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El panóptico internalizado o cómo nos fuimos de las redes sociales

De la selfie del almuerzo al desierto algorítmico: cómo pasamos de querer ser influencers a no querer publicar nada. Hasta hace algunos años parecía que todo el mundo quería ser influencer. Siempre había alguien que, apenas llegaba su almuerzo, se dedicaba a organizar la mesa para encontrar el mejor ángulo, mientras la comida se enfriaba. Había algo de ternura, por no decir vergüenza ajena, en ver cómo incluso algunas personas que conocíamos parecían jugar a estrellas de las redes sociales. El codiciado tilde azul, otorgado a cuentagotas, era la marca definitiva de relevancia. Si la clave estaba en el “finge hasta lograrlo”, solo era cuestión de actuar como si a alguien le importara qué comíamos, qué pensábamos o en qué andaba nuestro gato.

Por Valentin Muro

 

La ilusión de algún día “pegarla” en Internet se alimentaba de una supuesta horizontalidad. Las reglas de juego parecían ser las mismas para todos. Solía decirse que las plataformas democratizaban esto, aquello y lo de más allá. Pasear por nuestros rincones digitales implicaba tuits a medio pensar de algún conocido mezclados con la descarada autopromoción de otro, fotos fuera de foco con otras retocadas en extremo, pero dentro de todo parecía que aún quedaba algo de “social” en las redes sociales, que aún podíamos tener lugar en la economía de la atención.

Aunque siempre estará quien se anime a fechar exactamente cuándo las cosas cambiaron, tampoco importa demasiado. Podemos resumir esa transición en que algo pasó con el infame algoritmo, ese del que todos hablan. Nuestra atención era mejor negocio de lo que pensábamos.

Cuando nos dimos cuenta, ya no quedaba nadie. Abrimos Instagram, TikTok o Twitter y aunque reconocemos algunas de las caras y nombres que nos aparecen, si nos apuran a decir con cuántas de esas personas alguna vez conversamos, el número tiende peligrosamente a cero. Nadie ve lo que compartimos y ya no vemos lo que comparte nadie. Solo quedaron los influencers y las publicidades de TEMU.

Puede que el pueblo finalmente haya despertado para rebelarse contra el capitalismo de vigilancia, el sistemático abuso de nuestra privacidad o la tiranía de las grandes empresas tecnológicas. O quizá el diagnóstico sea un poco más perverso.

En un ensayo de 2024, Sherry Ning lo formula de manera más directa: “El peligro de las redes sociales no está en que nos vigilen, sino en que nos hemos convertido en quienes vigilan”. Sin darnos cuenta, nos volvemos espectadores de vidas ajenas, llevando un registro mental de lo que ocurre en ellas. Y cuando alguien parece desviarse de las expectativas de los que miran, nunca falta quien lo marca en los comentarios: ya no sos igual.

 

Vigilar y castigar

El concepto al que apela Ning es el del panóptico, imaginado a fines del siglo XVIII por Jeremy Bentham: una torre central rodeada de celdas donde los presos nunca saben si alguien los mira. La mera incertidumbre hace buena parte del trabajo. En los años 70, Foucault hizo de esta idea su metáfora más famosa: el poder funciona mejor cuando se internaliza y ya no hace falta que nos vigilen porque de eso nos encargamos solos.

En las redes, tuitea Ning, esa lógica adopta la forma de un panóptico interiorizado: “Instagram te entrena para ver tu vida como algo que hay que documentar, ver y juzgar, y con el tiempo te vas volviendo más crítico con cosas que normalmente te alegrarían”. La vigilancia ya no viene de afuera, sino desde la mirada que incorporamos, capaz de “distorsionar tu percepción de lo que en realidad es bueno”.

Pero mientras que en el panóptico clásico la coerción es vertical y el poder observa desde arriba, en el que interiorizamos en las plataformas la presión es horizontal. Son nuestros pares quienes registran con quién salimos el viernes, qué posición tomamos sobre tal o cual tema, e incluso qué no dijimos cuando se esperaba que todos dijeran algo.

Esta vigilancia viene del miedo a perdernos algo, del deseo de seguir perteneciendo. Como sugiere Ning, esta falsedad no nace de querer engañar sino de encajar: las personas no sobreactúan en redes porque quieran hacerlo, sino porque sienten que deben hacerlo. Nadie nos obliga a estar ahí y quizá por eso tardamos en darnos cuenta de lo difícil que es salir.

 

El costo del que nadie habla

Vivir así tiene un costo. Cada cosa que posteamos se transforma en un cálculo reputacional: debemos anticipar el veredicto ajeno, mantener la consistencia de una identidad que no nos representa del todo pero tampoco es falsa. Estamos siempre a una foto, un tuit, una señal de vida de distancia del castigo: comentar, silenciar, dejar de seguir.

