Ir al contenido principal

Bob Dylan - Crónicas, Volumen 1 (2005)



Este asunto del Premio Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan, nos agarró un poquito a contrapié, pero tranquilo ventarrón, tampoco nos vamos a dejar atropellar, y si dicen que por culpa de este libro, fue que la Academia terminó inclinándose a favor de este candidato, aquí se lo tenemos, para ustedes también puedan sopesar si este argumento fue verdaderamente concluyente o no. Quiero hacer publico mi agradecimiento por los aportes en idioma original a mi compadre Carlos Mora.

Autor: Bob Dylan
Título: Cronicas, Volumen I
Primera Edición: 2004
Editorial: Simon & Schuster
Versión: traducida al español (2005)
Género: autobiográfico
Páginas: 222
Formato: epub
Nacionalidad: norteamericana


Índice:
   
     1. PULIR LA PARTITURA, 8

     2. LA TIERRA PERDIDA, 24

     3. «NEW MORNING», 85

     4. «OH MERCY», 113

     5. RIO DE HIELO, 171



Chronicles by Bob Dylan Volume 1 (part 1) 

(Leído por Sean Penn)


Chronicles by Bob Dylan Volume 1 (part 2) 

(Leído por Sean Penn)


Como decíamos, que el tiempo urge, lo mejor en estos casos es que la obra se demuestre a si misma, así que voy a transcribir un fragmento verdaderamente apasionante, apenas de 3 páginas, pero verán que no es en vano[1].



En su libro Crónicas, el Premio Nobel, cuenta cómo descubrió a Robert Johnson, el bluesero de los años treinta.


 John Hammond me puso un contrato delante, el mismo que firmaban todos los músicos nuevos.
   —¿Sabes qué es esto? —preguntó.
   Miré la primera página, donde decía «Columbia Records», y dije:
   —¿Dónde firmo?
   Hammond me mostró dónde y escribí mi nombre con pulso firme. Confiaba en él. ¿Quién desconfiaría? Había quizá un millar de reyes en el mundo, y él era uno de ellos. Antes de que me fuera, me regaló un par de discos descatalogados que supuso que me interesarían. Columbia había comprado los archivos de las discográficas de segunda fila de los años treinta y cuarenta Brunswick, Okeh, Vocalion, ARC —con la intención de editar parte del material. Uno de los discos que me regaló era de los Delmore Brothers con Wayne Rainey, y el otro, «King of the Delta Blues», de un cantante llamado Robert Johnson. Yo solía escuchar a Rainey en la radio; era uno de mis armonicistas y cantantes preferidos, y The Delmore Brothers también me encantaban. Pero no sabía nada de Robert Johnson, el nombre no me sonaba de nada, jamás lo había visto en ningún recopilatorio de blues. Hammond me lo recomendó encarecidamente y aseguró que aquel tipo «le daba mil vueltas a cualquiera». Me mostró las ilustraciones del álbum, una pintura curiosa en la que el pintor contempla desde el techo a un cantante y guitarrista de mirada salvaje e intensa, que no parece muy alto pero tiene hombros de acróbata. Qué carátula más electrizante. La admiré detenidamente. Fuera quien fuese el cantante de la imagen, ya me tenía hipnotizado. Hammond me dijo que sabía de él desde hacía años, que había tratado de contactarlo para que viniese a Nueva York a actuar en el famoso concierto de «Spirituals to Swing», pero entonces había descubierto que Johnson ya no existía, que había muerto misteriosamente en Misisipí. Sólo había grabado unos veinte temas. Columbia había adquirido los derechos de todos y estaba a punto de reeditar algunos.

