Vivimos en tiempos inquietantes. Los resultados electorales, con victorias de la ultraderecha y de sus sucedáneos, en Europa, en los Estados Unidos o en América Latina, confirman la penetración social de unas ideas que justifican la desigualdad, y de una praxis política que la profundiza. Quizás lo más preocupante es que este orden desigual cuenta con el apoyo de un buen número de sus víctimas. Personas que tal vez quieren cambiar el estado de cosas pero que buscan soluciones en políticas que refuerzan su sumisión. Hoy las desigualdades que genera el sistema económico capitalista son naturalizadas e, incluso, justificadas por un potente misil discursivo: la meritocracia. La meritocracia es un discurso peligroso porque está pensado para justificar las desigualdades del capitalismo y, sobre todo, para hacer sentir culpables a quienes no se han beneficiado del ascensor social
Por Arantxa Tirado
La idea de la meritocracia es uno de los puntales discursivos del capitalismo, también por parte de quienes se encuentran en la base de la pirámide social. Se resume en que la jerarquía social y económica está ordenada bajo criterios de mérito, donde todo el mundo tiene aquello que se ha ganado con su esfuerzo. Esta premisa ignora las desigualdades de partida.
Por tanto, el esfuerzo necesario para llegar a un mismo punto nunca será igual. Aparte de las condiciones materiales y culturales, también pasa por alto otros factores que tienen que ver con el azar y que explican determinadas trayectorias profesionales en ámbitos donde tener contactos pesa más que el currículum.
En una sociedad capitalista que enaltece el éxito individual, los jóvenes son bombardeados por youtubers y otros influencers que los animan a invertir en bitcoins y pisos para especular, o a hacerse emprendedores montando empresas para convertirse en millonarios como ellos. Ricos que difunden discursos contra los impuestos y el papel redistribuidor del Estado; ricos que socavan la conciencia social invitando a mirarte el ombligo. Quieren una motosierra como la del presidente argentino, Javier Milei. Pero olvidan mencionar que es el mismo Estado el que ha legislado para favorecer la especulación o su acumulación de propiedades y riqueza.
La meritocracia es un discurso peligroso porque no solo está dirigido a validar el statu quo y a justificar las desigualdades del capitalismo sino, sobre todo, a hacer sentir culpables a aquellos que no se han beneficiado del ascensor social —otro mito a cuestionar— mejorando su posición de partida. Conseguir que la clase trabajadora asuma las ideas de la clase dominante es el gran éxito del capitalismo. Cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de las estructuras económicas y sociales, en forma de culpa, es la vieja estrategia para negar hoy, como antes, la importancia de nuestra acción colectiva para construir otro sistema.


Comentarios
Publicar un comentario