Aclaración...

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martes, 4 de agosto de 2015

Robert Wyatt - Different Every Time (2014)


Artista: Robert Wyatt
Álbum: Different Every Time
Año: 2014
Género: Art rock / Jazz fusión / Experimental
Nacionalidad: Inglaterra


Lista de Temas:
DISC 1 "EX MACHINA"
1. Moon In June (Soft Machine)
2. Signed Curtain (Matching Mole)
3. God Song (Matching Mole)
4. A Last Straw (from "Live At Drury Lane" - Robert Wyatt)
5. Yesterday Man (from Disc 1 of "EPs" - Robert Wyatt)
6. Team Spirit (from "Ruth Is Stranger Than Richard" - Robert Wyatt)
7. At Last I Am Free (from "Nothing Can Stop Us" - Robert Wyatt)
8. The Age Of Self (from "Old Rottenhat" - Robert Wyatt)
9. Worship (from "Dondestan Revisited" - Robert Wyatt)
10. Free Will And Testament (from "Shleep" - Robert Wyatt)
11. Cuckoo Madame (from "Cuckooland" - Robert Wyatt)
12. Beware (from "Cuckooland" - Robert Wyatt)
13. Just As You Are (from "Comicopera" - Robert Wyatt)
DISC 2 "BENIGN DICTATORSHIPS"
1. The River (Jeanette Lindstrom)
2. The Diver (Anja Garbarek)
3. We're Looking For A Lot Of Love (Hot Chip)
4. Jellybabies (Epic Soundtracks)
5. Shipbuilding (Robert Wyatt)
6. Richardson Road (Grasscut)
7. Turn Things Upside Down (Happy End)
8. Still In The Dark (Monica Vasconcelos)
9. Venceremos (We Will Win) (Jazz Dance Special 12' version) (Working Week)
10. Frontera (Phil Manzanera)
11. La Plus Belle Langue (Steve Nieve + Robert Wyatt + Muriel Teodori)
12. Goccia (Cristina Dona)
13. Siam (Nick Mason)
14. A L'abbatoire (Mike Mantler)
15. Sinking spell (Mike Mantler)
16. Submarine (Bjork)
17. Experiences No. 2 (Cage/Steele)
18. Hasta siempre Comandante (Bonus track)

Alineación:
- Robert Wyatt / Varios artistas


Otro aportazo del Mago Alberto, maravilloso disco que no van a conseguir en otro lado...
Siempre me pareció muy gracioso que la industria (y mucha gente) relacione al mundillo del progresivo como integrado por geeks, nerds, personas académicas, ratas de biblioteca y bichos de conservatorio (quizás derivado de la onda tipo Dream Theater o algunas de múltiples reencarnaciones crimsonianas donde lo técnico prima por sobretodo lo demás). Gran parte del movimiento se nutrió de lo más revolucionario de la época hippie. La sangre de la revelión corrió por las venas del estilo desde sus mismos comienzos (tanto como hemos mostrado que ha corrido desde su comienzo una gran cuota de música étnica, folcklórica y popular, y un recorrido por éste blog no nos deja mentir). Un día me dispondré a organizar un estudio de la relación entre estilos musicales y tendencias sociales realizado por sociólogos de una universidad de Chile, donde exponen que la música de resistencia por excelencia, en todas las épocas y todas las civilizaciones, es siempre una mezcla entre la experimentación y la música popular. Dicho estudio está lejos de éste post pero sí se relaciona
Vamos que con ésto no quiero decir que los Jethro Tull (una muy buena banda que explora lo popular en sus últimas consecuencias) sean revolucionarios políticos, digo que hay una tendencia y una inclinación, que también pueden notar en sus líricas y en sus temáticas, y me imagino que no por algo han pegado e influido en grupos radicalmente inclinados a la crítica social, como en el caso de Arbolito, por ejemplo.
Grupos decididamente políticos como Raza Truncka, militantes de la izquierda, exploran el folcklore en los terrenos del metal y lanzan su ácida crítica desde ese lugar de pertenencia. Arraigo y otros hacen algo parecido. Algo parecido a Eppurse Muove que se manejan en el terreno del rock mezclado al folcklore. Todo eso por dar unos simples ejemplos pero la lista podría ser no interminable pero sí demasiado extensa. Hablo de cierta tendencia, cierto inconformismo y cierta posición tomada, aún desde aparentes posiciones anti-políticas.
Casi todos los subgéneros del estilo progresivo estuvieron impregnados de jipis zurdos desde sus inicios (aún a pesar de que uno de los compañeros de ruta de Wyatt, me refiero a Bill MacCormick, se haya unido al partido Liberal inglés en 1973 y realizado su carrera política en esa rama). El tema es que la creatividad de los músicos de rock a finales de los años 60s tuvo una explosión que generó la aparición de diversas ramas de avanzada, de vanguardia dentro de los cánones comunes y corrientes de la música popular. Se trataba de una actitud no solo diferente sino a veces opuesta a la del rock-and-rollero original, quien ya había sido devorado por el sistema.
En el caso del "Rock In Opposition" o R.I.O., esta tendencia llega a su punto máximo, integrado por grupos de rock progresivo o música innovadora pero con una tendencia política izquierdista, y responde a una actitud frente a la problemática del desarrollo comercial y la forma de ser difundida la obra de los artistas, es de por sí una posición política, una forma de hacer musica comprometida y una reacción frente al sistema y con un objetivo que aspiraba a emancipar a los artistas de las firmas disqueras, con el propósito de disponer, administrar, distribuir y negociar el producto de la música por sus creadores, los propios músicos. Recordemos que algo parecido sucedió con la autogestión de M.I.A. o La Cofradía (sin ser partes del R.I.O. ni tener una posición política determinada), y podríamos hablar de muchos otros ejemplos.
Con ésto empezamos la presentación de éste disco de Robert Wyatt no nos deja mentir, uno de sus más importantes iconos y exponentes de lo que se conoce actualemente como Escena Caterbury: en su momentos los músicos de avanzada de esta ciudad británica pasaban de un conjunto a otro con regularidad, casi sin proponérselo, y bandas como The Wilde Flowers, Soft Machine, Hatfield and The North, Gong, Caravan, Matching Mole y varias otras conformaron una comunidad cerrada de músicos, por lo cual creció la percepción de esta escena como un producto local. Vamos con el comentario de Alberto que es quien les comparte este disco:


Muchas veces es solo cuestión de tiempo para que aparezcan algunas joyas musicales por estos lares, y ésta es una. En la ajetreada y accidentada vida de Robert Wyatt siempre estuvo presente y de una manera muy fuerte el tema de sus convicciones personales, y eso lo llevó a liderar un movimiento tan importante como el Canterbury y a recibir el respeto de sus pares, a liderar bandas tan potentes como Soft Machine y Matching Mole, y a dejar bien en claro su pensamiento politico, generando también una de las obras más trascendentes del género como aquel hermoso disco llamdo "Rock Bottom", además de tener la coherencia de matizar su extensa obra con proyectos extraordinarios y reunir en ellos a personajes tan disímiles e importantes como Jimi Hendrix, Fred Frith, Mike Oldfield, Hugh Hopper, Brian Eno, Nick Mason, David Gilmour, Phil Manzanera o Bjork.
Luego de una gira con Soft Machine por Estados Unidos en los años 60, Wyatt pudo conocer en carne propia la estructura de la sociedad del país del norte, su desigualdad, su consumismo, y comenzó a delinear su perfil político, que lo llevó años más tarde a afiliarse al partido comunista de Gran Bretaña y a manifestar luego su lucha en contra del capitalismo y al sistema burgués norteamericano de la Coca Cola, MacDonald y la música pop.
Con un espíritu super templado por ese accidente que lo mantiene en silla de ruedas hace mas de 50 años, siempre supo mantenerse fiel a sí mismo, a su estilo, a sus ideales, al concepto de su música, por eso hoy es uno de esos músicos indiscutidos.
El disco doble que nos atañe hoy es un recopilatorio de su inmensa obra y muestra pinceladas de todos estos años, quien no conoce a Wyatt ésta es una buena oportunidad de hacerlo y abrirse a la música de un obrero, de un artesano, de un experimentador, de un viejo loco que dedicó toda su vida a mostrarnos un sendero que pocos se atreven a transitar pero que si le das una oportunidad te cautivará y te hara disfrutar de momentos únicos. En síntesis, un compendio de luces y fogonazos, que iluminará hasta al más desprevenido, nadie en su sano juicio puede dejar de pasar de lado este material que sin dudas no te lo va a ofrecer ninguna multinacional. Para entender aún más hasta dónde es firme en sus convicciones, agregué como bonus la canción "Hasta Siempre Comandante" cantado en castellano por el propio Wyatt.
Alberto


