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Del Neoliberalismo al Fascismo XI: la Dictadura y el Bestialismo Ciudadano

Las imágenes de un chico de 10 años linchado por robar un celular exhibe el lado más brutal de la Doctrina Chocobar: la viralización de la "justicia por mano propia". El peligroso aval del mensaje del poder y el sadismo como política de estado. Se trata de instigar un fenómeno de alcance universal: el odio, cuyas consecuencias resultan palpables y no va a parar, porque la última etapa de Neoliberalismo será la más salvaje, brutal, estúpida y cruel vuelta al fascismo y la xenofobia más rudimentaria, aquel que solo es una versión actual de la vieja lucha de los pobres contra pobres. ¿Realmente alguien piensa que asesinando y linchando niños (incluso en algunos casos donde su única culpa fue la de pasar cerca de algún policía, como en el caso de Facundo Ferreira, el nene baleado por la policía en Tucumán)? Cuando la sociedad está dispuesta a linchar niños (acto cada vez más frecuente), y cuando asesinar a cualquier persona (pero más siendo niños) se vuelve algo natural, estamos ante la total decadencia de un sistema de valores que impulsa el Estado policiaco global y fascismo del siglo XXI.


Ya lo dijimos en la nota de Charly, los Dinosaurios siguen caminando, y cada vez con un poco más de soltura. Cada tanto, La Nación manda un editorial reclamando la libertad de los genocidas, en varios tribunales se deciden libertades condicionales o prisiones domiciliarias para los represores (el último podría ser nada menos que Astiz). Pero sobre todo se sostiene un ejercicio ilegal de la violencia por parte del Estado, que va de la requisa de mochilas a gente con portación de cara al gatillo fácil, los arrestos arbitrarios, las represiones a mansalva en las marchas. La democracia no termina de instalarse en un contexto en el que Corporación Cambiemos S.A. ve a la política como un enemigo.
Ya pasaron más de tres décadas de democracia, pero hay herencias del gobierno militar que siguen en pie, hoy sostenidas con un gobierno que no puede pronunciar la palabra "dictadura" (salvo para hablar de Venezuela) y que defiende y celebra el gatillo fácil. Mientras es brutalmente violada por las corporaciones y el gobierno de los ricos, la manipulada sociedad argentina busca chivos expiatorios. El argentino promedio, embobado delante del televisor, piensa que si nos tiene que ir tan mal, que por lo menos la culpa la tenga otro. Mal de muchos, consuelo de tontos. Manipulada por los medios de difusión del poder fáctico de tipo económico, la sociedad argentina va teledirigida a vomitar sus frustraciones sobre quienes nada tienen que ver con ellas porque el hipnotismo con el que es bombardeado cotidianamente lo confunden para no responsabilizar a los verdaderos responsables: la sociedad argentina es teledirigida para perderse en cortinas de humo y no salir de allí.
Crueles cortinas de humo... un verdadero espiral de involución.
"Aquí estamos estáticos en la segunda mitad del siglo XX,
pero bien podría ser la Edad Media...
Quiero el futuro ahora con todos los hombres libres y sin opresión
Y aunque oscuro es el camino,
y la distancia a la cima me rompe el corazón"
Peter Hammill


Según los medios, hay un ejército de delincuentes, que junto a los mapuches y los que dependen de planes sociales para poder sobrevivir, entre otros sectores, que enfrenta al mundo de la ley que cada vez se encarna más en las fuerzas de seguridad (ni hablemos de "justicia"). No se cuestiona a Chocobar ni a los gendarmes que mataron a Rafael Nahuel por la espalda, pero sí al juez que decidió la liberación de Cristóbal López. Es más, el presidente lo fustiga en público e implícitamente pone en duda su honestidad. No se plantea reformar el funcionamiento de la policía (pese a la corrupción y los abusos) pero sí se exigen cambios en el sistema de la justicia. No se trata de si esos cambios son necesarios o no (es una materia urgente), sino de dónde se está poniendo el acento. El aparato represivo está muy bien como está (ni siquiera está expuesto a fórmulas habituales desde el poder como: "se investigará hasta las últimas consecuencias"); no pasa lo mismo con los magistrados que fallan en contra o que no comparten las ideas del gobierno sobre el castigo al crimen. Lo dijo claramente el "Sr. Tijeras" Macri cuando se refirió al caso Chocobar: "espero crear conciencia entre los jueces".

