Bruno Carpinetti propone en esta nota una idea inquietante: que la política no esté pensando el futuro no significa que el futuro no se esté pensando, sino todo lo contrario: ese ejercicio se está haciendo en otra parte, con otros tiempos, otras herramientas y otros intereses. Peter Thiel, uno de los cerebros detrás de Palantir Technologies, está en Argentina pensando ese futuro que en el presente podría comprar tierras, explorar posiciones y tantear regulaciones, movimientos que forman parte de estrategias más largas. A esta escena se le puede poner un nombre: la privatización de la utopía.El ruido del presente
Hay algo fuera de foco en la escena política argentina. No es que falte ruido – de eso sobra -, sino perspectiva. Mientras la democracia de masas sigue girando con la inercia de siempre – elecciones, internas, roscas, escándalos -, las preguntas que realmente van a definir el futuro quedan en un segundo plano, cuando no directamente fuera de cuadro. Se discute todo el tiempo, pero cada vez sobre menos cosas.El menú es conocido: disputas internas, competencia por candidaturas, liderazgos que se ordenan y desordenan, denuncias de corrupción que capturan la atención durante días o semanas. La agenda se arma en tiempo real, al ritmo de los titulares y las redes, con la lógica de lo urgente imponiéndose sobre cualquier intento de pensar más allá. Lo importante no es lo que viene, sino lo que pega hoy. El largo plazo, si aparece, lo hace como una vaga promesa o como un lugar común sin contenido.
El futuro se piensa en otra parte
Pero que la política no esté pensando el futuro no significa que el futuro no se esté pensando. Al contrario. Solo que ese ejercicio se está haciendo en otra parte, con otros tiempos, otras herramientas y otros intereses. Mientras acá se discute quién encabeza una lista, hay actores globales que están mirando el mapa con otra escala.No es un dato menor que Peter Thiel, uno de los cerebros detrás de Palantir Technologies, haya puesto un ojo – y capital – en la Argentina. Comprar tierra, explorar posiciones, tantear regulaciones: movimientos que, leídos rápido, parecen inversiones más o menos excéntricas, pero que en realidad forman parte de estrategias más largas. No se trata solo de propiedades; se trata de anticipar escenarios, de ubicarse en lugares que van a ser relevantes cuando cambien las reglas del juego.
En ese mismo universo, circulan textos que funcionan como hojas de ruta. El llamado “Manifiesto de Palantir” – más que una pieza de marketing, una declaración de principios – propone una visión del mundo donde la acumulación masiva de datos, la capacidad de predicción algorítmica y la cooperación estrecha con aparatos estatales de seguridad, aparecen como condiciones necesarias para ordenar sociedades cada vez más complejas. Presentado como un horizonte de eficiencia y control racional, ese esquema se acerca inquietantemente a una arquitectura distópica: un futuro donde la transparencia es asimétrica, el poder se concentra en quienes procesan la información y la política queda subordinada a sistemas que ya no controla.
No es un caso aislado. En los mismos circuitos donde se diseñan estas arquitecturas también circula otro tipo de horizonte: el del Transhumanismo. Bajo la promesa de superar los límites biológicos mediante tecnología – extensión radical de la vida, aumento de capacidades cognitivas, integración entre humanos y máquinas -, este proyecto se presenta como una nueva utopía. Pero, en la práctica, aparece fuertemente asociado a las élites que controlan las grandes corporaciones tecnológicas, que no sólo financian estas investigaciones, sino que también definen sus ritmos, accesos y objetivos. Lo que se formula como emancipación de la condición humana puede terminar configurando una nueva frontera de desigualdad: quién accede a esas mejoras y bajo qué reglas.En paralelo, figuras como Elon Musk diseñan futuros donde la automatización redefine el trabajo, la inteligencia artificial reorganiza la producción de conocimiento y el espacio deja de ser ciencia ficción para convertirse en frontera económica. Esas visiones no son relatos sueltos, sino que se traducen en empresas, infraestructuras y redes de poder.
Un país en el tablero, sin estrategia propia
Y en ese tablero, la Argentina aparece – aunque muchas veces no quiera verse a sí misma así – como un territorio con recursos estratégicos: litio, alimentos, energía, conocimiento científico. Un país que podría discutir su lugar en el mundo que viene, pero que muchas veces ni siquiera logra formular la pregunta.Ahí es donde la escena se vuelve incómoda. Porque mientras algunos piensan en décadas, otros no logran salir de la semana. Mientras unos proyectan sistemas, otros administran coyunturas. La política institucional queda atrapada en un presente permanente, gestionando crisis que se encadenan, mientras la imaginación estratégica – esa capacidad de decir “hacia dónde” – se desplaza hacia espacios cada vez más concentrados.
