceso transformador desde la premisa de que sus destinatarios son adictos que integran una generación casi insalvable. Tampoco resulta acertado enfrentar a Google, Meta, X y TikTok como si se trataran de las tabacaleras. Estas empresas –y otras como Amazon, OpenAI, Microsoft, MercadoLibre por nuestras tierras– comandan este capitalismo con base en las finanzas y en la informática. La simplificación es doble. Por un lado, la salud mental de una generación se reduciría a su relación con las redes sociales y los celulares. Por el otro, estas plataformas deberían criticarse, ante todo, por sus efectos en el estado anímico de los jóvenes. Si al espectador le quedan dudas sobre el poder de estos dispositivos, el ensayo celebra el hallazgo de la Gran Causa, que se repite una y otra vez para, literalmente, “traumarlo un poco”: “¡2010! ¡¿Qué pasa en 2010!? Se crea el like en Facebook y se lanza el Iphone 4 con la cámara frontal. La vida se convierte en selfie y like, selfie y like”. Otros fenómenos con tanta o más relevancia en los padecimientos subjetivos se mencionan en apenas dos minutos: la falta de una vivienda propia, el hecho de trabajar mucho y no llegar a fin de mes, la necesidad de descanso, la crisis ambiental y la guerra como escenarios de un futuro apocalíptico.

Ofelia, en el estreno, invitó al disenso para trazar una imaginación política que transforme las lógicas “adictivas” de las redes sociales. No pareciera, sin embargo, que pueda conducirse un proceso transformador desde la premisa de que sus destinatarios son adictos que integran una generación casi insalvable. Tampoco resulta acertado enfrentar a Google, Meta, X y TikTok como si se trataran de las tabacaleras

¿Cuál sería la salida, entonces? ¿Reducir al mínimo el uso de los celulares y las redes, como se sostiene en los debates entre streamers que vieron el ensayo? Ofelia se anticipa a las conclusiones. Dice que no se trata de tirar las pantallas a la basura ni de creer que el celular es un demonio caído del cielo. Pero no son más que paréntesis en un desarrollo que vuelve siempre a la misma fórmula: 2010 = smartphones = aumento de la depresión y de los suicidios. Las cifras, sin embargo, pertenecen a los gráficos de La generación ansiosa sobre la población estadounidense.

El ensayo se sustenta en la circulación creciente del glosario psi en la vida cotidiana. Si en otro momento la salud mental era un tabú, hoy se utilizan sus categorías para denominar cualquier proceso personal, sobre todo en las redes sociales: “me pegó la depre”, “maldita ansiedark”, etcétera. Esta terminología explica la eficacia en la interpelación que produce el documental: “Sí, soy re adicto al celular”. “Me genera abstinencia”. En las discusiones sobre apuestas online ocurre el mismo movimiento: la penetración de las finanzas en las nuevas generaciones se reduce a un comportamiento ludópata y adictivo. Los libertarios se sirven de las neurociencias, por ejemplo, para tildar a los “zurdos” como “parásitos mentales”. En todos los casos, el paradigma neurocientífico y su obsesión con el cerebro se revisten de legitimidad para dictaminar sobre las causas de los procesos históricos y las prácticas sociales.

 

El yoyeo

La eficacia del ensayo descansa en otro rasgo dominante de nuestra vida cultural: el yoyeo como modo de relacionarse con el mundo. El corte generacional en 2010 se hace carne en la biografía de la protagonista: “Voy a hablar de mí porque soy la persona que tengo más a mano”. ¿Pero es Ofelia la representante de una generación entera? ¿Se puede trasladar la relación con las redes sociales de una referente política con casi setecientos mil seguidores en Instagram, figura pública desde su adolescencia, al resto de los jóvenes?