La salida más económica se vuelve entonces la de dejar de exponerse. El silencio como higiene.

Pero no solo es la mirada ajena la que pesa sobre las redes sociales. Kyle Chayka describe en Filterworld (2024) el concepto de ansiedad algorítmica: el estado permanente de intentar adivinar qué formato, qué duración, qué tipo de gesto va a sumar un poroto a los ojos de la máquina esta semana. Las plataformas nunca fueron espacios neutrales, pero nunca fue tan evidente como ahora que operan bajo sistemas de ranking cuyo misterioso algoritmo decide lo que es digno de atención.

El panóptico queda configurado, entonces, bajo la vigilancia de quienes nos siguen desde las otras celdas, y del algoritmo que decide quién nos puede mirar. Pobres los influencers, que cada vez la tienen más difícil. Y pobre también de aquel que sólo quería compartir su desayuno y ahora debe enfrentarse al mágico algoritmo.

 

¿Hay alguien ahí?

El resultado tiene un nombre sobrio. Chayka lo llama “posting zero”: el punto de inflexión en el que la mayoría concluye que ya no vale la pena subir nada. Esto también se relaciona con el hastío de publicar, que combina el agotamiento estético con una disonancia más profunda: la incomodidad de compartir pavadas personales en medio de un sinfín de guerras, colapsos climáticos y económicos, y la violencia nuestra de cada día. Incluso cuando distraerse podría ser un acto subversivo, la fricción es demasiada como para ignorarla.

Y cuando pensábamos que conocer qué desayunaba todo el mundo era un embole, comenzó la mierdificación de Internet. Estamos viendo los últimos días de las redes sociales, arriesga James O’Sullivan. Hoy las plataformas están saturadas de publicaciones generadas por inteligencia artificial, granjas de interacción y cuentas automatizadas. La marca azul solo representa a quien está dispuesto a pagar por ella y la monetización de las interacciones derivó en que todo sea una carnada: cuando la gente se engancha, ellos ganan.

Cuesta encontrar señales de vida entre tanta porquería: textos sin alma, videos e imágenes que en un instante atentan contra nuestro coeficiente intelectual, y todo esto diseñado para hacernos mirar. Queda la duda de si todos estos robots (mecánicos y de cualquier tipo) que hoy deambulan por las redes sociales llegarán a darse cuenta por sí solos cuando ya no quede nadie. Donde antes hubo likes solo quedará un desierto.

Puede que en algún momento nos haya parecido otra cosa, pero las redes sociales nunca fueron un genuino tercer lugar, un punto de encuentro digital distinto del hogar y del trabajo. Siempre que exista una palanca en algún lado que alguien puede bajar o subir para corregir el flujo de información, la dinámica de nuestra conexión con otras personas se verá amenazada. Notablemente, Twitter durante mucho tiempo fue una plataforma lineal y cronológica. Incluso si esa opción sigue disponible, la experiencia generalizada parece ser otra.

 

La intimidad sin alegría

Fuera de la discusión estrictamente política, es en el aspecto social donde Ning más se detiene. La lógica de las relaciones parasociales — con personas que simulan intimidad con una masa anónima a la que nunca van a conocer y cuyas respuestas muchas veces son literalmente automáticas — se derramó incluso sobre cómo hablamos: usamos la palabra “contenido” con total naturalidad para describir lo que comparte cualquier hijo de vecino. Y si alguna vez existieron las amistades digitales, hoy solo queda lo que Ning llama “amistades edulcoradas”: presencia sin sustancia, dulzura sin calorías.

Nuestra afectividad se ve monetizada por personas para quienes no podemos ser más que una métrica. En palabras de Freya India, “la amistad se ha convertido en otra cosa que hacemos frente a la pantalla sin alegría”. Podemos enfocarnos en las generaciones más jóvenes, pero los niveles de soledad que registramos parecen trascenderlo todo.

“Apaguen Internet, charlen entre ustedes” podría ser un cartel de algún cafecito cool, pero describe bastante bien lo que termina pasando. No es realmente posible irse de Internet, pero sí mudarse. Hacia grupos de Telegram o WhatsApp, hacia foros y comunidades — como en los viejos tiempos — , hacia los mensajes directos. Donde solo se entra con invitación, el maldito algoritmo ya no es bienvenido.

Quizá no todo el mundo quiera tener una audiencia. Tal vez el costo de exponerse a que todo el tiempo nos estén vendiendo algo sea demasiado alto.

O tal vez tanto deseamos ser influencers que nunca se nos ocurrió pensar cómo sería vivir en un mundo donde todos finalmente lo fueran.

 

Valentin Muro
 


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