El hecho ocurrido hace pocos días en Córdoba es un fiel reflejo de todo esto: un niño de aproximadamente 10 años fue linchado por unos transeúntes que lo acusaban de intentar robar. Una mujer paramédica que presenció los abusos pudo separar a "la gente que estaba muy violenta" y logró ayudar al niño que estaba en estado de shock nervioso. Lo asistió para que no se ahogara por la gran cantidad de sangre que salía por la nariz y reprochó a los presentes que en vez de llamar a la ambulancia se pusieron a filmar y debatir que hacer. El niño quedó tirado en el piso hasta que fue cargado ensangrentado al movil policial.
Lo peor de todo son las opiniones que se refieren al hecho, ya de por sí bestial, de linchar a un niño. Si ven los comentarios de Youtube donde se muestra la escena, los usuarios-clientes-espectadores no piden más educación, inclusión y lucha contra la pobreza, lo que piden es que asesinen al niño, inclusive hay quien habla de descuartizamiento y otras bestialidades semejantes. No voy a reproducir animaladas semejantes, el que quiera que lea los comentarios en el link.

A este modelo de consumo de bestialismo, se le suma una ola de temor infundado (que embarga a nuestro país aunque algo parecido parece estar pasando en todo el mundo, dicho sea de paso). Si escuchamos los medios de comunicación o los comentarios en la calle, se diría que vivimos en un mundo repleto de riesgos y peligros, un entorno extremadamente inseguro, sin precedentes históricos. Miedo a morir, a ser robado, violado, pánico a los terroristas que amenazan nuestra seguridad, al igual que los mapuches las ordas de La Cámpora que parecen desayunar con bebés. Un caldo de cultivo alimentado por la información sesgada de los medios, justo para un cerebro primitivo. Cualquier rumor, cualquier noticia sospechosa dispara la alarma, los hechos delictivos son magnimizados, el sensacionalismo cunde y hasta los espectadores lo piden.
"El valor no es la ausencia del miedo, más bien, es la opinión de que otra cosa es mucho más importante que el miedo".
Ambrose Redmoon

En realidad lo verdaderamente más peligroso es el Estado policíaco global que esta surgiendo en tanto el capitalismo se hunde en una crisis de valores sin precedente, con un grado de degradación y deterioro social que produce, y producirá cada vez más, un bestialismo ciudadano digno de la Edad Media.
Cuando el pobre delira que es rico, entonces está desclasado, lo que es diametralmente opuesto a tener conciencia de clase. Y en consecuencia empieza a reproducir toda la ideología de la clase social a la que cree pertenecer sin pertenecer de hecho: la clase dominante. Y, naturalmente, incorpora el odio de esas clases, ya que el odio es parte fundamental de cualquier ideología. El pobre desclasado empieza entonces a odiar a otros pobres desde un pretendido lugar de rico. Pero como nunca llega a ser rico de verdad, lo que termina expresando no es odio, sino auto-odio de clase social. El desclasado se odia sí mismo sin comprender en ningún momento que lo hace: piensa que odia al de en frente, pero en realidad odia al de al lado sin entender que está al lado. 
Erico Valadares

El bestialismo del que produce la nueva lucha de pobres contra pobres, lucha basada en el pensamiento del pobre de derecha, es decir, la del empleado que expresa la ideología del patrón. Como el negro que apoya el racismo como blanco, el homosexual homofóbico y la mujer machista, el trabajador desclasado está generando las condiciones para su propia destrucción. Vota a la derecha, pide ajuste y represión, quiere que vuelva la dictadura militar.
¿Y todo esto qué tiene que ver con el niño linchado? Todo... si aún no te diste cuenta por donde va la relación, será necesario que entres a ver esta nota completa.