El documental se anunció como una reflexión surgida desde el dolor personal, que funciona como el punto de partida para ofrecer un conocimiento sobre la época. ¿Qué relación hay entre esa enunciación yoica y la celebración del ensayo entre los protagonistas del mundo del streaming? El influencer, el trabajador de las redes, carece de patrón. No tiene a quién señalar por sus padecimientos, por la exigencia de mostrarse y rendir en las métricas de las plataformas. Entonces se le hace verosímil la sentencia de la pieza: “somos todos drogadictos”. Estamos rotos.

El sufrimiento personal es el reverso de la subordinación al reconocimiento cuantificable en likes de quienes trabajan en y para las redes sociales. No se trata de la dopamina ni de los mecanismos de recompensa del cerebro, sino del azote narcisista por la interiorización de las normas evaluativas que las plataformas imponen para la construcción de la identidad. Así como los departamentos de Recursos Humanos buscan que los empleados se identifiquen con el deseo de la empresa, es decir, del Amo, las redes sociales han sido eficaces en transformar la creación de contenidos y la demanda de atención en un mandato subjetivo.

El sufrimiento personal es el reverso de la subordinación al reconocimiento cuantificable en likes de quienes trabajan en y para las redes sociales. No se trata de la dopamina ni de los mecanismos de recompensa del cerebro, sino del azote narcisista por la interiorización de las normas evaluativas que las plataformas imponen para la construcción de la identidad.

Los creadores de contenido muestran la cara más sufriente y gozosa de esta ritualización publicitaria de la vida cotidiana, que se desparrama por la experiencia social de todas las generaciones de forma dispar. Pero de nada sirve enfatizar en los sentires personales si no se apuntan los cañones contra la maquinaria capitalista que los explica y el gigantesco modelo de negocios al que sirve. El punto desde el que toda crítica de las redes sociales debe partir.

 

No juegues para el enemigo

“Somos la humanidad que creó estas cosas y nos asustan y nos superan como si no tuviésemos capacidad para cambiarlas”, se anuncia en el tramo final del ensayo. La consigna tiene el mérito de someter los designios de las tecnologías a los propósitos de una civilización que puede torcer su rumbo. Pero también asoma una interpretación coherente con las neurociencias y el yoyeo: ¿quién creó “estas cosas”? ¿Se le puede atribuir a esa entidad tan genérica y abstracta como la “humanidad” la creación de las redes sociales y sus mecanismos para capturar el tiempo?

El nosotros inclusivo diluye las jerarquías. Así como el repartidor sabe que Rappi no le pertenece ni fue creada por él, lo mismo ocurre con los usuarios de Instagram o TikTok. La generación de Ofelia no creó ni eligió nada. Por el contrario, las plataformas son las fuerzas productivas que han creado las generaciones precedentes. Pasar el tiempo en las redes no hace a ningún usuario partícipe real de su desarrollo ni de su futuro. La escala civilizatoria borra de la escena la historia reciente del capitalismo y de sus transformaciones. También a sus dueños, aliados de la ultraderecha global, casi ausentes en la pieza audiovisual. Solo se menciona a Elon Musk. Una vez.

La deshistorización es el resultado de la enunciación yoica y de las neurociencias como explicación “científica” del presente. Las plataformas no son el invento de una humanidad que aspira al progreso y a la innovación, sino el producto de décadas de colaboración estrecha entre los capitales financieros y las inversiones en el sector informático. La aceleración de esta simbiosis, que Joseph Vogl explora en Capital y resentimiento, hunde sus raíces en la crisis del petróleo y el agotamiento del modelo keynesiano en la década de 1970. Y tampoco puede pensarse por fuera de las luchas entre capital y trabajo: desde aquel entonces, el capitalismo se vuelca a la deslocalización de la producción, que las plataformas y los celulares refuerzan.

