El golpe consumado contra el gobierno de Nicolás Maduro no inaugura un "nuevo orden" en Venezuela, sino que precipita un proyecto de reconfiguración interna del propio régimen, cuyas primeras consecuencias se medirán como redistribución de rentas, concesiones y poder económico. Los ganadores inmediatos no serán los trabajadores ni el pueblo venezolano, sino un entramado de fracciones burguesas internas y capitales transnacionales que, desde hace años, operan a la espera de una ventana de oportunidad. Esa ventana se abrió con violencia, pero también con la colaboración activa de sectores del propio aparato estatal y económico venezolano. En el primer plano aparecen, sin ambigüedades, las petroleras estadounidenses, encabezadas por Exxon Mobil, que emerge como la gran beneficiaria estratégica del nuevo escenario. La intervención imperialista —admitida sin eufemismos por Donald Trump— no responde a abstracciones geopolíticas sino a una lógica concreta de apropiación del excedente petrolero. La ofensiva de Exxon no solo busca regresar a Venezuela tras su salida forzada en 2007, sino hacerlo en condiciones radicalmente favorables: privatización, incentivos fiscales, contratos blindados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y el debilitamiento estructural de PDVSA como empresa estatal con control efectivo. (Ver: Ganadores inmediatos del golpe en Venezuela)
Por Fernando López MacKenzie
Pero el proyecto no beneficia únicamente a Exxon Chevron, histórica operadora en Venezuela, conserva posiciones clave y se prepara para renegociar desde una correlación de fuerzas más favorable; mientras que Conoco Phillips y Halliburton celebran en Wall Street el alza de sus acciones, anticipando contratos, indemnizaciones y nuevos negocios. A ellas se suman petroleras europeas como Repsol y Eni, listas para “adecuarse” al nuevo clima político, es decir, a un régimen de menor control estatal y mayor docilidad ante el capital.
Este reparto no sería posible sin ganadores internos. Sectores del antichavismo empresarial y tecnocrático, representados por figuras como María Corina Machado y Edmundo González, actuaron abiertamente como lobistas del capital transnacional, presentando planes de gobierno redactados en inglés y pensados para los mercados, no para el pueblo venezolano. Pero también se benefician fracciones de la burguesía bolivariana, que ya venían gestionando concesiones opacas, negocios auríferos, extractivismo sin control y acuerdos con capitales extranjeros. El golpe en curso no destruye este entramado: lo reordena, desplazando unos actores y fortaleciendo otros.
Más allá del petróleo, celebran las corporaciones mineras —oro, litio y tierras raras— como Gold Reserve, Newmont o MP Materials; y también la industria de defensa, con Lockheed Martin y Northrop Grumman capitalizando la escalada militar. Incluso antes de invertir, estas empresas se apuran en cobrar indemnizaciones por contratos supuestamente incumplidos: una factura inicial de 30 mil millones de dólares que se suma a una deuda externa asfixiante y que prepara el terreno para el canje clásico del saqueo: deuda por concesiones.
En síntesis, el golpe fraguado por EEUU no pretende inaugurar una restauración “democrática” —al estilo de las "primaveras árabes"— sino una transición controlada dentro del mismo régimen, donde el Estado venezolano —con Delcy Rodríguez u otro administrador— actúe como gestor de un gigantesco traspaso de recursos hacia el capital imperialista. Los ganadores inmediatos están claros: petroleras, mineras, bancos y fabricantes de armas. Los perdedores también: la clase trabajadora venezolana y la soberanía popular. Todo lo demás —discursos sobre legalidad, elecciones o reconstrucción— no es más que el decorado ideológico de un negocio colosal sellado a sangre y fuego.
En el contexto de una crisis estructural del orden imperialista global —que se expresa tanto en Venezuela como en Ucrania, Palestina o los efectos disciplinadores de Estados Unidos sobre los regímenes parlamentarios en países como Chile— es indispensable subrayar que acciones como golpes militares, invasiones o amenazas no revierten la decadencia sistémica, sino que la profundizan. La ofensiva en Venezuela, por más que haya servido para reordenar posiciones dentro del propio aparato estatal y para abrir las puertas al capital transnacional, no puede detener el proceso general de reconfiguración del capitalismo mundial en el que la hegemonía estadounidense pierde terreno frente a otras potencias emergentes. Este fenómeno —reflejo de una transición hacia un sistema de nueva hegemonía— es anterior y posterior al golpe: se ve en la creciente inserción de China en mercados globales, en su capacidad para desarrollar infraestructura fuera del petrodólar y en su competitividad tecnológica y productiva, así como en la articulación de redes de intercambio con países del "Sur Global" más allá de la órbita estadounidense tradicional. (Ver: La docta ignorancia )
China, como fuerza capitalista creciente, no es un actor periférico ni dependiente: su integración en la economía mundial se fundamenta en un crecimiento sostenido de su productividad, en el desarrollo de tecnologías claves —en inteligencia artificial, telecomunicaciones y energía— y en políticas internacionales de inversión y cooperación que desafían el dominio exclusivo del dólar y las instituciones occidentales tradicionales. A través de políticas como la Iniciativa de Franja y la Ruta, Beijing ha tejido alianzas económicas e infraestructurales expansivas que operan por fuera del circuito hegemónico tradicional del petrodólar y de las estructuras financieras dominadas por Occidente, consolidando un campo de poder alternativo que es central para entender la crisis del actual orden mundial.
Esta decadencia del viejo orden imperialista norteamericano no implica que Estados Unidos haya dejado de ser una fuerza política vigorosa y decisiva, tal como ha quedado en evidencia en su intervención en Venezuela, en su papel preponderante en la guerra en Ucrania o en el sostenimiento de la ocupación en Palestina y sus expresiones políticas determinantes dentro de la política latinoamericana hoy. Pero esa fuerza política —cuyo despliegue combina amenazas, coerción militar e injerencia directa— no altera el curso macroestructural del declive relativo frente a potencias emergentes, como Rusia y China.






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