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Búsqueda, el eslabón perdido del rock progresivo de La Plata

El grupo liderado por Jorge Fernández Molina y Gerardo Loidi tuvo una vida intensa y breve, con la edición de un LP histórico que hoy es rescatado por los cultistas.  Rescatado por los melómanos, hoy se está por relanzar un LP histórico.

Por Luciano Lahiteau

Atardece sobre la Avenida Calchaquí. En dirección a Buenos Aires, el motor de un Citröen 3cv aúlla su carrera con cuatro hombres a bordo. Alfredo Muñoz, Daniel Carrizo, Jorge Fernández Molina y Gerardo Tomi Loidi van detrás de su gran sueño, mientras el país está pendiente de la Selección Argentina. Es 22 de junio de 1978, y el equipo de César Luis Menotti espera la final de la Copa del Mundo luego de vencer a Perú en Rosario. Pero para el cuarteto platense hay cosas más importantes que atender: la grabación del disco con el que fantasean desde siempre, empeñados en dejar su música fijada en vinilo.

Con el frío en los pies, el grupo discute detalles para perfeccionar su performance. Después de varios intentos, han llegado a un acuerdo con la discográfica CBS por dos LP, el primero de los cuales debe grabarse de inmediato en los estudios de la compañía, sitos en la calle Paraguay. De pronto todo se ha acelerado. Tras dos años de ensayos diarios entre amigos y un demo casero, el quinteto debe registrar nueve canciones en sólo tres jornadas de trabajo. El apuro es un problema. Aunque inexpertos, los músicos saben qué quieren y sospechan cómo hacerlo, pero para eso se necesita tiempo. Justo lo que no hay: CBS piensa en el grupo platense como una competencia interna para Vivencia, el dúo de Eduardo Fazio y Héctor Ayala, que ha complejizado su sonido en Sensitivo (1977) y ya prepara su sucesor, Azules de otoño (1979). Y como un intento por conquistar al público huérfano de Sui Generis, una numerosa porción del incipiente mercado del rock local que le ha soltado la mano al Charly García de La Máquina de Hacer Pájaros.

Pero Fernández Molina y Loidi tienen otras ideas sobre su grupo y su música, que no tardarán en discrepar con los planes de la compañía. En el transcurrir de esos dos años, que van de 1976 a 1978, el grupo se transformó de forma inusitada, y al ritmo de los cambios de sus contemporáneos. Fue un trío acústico, luego un cuarteto y más tarde un ensamble de rock sinfónico: los cuatro miembros más el acompañamiento de un quinteto de cámara, con músicos del Teatro Argentino. En junio de 1978 son otra vez un cuarteto, pero de aquel grupo que grabó el demo ya queda solo el esqueleto. Adrián Mercado en guitarra de concierto y Ricardo Renaldi en sintetizadores son invitados estables. Con ellos, Fernández Molina y Loidi han seguido adelante, a la búsqueda de lo próximo, que por aquella época se avizora en la exploración sónica de los nuevos teclados electrónicos, el rompimiento con el formato de canción pop y el despliegue instrumental.

Está decidido. En el lado A se atendrán a lo que sonaba en el demo y conquistó a los ejecutivos de la compañía: la belleza melódica y la lírica pastoral, el celo por las armonías vocales y los arreglos acústicos elegantes. Pero para el lado B serán fieles a su irrefrenable instinto de evolución. Añadirán nuevas partes, abrirán espacio para los solistas, explotarán las posibilidades técnicas del primer estudio de grabación profesional que pisan en sus vidas, añadirán la tensión eléctrica de una época violenta. Seguirán la búsqueda que había comenzado catorce años antes.

 

Comienzos

Gerardo Loidi escuchó por primera vez a The Beatles en algún momento de 1964. La precocidad no fue un viaje ni el resultado de algún privilegio de clase, sino el poder masivo de la radio. Con 16 años, Gerardo era un informado oyente de programas musicales, un hábito que nunca abandonó. Desde entonces quedó prendado del cuarteto de Liverpool y sus permanentes cambios, que por entonces eran signo de un futuro promisorio. En Barrio Jardín, donde vivían los Loidi, Gerardo empezó a mover el aire de la hora de la siesta con el mismo entusiasmo que lo hace ahora, a sus 77 años, cuando habla de aquello y de las dos nuevas versiones del repertorio de Búsqueda que tiene alojadas en su celular. “El que hoy escucha a los Beatles puede fascinarse o no, pero se perdieron el momento de esperar cada disco, de ver la evolución”, dice sobre aquellas madrugadas de escucha expectante por cada nuevo single, una carrera trepidante que iba de Help! a I Feel Fine y de Rain a Strawberry Fields Forever en menos de lo que tardaba en llegar el boletín de calificaciones.