El borramiento de las condiciones históricas difumina la silueta del enemigo. Se nos invita a salvar a las próximas generaciones, ¿pero de qué y de quiénes habría que salvarlas? El ensayo señala un modelo de negocios para el que el tiempo es dinero, pero no responde a la pregunta de por qué esto aquí y ahora. El like es el parámetro de medición más eficaz para la híper perfilización de los usuarios, que explica el éxito de Google, Meta y TikTok, las empresas que monopolizan el mercado publicitario del mismo modo en que otras plataformas concentran la logística y el comercio –la humanidad tampoco creó a MercadoLibre. Las redes sociales se han propuesto dominar el tiempo subjetivo con fines de acumulación capitalista y sirven a intereses geopolíticos. Musk y Zuckerberg tienen poder de decisión sobre el derecho a la comunicación de los pueblos. Quedó claro en el conflicto entre Lula, el juez De Moraes y Musk por la propaganda bolsonarista que promovió el golpe de Estado de 2023 a través de X.

El enemigo de hoy es mucho más poderoso que los Magnetto y Mitre de 2009. Por esto mismo se equivoca el llamado del ensayo a que, como se habría hecho con la revolución industrial, esta sea la humanidad que aproveche el desarrollo tecnológico y “no a la que pasaron por encima”. Los obreros no “sintieron” la revolución industrial de la misma manera que los propietarios de las fábricas. La fiesta de gala que Zuckerberg le organizó a la esposa para su cumpleaños y el casamiento de Bezos en Venecia indican la apropiación desigual que produce la nueva maquinaria capitalista. En esas imágenes tal vez radique el fuego para la lucha política. En el video, en cambio, queda en un primer plano la imagen lastimosa de una generación arrasada.

No pareciera que a Silicon Valley le importune el reclamo de quienes se atribuyen ansiedades por sus productos. Tampoco es necesario adjudicarse un padecimiento mental para luchar contra los grupos dominantes. Alcanza con advertir que las decisiones unilaterales de los dueños de las Big Tech empeoran nuestra vida cotidiana y perjudican a la democracia.

 

Recuperar la soberania común

“La verdad se descompuso en millones de partes. Cada uno en su burbuja de certezas”, describe Ofelia en el fragmento más certero del ensayo. El funcionamiento algorítmico y la personalización de los contenidos imponen las normas de la conversación ciudadana. Más aún: las plataformas inciden en nuestra forma de entretenernos, trabajar, socializar, discutir y hacer política. 

Lula lo sabe. Por eso se pronunció con fervor en la Asamblea General de la ONU. “Internet no puede ser una tierra sin ley”, dijo después de enviar un paquete de leyes al Congreso para regular las plataformas, cuya materialidad disputa la soberanía de las naciones para imponer sus propias reglas en el territorio digital controlado por empresarios estadounidenses y chinos. Lula tuerce la tendencia dominante en nuestro continente, que hasta el momento deja a los Estados como meros testigos del poder de los magnates informáticos en la política global.

“Internet no puede ser una tierra sin ley”, dijo Lula después de enviar un paquete de leyes al Congreso para regular las plataformas, cuya materialidad disputa la soberanía de las naciones para imponer sus propias reglas en el territorio digital controlado por empresarios estadounidenses y chinos.

El documental se concentra en la intimidad de estas mutaciones, en la relación que cada uno mantiene con su dispositivo, pero no logra ir más allá. La imaginación política requiere dar ese paso para estar a la altura de este tiempo: las discusiones en torno a las plataformas marcarán el pulso de las luchas geopolíticas de los próximos años. Así lo demuestra el conflicto entre Trump y Xi Jinping por la propiedad de TikTok en Estados Unidos. Discuten por quién gobierna sobre los datos recolectados y la circulación de la información en sus territorios. La transformación de la historia no avanza con lecturas como La generación ansiosa.

En la Argentina de Milei, la regulación parece una utopía, pero Cómo ser feliz acierta en marcarlo como un horizonte de futuro. Aunque no para combatir una epidemia ni para ir por “la autoestima de la humanidad”. Lo que está en juego es más que el ánimo de una generación: es el ejercicio de la soberanía en la reconstrucción de nuestra vida en común.


Solana Camaño




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