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Contra-Utilidad

Las Ciencias Sociales y las Humanidades están siendo atacadas, desde hace tiempo, por su “inutilidad”. El pacto social con los Dueños del Mundo —sobre el que descansaba su legitimidad científica— está roto; pero esto no es nuevo. La ruptura se ha manifestado, a lo largo de las últimas décadas, de múltiples formas, y hoy se hace especialmente visible en la reducción global de las políticas públicas destinadas a su financiación. En la Argentina de Milei, el escenario tiende a un desmantelamiento progresivo y radical. Aunque este fenómeno podría interpretarse como una evidente —y cada vez más marcada— posición anticientífica del mundo, es decir, como un retroceso del propio pensamiento humano, en realidad revela algo más profundo. Hace más de una década, Fabián Ludueña Romandini ya nos alertaba sobre ello: la brutal intensificación de las condiciones cosmológicas del modelo de explotación y acumulación en el que vivimos, que exige, entre otras cosas, el abandono de las concesiones que en algún momento permitieron el surgimiento del pensamiento crítico en el seno de la Ciencia de Estado.


Producir o morir es el lema de Occidente

Pierre Clastres

 

Nos quieren obligar a gobernar, no vamos a caer en esa provocación

El comité invisible

 

Puede que seamos de este mundo, pero ciertamente no estamos a favor de él

Andrew Culp


Como señala Bruno Latour, el pacto originario incorporó de lleno a lxs nuevxs científicxs como parte del frente de modernización occidental. Las Ciencias Sociales y las Humanidades asumieron un papel destacado al proveer conocimientos e instrumentos indispensables para la administración del orden —urbano y colonial— de los nacientes Estados-nación. A pesar de ese origen infame, y de la crítica exhaustiva que ellas mismas desarrollaron sobre su historia y responsabilidades, subsiste una relación que nunca fue suficientemente erosionada: la segregación entre “útiles” e “inútiles”, que marginó a los segundos al terreno de la charlatanería y convirtió a los primeros en necios. La identidad científica continúa, en este sentido, profundamente colonizada por su origen.

La “necedad” —esa figura destacada por Isabelle Stengers— no es otra cosa que nuestro olvido activo de que la utilidad fue el sayo que nos obligaron a elegir como el único vestido para hacer Ciencia. Decidimos olvidar que la utilidad, aun con sus mejores maquillajes, descansa sobre una convicción: este mundo —el que ofrece el maridaje entre los Estados modernos y el Capital— es el único posible, y nuestra tarea consistiría en identificar sus grietas y repararlas, cooperando en la gestión de los Caídos que exige su reproducción.

Este acuerdo tácito ha quedado atrás. Las oposiciones sobre las que nacimos han dejado de ser operativas para el mundo que viene, y el búmeran nos regresa: todos somos charlatanes. Y si bien esto impacta de forma más evidente a las Ciencias Sociales y a las Humanidades, que nadie se engañe: también irán por las “duras”. A pesar de ello, desde los primeros ataques mediáticos y políticos que se vivieron en Argentina durante el macrismo, hace ya una década, la estrategia de defensa predominante ha sido siempre la misma: oponerse a las acusaciones de inutilidad mediante la visibilización de aquello para lo que “servimos” (servir: del latín servire, “estar al servicio de”, “ser esclavo”). Este contraataque, sabido es, no ha surtido —ni parece surtir— mayor efecto. Todo ocurre como si estuviéramos aferrados a los escombros de un mundo del cual evitamos ver su final, o, peor aún, como si creyéramos que aún merece ser resucitado. En cualquiera de los casos, seguimos siendo los necios.