Apenas supo cómo manipular una guitarra, Gerardo aprendió las canciones que oía en programas como Modart en la Noche y Música con Thompson & Williams. Cantando un inglés sanateado, reunió a otros vecinos del barrio y formó Ondygeser, un peculiar grupo que se especializó en música de westerns y cine de género, cuyo nombre surgía del de cada uno de los integrantes: Pierino, Sandy, Gerardo y Sergio. La precisión para reproducir las bandas sonoras como la de El bueno, el feo y el malo (1966) y la fonética anglosajona del nombre llamó la atención del productor discográfico Johnny Allon, que por entonces conducía un ciclo televisivo en Canal 2. Fue un año y medio en que Loidi y los Ondygeser tocaron semanalmente en vivo en el programa de Allon, en los modernos estudios de la calle 36 entre 2 y 3, mientras terminaba el colegio y los espectadores suponían que era algún notorio músico extranjero.

Una vez terminado el bolo en Canal 2, y a punto de comenzar la carrera de Geología en la UNLP, Gerardo conoció a alguien que podía ayudarlo en el manejo del inglés, la segunda lengua que le legaron los Beatles. Gustavo Jorge Rivas, apodado por sus amigos Toni, había sido alumno del colegio San Simón, donde recibió educación bilingüe. Con él, que también empezaría Geología, Gerardo pudo entender el significado de las letras que cantaba, y así reproducirlas con mayor confianza. Era 1970 y Loidi había ampliado mucho su oído: Cat Stevens, Procol Harum, Bread. Y sobre todo Crosby, Stills & Nash, el trío de folk rock que había editado su LP debut en 1969. Con ese formato asequible en mente, empezaron a tocar. La formación de tres voces y tres guitarras acústicas salvaba un impedimento central: la falta de instrumentos adecuados para seguir la vertiginosa mutación del rock de la época.

El tercer miembro en integrarse al grupo fue Jorge Fernández Molina, el hermano menor de un amigo de Gerardo, el también músico Ramón Fernández Molina, que por entonces estaba cumpliendo el sueño rockero a bordo de la nueva denominación de The Cluster’s Four, Dynamita. Menor que Loidi y Rivas pero ya egresado del Normal 3, Jorge cursaba Composición y Dirección Orquestal en la Facultad de Bellas Artes, estudiaba guitarra con Domingo Mercado y piano con su padre, Carlos Fernández Molina.

Jorge le dio al trío un sustento musical que Gerardo y Toni manejaban por instinto, y se animaron a tocar en público. Lo hacían en salas pequeñas y a la gorra, en lugares como la Sala Discépolo de 48 y 8, y en cualquier sitio donde los invitaran a emular al exitoso trío californiano. Tomi no perdía el tiempo: cuando supo que sonaban bien, grabó un demo y se lo llevó a su viejo conocido Johnny Allon, que trabajaba para el sello Polydor. “Me preguntó algunas cosas y me contó que hacía poco RCA Víctor había sacado algo por el estilo, un grupo que se llamaba Sui Generis”, recuerda Loidi. “Y que le interesábamos porque querían competirle con algo parecido”. Tras un debate interno, decidieron no prestarse al juego.

 Liliana Muñoz en el centro, con Adrián Carrizo y Jorge.

El menos entusiasmado con la música era Toni, que poco después se fue del grupo, aunque mantuvo el vínculo con Tomi. Quedó formado entonces el tándem Loidi-Fernández Molina, que continuó haciendo música, ahora con el objetivo de trabajar solamente con composiciones propias. Se potenciaban: Loidi tenía información y facilidad para las melodías vocales, que inventaba por instinto; y Fernández Molina dominaba el lenguaje necesario para darle solidez y enriquecer aquellas gemas. Ya era 1974, el tiempo pasaba rápido. De ser una promesa, Sui Generis había editado dos discos en 1973, se había convertido en el grupo más vendedor del rock argentino y para 1974 era un quinteto con el que García ya exploraba el acid rock y la progresiva.

