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viernes, 5 de agosto de 2016

Keith Jarrett - The Köln Concert (1975)

Uno de los álbumes más exitosos en la historia del jazz. El registro casi mágico de un concierto que estuvo a punto de no realizarse. La improvisación absoluta como forma de componer. Un infaltable cabezón.

Artista: Keith Jarrett
Álbum: The Köln Concert
Año: 1975
Género: Jazz / Avant Garde
Duración: 1:07:28
Nacionalidad: Estados Unidos


Lista de Temas:
1. January 24, 1975, Part I
2.
January 24, 1975, Part II a
3. January 24, 1975, Part II b
4. January 24, 1975, Part II c

Alineación:
- Keith Jarrett / piano



El 24 de enero de 1975, en la ópera de la vieja Colonia, Alemania (entonces "Occidental"), ante un público expectante, un Keith Jarrett cansado, con dolor de espalda, con varias noches sin dormir, se sentó ante un piano deficiente, cediendo a los ruegos de una joven productora para que no cancelara su presentación. En estas condiciones y sin tener un programa preestablecido de lo que habría de tocar, este pianista sorprendente decidió entregar lo que fuera fluyendo hacia sus manos en la tradición improvisativa del jazz. El resultado fue una obra para piano de tan intensa belleza, que hasta hoy muchos músicos la transcriben e interpretan como si se tratara de una sonata surgida del fragor impresionista (incluso, si le buscan bien, hay en internet programaciones midi de este concierto, aunque, claro, suenan a midi más que a Jarrett).

Este genio que dice no ser un artista ni un creador, sino un "canal" a través del cual habla lo creativo que somos todos juntos, había iniciado la experimentación solista poco más de un año antes en ese tour europeo, pero lo más interesante, quizás, de la jornada en Colonia, fue el encuentro definitivo de una veta inagotable que seguiría explotando durante muchos años. Los conciertos de piano solo que han ido saliendo en el vanguardista sello de Manfred Eicher, ECM, tienen, todos ellos, el espíritu pasional, claro y siempre progresivo que Jarrett acuñó en aquellos años, entre 1973 y 1975. En las notas del disco doble de 1973 de los conciertos en Bremen y Lausana, Jarrett escribe que se trata de un álbum (triple en el vinilo original) con escasas expectativas comerciales, pero el Concierto de Colonia demostró que la experimentación y la búsqueda podían encontrar un público mucho más grande de lo que originalmente esperaba. Es el disco solista de jazz más vendido de todos los tiempos.

El lenguaje pianístico de Jarrett (y compositivo; ahí están sus obras para ensambles de cámara) es versátil y diverso. Sus series de standards con el fabuloso trío que forma con Jack DeJohnette y Gary Peacock recorren el bop y el post bop con claridad única, en ocasiones próxima al cool, con versiones siempre apasionadas de temas centrales en la historia del jazz. Pero en sus aventuras con Jan Garbarek destaca la experimentación, una búsqueda en la que se adivinan las enseñanzas del Coltrane más vanguardista y tal vez lo que le dejó el haber actuado junto a Miles. Otra veta que ha demostrado ser bien prolífica en Jarrett es su interpretación de la obra de gigantes de la historia de la música: sus series del Clavecín Bien Temperado de Bach (el libro I al piano, el II al clavecín) se extienden a las suites del esotérico Gurdjieff y a la versión vanguardista de 24 preludios y fugas (otro clavecín bien temeprado) del gran soviético Shostakovich. Poco antes del concierto de Colonia había experimentado con la improvisación en gran órgano antiguo. Pero los conciertos improvisativos de piano solo son quizás lo más característico de su vasta producción, y este de Colonia fue el que abrió esa puerta a un mundo nuevo.

Temas sin título, identificados con la fecha de ejecución y divididos en dos partes (la segunda, a su vez, subdividida en tres secciones), nos llevan en un viaje que se inicia con una pausada cadencia y se van desenvolviendo como si fueran las muñequitas interiores de una matrioska rusa. Cada frase encontrada por el ejecutante desde el azar le da pretexto para abrir la siguiente y desenrrollarla a su vez. Por momentos se queda orbitando alrededor de una idea durante varios minutos y la pasión con la que las encuentra se expresa en sus característicos gruñidos; ¡sí, un pianista que gruñe de alegría o de tristeza y melancolía! como sorprendido de sus propios descubrimientos en el momento mismo en que los crea.