Que Utilidad e Inutilidad forman parte de la misma lógica lo confirma el hecho de que un término pueda transformarse en el otro. El espectáculo está montado. A través de una progresión evolucionista, los marginados pulen sus herramientas para mostrarse “necesarios” y así ganarse un lugar en el centro de la escena, compitiendo por el espacio de los útiles. La progresión adopta diferentes formas: explotar nuestros costados rentables para seducir a las agencias de financiamiento —públicas o privadas—; disputar “desde adentro” los propios conceptos de “utilidad”, “éxito” o “servicio”, para convencernos de que pueden significar otra cosa; abrazar las jerarquías del conocimiento y defender las investigaciones básicas como generadoras de insumos para las aplicadas, bajo cuya sombra sería posible sobrevivir; o producir charlas, encuentros, reels, jornadas, artículos y materiales de difusión que se pregunten, de forma explícita, “¿para qué servimos?”, en un intento de persuadir a la sociedad de que nuestro trabajo reflexivo debería ser un interés compartido.

Por supuesto, podría decirse que, frente al despojo, toda arma es valiosa. Pero ¿es así, realmente? Las reglas del juego de lxs científicxs pertenecen a los Dueños del Mundo, de principio a fin. Si no fuera así, el gobierno de Milei no estaría gestionando actualmente el desmantelamiento de instituciones con indiscutible “utilidad pública” (INTI, INTA, Vialidad Nacional), sin distinguir entre propios y ajenos, como el pacto original suponía. Frente a estas situaciones, y siguiendo a Leonor Silvestri, debemos decir que la fantasía de inmunidad que sostiene nuestras estrategias es, por lo menos, enigmática.

Existe, sin embargo, un punto adicional de suma importancia por el cual la bandera de la Utilidad no puede ser flameada sin más. Al desear nuevamente un lugar en el pacto con el Poder, no hacemos más que ampliar la zona de sacrificio que, imaginamos, permitiría continuar sosteniendo a la Ciencia en el actual Modelo. Nos referimos concretamente a nuestra colaboración en la multiplicación de los Caídos: es decir, de todxs aquellxs que no puedan entrar en las enumeraciones de logros que intentan convencer de la importancia de su existencia; quienes no consigan encajar en una lista priorizada de asuntos dignos; y quienes, aun intentándolo en la desesperación del despojo, no encuentren filtros por los cuales pasar. Continuar apostando en la reivindicación de una identidad útil tiene como efecto el abandono inmediato de lxs frágiles: la cooperación —voluntaria o involuntaria, esa distinción poco importa ahora— en el sacrificio de aquellxs que nunca podrán jugar el juego (nuestrxs colegas, pero también lxs jubiladxs, “discapacitadxs”, indígenas). Esta es la trampa de los útiles.

Si estas estrategias son ineficaces como dispositivos de defensa, es porque se apoyan sobre aquella distinción originaria que resulta una mala forma de pensar y diagnosticar lo que estamos haciendo y podríamos hacer; y, sobre todo, una pésima cura para el veneno de las jerarquías que hemos aprendido a asumir como ineluctables. ¿No sería mejor, en cambio, convencernos de que la promesa que nos aleja de la charlatanería —es decir, el “privilegio” de ser científicxs—, es en realidad el obstáculo que nos impide identificarnos como trabajadorxs precarizadxs —como insisten lxs becarixs desde hace años? De otra forma, la necedad paralizante con la que protegemos la identidad científica continuará alimentando la tranquilidad moral de nuestras contradicciones (“hago Ciencia, pero no me gusta el Sistema”, olvidando que es imposible que uno exista sin el otro) o, incluso, repitiendo discursos disciplinadores (“si no les gusta, trabajen de otra cosa”, “agradezcan lo que tienen”).

La necedad muestra aquí su lado resignado —aunque siempre disfrazado de espíritu crítico— y obtura la posibilidad de cultivar cualquier pragmática capaz de instaurar nuevas relaciones y mundos posibles. Más que intentar reparar las dicotomías originarias que nos constituyen, aprovechemos la oportunidad para hacerlas trizas y huir de ellas lo más lejos posible.