Al dúo se sumó Adrián Mercado, también estudiante de Bellas Artes, guitarrista e hijo de Domingo, a la postre un integrante fantasma de Búsqueda: participó de la grabación del disco y compuso uno de sus temas, La forma de tu vida, pero desertó del sueño rockero cuando apenas despegaba. De regreso de un viaje familiar a Suiza, un amigo de Tomi expandió el horizonte del trío: trajo discos de Elton John, The Who, The Kinks, Pink Floyd, Jethro Tull, los primeros de Neil Young solista. “Una pila de cosas nuevas de las que nunca habíamos escuchado hablar”, explica Loidi. “Escuchábamos eso, y sobre todo la progresiva que venía de Inglaterra: Génesis, Yes. Pero no hacíamos esa música porque para hacerla se necesita cierto virtuosismo que todavía no teníamos. Igual nos dábamos maña”.

 

Pérdida de la inocencia

En 1975, Tomi Loidi miraba a su alrededor con preocupación. Como estudiante de Geología, veía la creciente radicalización de la política universitaria. Y como empleado público, estaba cerca de la inminente transformación de la maquinaria represiva. Loidi trabaja como técnico químico en el laboratorio de la Policía de la provincia de Buenos Aires, pero su curiosidad lo llevó a trasponer sus obligaciones y conocer lugares como la cárcel de Olmos, donde entabló algunas charlas con presos que aún recuerda. Hombres con miedo, que esperaban un desenlace fatal para sus vidas en libertad. Por su lado, Jorge subsistía como chofer de taxi y músico estable de cabarets y boîtes, donde acompañaba veladas de striptease y cigarrillo. “Trabajar de noche en esa época era tétrico”, dice hoy.

Sin embargo, aquellas escenas no se traducían linealmente en la música que hacían. Mirando atrás, Tomi se sincera: “éramos raros”. La música del grupo, que todavía no tenía nombre, era, según él, “abstracta”: en una época que propugnaba por el arte comprometido, que en la música joven se tradujo en las canciones de protesta y un rock cada vez más pesado, las composiciones del trío platense se definían por la búsqueda del detalle y la elevación idílica a través de la música misma. Las letras, universalistas y bucólicas, eran escritas en colaboración con amigos y novias (la de Hállame, por caso, fue hecha por la pareja de entonces de Loidi), y según Tomi no tenían ninguna línea muy definida. Él seguía componiendo en inglés, para luego traducir al castellano. Tampoco eran escapistas: para los miembros del grupo, la música era su forma de proyectar un mundo diferente a partir del contexto enrarecido de la Argentina de 1975. La mencionada La forma de tu vida, que abrirá el LP del grupo, parece referirse elípticamente a la encerrona en que estaba la juventud de la época.

El 8 de julio de ese año, la violencia arreció al grupo de amigos. En un episodio nunca esclarecido, Toni Rivas y dos jóvenes más fueron acribillados por la espalda en Tolosa, desde un vehículo no identificado. Marcelo Cédola y Pablo del Rivero, ambos de 24 años y estudiantes de Arquitectura en la UNLP, murieron en el acto. Toni, que tenía 23, quedó internado en “estado estacionario” en el Hospital Español, donde falleció. Tomi cree que los confundieron con integrantes de alguna organización armada, y atribuye el hecho a alguna de las persecuciones y malos entendidos que se resolvían a tiros. “Hablé con Toni ese mediodía, pero me quedé en mi casa de Barrio Jardín leyendo un libro de Geología, que en definitiva me salvó la vida. Él iba en su moto a ver a un tipo al que se la quería cambiar, uno que tenía una moto antigua que a él le interesaba. Solo uno de ellos militaba en la JUP, el resto cantábamos música, buscábamos chicas: estábamos en otra. Sabíamos en qué mundo vivíamos porque estudiábamos en la facultad, pero no nos habíamos involucrado en política”. Aunque ya no formara parte del grupo, el asesinato de Toni marcó un punto de inflexión. Es un recuerdo imborrable tanto para Loidi como para Fernández Molina, que desde Bilbao, donde reside desde hace algunos años, sigue considerando a Toni un miembro “del Búsqueda original”. Lo mismo que Carmen Volpe, una amiga de Avellaneda que fuera la única miembro mujer del grupo y estuvo en la era seminal de recitales en casas de amigos.