La parte I se inicia con un fraseo lento y cadencioso que camina en la búsqueda de la armonía perfecta y, al hacerlo, encuentra melodías sorprendentes desde las que visita menores y mayores, aparentemente sin relación, hasta que tropieza con un punteo casi stacato, tropezado y abre la puerta a una serie de arpegios líricos, no soportados por un ritmo preciso como al inicio. Este lenguaje se extiende durante 25 minutos: no hay fórmula en ellos, es un auténtico viaje en el que el pianista dialoga con la audiencia pues no cabe duda que el entorno en el que improvisa le dicta las partes que toca. Hay momentos en que marca el ritmo con los pedales, haciendo sonar la sordina como si fuera un bombo, y luego descansa en figuras sobre dos armonías que le permiten subir la intensidad y el volumen... y entonces empieza a gruñir. Luego se aburre, se detiene y explora nuevamente la arritmia sobre los mismos dos polos armónicos. Nada le impide transformar esa idea en un fraseo más sincopado para luego volver a romper la cadencia. Los gruñidos son por momentos tarareos que siguen a la mano derecha, quieren cantar con ella. Cuando lo cansa una figura busca nuevas combinaciones, cambia completamente de tesitura, explora, experimenta, juega con el silencio y la disonancia y desde ahí vuelve con otra propuesta más agresiva. No faltan frases de blues en algunas de las figuras, pero es como si el blues se fuera hasta el impresionismo, como si el Mississippi mezclara sus aguas con el Sena. El cierre es jubiloso, una canción, casi una balada en mayores resuelve en alegría lo que fue un casi haberse perdido en el río. El hombre y el piano son una sola realidad, no se puede separar uno del otro.

La parte II a empieza con una figura en mayores, alegre y vivaz, yendo y viniendo sobre un acompañamiento fijo en stacatto que permite a la mano derecha jugar con melodías asonantes en arpegios de gran velocidad. En ellos se vuelve a hacer presente el blues y en ocasiones incluso se siente una cercanía al boogie, pero la disonancia nos trae de regreso a los poderes de un músico experimental fuera de todo límite. Finalmente el juego se rompe a fuerza de disonar y se resuelve en una interrupción abrupta, contrastante, para volver a los ecos melancólicos, menores y graves, nuevamente con la percusión de los pedales. Crece en intensidad, cambia de armonías sorprendentemente, encuentra un ritmo básico y alcanza un dramatismo impresionante.

Sobre la misma melodía con que cierra la parte anterior, la II b arranca sobre un ritmo más parejo y decidido. Nuevamente son los tonos menores, dramáticos, los que guían esta improvisación, hasta que encuentra el tema a desarrollar. En esta ocasión la música se compone de arabescos y modulaciones que ya no recuerdan al blues excepto por la síncopa rítmica sobre la que se construyen. Otro viaje nos espera, por nuevos territorios sonoros, con una sensación de aridez como si se tratar de un desierto que Jarrett nos invita a cruzar con él. Poco a poco las arenas se transforman en un paso que aumenta de velocidad pero no es rítmico sino insistente como el tic tac de un reloj que parece no encontrar al tiempo, se desespera, se reduce, sigue buscando y por fin se decide a volver a las armonías luminosas en tonos mayores, casi románticas. Casi, porque los ataques a notas fuera de armonía le dan a la pieza un caracter abierto, nunca definitivo. Se va diluyendo, deja el ritmo, se vuelve casi ambiental, deja descansar a la mano izquierda, y se cierra por fin en el silencio.

La última improvisación (parte II c), la más breve, parece estar colgada de algo, esta vez sí, previamente escrito: es una balada deliciosa en la que no faltan improvisaciones pero no tiene esa alma de venir de la nada de lo que hemos escuchado hasta aquí. De cualquier manera, un cierre agradable y acogedor para que el viaje peligroso que acabamos de realizar no nos deje en las condiciones en las que él estaba cuando se inició la velada.