   John escogió una fecha en el calendario para que yo volviera y empezara a grabar, me indicó a qué estudio debía acudir y todo eso, y salí que no cabía en mi de gozo. Me fui en metro al centro y me dirigí a toda prisa al apartamento de Van Ronk. Terri me abrió la puerta. Antes de que llegara estaba en la cocina ocupándose de sus labores. Aquello era un caos: pudin en el horno, migas de pan seco sobre la tabla de cortar, montoncitos de pasas, vainilla y huevos. Estaba extendiendo una capa de margarina en el fondo de un cazo y esperando a que se disolviera el azúcar. «Tengo un disco que quiero que Dave escuche», le dije al entrar. Dave estaba leyendo el Daily News. El Gobierno andaba tirando bombazos en Nevada, realizando pruebas de armamento nuclear. Los rusos hacían lo propio en su país. A James Meredith, un estudiante negro de Misisipi, le habían impedido la entrada a las aulas en la universidad estatal. La cosa pintaba mal. Dave levantó la mirada, observándome por encima de sus gafas de carey. Yo, con el grueso acetato del disco de Robert Johnson entre las manos, le pregunté a Van Ronk si había oído hablar de él. David contestó que no, y yo lo puse en el tocadiscos para escucharlo. Desde la primera nota, las vibraciones en el altavoz me pusieron los pelos de punta. Los sonidos de la guitarra, cortantes como cuchilladas, casi resquebrajaron los cristales. Cuando Johnson empezó a cantar, parecía como un tipo que hubiera salido con armadura y todo de la cabeza de Zeus. Inmediatamente establecí una distinción entre él y cualquier otro que hubiera escuchado. No se trataba de las canciones de blues habituales; eran composiciones depuradas. Todas constaban de cuatro o cinco versos, y cada pareado se enlazaba con el siguiente, no de manera evidente, pero sí extremadamente fluida. Al principio, se sucedían con demasiada rapidez como para captarlo. Los temas y registros variaban enormemente de una canción a otra, todas compuestas de versos breves y enérgicos que en conjunto componían una especie de historia panorámica: el fuego de la humanidad ardía en la superficie de aquel trozo de plástico giratorio. Kind Hearted Woman, Traveling Riverside Blues, Come On in My Kitchen.
   La voz y la guitarra de Johnson resonaban en la sala, y yo me vi absorbido por ellas. Para mí era inconcebible que no produjera el mismo efecto en todo el mundo. Sin embargo, Dave no opinaba lo mismo. No dejaba de señalar que esa canción proviene de otra y que aquella es la réplica exacta de una distinta. Johnson no le parecía muy original. Entiendo su punto de vista, pero yo pensaba lo contrario. A mi juicio, la originalidad de Johnson era absoluta, sus canciones no podían compararse con nada. Tiempo después, Dave interpretó algunos temas de Leroy Carr y Skip James y Henry Thomas y dijo: «¿Ves a qué me refiero?». Sí lo veía, pero Woody se había hecho con muchas de las viejas canciones de la Carter Family y les había imprimido su propio sello, de modo que la conclusión de Dave no me decía gran cosa. Según él, Johnson estaba bien, el tipo era bueno, pero todo derivaba de otras cosas. No tenía sentido discutir con él, al menos intelectualmente. Yo tenía mi propio modo primitivo y sencillo de ver las cosas. Mi político preferido era el senador de Arizona Barry Goldwater, que me recordaba a Tom Mix, pero no conseguía que nadie comprendiera mis motivos. No me sentía demasiado cómodo con esa cháchara polémica de tinte psicoanalítico. Eso no iba conmigo. Incluso las noticias de actualidad me ponían nervioso. Prefería las antiguas. Las recientes eran todas malas. Menos mal que no te las restregaban por la cara todo el día. Una cobertura de veinticuatro horas habría sido una pesadilla infernal.