La utopía como plan de inversión
A eso se le puede poner un nombre: la privatización de la utopía.
Durante
buena parte del siglo XX, las utopías – con todos sus excesos y
tragedias – eran materia de la política. Se discutían en plazas, en
sindicatos, en universidades, en partidos. Eran, en el fondo, formas de
disputar el futuro. Hoy, en cambio, esas narrativas aparecen debilitadas
en el espacio público, al mismo tiempo que resurgen en versiones nuevas
dentro del mundo empresarial y tecnológico.
Democracia sin mañana
El
problema no es que existan esas visiones. El problema es que no se
discuten. O, mejor dicho: que no se discuten donde deberían discutirse.
Las decisiones que van a moldear las próximas décadas – qué se produce,
cómo, para quién, con qué límites – empiezan a tomarse en ámbitos que no
pasan por el filtro de la deliberación democrática.
Y mientras tanto, acá, la política sigue hablando de sí misma.
La
consecuencia no es sólo un debate público más pobre, aunque eso ya
sería suficiente. Es también una pérdida de capacidad para intervenir en
el propio destino. Porque si otros están pensando el futuro por
nosotros, lo más probable es que terminemos habitándolo en condiciones
que no elegimos.
Volver a politizar el futuro
Recuperar esa capacidad no es cuestión de voluntad declamada ni de consignas. No alcanza con agregar un párrafo sobre “desarrollo sustentable” en un discurso, ni con invocar el futuro como una abstracción tranquilizadora. Politizar el futuro implica romper una inercia más profunda, la de una política que se resignó a administrar lo dado mientras otros diseñan las condiciones de lo posible.Volver a poner el largo plazo en el centro supone asumir un costo que hoy casi nadie quiere pagar, el de decir cosas que incomodan, que no ranquean en encuestas, que no entran en un spot de campaña. ¿Qué modelo productivo es viable en un planeta exhausto? ¿Qué soberanía real puede sostener un país que sólo exporta lo que otros necesitan? ¿Qué lugar ocupa el trabajo humano en economías que ya están organizando su reemplazo? No responder estas preguntas no es neutral: es delegarlas.
Reconstruir
lenguajes para hablar del futuro también es una forma de disputa.
Porque quien nombra, ordena. Y hoy el vocabulario viene empaquetado:
innovación, eficiencia, automatización. Palabras que parecen neutras
pero que ya traen un programa adentro. Traducirlas, tensionarlas,
devolverlas al terreno del conflicto es parte de politizar. No para
rechazar la tecnología, sino para sacarla del pedestal y devolverla a la
arena donde se decide para quién y a qué costo.
En ese contexto, hablar de “derecho al futuro” sin tocar intereses es una ilusión. Implica discutir regulaciones que hoy no existen o que se escriben a medida de quienes tienen capacidad de presión. Implica definir qué se hace con los recursos estratégicos antes de que se los capture en acuerdos cerrados. Implica, en última instancia, reponer una pregunta incómoda: quién manda cuando se decide lo que todavía no pasó.
En la Argentina, esa pregunta es concreta. No es una abstracción teórica. Se juega en el litio, en la energía, en la infraestructura digital, en las universidades y la ciencia pública que sobrevive a los recortes. Se juega en cada decisión que parece técnica pero que define trayectorias por décadas. Seguir reaccionando es aceptar que esas trayectorias las trace otro.Nada de esto viene sin costo. Politizar el futuro implica conflicto abierto, no administrado. Implica aceptar que hay intereses incompatibles y que no todos pueden ganar al mismo tiempo. Implica también abandonar la comodidad de una política que se justifica en la urgencia para no discutir lo estructural. Porque el problema no es solo que el futuro se esté diseñando en otros ámbitos: es que se lo está diseñando sin nosotros.
Y ahí el riesgo deja de ser retórico. Si la utopía queda en manos privadas, la democracia no solo se queda sin mañana: se convierte en una interfaz. Un sistema que procesa demandas mientras las decisiones de fondo se toman en otro lado. Votar, en ese escenario, no define rumbos: apenas administra los efectos.
Volver a politizar el futuro es romper esa lógica. No para garantizar un destino mejor – eso nunca estuvo asegurado -, sino para recuperar algo más básico: la posibilidad de que el destino no venga ya decidido. Porque cuando el mañana se privatiza, el presente también deja de ser propio.
Bruno Carpinetti - Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública. Actualmente es Profesor Titular de Ecología General y Recursos Naturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y Profesor Titular del área de Gestión de Riesgos en la Universidad Nacional de La Plata.








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