 Jorge Fernández Molina.

Al incremento de la violencia, Loidi, Fernández Molina y Mercado respondieron con más música. Llegado 1976, el grupo dio rienda suelta a su ambición y sumó un trío de cuerdas, más oboe y flauta traversa. Fernández Molina escribió las partes y reclutó a Guillermo Mono Becerra en viola, Roberto Regio en violín y Alfredo García en violoncello, todos ellos miembros de la orquesta estable del Teatro Argentino y futuros concertistas de nivel internacional. No fue un experimento: el ensamble de cámara ensayó durante semanas hasta tener un repertorio ajustado que llegaron a grabar como demo y firmaron como Ser. “Era un living y tendríamos algo para grabar, pero no recuerdo bien qué”, dice Tomi. Se trataba, en rigor, del estudio casero del futuro tecnólogo e informático Jorge Gismondi. “En ese momento te conectabas por los equipos que tenían. Si alguien tenía un órgano Hammond, lo llamabas aunque tocara música sacra”, ejemplifica Loidi. “Era muy difícil conseguir instrumentos. Una vez, luego de verlo tocar en un club, Spinetta me quiso vender una Gibson SG. Hubiera querido, pero no tenía la plata”.

La sala de ensayo también proveyó cambios. El trío de guitarras y cuerdas se asentó con la base rítmica de Daniel Carrizo en batería y Alfredo Muñoz en bajo, que hasta entonces formaban parte de Experiencia Cósmica, banda con la que los futuros Búsqueda compartían sala. Ambos tenían probadas cualidades en el circuito musical platense. En especial Alfredo, que además de estudiar en Bellas Artes había sido bajista del Trío Voltaje y de algunas grabaciones de La Pesada de Billy Bond. La expansión del ensamble exigió un nuevo régimen de ensayos, que se extendían por horas todos los días de la semana. Primero en la casa de un amigo, en la zona de 16 y 47. Y más tarde en un cabaret de la zona de la Terminal, que les prestaba la sala durante el día, mientras limpiaban. De hecho, el nombre del lugar -Rojo y Negro- figura entre los agradecimientos del disco.

Con el casete de aquellas sesiones en el estudio de Gismondi, Loidi y Fernández Molina salieron a caminar la ciudad de Buenos Aires en busca de alguien que los escuchara y creyera, como ellos, que esa música merecía ser grabada profesionalmente. Luego de algunos amables rechazos y llamados telefónicos que nunca llegaron, en la CBS pensaron que podían darles una oportunidad. No solo eso: con sólo oír el demo, les propusieron un contrato (que no les interesó leer en detalle) por la grabación de dos LP. El esfuerzo había valido la pena, aunque tendrían que resignar algo del control artístico. Entraría en escena un productor artístico de la compañía y les cambiarían el nombre. Quedó atrás Ser y nació Búsqueda.

 

El sueño del disco

“Nos advirtieron cómo era el contrato pero a nosotros no nos importó: ¡íbamos a grabar! ¡en CBS Columbia!”, dice Loidi con pasión. La discográfica puso al mando de la producción a Carlos Dattoli, que ese mismo año había supervisado grabaciones de Los Prados, Cantaniño y la cantante platense Manuela Bravo. No era el indicado, pero al quinteto no se le permitió opinar. Dattoli estuvo presente en algunas tomas de voz, y luego dejó todo en manos de un ingeniero de sonido habituado a grabar tango y folklore. “Las canciones eran muy buenas, pero no tuvimos productor: Dattoli, que cantaba en el dúo Flash, no tenía ni idea”, se queja todavía hoy Fernández Molina. “No había nadie que pudiera acompañarnos en nuestra primera experiencia en un estudio. Yo tenía un sonido de guitarra que en el disco no está; usaba el wah wah Cry Baby y sonaba infernal, pero no hicieron nada para registrarlo”.