Actualmente, y debido quizás a que uno de los géneros relacionados con el progresivo que más se conoce hoy en día, como es el metal progresivo, nació ya en épocas del auge del neoliberalismo y del nihilismo y estuvo impregnada de esa cuota de desinterés social, algo parecido a lo que le sucedió al género neo-progresivo que ya nació chupado por el sistema, hoy en día gran parte del movimiento artístico está aparentemente despolitizado. Nosotros estamos constituídos por nosotros, nuestro medio y nuestra época... pero adentrarnos más en el tema nos llevaría a terrenos que ya no tienen nada que ver con el disco que estamos presentado.


Edito este post para dejarles el texto de un material que me pasó el Mago Alberto, de una interesantísima entrevista donde el señor Wyatt se despacha con todo, no se la pierdan:

El alcoholismo y otros fantasmas acechaban a Robert Wyatt, legendario batería de rock, durante la concepción de su último disco, Comic opera. En esta entrevista habla de la felicidad que halla en una silla de ruedas y de su incesante búsqueda de la belleza.
Mal que le pese a Gladys, la rubia oxigenada que atiende la oficina de turismo, no abundan las razones para venir a Louth, un pueblo del norte de Inglaterra donde las casas se organizan en filas de granate melancolía. Con la estación de tren más cercana a 45 kilómetros, el lugar es tan improbable como otro cualquiera para servir de hogar a una leyenda del rock en silla de ruedas. Robert Wyatt se mudó aquí a finales de los ochenta en busca del hábitat menos hostil posible que su poco dinero pudiese pagar. Los granjeros y comerciantes de Louth descubrirían con los años que el grandullón sonriente que se daba impulso con guantes de esquí por las aceras del pueblo fue en otra vida batería de Soft Machine, mítico grupo de la escena de Canterbury que hizo historia del rock, la psicodelia y el jazz a finales de los sesenta.
Lo que en su caso equivale a decir en otra vida; antes de aquella mala noche del muy ebrio 1973 en la que Wyatt creyó volar y cayó por la ventana de un cuarto piso en una fiesta de Pink Floyd. El médico que lo atendió de urgencia esa madrugada dijo que, de no haber estado tan sumamente borracho, el paciente habría opuesto alguna resistencia y el impacto hubiese resultado mortal. "Fue un buen movimiento para mi carrera", explica en esta entrevista Wyatt con tanta distancia que casi parece un abismo.
Pero eso sucederá más tarde. El día del encuentro (el lunes 8 de octubre) fue también el del lanzamiento en el Reino Unido de Comic opera, otro de sus brillantes tratados de jazz pop confesional y el noveno disco de la carrera que inició en solitario sobre el alféizar de una ventana. Para celebrarlo, la pequeña tienda de discos local organizó una firma de álbumes y unas cien personas llegaron de toda Inglaterra a presentar sus respetos a Wyatt.
Al término del desfile de aficionados, el músico, de 62 años, recibe al periodista en su casa georgiana de ladrillo oscuro y una sola planta. Aquí vive entre discos, cuadros e instrumentos con su suegra y su mujer, Alfreda Benge, Alfie, una tímida y enérgica inglesa de ascendencia austropolaca. Alfie y Robert contrajeron matrimonio cuando, tras un año de convalecencia, él salió del hospital sobre ruedas, "en el primer día de primavera en un larguísimo invierno".
Además de compañera, Alfie es autora de las letras originales de Comic opera, así como de las distinguidas ilustraciones de los discos de Wyatt desde el paisaje a lápiz de la portada de Rock bottom (1974), considerado su obra maestra. "De no haber existido ella, me habría dedicado a beber hasta morir escuchando a [el pianista de jazz] Thelonious Monk", aclarará Wyatt después. "Soy un cocinero terrible, no soy capaz de vestirme solo, ni puedo administrar mi dinero. En nuestro contrato, a mí me toca hacer discos".
De ese particular acuerdo nace una de las carreras más fascinantes del rock contemporáneo. Más que un tipo con un estilo propio, Robert Wyatt es un género en sí mismo. Podría ser su voz, ese lamento ahogado que Ryuichi Sakamoto definió como "el sonido más triste del mundo". Podría ser esa intimidad agradable como el agua templada que brinda el fondo de la trompeta tocada por el propio Wyatt sin demasiada destreza. O quizá sea esa mezcla entre el jazz del que proviene y la melancolía del pop perfecto hacia la que camina.
La suma de todo esto hace de cualquiera de sus lanzamientos un acontecimiento raro pero siempre relevante. Si el último, Cuckooland (2003), fue escrito bajo los efectos del 11-S y recibido como una de las obras más singulares del año, Comic opera, que cuenta con una nómina de colaboradores similar a aquél (Brian Eno, Paul Weller o Phil Manzanera, entre otros), se mueve en terrenos más personales. Maneja, con todo, la misma descarnada sinceridad de siempre. Una virtud (o un defecto) que convierte una tarde con Wyatt —charlar, escuchar discos de jazz y bucear en el océano desmitificador de sus recuerdos— en una de las experiencias más singulares del periodismo musical.
La inusual franqueza está presente desde la bienvenida. "Estoy preocupado por la salud de Alfie. Nos han llamado del hospital por algo relacionado con el corazón. Peligroso para unos ancianos campeones del fumeque como nosotros", es lo primero que suelta Wyatt tras las presentaciones. Después, en una entrevista que se prolongará durante más de cuatro horas, admitirá: "Gran parte de mi problema es decir siempre la verdad".
PREGUNTA. No veo mucho de cómico, ni de operístico en su último disco.
RESPUESTA. Pues a mí me da risa. Y algunos pueden pensar que hoy meter una canción sobre el Che [Hasta siempre comandante] podría ser un chiste.
P. ¿Niega la cualidad melancólica que se atribuye a su obra?
R. Lo que digo es que nunca hago nada conscientemente triste. Ni siquiera Rock bottom, que se asume nacido del trauma de quedarme parapléjico [fue en parte concebido en su convalecencia]. Lo siento, no es cierto. Algo debe de haber, sin duda, cuando tanta gente lo ve así. Pero en aquellos días no me sentía especialmente triste.
P. ¿Y cómo se sentía?
R. Salir del hospital fue como abandonar la prisión. El estímulo físico del aire fresco y el tráfico en las calles después de meses de reclusión fue una experiencia casi psicodélica. ¡Vida! ¡Árboles! ¡Gente! ¡Música! Fue un día increíble. Por supuesto que había ansiedad, pero no sentí rabia. Todo era por mi culpa. Por borracho e idiota. Sólo teníamos 15 libras en este mundo, nos fuimos a un pub a celebrarlo. Pero hablábamos del disco, ¿no?
P. Claro. Lo ha dividido en tres actos, como ya es costumbre en usted.
R. Me gustan los episodios musicales de 20 minutos. Porque soy un tonto anacrónico. Adoro la vieja distribución de los elepés. No ordeno las canciones en términos musicales, sino de la secuencia de las letras. La primera parte va sobre el amor y la pérdida. La segunda, sobre sentirse incómodo como inglés. Y la tercera, sobre reconciliarse con las ideas políticas que siempre me conmovieron. Veo mis canciones como un jardín salvaje. Soy un jardinero que está enamorado de la belleza orgánica de lo que se trae entre manos. Por eso me siento fascinado a mis sesenta años con alguien como Nat King Cole. De joven no lo apreciaba porque no era lo suficiente crudo para mí. Ahora, en cambio, tras cuarenta años de tocar instrumentos y cantar, he acabado valorando lo difícil que es dar una nota correctamente. Sólo una bella nota. Escasean.
P. ¿De qué va Just as you are, el dueto con Mônica Vasconcelos, es una de las flores más conmovedoras de su último jardín?
R. No lo sé, se lo tendrás que preguntar a Alfie. Ella la escribió. Alfie