   Dejé que Dave regresara a su periódico, le dije que ya nos veríamos luego e introduje el acetato en la funda de cartón blanco. No estaba impresa. La única identificación estaba escrita a mano sobre el propio disco y se limitaba a nombrar a Robert Johnson y a listar sus canciones. El disco, que no había entusiasmado a Dave, me había dejado atónito, como si me hubieran disparado un dardo tranquilizante. Más tarde, en mi apartamento de la calle 4 Oeste, cuando estaba a solas, volví a poner el disco. No quería que nadie más lo escuchara.A lo largo de las semanas siguientes, lo escuché repetidamente, una canción tras otra, sentado y mirando fijamente el tocadiscos. Siempre que lo hacía, me asaltaba la impresión de que un espectro, una aparición temible, se presentaba en la estancia. La economía de palabras de aquellas canciones era asombrosa. Johnson disimulaba la presencia de más de veinte intérpretes. Me concentré en cada canción preguntándome cómo lo hacía. Componerlas fue sin duda una labor altamente compleja. Cada tema parecía salir directamente de su boca y no de su memoria. Empecé a meditar sobre la construcción de los versos, a determinar en qué se diferenciaban de los de Woody. Las palabras me tensaban los nervios como cuerdas de piano. El significado y el sentimiento que entrañaban eran tan elementales que ofrecían una perspectiva muy profunda de la composición. No es posible analizar con detenimiento cada momento. Faltan demasiados términos y hay demasiada existencia dual. Johnson obvia tediosas descripciones en las que otros compositores de blues habrían centrado canciones enteras. No hay garantía alguna de que una sola de sus frases correspondiese a un hecho real, fuera pronunciada o siquiera imaginada antes. Cuando canta acerca de carámbanos que cuelgan de las ramas de un árbol me produce escalofríos, y cuando canta acerca de la leche que se vuelve azul siento náuseas y me preguntó como lo consigue. Además, todas las canciones tienen cierta resonancia extraña. Al oír una frase tan banal como «si hoy fuera Nochebuena y mañana Navidad», notaba en los huesos las sensaciones características de aquellas particulares fechas. En la Cadena de Hierro era un período claramente dickensiano, como de estampas de libro: ángeles sobre árboles de Navidad, trineos tirados por caballos sobre calles nevadas, abetos de luces brillantes, guirnaldas a la puerta de las tiendas del centro, la banda del Ejército de Salvación tocando en las esquinas, los coros de villancicos yendo de una casa a otra, chimeneas encendidas, bufandas de lana alrededor del cuello, los tañidos de las campanas. Cuando llegaba diciembre, todo se relajaba, reinaban el silencio y un espíritu retrospectivo, blanco como el espeso blanco de nieve que lo cubría todo. Siempre pensé que la Navidad era así para todos, en todas partes. No me cabía en la cabeza que pudiera dejar de serlo algún día. Johnson evocaba estas sensaciones con unas pocas pinceladas, como ninguna otra canción, ni siquiera la gran White Christmas había conseguido hacerlo. Para Johnson, todo es un objetivo legítimo. Hay una canción de pescadores titulada Dead Shrimp Blues que no se parece a nada de lo que puedas imaginar: habla de una excursión de pesca que acaba en tragedia, de sedales ensangrentados, imagen que trasciende cualquier metáfora. Hay una acerca de un Terraplane, un coche destartalado, quizá la más insigne canción que se haya compuesto sobre un automóvil. Aunque nunca hayas visto un Terraplane, al escuchar la canción lo visualizas, aerodinámico y veloz. Esa canción también va más allá de toda metáfora.