Gracias a su intenso régimen de ensayos, la banda cumplió con la agenda de sesiones y grabó el material de las nueve canciones en solo tres días. La poca inversión de CBS no permitió siquiera soñar con el acompañamiento orquestal. En cambio, Fernández Molina agregó a sus habituales aportes -piano, guitarras líderes y coros- un órgano Hammond y un sintetizador de cuerdas Solina String Ensemble, como el que usaba Charly García. También tocó partes de sintetizador Ricardo Renaldi, que fabricaba sus propios émulos de Mini Moog. Carrizo, Muñoz y Fernández Molina grabaron las bases de piano, batería y bajo en un solo día. “Era una fábrica de chorizos”, añade Loidi, que tocó guitarras acústicas e hizo las voces principales.

“Todo rápido, todo loco. A mí nunca me gustó cómo quedó el disco. Lo escucho muy de vez en cuando, casi nunca. Jorge y yo queríamos mezclar pero no nos dejaron. Nos decían que el que mezclaba tenía 25 años de experiencia… ¡pero en tango y folklore, no en Emerson, Lake & Palmer!”. La música de Búsqueda perdió riqueza en la mesa de mezcla, aunque el juicio de Loidi y Fernández Molina quizás sea demasiado condenatorio para un disco que ha sido redescubierto por muchos oyentes en tiempos de internet. “Nuestra influencia era música compleja, progresiva; a mí me gusta la música elaborada”, afirma Loidi. “Busco la prolijidad, y las mejores ideas que se me puedan ocurrir. Valoro mucho la capacidad de colocar dos o tres notas en el lugar justo. Para mí es lo máximo, quizás por encima del tema en su conjunto. Veníamos escuchando mucho Yes, Carpenters. Respetábamos el oído del público y queríamos darle lo mejor”.

El sueño del disco propio siguió nublándose cuando la compañía descartó la tapa que el grupo propuso, un dibujo psicodélico de un cometa colorido que engendraba a un niño, y que había sido hecho por un artista amigo. En cambio, el departamento de diseño de CBS hizo una portada completamente azul, con el nombre de la banda y un enigmático dibujo en el margen derecho. La revista Pelo la eligió como peor tapa del año, y publicó una reseña equivocada y nada benevolente. Pelo era el medio más influyente del mundo del rock argentino, y su crítica fue un golpe duro para una banda que recién empezaba. CBS ayudó poco: no organizó una campaña de prensa ni una gira de presentación del LP consistentes, y el vuelo de Búsqueda comenzó a declinar rápido. Después de presentarse en Canal 11 en el ciclo de Juan Alberto Mateyko, algunas apariciones de carnaval y un concierto en el Club Universitario de Gonnet, el grupo volvió a sus aposentos a seguir desarrollando su música en vistas a su segundo LP.

Pero esa grabación nunca se concretó. Tomi Loidi dejó el grupo y el resto continuó, explorando ideas nuevas y cada vez más complejas. “Empezamos con un rock sinfónico con pases extraños, influencias de Frank Zappa, Génesis y Pink Floyd”, recuerda Fernández Molina. No quedaron rastros de folk y, con el ingreso de Néstor Madrid (ex Las Violetas) en bajo y Memo Manso (ex Sol de Barro) en guitarra, Búsqueda inició una nueva etapa. “Terminamos haciendo una música demasiado difícil y elaborada, pero era lo que nos pedía el cuerpo”, confiesa Molina. Loidi también hace su autocrítica. Admite que no fue buena idea medirse con sus héroes de Yes, que habían editado Going for the one (1977), un disco grabado durante seis meses en una mansión Suiza, en lugar de sus contemporáneos locales.

“Para mi gusto, la música nacional no era muy fina. Me parecía que todo salía a medio hornear”, admite Tomi. “Me acuerdo de Alfredo diciendo que lo que hacía Edelmiro Molinari ¡era choto!”, dice riéndose. “Así hablábamos… Y también cometimos el error de encerrarnos en la burbuja de La Plata, que no sirvió para nada. Nos quedamos muy encerrados, confiando en la compañía. Pero nos dejaron sueltos, sin equipos… Y bueno, en el ‘79 me harté y me fui. Empecé a trabajar de geólogo. Y lo hice durante 37 años sin volver a tocar”.