"Vamos Robert, sabes perfectamente la respuesta", responde ella misteriosa. La aclaración llegará más tarde, cuando, en un aparte, diga: "¿Quiere conocer el verdadero significado de la canción? Hace unos meses Robert estaba empezando a tener un serio problema con el alcohol. Y comenzó a mentirme. Este tema es un mensaje de mí para él. Estás bebiendo demasiado, amigo. Ya basta. Decir: mi amor, tras todos estos años, sigue siendo condicional". Después, Wyatt corroborará la confidencia. Lleva un par de meses asistiendo a reuniones de Alcohólicos Anónimos y maneja la clase de dialéctica del rehabilitado. Cuando, a la hora de la cena, la entrevista continúe en un restaurante, Wyatt rechazará el ofrecimiento ("sólo un limoncello, Robert") de una camarera algo ajada. "El trago que marca la diferencia no es el último", dirá solemne. "El que lo cambia todo es el primero".
P. El alcohol es una constante en sus letras desde aquel "eres maravillosa cuando estás borracha" que abría Rock bottom.
R. Ya entonces estaba camino de convertirse en un problema. Hay quien dice que si empiezas a saltar por las ventanas es un mensaje de que algo marcha mal. Como soy un poco retrasado, me cuesta llegar a las conclusiones. Hace 34 años de la ventana.
P. ¿Qué sucedió esa noche?
R. No lo voy a contar [largo silencio] aunque lo recuerdo perfectamente. Puedo revelar lo que pasó, pero no por qué.
P. Bien! ¿Qué pasó?
R. Me caí de una puta ventana porque estaba demasiado borracho [golpea su plato contra la mesa]. ¿Vale? Me pusieron sedantes durante seis meses. Luego estuve consciente en el hospital hasta cumplir un año.
P. Disculpe si le he irritado. ¿Escribe Alfie las letras porque usted prefiere no hacerlo?
R. Me es difícil. Tengo mucha más música que palabras. Escribí letras durante años, pero solían ser sonidos guturales .
P. O letras como aquella en la que se limitaba a describir lo que sucedía musicalmente. Éste es el primer verso, éste es el puente, sigue el estribillo
R. En un momento pensé, oh, no sé lo que pensé… ¿Sabe qué? Siento haberme enfadado de ese modo antes. Si no puedo decir algo totalmente fresco sobre algo me crispo. Porque las entrevistas me parecen interesantes. No hay dos iguales. Y aquel episodio no es que sea doloroso o dramático, es sólo que no hay nada nuevo que decir. Aunque suene chocante, yo no contemplo aquel accidente como algo malo. Fue un nuevo comienzo. Puesto que mi vida es mejor después que aquello, mucho mejor, de hecho, no lo veo como una tragedia. Es sólo un cambio. Y en mi caso, a pesar de las dificultades obvias, soy una persona más feliz. La gente que no se ha roto nunca la espalda piensa: qué terrible vivir así. Pero es algo que sucede. ¡Bang! y a otra cosa. Parecido a un animal salvaje cuando está en la jungla. Llega un helicóptero, le atrapa con una red, y al poco está en una reserva en Tanzania. Y piensa: cojones, dónde están mis amigos, mis árboles… y al final se da cuenta de que está en un lugar más seguro. Si fuese religioso, diría que fue un don. Esto me recuerda la mejor mala crítica sobre mi trabajo que nunca leí. "Como mucho nos temíamos, Wyatt se cayó aquel día sobre su cabeza" risas].
P. ¿Cómo era antes de aquello?
R. Un batería borracho que aprendía trucos tan útiles como el método más rápido posible para acabar pedo: tequila y whisky a intervalos. Me lo enseñó Keith Moon [batería de The Who]. No sé. Debía de ser un cabrón porque me echaron de Soft Machine
P. Fue por razones personales.
R. No lo sé, no dijeron nada. Somos ingleses. No expresamos sentimientos. Seguramente toda la conversación se redujo a: "Que te follen, tío".
P. Aquella primera formación hacia 1967, con Mike Ratledge (teclados) y Kevin Ayers (bajo), siempre pareció más una reunión de individualidades
R. Nunca fuimos un grupo normal. Pero en cierto sentido fue culpa mía. Yo conseguí que esos músicos que nunca habrían tocado juntos se pusiesen a ello. Mike dejó la universidad por mi insistencia. Incluso cuando Kevin abandonó el grupo y se fue con sus maravillosas canciones, metí a Hugh [Hopper, bajista]. No habría funcionado sin mis indicaciones. No era un líder. La batería no lidera, como tampoco el motor conduce el coche.
P. ¿Ha mantenido la amistad con ellos?
R. No siempre. Hace poco vi a Kevin Ayers. Estuvo muy bien. Aún siento nostalgia de aquellos días en Deià . Los dos solos. Éramos jóvenes, entusiastas, estábamos borrachos y era maravilloso.
Para entonces, Wyatt ya había coincidido en su infancia con varios de los miembros de Soft Machine en el colegio Langton, en Canterbury, un centro liberal que pareció la mejor opción de enseñanza a sus padres, un psicólogo aficionado al jazz y una periodista, ambos intelectuales progresistas. La primera mujer de su padre fue secretaria de Robert Graves en Mallorca y, cuando a los 16 años, Wyatt dejó la escuela para buscar la libertad en Deià, se instaló en la casa balear del escritor. Allí conoció a Ayers, futuro miembro de Soft Machine, y a Daevid Allen, que fue parte del grupo hasta que la negación de un visado le obligó a quedase en París, donde acabaría fundando Gong, otra banda seminal de la psicodelia británica. Ayers compartió las tareas vocales con Wyatt antes de abandonar el grupo tras el magistral debut, que titularon 1 a secas, en una costumbre, emplear los ordinales, que se mantendría como un sello de la banda.
El grupo se convirtió con su defensa del jazz-rock, el pop psicodélico y la patafísica en una institución de la boyante escena underground londinense. Fueron años de giras estadounidenses con Jimi Hendrix, de vivir la gran vida del rock y todo eso.
Cuando Wyatt fue despedido después de la intensa grabación del tercer álbum, bautizó su nuevo proyecto como Matching Mole (topos idénticos, en su traducción del inglés), un juego de palabras intencionadamente irónico que jugaba con la traducción francesa de Soft Machine.
Y entonces, llegarían el accidente y los años de la creatividad. Los discos de mediados de los setenta como Rock Bottom o Ruth is stranger than Richard y hasta el éxito. Su versión de I'm a believer, viejo tema de Neil Diamond, alcanzó el número uno de las listas británicas y convirtió a Wyatt en el único artista en la historia del célebre programa de la BBC Top of the pops que actuó en silla de ruedas.
No hay mucha explicación en las brumas de su memoria para el silencio que siguió a aquellos años, cuando la pareja se mudó a la Costa Brava e interrumpió la producción discográfica. De aquel limbo, Wyatt regresó a principios de los ochenta como un artista comprometido. Se afilió al partido comunista, repartió pasquines en las calles de Londres y adoptó el español como idioma de combate. También se abonó, una constante en su trabajo posterior, a las versiones. "Alfie siempre me compra ropa en las tiendas de beneficencia", explica Wyatt. "Es lo mismo con las canciones. Voy al mercado de segunda mano y me quedo con las que me sientan bien".
P. Tras la caída del muro de Berlín abandonó el partido. ¿Ya no le veía el sentido a la militancia?
R. Superé la etapa. Pero sigo creyendo que el comunista es el mejor de los partidos. Te unes al laborista, cosa que he hecho un par de veces, y no te dicen: "Pongámonos a discutir", sino "apoya al candidato de tu distrito". En el comunista te ponen a leer. Mis diez años en el partido fueron mi universidad.
P. Pero mantiene cierta liturgia de los gestos. Al final de Comic Opera renuncia a cantar en inglés por vergüenza.
R. Me avergüenzo de ser inglés. Estoy incómodo con que el idioma se haya convertido para los negocios en lo que el latín para la Iglesia. Es demasiado poder para una estúpida y pequeña isla.
P. ¿Son éstos los tiempos más nefastos que ha conocido?
R. Lo peor llegó con el triunvirato de Blair, Aznar y Berlusconi. Estuvimos frente al rostro del infierno. Lo único bueno que hizo Blair fue destruir con él a estos dos tipejos. Sólo me ha tocado una vida en el planeta y resulta que la tengo que vivir en esta mierda de situación. Moriré y todo seguirá igual. Eso me deprime.
P. ¿Teme a la muerte?
R. La espero con ganas. Si tuviese que vivir para siempre moriría [risas]. Estoy harto de luchar.
P. ¿Cuál es su mayor temor entonces?
R. Hacer daño a los demás por mi falta de tacto e insensatez. Cuando bebo hago daño a la gente. Física, no, pero sí mentalmente. No es adrede, es como tropezar con alguien sin querer. No soy bueno viviendo con cuidado. Mi mayor temor es ése: el miedo a la vergüenza.
Iker Seisdedos