   Transcribí las letras de Johnson en trozos de papel para examinarlas más atentamente junto con sus estructuras, la construcción de sus frases a la antigua y las asociaciones libres, las alegorías vívidas, verdades como puños envueltas en la cáscara dura de la abstracción sin sentido; temas que surcaban el aire con toda gracilidad. Yo no tenía ninguno de esos sueños o ideas, pero decidí hacerlos míos. Pensaba mucho en Johnson. Me preguntaba qué clase de gente escuchaba su música. Cuesta creer que hubiera braceros y aparceros en locales de baile capaces de conectar con canciones como aquéllas. Cabe plantearse si Johnson tocaba para un público futuro que sólo él podía ver. «Lo que yo tengo te volará los sesos», canta. Johnson va en serio. Es áspero, como la tierra quemada. No hay nada de bufonesco en él ni en sus letras. Yo también quería ser así. 
   Tiempo después, el disco se reeditó y conmocionó a todos los amantes del blues. Unos pocos estudiosos quedaron pasmados y se pusieron a hurgar en su pasado —lo que quedara de él—, y algunos encontraron lo que buscaban.Johnson grabó en los años treinta, y en los sesenta aún había personas en el delta del Misisipi que sabían de él, e incluso alguna que lo había conocido. Corría el rumor de que había vendido su alma al diablo en un cruce de caminos a medianoche y por eso era tan bueno. Yo no estaría muy seguro de eso. Quienes lo conocieron contaban una historia muy distinta. Decían que se había juntado con viejos intérpretes de blues del Misisipi rural, que tocaba la armónica, que lo habían echado de casa por gamberro y que después de vagar por ahí le había enseñado a tocar la guitarra un bracero llamado Ike Zinnerman, un personaje misterioso ausente de los libros de historia. Quizá fuera misterioso porque su nombre no llegó a figurar en ningún disco. Debió de ser un maestro increíble. Según los conocidos de Johnson, éste aprendió de Ike la técnica básica para tocar prácticamente como cualquiera y luego pulió su estilo por su cuenta, sobre todo escuchando discos. Todavía se conservan los discos originales, las canciones que sirvieron de prototipo para las de Johnson. Eso tiene más sentido que la historia del diablo. Johnson incluso grabó una canción llamada Phonograph Blues que es un homenaje a un tocadiscos con la aguja oxidada. John Hammond sospechaba que Johnson había leído a Walt Whitman. Quizá sí, pero eso no aclara las cosas. Me resultaba imposible imaginar el modo en que la mente de Johnson podía entrar y salir de tantos sitios. Parecía saberlo todo, y cuando le venía en gana hasta soltaba unas máximas dignas de Confucio. Ni la melancolía, ni la desesperanza, ni las cadenas; nada lo detiene. Por muy grandes que sean los grandes, él está un paso por delante. No puedes imaginártelo cantando: «Washington es una ciudad de burgueses». No se habría fijado en eso, y en caso de hacerlo, lo habría juzgado irrelevante.
   Más de treinta años después, pude ver al mismísimo Johnson en una filmación de ocho segundos realizada con una cámara de ocho milímetros por unos alemanes en Rulerville, Misisipi, en los años treinta. Algunas personas ponían en duda que se tratara verdaderamente de él, pero si ralentizas la película de forma que dure ochenta segundos, puedes ver que es él de verdad, tiene que serlo; no podría ser otro. Aparece tocando con unas manos enormes que se mueven mágicamente sobre las cuerdas de la guitarra como arañas gigantes. Lleva una armónica con soporte alrededor del cuello. No presenta en absoluto el aspecto de un hombre de piedra o de temperamento colérico. Tiene un aire inocente, casi infantil, una apariencia angelical. Va vestido con una chaqueta holgada de lino blanco, mono y una curiosa gorra dorada como la que llevaba el pequeño lord. Su actitud no es para nada la de un hombre con el perro guardián de los infiernos pisándole los talones. Más bien parece inmune al terror humano. Uno no puede por menos de contemplar su imagen con incredulidad.