 

Contra-Utilidad

Hace ya algunas décadas, Pierre Clastres mostró que el pensamiento indígena no podía ser determinado desde la perspectiva occidental, que clasificaba a los pueblos “primitivos” como “sin Estado”. En lugar de describirlos en el marco de una progresión evolucionista —es decir, como poseedores de una carencia eventualmente superable—, insistió en la necesidad de escucharlos desde su propia autodeterminación. Son pueblos, argumentó, “contra-Estado”: contrarios a la emergencia de formas jerárquicas de poder centralizado, como las que caracterizan a los Dueños del Mundo. Este rechazo se define positivamente, como una valiosa y poderosa potencia micropolítica que, como señala Marcio Goldman, también podemos encontrar y reactivar entre nosotrxs: apunta hacia una resistencia pragmática, dirigida simultáneamente contra las operaciones que tienden a concentrar el poder y contra la interiorización de los mecanismos de jerarquización. Este último aspecto debería interpelarnos con urgencia hoy, porque es con esta introyección que se nos delega la tarea de segregar entre útiles e inútiles.

El poder de los Dueños del Mundo, sabemos, no solo se encarna en los empresarios y políticos que garantizan que el Capitalismo, cada vez más brutalizado, se reproduzca de forma infinita. También fluye a través de la exigencia moral de obedecerlos. Como ha sido largamente señalado, los Dueños ya ni siquiera se asumen como responsables de gestionar la explotación: somos nosotrxs quienes debemos hacerlo. El binomio Utilidad-Inutilidad, en el marco de la ontología de la auditoría, es el dispositivo que permite deshacernos de todo aquello que no contribuye activamente a su propia explotación. Si no fuera así, ¿qué hacemos al defender la importancia de nuestros servicios, a sabiendas de que algunxs —o parte de nosotrxs— quedarán irremediablemente afuera? ¿Cómo llevamos adelante ese sacrificio sino operacionalizando, desde el interior de nuestras comunidades y prácticas, las jerarquías que nos gobiernan? Cuando decimos que el enemigo nos ataca desde afuera, nos volvemos incapaces de reconocer que el Modelo se organiza —hoy más que nunca— a través de nosotrxs.

¿Y qué podemos hacer? Cada vez que intentamos cortar los flujos de obediencia y jerarquías, la pregunta por el “qué hacer” se impone con fuerza. No debemos responderla, pues conlleva la creencia de que toda crítica debe ser “constructiva”: una que propone soluciones para reparar lo roto y así permitir que todo siga funcionando —aunque sea agónicamente, un poco más. Producir o morir (y dejar morir), de nuevo. Este tipo de interrogantes habla la lengua de los Dueños y encierra la trampa de los útiles, que nos insta a reemplazar una producción por otra, como si no existiera otra posibilidad que continuar haciendo lo mismo una y otra vez.

La Contra-Utilidad se define, en cambio, como una conjura contra ese tipo de hacer. No es una crítica constructiva, sino destructiva. Esa es su “propuesta”. No expresa resignación, sino un profundo inconformismo. Nos llama a responsabilizarnos y asumir nuestro papel en las relaciones que nos trajeron hasta aquí, y nos ayuda a describir el pozo en el que nos encontramos. La Contra-Utilidad nos pide detenernos: dejar de hacer (no hacer más de lo mismo), abandonar (no sostener lo poco que queda), interrumpir (no seguir como si nada estuviera pasando). Negarse a colaborar: retirarle el cuerpo y la palabra al Poder que nos somete.

El esfuerzo constante por aferrarnos al lenguaje y a las prácticas que nos vuelven útiles como científicxs es equivalente al que podríamos dedicar a la instauración de un Otro Mundo. Debemos convencernos de que las energías están, que las capacidades creativas nunca nos abandonaron —aunque sea, de modo virtual. El problema es que hemos puesto esa potencia al servicio de los Dueños de Todo, atrapadxs en la idea de que solo este mundo, y ningún otro, merece nuestros esfuerzos. A esta altura de la tragedia, no queda más que dejarnos invadir por la rabia y la vergüenza de lo que fuimos obligadxs a elegir, para reencontrarnos con aquello que olvidamos que también nos habita: los espectros de lo posible.