En serio, cabezones y cabezonas, no se pierdan este disco. Es Historia.


En Wikipedia-es:
The Köln Concert es una grabación del renombrado pianista de jazz Keith Jarrett lanzada por la discográfica ECM en 1975. En este disco, Jarrett realiza improvisaciones solistas en el "Cologne Opera House" en Köln, Alemania. Este álbum es uno de los álbumes de jazz más vendidos de la historia, y sin dudas el álbum de jazz solista con mayores ventas de toda la historia. El concierto está dividido en tres partes, cada una con una duración de 26, 34 y 7 minutos, respectivamente, aunque hay versiones actuales que entregan el concierto completo sin divisiones. Debido a que originalmente fue lanzado como un LP, la segunda parte fue dividida en dos segmentos rotulados como "Parte II a" y "Parte II b". "The Köln Concert" fue aclamado por la crítica como una obra maestra que "fluye con el calor humano".
Una de las cosas a destacar no sólo de este concierto, sino de toda la obra de Jarrett, pero que se distingue claramente en esta pieza en particular, es su habilidad para producir un aparentemente ilimitado material de improvisación sobre una base de uno o dos acordes por prolongados períodos de tiempo. Por ejemplo, en la "Parte I", Keith pasa casi 12 minutos suspendiéndose entre los acordes Am7 (La menor séptima) y GM (Sol mayor), en algunas ocasiones con una tranquila lentitud, en otras con una sensación de rock blusero. Además, durante los últimos 6 minutos de la "Parte I", improvisa únicamente sobre la base de AM (La mayor). Como estos hay otros tantos ejemplos en este mismo concierto, que dan cuenta de esta especial habilidad de Jarrett.
Manuel Barreco ha publicado una transcripción del concierto en una versión para guitarra criolla. En el año 2006 el pianista polaco Tomasz Trzciński publicó su nueva interpretación del "The Köln Concert" en su disco "Blue Mountains".
El 5 de septiembre de 2010 la cadena de televisión BBC emitió un video de la organización terrorista ETA conteniendo una Declaración de alto el fuego con música del Köln Concert en su cabecera.

En Wikipedia-en:

The concert was organized by 17-year-old Vera Brandes (de), then Germany’s youngest concert promoter.[7] At Jarrett's request, Brandes had selected a Bösendorfer 290 Imperial concert grand piano for the performance. However, there was some confusion by the opera house staff and instead they found another Bösendorfer piano backstage – a much smaller baby grand – and, assuming it was the one requested, placed it on the stage. Unfortunately, the error was discovered too late for the correct Bösendorfer to be delivered to the venue in time for the evening's concert. The piano they had was intended for rehearsals only and was in poor condition and required several hours of tuning and adjusting to make it playable.[8] The instrument was tinny and thin in the upper registers and weak in the bass register, and the pedals did not work properly. Consequently, Jarrett often used ostinatos and rolling left-hand rhythmic figures during his Köln performance to give the effect of stronger bass notes, and concentrated his playing in the middle portion of the keyboard. ECM Records producer Manfred Eicher later said: "Probably [Jarrett] played it the way he did because it was not a good piano. Because he could not fall in love with the sound of it, he found another way to get the most out of it."[citation needed]
Jarrett arrived at the opera house late in the afternoon and tired after an exhausting long drive from Zürich, Switzerland, where he had performed a few days earlier. He had not slept well in several nights and was in pain from back problems and had to wear a brace. After trying out the substandard piano and learning a replacement instrument was not available, Jarrett nearly refused to play and Brandes had to convince him to perform as the concert was scheduled to begin in just a few hours.[6] The concert took place at the unusually late hour of 23:30, following an earlier opera performance. This late-night time slot was the only one the administration would make available to Brandes for a jazz concert – the first ever at the Köln Opera House. The show was completely sold out and the venue was filled to capacity with over 1,400 people at a ticket price of 4 DM ($1.72). Despite the obstacles, Jarrett's performance was enthusiastically received by the audience and the subsequent recording was acclaimed by critics. It remains his most popular recording and continues to sell well, decades after its initial release.
The performance was recorded by ECM Records engineer Martin Wieland, using a pair of Neumann U-67 vacuum-tube powered condenser microphones and a Telefunken M-5 portable tape machine. The recording is in three parts: lasting about 26 minutes, 34 minutes and 7 minutes respectively. As it was originally programmed for vinyl LP, the second part was split into sections labelled "IIa" and "IIb". The third part, labelled "IIc", was actually the final piece, a separate encore.
A notable aspect of the concert was Jarrett's ability to produce very extensive improvised material over a vamp of one or two chords for prolonged periods of time. For instance, in Part I, he spends almost 12 minutes vamping over the chords Am7 (A minor 7) to G major, sometimes in a slow, rubato feel, and other times in a bluesy, gospel rock feel. For about the last 6 minutes of Part I, he vamps over an A major theme. Roughly the first 8 minutes of Part II A is a vamp over a D major groove with a repeated bass vamp in the left hand, and in Part IIb, Jarrett improvises over an F# minor vamp for about the first 6 minutes.
Subsequent to the release of The Köln Concert, Jarrett was asked by pianists, musicologists and others, to publish the music. For years he resisted such requests since, as he said, the music played was improvised "on a certain night and should go as quickly as it comes."[9] In 1990, Jarrett finally agreed on publishing an authorized transcription but with the recommendation that every pianist intending to play the piece should use the recording itself as the final word. A new interpretation of The Köln Concert was published in 2006 by Polish pianist Tomasz Trzcinski on his album Blue Mountains.[10] A transcription for classical guitar has also been published by Manuel Barrueco.
The album was included in Robert Dimery's 1001 Albums You Must Hear Before You Die.
Subtle laughter may be heard from the audience at the very beginning of Part I, in response to Jarrett's quoting of the melody of the signal bell which announces the beginning of an opera or concert to patrons at the Köln Opera House, the notes of which are G D C G A.[6]
Unlike the other parts of this concert, Part IIc, the encore, was based on a precomposed tune, the form and melody of which can be found in certain Real Book compilations as "Memories of Tomorrow". This was and remains common practice for Jarrett. Note, for example, that his encores for performances in Bremen (released on Solo Concerts: Bremen/Lausanne) and Tokyo (The Last Solo) are on the same vamp-based tune. He is also fond of closing his solo concerts with Tin Pan Alley standards, particularly "Over the Rainbow".

John Fordham en The Guardian:

Thirty-six years ago, Keith Jarrett, the now 65-year-old pianist and composer from Allentown, Pennsylvania, crossed a chasm usually unbridgeable for either jazz or classical performers – and this virtuoso happens to be both.
Jarrett's message from the keyboard took off from the small enclave of an informed and dedicated minority audience, and reached the huge worldwide constituency of listeners. His albums would turn up in the collections of people who would otherwise cross the street to avoid buying a jazz record. From the mid-70s on, his concerts began to resemble religious rituals, attended by flocks of devotees for whom his music had a meditative, spiritual and transformative power. And all this stemmed from the recording of a single album – conceived as a live concert by a sleep-deprived Jarrett on a faulty grand piano – made in Köln, Germany, on 24 January 1975. Sales of The Köln Concert, on Munich's fledgling new-music label, ECM, broke records of all kinds. It remains the bestselling solo album in jazz, and the bestselling solo piano album in any genre.
From the glistening, patiently developed opening melody, through sustained passages of roaring riffs and folksy, country-song exuberance, the pianist is utterly inside his ongoing vision of the performance's developing shape – a fusion of the freshness of an improvisation with the symmetries of a composition that's central to the album's communicative power. Harmonically and melodically, it wasn't a particularly "jazzy" record by the piano-jazz standards of that time, which might also have eased its progress across the sectarian divides of jazz, pop or classical tastes. There had been, however, an earlier clue to the possibilities of this journey into the largely uncharted waters of improvised solo-piano performance. The great pianist Bill Evans, one of the young Jarrett's jazz models and an artist similarly steeped in classical music, had recorded the meditative solo improvisation Peace Piece 16 years before, and built it around a simple two-chord vamp in which the harmonies stretched increasingly abstractly as the performance progressed. Much of Jarrett's playing on The Köln Concert similarly developed around repeating hook-like motifs, instead of unfolding over song-structure chord sequences as most bop-based jazz solos did.
Jarrett's improvisation was also hypnotically rhythmic, bordering on mantra-like. He was unafraid to locate a compelling idea and stick with it, building intensity on a single rhythmic notion in a manner that still sounds urgently contemporary. A pop-like deployment of repetition, and a reassuringly anchored sense of tonal consistency – the latter occasioned by the pianist's hugging of the acceptable middle-register of an otherwise tinny piano he had almost cancelled the gig to avoid – contributed to the music's astonishingly organic feel.
Jarrett's desire to make a solo-piano album had led to his earlier departure from Columbia Records, and to his relationship with the compatible Manfred Eicher of ECM (with whom he was travelling around Europe, jammed into a Renault 5, on the tour that included Köln), a visionary producer who heard new music in the same eclectic way. Though he was only 29 at the time of The Köln Concert, Jarrett had already had a brief flirtation with electronics in Miles Davis's fusion band (declaring afterwards that he wouldn't touch a plugged keyboard again) and rich regular-jazz and early-fusion experiences in the popular bands of saxophonist Charles Lloyd and drummer Art Blakey. He had also made some compositionally distinctive and now highly regarded postbop recordings of his own, in the legendary early-70s "American quartet" with saxophonist Dewey Redman, bassist Charlie Haden and drummer Paul Motian. But Köln was Jarrett's moment, and a turning point for the immensely influential ECM label too, which the album helped to bankroll for years to come.
The Köln Concert isn't universally admired by jazz listeners. Some find it close to easy listening in its repetition of catchy melody, or a irreconcilable split from the jazz tradition in its avoidance of many of the genre's familiar materials. But Jarrett's remarkable output in the years since, his interpretations of classical works, reinvention of the Bill Evans-inspired conversational trio, engagement with everything from symphony orchestras to cathedral organs, and through it all an enduring popularity that sells out the world's great concert halls months in advance, testify to his creativity and eloquence.
In 2006, he released a similarly unpremeditated solo-piano concert from Carnegie Hall that ran to 90 minutes and five encores. When I discussed it with him for the Guardian, Jarrett said: "My glasses were falling off, my pants were twisted up, I was sweating, crouching, standing up, sitting down, and I was thinking 'nothing can stop me now'." He also said he'd had the same feeling – of total trust in his imagination – on The Köln Concert more than 30 years before.

Corinna da Fonseca en The Wall Street Journal:

It is the most successful solo jazz album of all time, but Keith Jarrett wants to see each of the 3.5 million copies of "The Köln Concert" stomped into the ground. Recorded on Jan. 24, 1975, in front of a live audience in the Cologne opera house, the hauntingly lyrical free improvisation became as much a part of '70s ambiance as the scent of pot and patchouli. In an interview with the German magazine Der Spiegel in 1992, Mr. Jarrett complained that the album had become nothing more than a soundtrack. "We also have to learn to forget music," he added. "Otherwise we become addicted to the past."
But much as his admirers might like to honor Mr. Jarrett's wishes, his "Köln Concert" is not likely to be forgotten any time soon. In fact, what makes the album extraordinary is that the music, created out of nothing over the space of an evening decades ago, has stood the test of time as a lasting work of art. Far from being a memorial monument, the record gives the listener the opportunity to witness the act of creation itself, to participate in the making of art.
The concert was part of a European solo tour begun in 1973. Previously, Mr. Jarrett had played in trios and quartets, then joined the ensemble around Miles Davis, helping him push jazz beyond its limits. At Davis's request, he abandoned the acoustic piano in favor of the electronic organ and electric piano. He hated it. The solo tour was like a detox program, a return to his artistic core to the point where it was just Mr. Jarrett, the piano, and silence.
"When I think of improvising," Mr. Jarrett says in Mike Dibbs's 2005 documentary "On Improvisation," "I think of going from zero to zero -- or wherever it goes. I'm not connecting one thing to another." Each concert was a blank, silent space waiting for Mr. Jarrett to fill it with music.
"Köln was different, because there were just so many negative things in a row," Mr. Jarrett recalls in the documentary. He had not slept in two nights. The piano he had ordered did not arrive in time for the concert. The one in the hall was substandard, sounding tinny and thin in the outer registers. Mr. Jarrett nearly refused to play, changing his mind at the last minute. Almost as an afterthought, the sound technicians decided to place the mikes and record the concert, even if only for the house archive. Later, longtime friend and record producer Manfred Eicher said: "Probably he played it the way he did because it was not a good piano. Because he could not fall in love with it he found another way to get the most out of it."
When Mr. Jarrett played the first four notes, a low ripple of laughter went through the auditorium: He was quoting the opera house's intermission bell. But just as quickly, the reaction turned into awed silence as Mr. Jarrett turned the banal and familiar into something gorgeous and mysterious. On the LP, the concert would be cut into four segments, but that night he played two separate "movements" lasting about half an hour each, plus a six-minute encore.
The first movement is lyrical, pensive. Mr. Jarrett uses the suspension pedal to create a liquid, suspended soundscape out of which melodies emerge gently, even reluctantly. Part II is all rhythm to begin with, with a choppy short motif in the left hand repeated over and over while scales break out in the right hand as if released by a spring. With minute harmonic variations, Mr. Jarrett conjures up different genres: rock 'n' roll, hoedown, minimalist music. A sudden silence gives way to a broody passage, and then there is a melody again, this time modal, somewhat Oriental, entirely distinct. The encore is simple and sweet like a familiar song.
In the jazz world of 1975, the sheer beauty of the program was revolutionary. It also helped make it accessible to a public that otherwise felt alienated from jazz, leading to the immense success of the album. But the popularity of "The Köln Concert" also made it suspect to many critics -- including Mr. Jarrett himself. Countless imitations -- composed, of course, not improvised -- sought to recreate the lyricism of Mr. Jarrett's music without bothering with the rhythmic rigor or harmonic invention. Devoted fans attempted to transcribe what they heard on the concert album, trying to express one evening's inspiration in paper and ink. A guitar version was even published.
But without the live, improvised element, the magic is lost. Unlike a piece of classical music, "The Köln Concert" is a masterpiece only in its recorded format. And it requires an audience that participates in the unfolding act of creation each time anew.
Thus the listener becomes involved in the search for a theme's development, shares in the elation when Mr. Jarrett finds a beautiful new tune, experiences the joy of hearing him play with it. When he pauses on a chord, unsure of where to go next, it seems as if much more than the immediate future of this music hangs in the balance. When he shifts to a new key, it feels as if a door has been pushed open, inviting the listener to explore new rooms and hallways.
This spatial sense is an important feature of much of Mr. Jarrett's solo work: His music offers room in which to breathe. But, like abstract art at its best, it can also present opaque surfaces that challenge the audience. Part II has long passages in which the sustained, hammering ostinato -- a small motif repeated over and over again -- becomes grating and uncomfortable. When Mr. Jarrett resolves the tension with yet another exquisitely phrased melody, the relief is physical.
In the 19th century, the great music critic and writer Eduard Hanslick described free improvisation as "the highest degree of immediacy in the musical revelation of mental states." In "The Köln Concert," the creative process is as much a part of the aesthetic experience as the resulting music is. The album is not so much masterpiece as masterwork: art as a process that forever remains in the present.