   En el lapso de unos pocos años, yo llegaría a componer y a cantar temas como It’s Alright Ma (I’m Only Bleeding), Mr. Tambourine Man, Lonesome Death of Hattie Carroll, Who Killed Davey Moore Only a Pawn in Their Game, A Hard Rain’s A-Gonna Fall y otros por el estilo. Si no hubiera acudido al Theatre de Lys ni escuchado la balada Pirate Jenny, quizá no se me habría ocurrido escribirlas, ni se me habría ocurrido que canciones como ésa podían escribirse. Hacia 1964 o 1965, me serví probablemente de cinco o seis estructuras de canción propias de Robert Johnson, inconscientemente, pero ante todo me inspiré en la imaginería de sus letras. Si no hubiera escuchado su disco cuando lo hice, probablemente habría desechado cientos de versos míos que no me habría sentido lo bastante libre o maduro para escribir. Yo no fui el único que aprendió un par de cosas de las composiciones de Johnson. Johnny Winter, el extravagante guitarrista tejano nacido un par de años después que yo, reescribió la canción de Johnson sobre el fonógrafo, reemplazándolo por un televisor. El tubo de Johnny se ha fundido y no emite imagen alguna. A Robert Johnson le habría encantado. Por cierto, Johnny también grabó una canción mía, Highway 61 Revisited, que, a su vez, acusaba el influjo de Johnson. Resulta curioso el modo en que se cierran los círculos. El código lingüístico de Johnson difiere totalmente de cuanto había escuchado antes y de lo que he escuchado desde entonces. Por si eso no bastara, en algún momento Suze me introdujo en la obra del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud. 

[1] A propósito, si de "en vano" hablamos, no queda más que recordar el magnífico tema de Johnson, Love in Vain (Amar en vano), la mejor versión que conozco es esta hecha por Keb' Mo'.


Bob Dylan, Crónicas Volumen I,


Highway 61 Revisited


Oh God said to Abraham, "Kill me a son"
Abe says, "Man, you must be puttin' me on"
God say, "No." Abe say, "What ?"
God say, "You can do what you want Abe, but
The next time you see me comin' you better run"
Well Abe says, "Where do you want this killin' done ?"
God says. "Out on Highway 61".

Well Georgia Sam he had a bloody nose
Welfare Department they wouldn't give him no clothes
He asked poor Howard where can I go
Howard said there's only one place I know
Sam said tell me quick man I got to run
Ol' Howard just pointed with his gun
And said that way down on Highway 61.

Well Mack the finger said to Louie the King
I got forty red white and blue shoe strings
And a thousand telephones that don't ring
Do you know where I can get ride of these things
And Louie the King said let me think for a minute son
And he said yes I think it can be easily done
Just take everything down to Highway 61.

Now the fift daughter on the twelfth night
Told the first father that things weren't right
My complexion she said is much too white
He said come here and step into the light he says hmmm you're right
Let me tell second mother this has been done
But the second mother was with the seventh son
And they were both out on Highway 61.

Now the rowin' gambler he was very bored
He was tryin' to create a next world war
He found a promoter who nearly fell off the floor
He said I never engaged in this kind of thing before
But yes I think it can be very easily done
We'll just put some bleachers out in the sun
And have it on Highway 61.


Johnny Winter acompañado por Derek Trucks 
(el rubiecito con guitarra roja)




Bibliografía de Bob Dylan (según su web)


THE LYRICS: 1961-2012
A beautiful, comprehensive volume of Dylan’s lyrics, from the beginning of his career through the present day—with the songwriter’s edits to dozens of songs, appearing here for the first time.












THE LYRICS: Since 1962

A major publishing event—a beautiful, comprehensive collection of the lyrics of Bob Dylan with artwork from thirty-three albums, edited and with an introduction by Christopher Ricks.








CHRONICLES, volume one

“I’d come from a long ways off and had started a long ways down. But now destiny was about to manifest itself. I felt like it was looking right at me and nobody else.”

So writes Bob Dylan in Chronicles: Volume One, his remarkable book exploring critical junctures in his life and career.





TEMPEST

Music and complete lyrics to Tempest











TARANTULA
from Poet’s Path

MARK SPITZER
“BOB DYLAN’S TARANTULA: AN ARTIC RESERVE OF UNTAPPED GLIMMERANCE DISMISSED IN A RATLAND OF CLICHES”

“Dylan? He’s the best living
American poet there is, man!”
–Andrei Codrescu.