Y para quienes aman a Wyatt, esta es una mala noticia: el que dejamos será el último disco del músico, con él se despide del mundo de la música aunque estará siempre en la historia de la mejor música... y la más revolucionaria también, de paso aclararlo...

La despedida de un amigo es siempre una mala noticia. La despedida de un ángel de la guardia es una maldita tragedia. Si el ángel de la guardia es quien maneja el orden del jardín la despedida te rompe el alma. Te quedas durante un momento sin aliento, luego dejas de sentirte tú mismo y, como si el día se entintase de noche, deseas irte a la cama para no ver a nadie, para que nadie te vea.
Veo mis canciones como un jardín salvaje. Soy un jardinero que está enamorado de la belleza orgánica de lo que se trae entre manos.
El músico Robert Wyatt se declaraba labrador de jardines embrollados en una entrevista que le hizo para El País en 2007 el gran periodista Íker Seisdedos, capaz, según alguien me reveló por entonces, del acto de amor de viajar en coche hasta Louth, un pueblo del norte de Inglaterra —estación de tren más cercana a 45 kilómetros— donde nació el extravagante poeta Tennyson, quien dejó notas que convendría pegar al pecho como imanes sentimentales: “es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado”; “la felicidad no consiste en realizar nuestros ideales, sino en idealizar lo que realizamos”; “hay más fe en una honrada duda, creedme, que en la mitad de las creencias”.
En Louth tienen su casa un par de veteranos hippies que, estoy seguro, admitirían los consejos del poeta: Wyatt y su esposa, la pintora, ilustradora, musa y enfermera Alfreda Alfie Benge:
De no haber existido ella, me habría dedicado a beber hasta morir escuchando a Thelonious Monk (…) Soy un cocinero terrible, no soy capaz de vestirme solo, ni puedo administrar mi dinero. En nuestro contrato, a mí me toca hacer discos.
Acabo de leer en la revista Uncut que Wyatt se retira, que no hará más música, que el doble disco Different Every Time, anunciado para el 17 de noviembre por la discográfica Domino Records, tiene el carácter de un epitafio.
Los maquinistas de tren se retiran a los 65, yo tengo 69. Prefiero decir que lo dejo, es una palabra más exacta que retirarse. Cincuenta años en la silla de montar es suficiente (…) Hay orgullo en dejarlo. No quiero seguir.
El volumen de despedida es en realidad una recopilación: el primer disco, Ex Machina, está concebido como un grandes éxitos cronológico, y el segundo, titulado Bening Dictatorships (Dictadores benignos) con un humor muy reconocible, se dedicada a congregar las colaboraciones desprejuiciadas de Wyatt con otros músicos: Hot Chip (We’re Looking For A Lot Of Love), Cristina Donà (Goccia), Anja Garbarek (The Diver), Nick Mason (Siam), Björk (Submarine)…
Para cerrar todos los candados y fundir las llaves, Wyatt, un tipo hablador pero con ciertas reservas hacia los periodistas metomentodo, ha dado su consentimiento a una biografía autorizada, titulada también Different Every Time, firmada por Marcus O’Dair, columnista musical de The Guardian. En el libro está todo: los años patafísicos de Soft Machine [vídeo de una actuación en 1968 en Francia, 25 minutos], la demente gira por los EE UU como teloneros de Jimi Hendrix, la expulsión del grupo por ser demasiado canalla (“somos ingleses, no expresamos sentimientos, seguramente toda la conversación se redujo a: ‘Que te follen, tío”), los discos de la unidad democrática Matching Mole y la caída, el uno de junio de 1973, durante una fiesta y en estado de semicomatosa ebriedad, desde un cuarto piso, con el resultado de seis meses de sedantes, un año de hospital, paraplejia y silla de ruedas de por vida.
Aunque suene chocante, yo no contemplo aquel accidente como algo malo. Fue un nuevo comienzo. Puesto que mi vida es mejor después que aquello, mucho mejor, de hecho, no lo veo como una tragedia. Es sólo un cambio. Y en mi caso, a pesar de las dificultades obvias, soy una persona más feliz. La gente que no se ha roto nunca la espalda piensa: qué terrible vivir así. Pero es algo que sucede. ¡Bang! y a otra cosa. Parecido a un animal salvaje cuando está en la jungla. Llega un helicóptero, le atrapa con una red, y al poco está en una reserva en Tanzania. Y piensa: cojones, dónde están mis amigos, mis árboles y al final se da cuenta de que está en un lugar más seguro. Si fuese religioso, diría que fue un don. Esto me recuerda la mejor mala crítica sobre mi trabajo que nunca leí. “Como mucho nos temíamos, Wyatt se cayó aquel día sobre su cabeza”.
En 2008 intenté condensar lo que siento hacia este músico que me ha guiado como un gurú —y sigo sin creer en los gurús— en un artículito que publique en 20 minutos. Lo repito porque nada más se me ocurre añadir:
Se llama Robert Wyatt y tiene edad para ser tu abuelo. La discográfica Domino, hogar mercantil de nuevos y aparatosos trovadores (Franz Ferdinand, Artic Monkeys, The Kills), se ha hecho con la dispersa obra de Wyatt y solventa el agravio de su descatalogación con la reedición de toda su discografía como solista (9 álbumes).
Hippie de primera generación, Wyatt fundó en 1966 el grupo pivotal del rock progresivo británico, The Soft Machine y, cuando le expulsaron por canalla, montó Matching Mole, la banda central del sonido de Canterbury, lo más brillante que el Reino Unido ha dado al rock desde los Beatles. Ha tocado con Jimi Hendrix, Syd Barrett y Brian Eno pero viste ropa comprada en tiendas de beneficencia. Björk y Paul Weller le adoran pero él prefiere a Nat King Cole y Thelonious Monk.
Sabe volar y sumergirse pero es parapléjico desde 1973, cuando una borrachera absoluta le hizo caer de un cuarto piso durante una fiesta que organizaba Pink Floyd. Hasta entonces había sido el batería más loco del Reino Unido. Por consejo de su colega de parranda Keith Moon (también batería con The Who, también alcohólico, muerto en 1978), utilizaba el combustible más eficaz para la destrucción: un trago de tequila y otro de whisky en un bucle eterno.
Tras la convalecencia y la parálisis, como si el accidente fuese una epifanía, Wyatt se convirtió en otra persona. Estremece escucharle resumir la mutación: “¡bang! y a otra cosa”. De no ser por la flojera física provocada por la curda, hubiese muerto.
Desde 1974, siempre de la mano de su mujer, la pintora Alfreda Benge, ejerce de artesano ensimismado. Es capaz de licuar el jazz o achicharrar el pop. Han llamado a su música ‘jazz confesional’ y ‘folk visionario’, pero ambas expresiones son puro lenguaje. La palabra genial, tantas veces utilizada como gratuita etiqueta, tiene con Wyatt la calidad seminal de adjetivo calificativo.
Con él no son válidos los estándares ni los caprichos: cantó baladas obreristas durante el señorío deleznable de Margaret Thatcher y ahora se avergüenza de ser inglés y cantar en el idioma que se ha convertido en “el latín” de los rituales del fracaso social y la explotación. Gracias a Wyatt muchos esnobs saben de la existencia de Pablo Milanés, Víctor Jara y Violeta Parra. Hasta la caída del Muro de Berlín militó en el Partido Comunista. Los marxistas, dice, le enseñaron a leer mientras otros aprendían como robar a sus semejantes.
Algunos de los discos de Robert Wyatt: Rock Bottom (1974), Ruth Is Stranger Than Richard (1975), Nothing Can Stop Us (1981), Old Rottenhat (1985), Dondeestán (1991), Shleep (1997), Cuckooland (2003), Comicopera (2007)… No son discos, son moralidad. Es música testamentaria de un hombre, no por casualidad educado en el marxismo, que, además de la melancolía y el alcoholismo, tiene un gran enemigo: “Gran parte de mi problema es decir siempre la verdad”.
La discografía de Wyatt desde la silla de ruedas es la que elegiría salvar en caso de incendio, la que regalaría a mis hijos como única herencia, la que desearía escuchar en mi lecho de muerte, la que emplearía como arma de ataque antes de una noche de furor sexual, la que me acerca a los bosques donde cada rama es sagrada, la que me convence de que ha valido la pena estar aquí sin rendirse, la que remitiría como arte postal a todos los desgraciados, la fuente de la eterna juventud, la única declaración política necesaria —la que siempre sostuvo que sí, claro que sí, podemos, siempre que antes dinamiten los cuarteles del poder—, el tratado más lúdico sobre qué y cómo sentimos los deprimidos, la deseperanza que sostiene la ilusión, la certidumbre de que Víctor Jara y Duke Ellington beben del mismo manantial…
Robert Wyatt lo deja. Me desangro en la evidencia: no es este un tipejo que juegue a la rentabilidad del me-voy-pero-regreso. Sólo me consuela pensar que nunca le veré como a otros —por ahí anda Leonard Cohen en un grotesco kickstarter non stop—. Sé que tuve y tengo a Wyatt y que, cómo él mismo dice:
Lo mejor es dejar el escenario cinco minutos antes, nunca cinco minutos después.
Entiendo que las secuelas de las más agradables heridas no han de ser presenciales pero no puedo evitar la orfandad: me despojan de mi último ángel guardián.
Ánxel Grove