Thom Jurek en All Music:

Recorded in 1975 at the Köln Opera House and released the same year, this disc has, along with its revelatory music, some attendant cultural baggage that is unfair in one sense: Every pot-smoking and dazed and confused college kid -- and a few of the more sophisticated ones in high school -- owned this as one of the truly classic jazz records, along with Bitches Brew, Kind of Blue, Take Five, A Love Supreme, and something by Grover Washington, Jr. Such is cultural miscegenation. It also gets unfairly blamed for creating George Winston, but that's another story. What Keith Jarrett had begun a year before on the Solo Concerts album and brought to such gorgeous flowering here was nothing short of a miracle. With all the tedium surrounding jazz-rock fusion, the complete absence on these shores of neo-trad anything, and the hopelessly angry gyrations of the avant-garde, Jarrett brought quiet and lyricism to revolutionary improvisation. Nothing on this program was considered before he sat down to play. All of the gestures, intricate droning harmonies, skittering and shimmering melodic lines, and whoops and sighs from the man are spontaneous. Although it was one continuous concert, the piece is divided into four sections, largely because it had to be divided for double LP. But from the moment Jarrett blushes his opening chords and begins meditating on harmonic invention, melodic figure construction, glissando combinations, and occasional ostinato phrasing, music changed. For some listeners it changed forever in that moment. For others it was a momentary flush of excitement, but it was change, something so sorely needed and begged for by the record-buying public. Jarrett's intimate meditation on the inner workings of not only his pianism, but also the instrument itself and the nature of sound and how it stacks up against silence, involved listeners in its search for beauty, truth, and meaning. The concert swings with liberation from cynicism or the need to prove anything to anyone ever again. With this album, Jarrett put himself in his own league, and you can feel the inspiration coming off him in waves. This may have been the album every stoner wanted in his collection "because the chicks dug it." Yet it speaks volumes about a musician and a music that opened up the world of jazz to so many who had been excluded, and offered the possibility -- if only briefly -- of a cultural, aesthetic optimism, no matter how brief that interval actually was. This is a true and lasting masterpiece of melodic, spontaneous composition and improvisation that set the standard.




12 comentarios:

  1. Maestro, permítame descubrir mi testa ante la elocuencia de sus comentarios y análisis. Felicitaciones! Y que se repita!

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  2. Gracias, mi estimado Dark-ius. Comentarios así son los que nos animan a seguir musicando, ¡repetiremos!

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  3. Grandioso, estamos a la espera de mas maravillas como esta Calle Neptuno, gracias

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. CalleNep es nuestro cofre de tesoros oculto, cuando aparece se manda con alguna genialidad.
    Y faltan todos los de Flowers King, esos te los dejo a vos CalleNep.
    Abrazos!!!

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    1. Gracias Moe! tengo un montón de pendientes :)

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    2. Dime alguno de los cabezones del staff que no tenga un montón, pero montonazo de pendientes!
      Yo los acumulo de a grupos de 100.

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  6. Era 1978 y laburaba de cadete en un estudio.- Cada viaje al centro era una visita obligada a los 2 negocios de "el Agujerito" y al entrepiso de la librería Atlántida, en Florida.- Como un daño colateral a la desgracia de esos años, la apertura de objetos importados hizo que aparecieran joyas como estos discos de ECM y tantas otras maravillas.- El día de cobro, el contador me daba el sobre y, con el primer viaje al centro por trámites, me metía en esos negocios y me gastaba el 80 % en una tarde.- Volvía con el sobrecito casi pelado pero con una bolsa llena de hermosos vinilos de maravillosa música, como este The Koln Concert.- Mi compañero del estudio, que recuerdo se llamaba Eduardo y era fan de Vox Dei, me decía: "a ver que te compraste, loco" y los miraba tan sorprendido como yo.-No solo guardo en la parte más antigua y profunda del cerebro esos sonidos que escuché por primera vez (sorprendido como un tarado mientras en las radios se escuchaba, ¡Dios santo!, a Julio Iglesias y engendros) sino el aroma de los discos cuando le sacaba el plástico que los protegía.- A veces voy al mueble donde los tengo y los huelo y vuelvo a tener 17 años.- Pero todo tiene sentido cuando los escucho.-

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    1. Que lindo comentario Marcelo. Me recordó el comentario (todo muy parecido) que me contó un melómano chileno amigo hace años. Que loco, como hay gente que vive idénticas experiencias relacionadas con la mùsica

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    2. Hermoso comentario, gracias Marcelo! En mi caso fue a través de un gran amigo, que consiguió prestado el disco y lo trajo a la casa un día que también estaba mi papá. Melómano a su modo, mi padre desaprobaba la música que nos gustaba escuchar y este fue el primer disco que nos "aprobó" y, claro, nos acercó. Teníamos 17 años (en 1980 más o menos).