For the most part, critics and reviewers have always stigmatized Bob Dylan as a lousy poet, advising the public to buy his music instead. When his book Tarantula was published by Macmillan in 1971, the reaction was predictable, and has been ever since–keeping in league with what is expected from that failed-artist class bent on bashing the bards they secretly aspire to be, but can’t, for lack of imagination.



BOB DYLAN: THE DRAWN BLANK SERIES

When I Paint My Masterpiece
by Marisha Pessl
New York Times, June 1, 2008


These days the word “artist” is pretty tired. It’s one-size-fits-all like no other word in the English language, maybe apart from “god” and pronouns. It describes Isadora Duncan, Spike Lee, Picasso and Q-Tip, all in a day’s work. And just when it thinks it can take a breather, it has to account for that kid living on the Bowery praying his orgy Polaroids make it into the Whitney and that writer in Starbucks taking trippy liberties with linear structure in a screenplay called “Mama.” Even the man on 42nd Street who believes the world could always use a few more faces of Leonardo DiCaprio in “Titanic” spray-painted onto felt, even he has a claim on the word.



It's Alright Ma (I'm Only Bleeding) Subtitulada.



Y recordá siempre que Nunca Mucho Costó Poco.
Dark-ius
(just a blowing in the wind)


Comentarios

Lo más visto de la semana pasada

Los 100 Mejores Álbumes del Rock Argentino según Rolling Stone

Quizás hay que aclararlo de entrada: la siguiente lista no está armada por nosotros, y la idea de presentarla aquí no es porque se propone como una demostración objetiva de cuales obras tenemos o no que tener en cuenta, ya que en ella faltan (y desde mi perspectiva, también sobran) muchas obras indispensables del rock argento, aunque quizás no tan masificadas. Pero sí tenemos algunos discos indispensables del rock argentino que nadie interesado en la materia debería dejar de tener en cuenta. Y ojo que en el blog cabezón no tratamos de crear un ranking de los "mejores" ni los más "exitosos" ya que nos importa un carajo el éxito y lo "mejor" es solamente subjetivo, pero sobretodo nos espanta el concepto de tratar de imponer una opinión, un solo punto de vista y un sola manera de ver las cosas. Todo comenzó allá por mediados de los años 60, cuando Litto Nebbia y Tanguito escribieron la primera canción, Moris grabó el primer disco, Almendra fue el primer ...

Don Cornelio y la Zona - Don Cornelio y la Zona (1987)

"Hola, les saludo desde Ecuador, he seguido la página desde hace unos años y han sido un gran soporte emocional en mi vida gracias a la música que me han compartido. Quería preguntarles si pueden revivir este álbum que descubrí hace poco". ¿Y cómo negarnos ante ese comentario?. Como homenaje al recientemente desaparecido Palo Pandolfo (uno de los cantautores más destacados de la música argentina en las últimas tres décadas), reflotamos un discos que Artie había publicado hace ya mucho tiempo. Acá está, entonces, el disco homónimo de Don Cornelio, muy pedido por varios, como recuerdo de ese referente del rock argento que fue el poeta del rock "Palo" Pandolfo, con su combinación de lirismo y violencia reconocible en su rock, algunos dicen que fue heredero artístico de Pescado Rabioso , y desde hace 35 años que vino siendo bastante más que el flaquito que vino a poner oscuridad en el pop alfonsinista. Artista: Don Cornelio y la Zona Álbum: Don Cornelio y la Zona ...

Asceta - The Fool Leading The Blind (2026)

Comenzamos la semana a todo RIO chileno de la mejor calidad que no solamente uno puede pedir, sino además que uno puede imaginarse. Por ello vamos a presentar el tercer y último disco de la banda liderada por el guitarrista y compositor Rodrigo Maccioni, probablemente su obra más imponente, desafiante y madura dentro de las corrientes del Rock in Opposition (RIO) y el avant-prog sudamericano, y otro de los mejores discos de este año 2026 según los muchachos de Progarchives. Manteniendo esa esencia sofisticada que los caracteriza, este trabajo se siente notablemente más enérgico y eléctrico que sus antecesores, dos excelentes trabajos que ya hemos presentado en el blog cabeza. La banda pisa con más fuerza en los terrenos del rock instrumental de vanguardia, sin perder jamás esa textura de música de cámara contemporánea. El disco es un prodigio de ingeniería compositiva. La paleta sonora es desbordante: conviven clarinetes, violas, chelos, fagot, corno inglés, piano eléctrico y una...