La cosa es que aquí les dejamos una compilación de aquellas, de un luchador y no solamente en el terreno político sino ante las adversidades de la vida, un tipo profundamente honesto y fiel a sí mismo. Un artista comprometido, valiente y talentoso. En otras palabras: un vanguardista de los mejores... y vamos con los comentarios en inglés, y espero que disfruten el disco.

Since leaving Soft Machine, Robert Wyatt has pursued a restless, delightfully confounding, occasionally maddening exploratory path as solo artist and collaborator. There are no complete compilations of his work. Even his nine-disc box set omitted End of an Ear and both Matching Mole albums. Different Every Time was assembled to accompany Marcus O'Dair's fantastic Wyatt biography of the same title. It was curated by Wyatt, his collaborator, wife, and artist Alfreda Benge, Andy Childs, and the author. The first disc, subtitled "Ex Machina," is chronologically compiled from tracks by Soft Machine (a nearly 20-minute "Moon in June"), two with Matching Mole, and his Rough Trade, Gramavision, and Domino catalogs. It's "ruthlessly selective." There are no tracks from End of an Ear or Rock Bottom, save for a live version of the latter's "A Last Straw." Even his cover of "I'm a Believer" has been omitted--though it does contain his wonderful version of Chris Andrews' "Yesterday Man" with John Greaves, Mongezi Feza, and Gary Windo. "Team Spirit" from Ruth Is Stranger Than Richard is here, with Brian Eno on "direct inject jazz ray gun," as is his killer reinvention of Chic's "At Last I Am Free," from the Rough Trade years. The rest of the material on disc one includes "Cuckoo Madame" and "Free Will and Testament." It's a bit provocative in its choices, but excellent. Disc two is the real ear opener. Subtitled "Benign Dictatorships," it contains only one of his own recordings, "Shipbuilding," which was written specially for him by Elvis Costello and Clive Langer. Essentially, though, Different Every Time focuses on Wyatt's contributions to the recordings of others. Sequenced aesthetically rather than chronologically, these 17 tunes are reason enough to purchase this set. There are no highlights: everything here is essential. Contents include vocals on Swedish jazz artist Jeanette Lindström's "River" (from Attitude & Orbit Control), Anja Garbarek's "The Diver" from her Smiling & Waving (produced by Mark Hollis), and "We're Looking for a Lot of Love," with Hot Chip. There are two selections from jazz trumpeter/composer Michael Mantler: "A L'Abbatoire" from 1987's Many Have No Speech (which also featured Jack Bruce), and "Sinking Spell" from The Hapless Child (based on the stories of Edward Gorey). "Siam," from Nick Mason's Fictitious Sports, is here, as is the 12" jazz dance mix of Working Week's "Venceremos (We Will Win)" -- the other two vocalists are Claudia Figueroa and Tracey Thorn. Also included is "Frontera" from Phil Manzanera's Diamond Head, and tracks with Steve Nieve, Cristina Donà, Epic Soundtracks, and Björk. The closer is John Cage's "Experiences No. 2" from a split release with Jan Steele on Eno's Obscure label in 1975, and in it Wyatt sings an e.e. cummings' poem. Despite inevitable fan discussion about what might have been included ("Kingdoms" from Ultramarine maybe? ), Different Every Time goes much further than previous comps in communicating the vast range of Wyatt's musical persona and is a brilliant introduction for newcomers.
Thom Jurek

