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Argentina: un consenso para el abismo

El grito cinematográfico de Rod Tidwell, aquel receptor de fútbol americano en la película Jerry Maguire, suplicando «!Show me the money!» (¡Muéstrame el dinero!), ha trascendido la pantalla para convertirse en un eco grotesco de la diplomacia financiera contemporánea. En un giro tragicómico de la geopolítica, es el presidente argentino quien, en la realidad, se encuentra en la posición de tener que exigirle algo similar al secretario del Tesoro estadounidense y a la sombra aún alargada de Donald Trump. Sin embargo, en este juego de altas finanzas, el dinero prometido es tan espectral como las condiciones que lo rodean, operando bajo una lógica perversa donde la mera expectativa de un rescate basta para mover los mercados, una teoría que el propio J.P. Morgan esgrimió en su día: el valor se crea con la promesa, no necesariamente con la materialización. Lo que ocurrió en Argentina en un solo día, con un repunte bursátil efímero, pero significativo tras el anuncio de un auxilio financiero, es un manual vivo de esta psicología económica aplicada a estados nacionales en situación de vulnerabilidad.

Por Alejandro Marcó del Pont 


Élites, capitales, y el ajuste como destino (El Tábano Economista)



El paquete de rescate propuesto para la Argentina emergió, en su concepción inicial, como un artefacto de una complejidad deslumbrante, una mezcla enredada de intereses geopolíticos, alianzas ideológicas forjadas en el laboratorio del libertarismo con conexiones financieras que olían más a camarilla que a la política de Estado formal. Hubo un momento, brevísimo, en el que pareció primar una visión estratégica, aquella esbozada en la idea de un «Renacimiento hemisférico» de Estados Unidos, donde Argentina podía servir como un laboratorio de influencia contra potencias extracontinentales. Pero esa visión grandilocuente, si es que alguna vez fue sincera, se disipó con celeridad, dejando paso a una mecánica más cruda y reconocible: la aplicación metódica de lo que la periodista Naomi Klein bautizó como «la doctrina del shock«.

Esta teoría, lejos de ser una mera especulación académica, describe con precisión cómo el capitalismo contemporáneo encuentra su momento óptimo de expansión no en la estabilidad, sino en el caos. Es en el fragor de la crisis, cuando la ciudadanía, aturdida por el pánico y la incertidumbre, se le pueden implantar con menor resistencia las políticas más radicales e impopulares. La privatización de lo público, el desmantelamiento regulatorio, la estatización de deudas privadas que fueron contraídas en el ámbito de la especulación más pura, todo un menú de reformas que en condiciones normales encontrarían una feroz oposición social, se presenta entonces como la única tabla de salvación, un amargo medicamento necesario.

El vaciamiento programado de la Argentina parece haberse echado a andar siguiendo este guion al pie de la letra, pero con un agregado peculiar y adverso: la anuencia, casi unánime, de los actores que tradicionalmente encarnaban la disputa política. Los medios de comunicación concentrados, lejos de ejercer una labor de contralor, han operado como caja de resonancia de un relato catastrofista que justifica el desmontaje. La oposición política en su conjunto, con contadas y honrosas excepciones, ha subido el pulgar no contra el gobierno, sino a favor de un consenso tácito sobre los fundamentos del modelo, disputando apenas las formas, nunca el fondo. Es como si una elite, cuyos intereses trascienden las siglas partidarias, hubiera decidido poner fin a la experiencia Milei.

¿Por qué resulta plausible, incluso probable, esta hipótesis? Por la sucesión de acontecimientos insólitos, casi surrealistas, que han ido saliendo a la luz pública, pero que han sido tratados con una discreción que raya en la complicidad. Pareciera que el tiempo que resta hasta las elecciones está destinado a transcurrir en un estado de perpetua conmoción: noticias diseñadas para desestabilizar, fugas de capitales metódicas y previsibles, el retroceso persistente de bonos y acciones, el índice de riesgo país escalando como un termómetro de la desconfianza autoinfligida, y hasta la irrupción de candidatos con presuntas financiaciones de origen narco.

Cada uno de estos elementos, por separado, sería un terremoto político; en conjunto, y con la cobertura que reciben, sellan un horizonte de incertidumbre que resulta funcional a un objetivo preciso: debilitar cualquier atisbo de gobernabilidad y presentar el escenario postelectoral como un abismo inevitable. El umbral de una crisis devaluatoria y de gobernanza que evoca deliberadamente el fantasma de 2001, como si la historia no solo se repitiera, sino que fuera inducida a repetirse.