Singlelito - In Absence of Velocity (2026)

Comenzamos otra semana musical en el blog cabeza. Y como es nuestra costumbre, lo hacemos presentando un gran disco, y este es uno de los mejores de este año 2026, y viene desde Colombia; se trata del joven y prodigioso proyecto unipersonal del músico multiinstrumentista colombiano Juan José Pinto Abadía, donde podemos presenciar la salud musical de fierro y la inventiva desbordante del progresivo actual más vanguardista. Con "In Absence of Velocity", el proyecto eleva la apuesta tras sus aclamados trabajos anteriores, consolidándose como una de las mentes más lúcidas de la neo-vanguardia sudamericana, y que se transforma automáticamente en otro de nuestros desconocidos pero muy recomendados. La música de Singlelito opera como una coctelera efervescente donde conviven los quiebres rítmicos al estilo de Hatfield and the North o National Health, toques de jazz fusión de vanguardia, texturas zeuhl y una urgencia visceral con dejos post-punk que le imprimen un carácter absoluta...

Músicos argentos - Odisea Tango XXII: el grito de rebeldía del post-tango joven desde el conurbano sur

Odisea Tango XXII es una agrupación nacida en lo profundo del conurbano sur, integrada por jóvenes de entre 16 y 25 años que exploran distintas músicas urbanas —como el tango, la milonga y el candombe— rompiendo sus formas y reglas establecidas e incorporando lenguajes provenientes del jazz y del rock progresivo. Así, el grupo imagina, deforma y reinventa un subgénero autodefinido como post-tango : una búsqueda estética a contracorriente de la mercantilización de la música y del vaciamiento cultural promovido por las redes. En palabras de la propia banda: “A contracorriente de la mierdificación en el comercio de la música, así como del vaciamiento cultural producido por las redes insociales ( post and go ), vamos en pos de algo nuevo, disruptivo, arriesgado. Con mi generación comienza la odisea del tango hacia el siglo XXII. Con algo más que suerte, hacia allá vamos y buscamos llevar con nosotros nueva música de Buenos Aires, con el lema de gustar y ofender”. Esta es otra de las muy ...

"Spectrum", por Radiøsender Brøken

Dentro del Ciclo de Jazz Fusión, "Spectrum", que se emite lunes y martes por Radiøsender Brøken desde las 22:00 hasta las 00:00 hs, a partir del próximo martes, todos los martes, a las 23:00 hs van a poder escuchar "A Foogy Night: Música en los Bordes". Los esperamos! Hola, queria dejar algunas palabras acerca de los bordes neblinosos. Track one. El jazz posee obras canónicas y vacas sagradas, intocables... en general con méritos de sobra para serlo.  Pero... pero... muchas reverencias surgen de la crítica musical, y van y vienen, según pasan los años... y quedan en brumosos alrededores, artistas y obras poco transitadas... no voy a dar ejemplos para no polemizar. Track two. Este pequeño espacio va a dar lugar a santos y a pecadores. Y ademas, a esos discos hermosos opacados por "la obra maestra" . Y como reparación al despropósito de "desguazar" un disco (que se proclame "conceptual" o no, lo es de hecho) aspiro a que cada program...