Any compilation record fulfills two purposes: it provides a listening experience, and it makes an argument. At some basic level, the first is, as with any music, the most important, but it's the second that makes for the livelier discussion. Domino's Robert Wyatt anthology, entitled Different Every Time and split into two double-records, slaughters its opposition as a listening experience. As an argument about the substance of (rarefied language is in this case entirely appropriate) one of the genuinely great, if cruelly under-known, musicians of the past fifty years, there is a counter-argument to be made.
In a more just musical world Robert Wyatt would need no introduction, but in ours he does. He first garnered notice as drummer for the Soft Machine, the most legitimately jazz-inspired English rock band of its day, sharing stages with among others Jimi Hendrix and Syd Barrett's Pink Floyd. A brief participation in Matching Mole, a band focused on his own material, preceded a fall, in 1973, three stories to the ground, leaving Wyatt paralysed from the waist down. A recuperating Wyatt determined to press forward and the event, by his own account, provided a catalyst both for personal maturity and a deepening of his approach to music. He released what he considers his first proper solo album, Rock Bottom, in 1974 and followed with releases of his own music every five or ten years until 2007's Comicopera, which he at this point intends to be his last solo record. Throughout his career Wyatt has collaborated with other musicians extensively, and he continues to do so until this day, though at a slower pace than past years.
Two double-records: a first, subtitled Ex Machina consisting of his solo work proper as well as that of Soft Machine and Matching Mole arranged chronologically, and a second, Benign Dictatorships, consisting of collaborations, not chronologically ordered. The divide almost instructs a listener to see the first as the main act and the second as a sideshow. To do so would be a mistake: Wyatt's entirely idiosyncratic musical personality is the defining feature across all eight sides.
What of this musical personality? Immediately, on Soft Machine's side-long 'Moon In June', which begins Ex Machina, Wyatt presents himself, seemingly fully-formed. High tenor vocals and phrasing drawn from Miles Davis suffuse more or less all of the music with an underlying sense of melancholy, which is somehow uplifting. Wyatt, throughout, is unafraid of colour tones and, almost unique among "rock" musicians, chromaticism. His drumming, both before and after his accident, swings, like any proper jazz drummer, both lightly and hard. 'Beware', included here, is as powerful a case-in-point of Wyatt's swing as can be imagined. It's this quality of swing in Wyatt's music that some have mistaken for a rough-hewn quality in, particularly, his solo work. On the contrary, Wyatt is an accomplished technician, but one who never lets his technique overwhelm the feeling that the music was created by a human being rather than a machine. That human quality, felt in his swing, his melodicism, and his phrasing, lends a remarkable consistency to his work. All of it, clearly, is the effort of the same human being and both halves of Different Every Time teach this.
It would be this consistency in Wyatt's output that poses a counter-argument to Different Every Time as it is actually arranged. Taken as listening experiences, both Ex Machina and Benign Dictatorships work beautifully, the first unimpeachably well and the second nearly so. These are records that pass the test of spinning on a turntable without provoking the slightest urge to lift the needle. As an argument about what Wyatt has done, though, Different Every Time's separation of his work into solo and collaborative categories masks the fundamental consistency in his work. His collaborative efforts sound like Wyatt tunes, even if all he did in a particular piece, as in the justly famous 'Shipbuilding', is show up and sing. This is true even of 'Experiences No. 2', the John Cage piece which closes Benign Dictatorships The standards of rock auteurship, which prizes writing over interpretation, do not rightly apply to Wyatt. He needs to be seen through the lens of the Jazz which, he will tell you himself at any opportunity, formed him. The Gershwins wrote 'I Loves You, Porgy', but it was a Nina Simone tune when she sang it. So too with Wyatt and any of these collaborations.
It's not clear we can best understand his work by separating it into categories, in this case solo and collaboration, or by implying a linear development, as in the chronological arrangement of Ex Machina. It would be interesting at least and one suspects more enlightening to approach these pieces in a differing order, collaborations interspersed with solo pieces, and the solo pieces not in chronological order. Surely such an arrangement would provoke another series of counter-arguments, but what would emerge is a Wyatt who, like Monk, first appeared on record sounding precisely like himself and nobody else, and who kept that sound intact over the course of decades.
At some basic level, though, debating the argument of a compilation record is of secondary importance. If upon listening it gives a palpable sense of whom we are listening to, it succeeds. Different Every Time does that admirably. Wyatt has sustained and continues to sustain himself with quality, idiosyncrasy, and integrity over so long a time, as these eight sides so amply demonstrate.
Bill Foreman

