El aplauso no es ideológico, es emocional. Y ahí está el núcleo del problema. Milei no es ovacionado por su programa, sino por su presencia espectacular, por su capacidad de ocupar el escenario y mimetizarse con símbolos que no le pertenecen. Cantar Amor salvaje junto al Chaqueño no es un gesto cultural inocente: es una apropiación simbólica. Se reviste de una épica popular para legitimar una política que, en los hechos, erosiona aquello mismo que esa épica celebra.
Jesús María funciona entonces como metáfora: un espacio donde la cultura del campo es celebrada mientras el campo —como territorio vivo, como comunidad, como ecosistema— es despojado de toda dimensión política. Se aplaude la música, pero se vacía el sentido. Se celebra la tradición, pero se entrega la tierra. Se canta al amor indómito mientras se gobierna con una lógica de domesticación total.
Jesús María aplaudió. Y en ese aplauso quedó expuesta una derrota más profunda que cualquier ajuste económico: la renuncia a pensar. Se ovacionó a un presidente que desprecia el territorio en un festival que existe gracias a él. Se cantó al amor salvaje mientras se legitima una política de entrega. No fue folclore: fue escenografía. No fue cultura popular: fue decorado. Y cuando la cultura se vuelve telón de fondo del saqueo, el problema ya no es el que gobierna, sino quienes eligen aplaudirlo.
Sebastian Ingrassia

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