En este tablero, la Casa Blanca, o al menos algunos de sus actores clave, pareció presa de una vacilación calculada. Las dudas no surgían sobre la ortodoxia económica del gobierno argentino, que es incuestionablemente del agrado de Washington, sino sobre la capacidad política del presidente para llevar a cabo todas las reformas necesarias para coronar el salvataje prometido. Esta tensión quedó de manifiesto en los diálogos entre el secretario del Tesoro y el ministro de Economía argentino, conversaciones destinadas a establecer una hoja de ruta para activar los mecanismos de auxilio.

Una fotografía, aparentemente casual, de los mensajes de texto del secretario del Tesoro, Scott Bessent, tomada por Associated Press durante una sesión en las Naciones Unidas, actuó como un destello del trato. En ella, se podía leer un intercambio con la secretaria de Agricultura, Brooke Rollins, que decía: «Ayer rescatamos a Argentina y, a cambio, los argentinos eliminaron sus aranceles de exportación de granos, reduciendo su precio, en un momento en que normalmente estaríamos vendiendo a China». La confesión era tan explosiva como ingenuamente expuesta. En efecto, ¿por qué Estados Unidos ayudaría a rescatar a Argentina si, como consecuencia, esta les arrebata el mayor mercado a sus propios productores de soja?

Estas declaraciones abrieron un debate profundamente incómodo en torno al paquete de auxilio por 20.000 millones de dólares, que pretendía sonar a política de Estado duradera, pero que en este caso tiene todo el aroma de un traje hecho a la medida para beneficiar a unos pocos. La jugada maestra anunciada por Bessent significó, en la práctica, un rescate encubierto para un viejo amigo: Rob Citrone, el multimillonario dueño del fondo Discovery Capital, un actor que, según documentan de medios especializados, obtiene ganancias astronómicas de alrededor de dos millones de dólares diarios especulando con la volatilidad argentina. El dato no es menor: el 14 de abril pasado, cuando Bessent visitó a Milei en la Casa Rosada para brindarle su respaldo político, en un acto de un simbolismo abrumador, también lo hizo Citrone.

Paralelamente, y no de manera inocente, la maquinaria de los medios concentrados y las redes sociales se activó con una sincronización pasmosa para exponer un escándalo de una magnitud y una naturaleza específica. El candidato a diputado nacional por La Libertad Avanza, y actual presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara de Diputados, fue acusado de mantener vínculos con el narcotráfico y de recibir financiamiento ilícito para su campaña. Se exhibieron comprobantes de transferencias por 200 mil dólares desde una cuenta del Bank of America, documentos que forman parte de una investigación judicial en Texas, y hasta se mencionaron 36 vuelos en aviones vinculados al crimen organizado.

El escándalo, bautizado con el nombre del candidato, estalló con una fuerza viral calculada: 384 mil menciones en un brevísimo lapso, lo que generó una ola de rechazo que golpeó al gobierno en plena campaña bonaerense. La imagen de un presidente apostando a un candidato supuestamente financiado por el narco lo deja en una posición de extrema debilidad, no solo ante su propia sociedad, sino, y quizás esto sea lo más crucial, ante sus «socorristas» en Washington. La administración estadounidense, cuya narrativa central sobre el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela es la de que «lidera una de las redes de tráfico de cocaína más grandes del mundo», no puede permitirse, al menos en la superficie, un aliado que coquetee con esa misma sombra. La sincronía es demasiado perfecta para ser una casualidad; es el ruido de fondo necesario para el caos, un recordatorio de que existen herramientas no financieras para presionar y disciplinar.

Nada de esto ocurre en el vacío. Los mismos gobernadores que avalaron con el voto de sus diputados las leyes y decretos que iniciaron el desmantelamiento del Estado y la entrega de los recursos de la república durante 2024, se han aliado ahora en una suerte de oposición controlada bajo la bandera de «Provincias Unidas». Este frente, que debería ser sinónimo de buenos modales y consenso republicano, opera con la misma lógica fondomonetarista y los mismos preceptos macroeconómicos manejados por las elites gobernantes. El peronismo, por su parte, en su versión hegemónica, no propone mover una coma del modelo impuesto por el FMI; su crítica se limita a las formas, a la estética del ajuste, nunca a su esencia. Hay un consenso tácito y aterrador en la clase política: todos están de acuerdo en el vaciamiento diario de las reservas, en un endeudamiento acelerado que hipoteca el futuro, y en la creación de una bomba de tiempo que estallará con toda su fuerza con posterioridad a las elecciones. Lo que se vive hoy, con la teoría del caos como marco, será recordado como un cuento de hadas comparado con el colapso que se avecina.