Free Will and Testament, a marvellous 2002 documentary about the musician Robert Wyatt, can be found on YouTube; a characteristic line in the comments box below proclaims: “This man’s a NATIONAL TREASURE!”
Back in the lairy crash-pad days of the early 1970s, you wouldn’t have pegged Wyatt, or any of his friends and fellow prog-rock players in the so‑called “Canterbury Scene”, as future national treasure material. In some ways, Wyatt’s widely cherished status doesn’t make much more sense today. A free jazz drummer and long-time Communist party member with a fondness for obscure European surrealists … not exactly Robbie Williams territory. Perhaps one reason he is so esteemed is his honorary membership of the heels-dug-in Awkward Bugger squad (other figureheads: Tony Benn, Mark E Smith), someone who has resolutely stuck to his guns (musical and political) as others have succumbed to passing fads and fashionable compromises.
Wyatt occupies a space all his own – well known for heart-rending versions of songs such as Elvis Costello’s “Shipbuilding” and Chic’s “At Last I Am Free”, but also as something of a melancholy jazz modernist, a mouth-music Thelonious Monk whose fragile vocalese goes completely against the grain of today’s X Factor showboating. Though an affable man regarded as almost cuddlesomely reassuring, his politics make Dennis Skinner look like a Monday Club throwback – it’s hard to think of a comparable figure in postwar British culture. A “singer-songwriter” whose music is shaped by his love of piano-led jazz rather than guitar-centric rock or folk, he’s always had a saving trick of rubbing the sublime air of his voice up against an often knockabout use of happy vernacular. In the middle of the gentle love song “O Caroline”, he sings: “If you call this sentimental crap, you’ll make me mad.” In another bruised and tender ballad, “Sea Song”, there’s the line: “Joking apart, when you’re drunk you’re terrific.” It can be a bit like finding Tommy Trinder popping up in the middle of Yessongs, or Del Boy guesting with the Mahavishnu Orchestra.
Even at the heart of the early 1970s prog rock maelstrom with the ferociously polytonal Soft Machine, Wyatt always seemed a bit more human than some of his po-faced confrères. He may have drummed behind some of the fastest and fussiest players around, but he also gave the impression of being a bloke you might have a laugh with down the local. Admiration for his technical proficiency came with a side order of helpless affection. The big problem, it turns out, is that the same things an audience liked most about Wyatt were the very things his muso bandmates found increasingly trying.
When Wyatt was edged out of Soft Machine – which he thought “his” dream band – he was devastated. By his own account, he was more torn up by this than by the 1973 fall from a fourth floor Maida Vale window that rendered him, aged 28, semi-paralysed for the rest of his life. Even four decades on, Wyatt still has nightmares – not about his terrible accident, but getting the old heave-ho from the band.
According to Marcus O’Dair’s exhaustive and affectionate biography, you did indeed have every chance of meeting Wyatt down the pub. Reminiscences from fellow 1970s musicians reveal a constant and heavy drinker, a spinning-top workaholic, and possibly an undiagnosed manic depressive, as we used to call it. Away from his drums, Wyatt couldn’t sit still. When new partner Alfreda Benge (aka Alfie) wanted to take him away from London for a kind of honeymoon in Venice in 1972, Wyatt was spooked: time “off” wasn’t a concept he could begin to get his head around. Even before the accident, friends worried if there was anything that could still his increasingly ragged, roaring-boy ways; there was already a palpable feeling of bad portent. Looking back, friends such as Brian Eno say that when it happened, Wyatt’s accident, although a shock, wasn’t altogether a surprise: most people seem to have felt a “fall” was up ahead, even if turned out to be a cruelly literal one.
The pre-fall Wyatt may have looked like a cherub but he was far from an innocent: something of a Casanova in 7/4 time, by all accounts he was fending off waves of beautiful women with his drumsticks. (Or rather, wasn’t fending them off.) Permanently sloshed and sportively promiscuous, he was also deeply unhappy. Rock Bottom would have been a great name for an LP by a depressed and bandless drummer even without the multiply poignant resonances his accident eventually teased out of the phrase.
As it happened, without band “democracy” to check his various impulses, Rock Bottom saw Wyatt come into his element. If Soft Machine sometimes felt like macho riffage with Wyatt’s playful words as an appliqué, with this album (and its too-often overlooked followup, 1975’s Ruth Is Stranger Than Richard) Wyatt fashioned something sui generis.
Rock Bottom still sounds like nothing else in the rock music canon. The music alternates between baleful tenderness and brutal free-blowing noise. The lyrics are an echoic tangle of taut pun and babytalk, hiding pain behind joyously silly misdirection. At the centre of the album, on the track “Little Red Riding Hood Hit The Road”, there’s a moment that seems to recreate Wyatt’s own awful post-accident realisation: he peeps out like some deeply unlikely merger of Antonin Artaud and Paddington Bear: “Oh dearie me, what in heaven’s name, oh blimey, poor old me …” Not only is Rock Bottom devoid of self-pity, at base it’s more like a rueful meditation on the pain we cause others (“So why did I hurt you?”) and a kind of awful rebirth through trauma (“Into the water we’ll go, head over heels”). A song like “Last Straw” is so sad it’s almost unbearable, but the exquisite balance in Wyatt’s voice always pulls things back from total bleakness.
Rock Bottom’s small print is like an alternative roll call of those times – produced by Pink Floyd’s Nick Mason with guests such as Mike Oldfield, Ivor Cutler, Fred Frith and the South African trumpeter Mongezi Feza. As O’Dair’s book makes fascinatingly clear, in the early to middle 1970s all kinds of odd music was being made by all kinds of fluid and short-lived combinations: everything from solo flute suites to the 50-strong skronk orchestra of Keith Tippett’s Centipede; concept albums based on the works of Edward Gorey and joyful songs sung in improvised and nonsensical Spanish.
It was – contra the tired old punk canard about a musical wasteland peopled entirely by snooty superstars – an inspiring and wholly unpredictable time. Figures who pass through the Wyatt story include Kevin Ayers, Carla Bley, John Cale, Eno and Phil Manzanera. (There were games of sexual as well as musical chairs, and I especially like an anecdote about Ayers, Cale and the line “the bugger in the short sleeves fucked my wife”.) Young people today who associate brand Virgin with hellish train journeys may be surprised to discover its previous life as a premier boutique label of avant-garde Euro weirdness.
This musical/social circle also became a vital support for Wyatt in the immediate aftermath of the accident: Pink Floyd played two benefit concerts; Alfie’s friend Julie Christie bought the couple a flat in Twickenham; Christie’s then-partner Warren Beatty offered to pay for all of Wyatt’s treatment, but Wyatt, in something of a portent of his future politics, stuck with the good old NHS. O’Dair’s record of this era is lent extra weight and colour by Alfie’s own acerbic parallel commentary. If anything, I could have done with far more of her pithy quotes – she comes across as a sharp-eyed observer of the music business and all its flaky habitués.
I occasionally wondered if O’Dair has got too close to the couple; the second half of the book needs more critical engagement with the latter-day music. (Wyatt is a great defender of the emotional uplift of “mere” pop music – and I can’t be the only fan who wishes he’d recorded a few more tracks like his glorious overhaul of the Monkees “I’m A Believer”.) If the book’s second half inevitably feels a bit becalmed, compared to the madly social and tension-filled 70s, at its best you get a real sense of a life almost interchangeable with one man’s love of music, as well as the lived fibre of his remarkable relationship with Alfie. Mention is made of recent troubles, when Wyatt’s drinking has pushed their relationship closer to breaking point than ever before. The drinking seems to have been partly bound up with some kind of crippling performance anxiety – even a solitary microphone filling Wyatt with flop-sweat fear. Is it only coincidence that a newly sober and otherwise happy Wyatt, 70 in January, has now announced he’s through with public music-making? If you reach the end of the book with the tiniest feeling that maybe things were sometimes darker and more difficult than O’Dair paints them, it seems a fair enough trade for this meticulous and vivid account.
Ian Penman

Closing in on his 70th birthday, Robert Wyatt recently announced that he's stopped working on music. Wyatt had the aspect of an old man even when he was young, but for at least the last four decades he's been maintaining a consistent persona: the white-bearded great-uncle of British art-pop, smoldering with revolutionary indignation about political matters but affable and goofy on every other subject, turning up in his wheelchair when anybody happens to need his marvelous, unmistakably cracked, not-at-all-American-accented tenor on a record. It's a little alarming that he actually is getting older.
Different Every Time, an attempt to survey Wyatt's extraordinary half-century as a steady presence at the far edges of pop, coincides with the release of Marcus O'Dair's biography of him, which shares its title; apparently, Wyatt and O'Dair were part of the group that picked the 2xCD's tracks. It's a very peculiar retrospective—not least because it's named after the first line of "Sea Song", one of the most exquisite songs ever written, but doesn't actually include "Sea Song" (or anything else from his best album, 1974's Rock Bottom). His hit reworking of the Monkees' "I'm a Believer" is absent too.
Instead, its curious track listing is split between a disc of Wyatt-as-frontman and a disc of Wyatt-as-guest. (Even so, one of the most durable songs to have come out under his name—the Falklands-war lament "Shipbuilding", written for him by Elvis Costello and Clive Langer—has somehow ended up on the latter.) The first disc begins awkwardly: a 19-minute track by Soft Machine, the prog-rock ensemble with whom he played drums and sang from 1966 to 1971, a couple of briefer pieces by his subsequent I'm-gonna-do-this-my-way band Matching Mole (an Anglicization of "machine molle," i.e. "soft machine"), and a song from the 1974 Live at Drury Lane gig that was his only stage performance as a solo headliner. The rest of it is a collection of terrific material that's less satisfying than most of the solo albums from which it's excerpted. Still, it shows how wide Wyatt's range of moods can be: sadly meditative ("Free Will and Testament"), sadly blissful (a cover of Chic's "At Last I Am Free"), sadly jolly ("Yesterday Man"), sadly terrifying ("Beware", sung as a duet with its writer Karen Mantler).
The real attraction of Different Every Time is its second disc, subtitled "Benign Dictatorships", which cherrypicks from Wyatt's scores of guest appearances on other people's records. For an artist as idiosyncratic as he is, he's an astoundingly versatile and prolific collaborator: the six-degrees-of-Kevin-Bacon figure who directly links Jimi Hendrix, Hot Chip, Swell Maps, Pink Floyd, and Björk. The track selection here mostly gravitates toward quiet and subtle work, rather than the juicy pop records on which Wyatt has occasionally sung—it's worth seeking out Ultramarine's "Happy Land" and Bertrand Burgalat's "This Summer Night", neither of which are included here.
But it's sequenced for mood and continuity rather than chronology, and it flows as well as any album Wyatt's made. One section focuses on his longstanding affiliation with jazz composers Michael Mantler and Carla Bley. Another sequence features Wyatt singing a couple of marvelous revolution-for-the-working-class anthems, "Turn Things Upside Down" (with the brass band Happy End) and "Venceremos (We Will Win)" (a Latin-jazz groove recorded with Working Week and Tracey Thorn). There's even a pretty good song featuring O'Dair's band Grasscut, and a beautiful deep-cut choice for the closer: Wyatt's unaccompanied, ancient-sounding voice, recorded in 1976, singing "Experiences No. 2", a John Cage setting of an E.E. Cummings poem. If we're not going to get any more new records from the old man, this is a more than acceptable consolation prize.
Douglas Wolk


