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| Ignacio Lago, el delantero de Colón, y su novio. |
Hay un autoritarismo que necesita del espectáculo, del escándalo, de la provocación. “Desafío todo lo que ustedes defienden”, declaró Trump. Se refiere al “marxismo cultural”. Esa construcción de realidades irritantes para la extrema derecha sobre el dominio de las ideas, las creencias, la moral, las artes, el deporte, la cultura, la educación, el sexo. Ese furibundo desprecio hacia toda vertiente ecológica, LGTBI+, feminista, de clase, de raza, de género. Milei se integró de inmediato a la polémica. Siempre se agradece algo de altura en los debates. “No voy a pedir perdón por tener pene”, expresó, y se quedó tan ancho. Hasta la ignorancia más abyecta se ha tornado glamurosa.
Hace unos años escribí una nota en Página/12 titulada “‘Putos’ en Qatar”. Venía de un “tuit” recogido en las redes que ironizaba sobre como el colectivo homosexual debía asistir al mundial: recatado y sin comportamientos lujuriosos, ni gestos lascivos. Una forma de ir sin ir. De estar sin estar. Qué palabra puto. Tan nuestra. Tan instalada. Se la oye a menudo en los campos de fútbol.
Hace unos días se difundió que Ignacio Lago, delantero de Colón, salió del armario. En una entrevista comentó abiertamente su relación con su novio. Se necesita mucha valentía para desafiar un universo tan atravesado por discursos discriminatorios; invadido de tanta testosterona malsana, de machismo irracional, casposo y deshumanizado. Podría haberse callado. No meterse en problemas. Evitar al macho cabrío, hostil, intolerante; al homófobo salvaje sin domesticar que habita en todos los campos de juego. Pero no. Decidió qué ya es hora de que el fútbol se haga mayor.
Los que dejan que la vida pública la hagan los demás no saben que la vida pública también forma parte de la privada, porque lo que atañe a todos también nos atañe a cada uno de nosotros. Hay mucho valor en el delantero de Colón. Que bien le ha venido al fútbol argentino este “puto” disidente. A Ignacio Lago hay que protegerlo, cobijarlo; en especial por el comité disciplinario de la AFA. Dejarlo ser, ahora, cuando hay tanto interés en silenciarlo.
Hemos construido un sistema de normalización del horror que ya no hacen falta ni órdenes ni censura. Lo terrible no se oculta, queda diluido entre mil contenidos banales.
Es la distracción como mecanismo para debilitar nuestra capacidad de
reaccionar ante el sufrimiento ajeno. Cada silencio o gesto de
indulgencia, cada crítica aplazada, contribuye a ampliar el margen de
maniobra de estos profetas iluminados con tantas cabezas nucleares y tan
poco cerebro.


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