 

Sobrevida

Sin Tomi, Búsqueda presentó en CBS el material para el segundo disco que tenían acordado por contrato para 1979. Pero la compañía rechazó la nueva orientación del grupo y pausó el acuerdo. Bajo el comando de Fernández Molina, el cuarteto ensayaba en el sótano del multiinstrumentista Bernardo Rubaja, una sala improvisada que compartían con un grupo de estilo completamente opuesto: Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. “A nosotros nos gustaban la espectacularidad y los acordes complejos”, dice Fernández Molina. “Los Redondos nos miraban: ellos eran muy persistentes, tenían un estilo clarísimo, marcado por los riffs de Skay, que era nuestro amigo”. A finales del ‘79, Fernández Molina y Carrizo emigraron a España, donde mantuvieron viva la llama de Búsqueda hasta 1984, cuando cada uno tomó su camino.

Primero en Madrid y luego en Marbella, Fernández Molina se abrió paso con la experiencia y la formación adquirida en la cultura musical de La Plata. “Es un orgullo para mí haber sido parte de una escena como la que tenía la ciudad en los ‘70, de un nivel increíble”, dice hoy desde Bilbao, el hogar que adoptó luego de pasar por Seattle, Seúl, Beirut y Singapur. Además de músico, compositor y productor, Fernández Molina se especializó en la grabación y desarrollo de música para videojuegos y animaciones 3D. Desde 2011 es Director Musical de DigiPen, compañía líder en ese mercado, fundada por uno de los creadores de Nintendo. También tiene dos proyectos musicales propios en actividad: Von Voyage, con la que hace música de la Orquesta Mondragón, y la cantante Clara Corral, para quien produce y compone.

Primero en Madrid y luego en Marbella, Fernández Molina se abrió paso con la experiencia y la formación adquirida en la cultura musical de La Plata. “Es un orgullo para mí haber sido parte de una escena como la que tenía la ciudad en los ‘70, de un nivel increíble”, dice hoy desde Bilbao, el hogar que adoptó luego de pasar por Seattle, Seúl, Beirut y Singapur. Además de músico, compositor y productor, Fernández Molina se especializó en la grabación y desarrollo de música para videojuegos y animaciones 3D. Desde 2011 es Director Musical de DigiPen, compañía líder en ese mercado, fundada por uno de los creadores de Nintendo. También tiene dos proyectos musicales propios en actividad: Von Voyage, con la que hace música de la Orquesta Mondragón, y la cantante Clara Corral, para quien produce y compone.

Loidi volvió a tocar la guitarra en 2017. Su actual esposa advirtió que miraba guitarras en la web, y un día le regaló una. Él la aceptó y empezó a tocarla “para mover el cerebro”, pero no pudo con su genio y enseguida empezó a hacer canciones nuevas. También se puso un objetivo: sonar en radios norteamericanas. Hizo las canciones, aprendió a grabarlas digitalmente en su casa y para 2019 ya tenía el primer disco de su nuevo proyecto, Total Life. Al poco tiempo, Memo Manso se preguntó si Jonatan Loidi, el conferencista empresarial, tendría algo que ver con aquel cantante y compositor de Búsqueda. Le escribió y resultó ser su hijo. “Así nos reconectamos con Memo, que quería hacer un recital de reunión de Búsqueda”, cuenta Loidi. Tomi no cayó en la tentación de la nostalgia de su colega, luego fallecido. “Le agradecí, porque él tuvo la generosidad de la idea a pesar de no haber estado en lo que fue la frutilla del postre, que fue haber grabado. Pero le dije que no. Porque cumplimos el sueño de grabar pero nadie está esperando que nos juntemos. El disco dura 31 minutos, cuando la gente va a ver conciertos de por lo menos 1 una hora y media. Seguimos sin tener equipos… ¿cómo lo vamos a hacer?”.

Pero no quedó todo ahí. El pasado compartido siguió confabulando, y Tomi también retomó el contacto con Adrián Mercado en 2018. Con él se hicieron una vieja pregunta: ¿dónde estaban los másters de la grabación de 1978? Con su empeño de siempre, Loidi fue a averiguarlo por sí mismo a Sony Music, poseedora del catálogo de CBS. Se encontró con que no había máster para remezclar, como suele ocurrir con las grabaciones históricas del rock argentino, sino una cinta con una sola pista. Loidi y Sony escucharon de nuevo el disco, aumentaron el volumen y digitalizaron el disco completo, que ahora puede escucharse en Spotify y otras plataformas digitales. “Soñábamos con poder remezclar todo, pero no se pudo”, lamenta Tomi.