Robert Wyatt belongs to the celebrated cohort of British musical savants from the late 60s and 70s, like Brian Eno and Kate Bush, who restlessly pursue a highly personal expression. In Wyatt’s case, jazz is central to that pursuit, less as genre than as license to explore a fusion of sophisticated harmonic frameworks, global musical sources, and lyrics in service of philosophical thought and political protest. In 1967, this fell under the umbrella of British progressive rock. However, Wyatt’s stubborn persistence through changing musical fashions and a 1973 accident that left him a paraplegic would see him inspire artists from world music, post-punk, and high-art electronica.
Wyatt’s career is anthologized on a new two-CD compilation, Different Every Time, that shares the name of a new authorized biography by Marcus O’Dair. Disc 1, titled “Ex Machina,” draws from Wyatt’s own recordings, which began with the prog groups Soft Machine and Matching Mole before transitioning quite seamlessly to a lengthy solo catalogue. The 13 tracks reveal continuities across four decades of music — a plaintive organ melody, a swinging meter on a ride cymbal, Wyatt’s gentle, high-pitched voice — but are necessarily selective and subject to debate. If you were looking for his offbeat 1974 cover of the Monkees’ “I’m a Believer” (#29 in the UK singles chart), it’s not here, although deep cuts like his heartbreaking interpretation of Chic’s gospel ballad “At Last I Am Free” are. This is cerebral, often challenging yet moving music.
Disc 2, “Benign Dictatorships,” expands the album’s range of styles and moods by collecting Wyatt’s contributions to other people’s recordings. Wyatt has been a gregarious muse to many musicians since the pre-punk 70s (solo albums by Roxy Music’s Phil Manzanera and Pink Floyd’s Nick Mason are represented here) and into the new millenium (Björk, Hot Chip). A highlight is his early 80s work with new wave musicians broadening their horizons: singing with Everything But The Girl’s Tracey Thorn for socialist jazzbos Working Week; taking the vocal on a solo single by Epic Soundtrack (from first-gen DIY punks Swell Maps); and delivering the definitive version of Elvis Costello’s “Shipbuilding,” backed by the Attractions.
If you’ve read this far, it’s probably because you already know about Robert Wyatt. Certainly there’s a lot on Different Every Time to excite Wyatt initiates, but this is also an album to introduce newcomers to his remarkable catalogue. Dive in.
Leonard Nevarez

Robert Wyatt may have retired from music, but what a wonderful legacy he's left: almost 50 years of avant-pop genius, taking in collaborations with everyone from Björk and Brian Eno to Ivor Cutler. Compiled by Wyatt and his biographer Marcus O'Dair, Different Every Time is a thoughtful two-disc overview of the great man's career, encompassing solo tracks and collaborations from 1970 to 2009. Throughout it all, there's that beautiful Wyatt voice, like an English ex-choirboy intoxicated by the moonlit jazz inflections of Chet Baker.
In avoiding too much overlap with 2004's Greatest Misses, this set leaves out the sublime 'Sea Song' from 1974's essential Rock Bottom. Instead, we get an incredible live version of that album's 'Last Straw', with Wyatt scatting ecstatically over his band's oceanic jazz-rock. It's a joy to hear two songs by Matching Mole, the group Wyatt formed after leaving Soft Machine in 1970, not least 'Signed Curtain', a charmingly self-conscious piano ballad which delivers a real emotional payoff by the end.
The author Jonathan Coe has described Wyatt's words and music as a continuous, alternative running commentary on the past few decades; 'sane songs for insane times'. Wyatt's left-wing politics are most evident in 1980s recordings like 'The Age of Self' and the Chilean liberation anthem 'Vencemeros (We Will Win)', recorded with Working Week and Tracey Thorn, but a deep sense of humanity pervades all his music, while his surrealism and humour ensure his songs never descend into dreary agitprop.
The second disc uncovers rare gems like the mournful post-punk chamber pop of Epic Soundtracks 'Jelly Babies' and Wyatt's starkly beautiful acapella reading of John Cage. Other highlights include the Cuban glam glide of Roxy Music guitarist Phil Manzanera's terrific 'Frontera' and the luminous jazz-pop of Jeanette Lindstrom's 'The River'. Oblique English magic.
Stewart Smith


Les dejo una obra que no se pueden perder, un genio, un luchador, un talentoso, un vanguardista, un sentimental de las ideas, un musicalizador de sentimientos. Les dejo el último disco de Wyatt. Espero que lo disfruten y agradezcan al Mago.






6 comentarios:

  1. Wow! Gracias por este discazo y felicitaciones por el superpost a Alberto y Moebius! Yo también soy wyattista (como tendencia política). No se pierdan esta versión de Arauco de Violeta Parra https://youtu.be/JPbsBPkIAy0 por el gran Robert (Nothing Can Stop Us, 1982).

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    1. A ese video que me pasaste lo puse en el cuerpo del post, para que se vea bien :)

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  2. Moebius: coincido totalmente con lo que dices en la columna de este disco...Robert Wyatt es uno de los musicos mas geniales del siglo XX y del XXI! . Ahora una pequeña observación, creo que es troskista, así que me parece dificil que haya estado en el PC inglés (aunque también hay que entender que el marxismo inglés tuvo figuras muy heterodoxas) . Te felicito por el sitio! Inspiración para el alma y buena música!

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    1. Lo de su pertenencia al PC viene en su entrada en Wikipedia (en inglés) y sin cita de fuente. Otras fuentes en internet destacan su orientación y compromiso con la izquierda (como una idea más o menos genérica) pero no se menciona nada relacionado con su afiliación con alguna tendencia marxiana en particular. En una entrevista de 2008 dice:

      P: In the 70s your music began to become more explicitly political (although not entirely so). Why did this come about?

      R: "Well I had always been politically motivated anyway but in the 70s I found a vicious drift to the right in the press and in politics. I’d been brought up in Post War Britain and this felt like a very positive time as it seemed that fascism had been beaten and we had a free health service and free education systems. I was born into this, so to see this return of nastiness and racism shocked me quite a bit. As things drifted more to the right I drifted more to the left.

      "On the whole, I feel that the right wing forces have won and the left wing failed or fell into self-contradiction or whatever but I still feel a lot of victories were won for what we were fighting for. There’s much less colour prejudice now, more tolerance and things like fair trade are a lot more prominent - animal welfare and things like that are no longer the preserve of fringe academia and are part of a daily debate. A person like Nelson Mandela being released was very important. But the fact is that the world is still run by rich investors and the old colonial countries in their guise of super-powers are still screwing the Third World and hiding behind this façade of bringing democracy to the heathen masses, which is obviously really depressing."

      En: http://thequietus.com/articles/00909-robert-wyatt

      Si hubiera que ubicarlo en la izquierda, a mi me suena a la nueva izquierda europea de los 70-80, pero no sé. Si alguien se consigue la biografía de Marcus O'Dair (con el mismo título que el disco del que estamos hablando en este post), que nos cuente si dice algo ahí al respecto. Un fragmento del libro se puede leer acá: https://serpentstail.com/different-every-time.html

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    2. El Mago Alberto me pasa un link de una entrevista que aclara bien el panorama.
      sobre su afiliacion al partido comunista:

      http://elpais.com/diario/2007/10/27/babelia/1193439972_850215.html

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    3. Muy buena entrevista! Gracias Moe y Alberto

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