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    3. Viejo Marce, aquí te mando mi reporte en idéntica circunstancia:

      Comprados el 04/10/1978
      -----------------------------------------------------------------
      N° Artista Fecha+álbum
      -----------------------------------------------------------------
      103 BECK, JEFF 1975 BLOW BY BLOW
      104 BECK, JEFF 1976 WIRED
      105 JOPLIN, JANIS 1971 PEARL
      106 ZAPPA, FRANK 1972 WAKA / JAWAKA
      107 DYLAN, BOB 1976 HARD RAIN

      Comprados el 05/10/1978 (al día siguiente)
      --------------------------------------------------------------
      108 VIVALDI, ANTONIO LAS 4 ESTACIONES
      109 THE NICE, KEITH EMERSON WITH 1972 ATENCION / AUTUMN `67 - SPRING `68
      110 YOUNG, NEIL 1977 AMERICAN STARS 'N' BARS
      111 HEREDIA, VICTOR 1974 CANTA A PABLO NERUDA
      112 GIECO, LEON 1973 LEON GIECO
      113 JOPLIN, JANIS 1969 KOZMIC BLUES

      Yo tengo todos los discos numerados por fecha de adquisición, bien obsesivo como corresponde a un buen coleccionista.
      ¿Vos sabés? La otra vez estaba pensando cómo se llamaba la disquería y la librería que estaban ahí en Florida, y no me podía acordar. Así que mi amigo, más de una vez nos debemos haber estacionado uno al lado del otro revolviendo las bateas de jazz!
      Pero, ojo, para mí la ciudad tenía muchos lugares dispersos donde se podían encontrar cosas maravillosas: Av. Nazca y cruce con Ferrocarril Urquiza, Estación Plaza Once del tren, Estación Plaza Constitución del tren(como 3 lugares), en Liniers (unos cuantos), Lope de Vega y Av. Beiró (casi que no me acuerdo como se llama!) Estas disquerías estaban fuera del circuito "de elite", como Zival's, Cesar Pó, en el barrio de Belgrano x la Av. Cabildo en los centros comerciales había unas cuantas!!! Y por Av. Santa Fé que es tan larga, siempre había esparcidas. Ah! Me olvidaba! En Av. Santa Fé y Juan B. Justo frente al cuartel había una poderosa [compré el triple de Emerson, Lake...] y otra similar en Plaza Italia (frente al Zoologico y al Jardín Botánico). Una frente a la plaza del Congreso y otra a la vuelta x Av.Callao, otra en Av. de Mayo frente al Pasaje Barolo. El Centro Cultural del Disco en la calle Alsina (a 200 mts del Congreso) [Fragile de Yes, Banda de Caballos de Gieco].
      Por nombre estaban, además del CCD (con sucursal en Liniers 2do. piso), las cadenas de disquerías Broadway, las de las estaciones de tren eran la misma empresa, otra era Favela?. Entre las elegantes, una especial era la de Rodriguez Peña y Marcelo T. de Alvear, que se traían todo de Brasil!!!! Yo no sé si ustedes llegaron a conocer un viejo que vendía discos usados en Talcahuano y Bartolomé Mitre, un ruso, super divertido que ponía pancartas hechas a marcador con la lista de discos que había comprado y usaba un idioma inventado por él! A él le compré 461 Ocean Boulevard, donde descubrimos a Bob Marley con la versión de Eric de I Shot the Sheriff, que era una cosa fuerte para la época, también le compré un disco que quiero mucho: I Can Stand a Little RAin de Joe Cocker (no tiene tema malo!) después lo volvería a comprar en CD... Uffff, ufff, esto es como para escribir un libro!!!!!

      Estaba pensando que el disco de Victor Heredia sobre Pablo Neruda, no es rock'n'roll, pero los compa de Latinoamérica lo apreciarían mucho!!!! Es súper elegante ese disco!
      Y además no hay forma de no aprenderse esos malditos poemas para dedicarlos!!! jajaja
      (este man, siempre con la bufonada! ierdah....)

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