Viajero Inmóvil con nuevo canal de Youtube

Tenemos el placer de anunciar nuestro nuevo canal de Youtube, dedicado al Espacio Viajero Inmóvil, en el cual puede apreciar los shows de los artistas que visitaron nuestro humilde escenario. El Espacio Viajero Inmóvil es un exclusivo refugio privado diseñado para albergar encuentros musicales de música progresiva y eventos culturales de primer nivel. En cada velada, se convoca a un público selecto a disfrutar de experiencias sonoras en un entorno único. Con una cartelera rigurosamente curada y conciertos mensuales de altísima factura, este rincón tan acogedor se convierte en el escenario perfecto para celebrar la amistad, el reencuentro y la memoria. Los invitamos a compartir videos de nuestras noches mágicas... Podrán suscribirse y disfrutar de la música que disfrutamos en nuestro "Depósito de Arte, Musica y Recuerdos". https://www.youtube.com/@ESPACIOVIAJEROINM%C3%93VIL

Yes - Symphonic Live (2009)

#Videosparaelencierro. Gracias a Horacio Manrique acá está no sólo el sonido de una obra monumental, única, sino el video completo, uno de los grandes hitos de Yes que quizás muchos desconocen. Como dice el Mago Alberto en su comentario: esta obra pasa a ser trascendental simplemente por su contexto, por su coyuntura, este proyecto resiste cualquier crítica, este trabajo va más allá de cualquier análisis. Para el seguidor de Yes esto no es ninguna novedad, para el desprevenido y el colgado esto les va a caer de maravilla. Una de las mayores obras creadas por esos magos del rock sinfónico que se dieron a llamar Yes, grabadas a fuego en el blog cabezón... y de ahora en más también en tu cabeza. Artista: Yes Álbum: Symphonic Live Año: 2009 Género: Rock sinfónico de aquellos Duración: 194:00 Nacionalidad: Inglaterra Desde unos días antes de la partida de Chris Squire (y por ende de su propio proyecto personal: Yes ) habíamos estado publicando las sendas obras de Yes ; y n...

El Ritual - El Ritual (1971)

Quizás aquellos que no estén muy familiarizados con el rock mexicano se sorprendan de la calidad y amplitud de bandas que han surgido en aquel país, y aún hoy siguen surgiendo. El Ritual es de esas bandas que quizás jamás tendrán el respeto que tienen bandas como Caifanes, jamás tendrán el marketing de Mana o la popularidad de Café Tacuba, sin embargo esta olvidada banda pudo con un solo álbum plasmar una autenticidad que pocos logran, no por nada es considerada como una de las mejores bandas en la historia del rock mexicano. Provenientes de Tijuana, aparecieron en el ámbito musical a finales de los años 60’s, en un momento en que se vivía la "revolución ideológica" tanto en México como en el mundo en general. Estas series de cambios se extendieron más allá de lo social y llegaron al arte, que era el principal medio de expresión que tenían los jóvenes. Si hacemos el paralelismo con lo que pasaba en Argentina podríamos mencionar, por ejemplo, a La Cofradía, entre otros muchos ...

Casual Silence - My Hollow Years (2026)

Tras varios años de silencio discográfico desde aquel lejano "Vertical Horizon" del 2011, los holandeses Casual Silence reaparecieron en este 2026 con un nuevo trabajo titulado "My Hollow Years", otro disco desconocido que aparece en el blog cabeza de una buena banda recomendada. Y lejos de perder el pulso, la histórica formación demuestra que el buen gusto por el rock melódico y el metal progresivo clásico sigue intacto. Es de destacar que en este lanzamiento se reencontraron los mismos de la alineación original e histórica de la banda. Esa química de cofradía se percibe desde el primer segundo; no suenan a un proyecto armado a las apuradas, sino a músicos veteranos que se divierten tocando juntos otra vez. Un lindo y cortito disquito que presentamos en una entrada cortita y al pie, pero igual que el disco, no por ello es menos disfrutable, al contrario! Artista:  Casual Silence Álbum:  My Hollow Years  Año:  2026 Género:  Heavy prog Duración:  26:47...

Ideario del arte y política cabezona

Ideario del arte y política cabezona


"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.