¿Qué significa parar, entonces? Parar no es inmovilizarse, sino reactivar nuestras potencias creativas, y eso exige un acto destructivo. No se trata de saber “hacia dónde ir”; la Contra-Utilidad no es una nueva identidad a reclamar ni una receta para evangelizar. Lo sabemos bien: cada vez que alguien se adjudica el derecho a decidir “qué hacer”, la división entre quienes mandan y quienes obedecen, así como la elección por el hacer incesante, reaparece. Este mundo y todas las actualizaciones posibles del Capitalismo no permitirá el surgimiento de nada diferente si no es mediante el desmontaje radical de sus relaciones constitutivas. El acto de parar refiere, entonces, al cultivo de las condiciones para la emergencia de algo inédito, que no podemos anticipar. El principio especulativo de la Contra-Utilidad, su “no saber”, es lo que puede ayudarnos a habitar la incertidumbre de ese Otro Mundo, que supone el abandono de cualquier “dirección” prefabricada. No es la compra segura de ningún futuro mejor. En todo caso, nos advierte, como afirma Andrew Culp recuperando la ética punk, que “el único futuro que tenemos llegará cuando dejemos de reproducir las condiciones del presente”.

El dualismo Útilidad-Inútilidad es una de las declinaciones del pacto originario, tal vez la más poderosa actualmente, que señala qué es digno de existir y qué no. La Contra-Utilidad opera desde el exterior, evitando esa diferenciación, pues sabe que ella no nos llevará a ningún lugar distinto. La salida está por fuera de lo que conocemos, en la posibilidad de trazar alianzas con sujetos y colectivos que se niegan a “producir” y que hacen de esta autodeterminación una herramienta para resistir el sometimiento y evocar las fuerzas desconocidas de un Otro Mundo. ¿Acaso no son estas fuerzas las que hacen temblar al Poder cuando lxs “inútiles”, exiliadxs de la “producción”, deciden parar, bloquear y gritar “¡váyanse todos!”? Podemos contagiarnos del rechazo puesto en movimiento por los grupos indígenas que se rehúsan a transformar los dioses de la Tierra en recursos para el desarrollo; dejarnos poseer por la rabia de los pueblos fumigados que no están dispuestos a sacrificar su salud; viralizar la insurrección de jubiladxs y discapacitadxs que se niegan a justificar su existencia. Reactivar nuestra creatividad supone hurgar y retomar nuestras partes no colonizadas para, desde allí, convocar a la desobediencia.

La desobediencia, figura ampliamente recuperada por la filosofía contemporánea como el espacio privilegiado para dejar de hacer, encuentra en la huelga su dispositivo por excelencia. La huelga permite resistir al Poder mediante el bloqueo e interrupción de los flujos semiótico-materiales del Capital. La Contra-Utilidad acompaña la fuerza de este llamado, con la convicción de que este mundo solo se detendrá si somos nosotrxs quienes nos detenemos. Sin embargo, y este punto es crucial, extiende esta noción a la propia equivocación interna que habitamos como científicxs.

Vale la pena insistir en qué significa para nosotros desobedecer: volvernos incapaces de cumplir con el sacrificio que se nos exige. La desobediencia que reclamamos es, entonces, un acto de indisciplina dirigido hacia nuestras prácticas y cuerpos, orientada a despojarnos de todo aquello que nos constituye como parte de esa Ciencia. En estos tiempos de volatilidad laboral extrema, donde el home-office amenaza las formas de colectivización y nos hace cargar el Sistema a cuestas, la desobediencia interna parece ser el primer paso para todo lo que pueda venir después. La Contra-Utilidad nos recuerda una y otra vez: ¡no somos solo lo que han hecho de nosotrxs! Podemos revitalizar nuestros fragmentos no colonizados y, desde allí, ensayar nuevas alianzas y voces.

Ahora mismo, mientras escribimos y leemos estas palabras, la fuerza incorporada de los Dueños seguramente intenta apoderarse de nuestras voces y pensamientos. Procurará convencernos de que cualquier gesto que no sirva a la utilidad “es infantil, una utopía”; o, en todo caso, responderá con cinismo que “sabemos que hay algo mejor, pero ya es tarde para cambiar”, “estas son las reglas”.

Conocemos muy bien los efectos de estas ideas. Es momento de desobedecernos y ensayar otras.

Francisco Pazzarelli y José María Miranda Pérez Spectra. Laboratorio de Antropología Especulativa. Julio de 2025. Córdoba, Argentina

 

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