Para sostener este castillo de naipes, el Tesoro nacional colabora con una sangría de 500 millones de dólares diarios con el único objetivo de mantener el tipo de cambio artificialmente debajo de su banda. Un cálculo sencillo arroja que faltan 16 rondas bursátiles hasta las elecciones, lo que da un total de 8.000 millones de dólares que el Tesoro, simple y llanamente, no tiene. Es una carrera contra el reloj, una apuesta desesperada donde el premio es llegar a la elección con una estabilidad ficticia, sin importar el costo humano y económico que se pague después.

Según el economista Horacio Rovelli, la fuga de capitales ejecutada desde el 10 de diciembre de 2023 hasta el 31 de julio de 2025 supera los 44.000 millones de dólares, y todo indica que esta hemorragia va a continuar imparable. En el mismo período, ingresaron al país 64.318 millones de dólares, provenientes del superávit comercial acumulado, créditos del FMI, el Banco Mundial y el BID, colocación de dos operaciones REPO y el ingreso por el Blanqueo de Capitales. El aumento neto de las Reservas Internacionales brutas del BCRA, sin embargo, fue de apenas 20.255 millones de dólares. La diferencia entre lo que entró y lo que se fugó, más el aumento de reservas, es la radiografía del drenaje: las ganancias para unos pocos son monstruosas, y el panorama para la mayoría de la población será, sin lugar a dudas, peor.

El cerco a la política económica, este modelo de país deudor y extractivista sin fondos propios, se agrava día a día con la anuencia de Washington y la complicidad activa de las elites locales que hoy gobiernan. Al igual que en 1982, en 1990 o en 2018, la nacionalización de la deuda privada se perfila como el postre final de este banquete del desastre, la socialización de las pérdidas de los grandes jugadores.

Un informe del Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (CIFRA), basado en datos de la Comisión Nacional de Valores (CNV), revela la anatomía de este proceso. Las empresas argentinas emitieron US$ 7.619 millones en obligaciones negociables (deuda) entre enero y octubre de 2024 y unos U$S 9.831 millones en lo que va de 2025. El 90% de estas emisiones provino de un selecto y familiar grupo de grandes corporaciones: YPF, Clárin – Telecom, Pan American Energy, Pampa Energía, TGS, Generación Mediterránea, Edenor, Banco Galicia, Vista Energy, Tecpetrol, Banco Comafi, Aluar, IRSA y Compañía General de Combustible.

Detrás de estos nombres se esconden los mismos grupos económicos que, desde la última dictadura militar hasta la actualidad, han visto cómo los economistas del establishment, de uno u otro signo, se han dedicado a estatizar sus deudas privadas. Es un guion repetido hasta el cansancio: si el día después de las elecciones el dólar se libera y se dispara, la narrativa ya está preparada. Dirán que estas empresas «no pueden pagar con ese tipo de cambio», y el Estado, una vez más, se hará cargo de sus obligaciones. La privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas, el mantra definitivo del capitalismo de amiguetes, se consumará otra vez.

Durante la agonía de 2001, el profesor Rudi Dornbusch del MIT, un economista de la síntesis neoclásica –esa corriente que intenta maquillar la esencia más depredadora del neoliberalismo, un keynesianismo con salvoconducto para el explotador–, se convirtió en un oráculo siniestro para Argentina. Mientras la Ley de Convertibilidad se resquebrajaba, y el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo declaraba que el presidente se había quedado sin «apoyatura política», Dornbusch exponía su diagnóstico sin anestesia: “La verdad es que la Argentina está quebrada. Está quebrada económica, política y socialmente. Las instituciones no funcionan, el gobierno no es respetable, su cohesión social ha colapsado”.

Su receta era la humillación final: “El sistema político está sobrepasado y debe ceder transitoriamente su soberanía en el manejo de los asuntos financieros”. Argentina, argumentaba, debía reconocer humildemente que, sin una masiva ayuda e intervención externa, no podría salir del desastre. Hoy, esos ecos resuenan con una fuerza aterradora.

Siempre existe una solución antes de entregar la nación. En 2002, fue la pesificación asimétrica, una medida ortodoxa y dolorosa. Quizás esta vez, se pueda ceder «transitoriamente» el manejo financiero a alguien tan «responsable» como el secretario del Tesoro estadounidense, un funcionario que, a fin de cuentas, está a las órdenes de los vaivenes de la política de un sociópata.

Todo, se nos dirá, sea por salvarnos de convertirnos en un Estado fallido. Pero la pregunta que queda flotando, en medio de este concierto de elites unidas para facilitar el desastre económico, es si la cura no es, en realidad, una forma más lenta y tecnocrática de lograr exactamente el mismo resultado.

Alejandro Marcó del Pont 

 


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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.