Hubo una última reconexión, entre Tomi y Jorge, luego de 40 años. Lo primero que hizo Loidi fue “saldar una deuda de reconocimiento”. “Una de las últimas veces que escuché el disco me di cuenta lo importante que había sido Jorge”, remarca Loidi. “En el torbellino de aquellos días se me pasó. Y como no competíamos entre nosotros, sino que estábamos en valorar el aporte que hacía cada uno, no lo dimensioné. Pero Jorge se puso el disco al hombro”.

Es la forma en que las dos líneas temporales que se abrieron en 1979 vuelven a cruzarse. “Recuerdo que pasaban representantes por mi casa a decirme que estaba loco”, dice Fernández Molina sobre aquel año crítico. “Nadie en La Plata tenía un contrato con una discográfica en ese momento. Pero no nos interesaba trascender comercialmente, íbamos por otro camino: el desafío era la música, y pensar las dificultades. Nos esforzábamos por tocar mejor antes que por hacer canciones. Por ese camino fue nuestra búsqueda”.

Luciano Lahiteau




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Para complementar nuestra sección de grupos costarricenses de rock progresivos, presentamos una nota sobre su historia, bastante más jugosa que lo que uno podría imaginarse en un primer momento. En Costa Rica durante la primera mitad de los 60, el rock es considerado esencialmente una música de baile, y esa era precisamente su función. Eso explica, en parte, la recarga de covers en los repertorios. La cultura de música popular costarricense antes del rock estaba dominada por las orquestas, y si bien las orquestas tocan mucho material original específico a cada una, la mayoría del repertorio podía consistir en versiones de clásicos o de éxitos recientes popularizados en la radio. Por Fo León Al nacer en 1959 de la mano de los Twist Masters, el rock costarricense sigue el único patrón conocido, adaptando material extranjero con pericia y con mucha atención a la fidelidad. Complementando esto, las bandas desarrollan su propio material y conforme van madurando, van creando más mater...

Ensemble Nimbus - Fake News! (2026)

Ojo que esto no es una fake news, una mentira o un verso, esto es otro tremendo aporte del Mago Alberto que le entra de lleno al RIO y Avant Prog de esta histórica banda sueca, y eso es una noticia fantástica. Ensemble Nimbus haya vuelto al ruedo después de tantos años de silencio con un disco donde colaboran músicos de la talla de Tomas Bodin (The Flower Kings) y Chris Cutler (Henry Cow, Art Bears, Gong, etc.). Es música exigente, lúdica y muy precisa, ideal para quienes disfrutan de las estructuras que desafían lo convencional. Un disco que suena "high-tech" pero orgánico, manteniendo ese espíritu de orquesta de cámara eléctrica que definía a sus primeros discos, siguen fieles a esa mezcla única de avant-prog, música de cámara con toques circenses, influencias gitanas y ese sentido del humor retorcido tan típico del movimiento RIO.. Como dice muy bien el Mago Alberto en su comentario que acompaña este posteo: "Cabezones, un disco para degustar tranquilo, sonidos inva...

Syrius - Az ördög álarcosbálja (Devil's Masquerade) (1972)

Cerramos la semana con otra tremenda joya desconocida. Otro gran aporte de LightbulbSun para viajar musicalmente otra vez a Hungría, pero esta vez a los setentas. Y hablar de este disco, cuyo título sería "El baile de máscaras del diablo", vendría a ser como describir una fiesta donde han invitado a todo el mundo: un profesor de jazz serio, al rockero con melena y a un marciano con una flauta travesera con algún guiño a Gentle Giant y analogías con las mejores obras de Fripp. Este fue el primer y único LP de la agrupación, que en su momento solo vendió una pequeña cantidad de copias, principalmente con fines promocionales. Lástima, porque Syrius tenía una personalidad arrolladora y no intentaban sonar como los grupos británicos de la época; simplemente agarraron sus instrumentos y dijeron: "vamos a hacer lo que nos canta el culo", y así lo hicieron, generando un disco que debería ser una pieza fundamental en tu playlist de todos los días. Si te gusta la música que...

Ideario del arte y política cabezona

Ideario del arte y política cabezona


"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.