La evolución estableció una mente con dos sistemas para procesar la información, dos cerebros
distintos con funcionamiento dispar. El cerebro primitivo, patria del instinto, de las emociones, de los gustos, de los impulsos, funciona con gran celeridad de manera inconsciente. Trabaja en términos de bueno o malo, con fuerte carga emocional y obtiene conclusiones rápidas con muy poca información. Aunque genera notables sesgos, resultaba muy útil para sobrevivir en entornos muy peligrosos. En el Paleolítico, era mejor asustarse y huir con celeridad ante la visión de un tronco flotando en el río que detenerse a evaluar si se trataba o no de un cocodrilo.
Como contrapunto también disponemos de un cerebro racional, patrimonio del pensamiento consciente y calculador, que actúa con mucha más lentitud, matizando o corrigiendo parcialmente las apreciaciones del cerebro primitivo. El problema es que este cerebro pocas veces refuta la primera impresión: raramente contradice completamente al cerebro primitivo, a la emoción, cuyos marcadores implican un fuerte anclaje. Ahora bien, sin el concurso del pensamiento racional, que requiere formación, tiempo y esfuerzo, los individuos podrían pasar su vida con terrible fobia a un mero tronco flotando en el agua.

En su libro, "Risk: the Science and Politics of Fear", Dan Gardner considera que este injustificado miedo está causado por tres factores: la naturaleza de un cerebro humano formado en el Paleolítico, la dinámica de la información actual y la manipulación interesada por parte de políticos y grupos de presión. Como consecuencia, el sujeto comete grandes errores a la hora de estimar los riesgos. Por ejemplo, es infinitamente mayor el riesgo de morir por un infarto que por atentado terrorista; pero el segundo amedrenta mucho más que el primero.

Como ya dijimos anteriormente, el trumpismo en Estados Unidos, el brexit en el Reino Unido, y la proliferación de partidos y movimientos neofascistas y autoritarios en Europa y alrededor del mundo, representan una respuesta ultraderechista a la crisis del capitalismo global. Los proyectos del fascismo del siglo XXI buscan organizar una base de masas entre los sectores históricamente privilegiados de la clase obrera global, tales como los obreros blancos en el Norte y las capas medias en el Global, quienes ahora experimentan una mayor inseguridad e inestabilidad en sus condiciones laborales y de vida.
Al igual que su predecesor del siglo XX, este proyecto gira alrededor del mecanismo psico-social del desplazamiento del temor y ansiedad de las masas en momentos de aguda crisis capitalistas hacia las comunidades designadas como chivos expiatorios, tales como los trabajadores inmigrantes, los musulmanes, y los refugiados en Estados Unidos y Europa. Las fuerzas ultraderechistas efectúan este mecanismo mediante un discurso de xenofobia, ideologías desconcertantes que abarcan la supremacía racial/cultural, un pasado mítico e idealizado, el milenarismo, y una cultura militarista y masculinista que normaliza y hasta glorifica la guerra, la violencia social, y la dominación.
El trumpismo en Estados Unidos, el brexit en el Reino Unido, y la proliferación de partidos y movimientos neofascistas y autoritarios en Europa y alrededor del mundo, representan una respuesta ultraderechista a la crisis del capitalismo global. Los proyectos del fascismo del siglo XXI buscan organizar una base de masas entre los sectores históricamente privilegiados de la clase obrera global, tales como los obreros blancos en el Norte y las capas medias en el Global, quienes ahora experimentan una mayor inseguridad e inestabilidad en sus condiciones laborales y de vida.
Al igual que su predecesor del siglo XX, este proyecto gira alrededor del mecanismo psico-social del desplazamiento del temor y ansiedad de las masas en momentos de aguda crisis capitalistas hacia las comunidades designadas como chivos expiatorios, tales como los trabajadores inmigrantes, los musulmanes, y los refugiados en Estados Unidos y Europa. Las fuerzas ultraderechistas efectúan este mecanismo mediante un discurso de xenofobia, ideologías desconcertantes que abarcan la supremacía racial/cultural, un pasado mítico e idealizado, el milenarismo, y una cultura militarista y masculinista que normaliza y hasta glorifica la guerra, la violencia social, y la dominación.
En este sentido, la ideología del fascismo del siglo XXI descansa sobre la irracionalidad –la promesa de restaurar la seguridad y la estabilidad no es racional sino emotiva-. El discurso publico del régimen de Trump del populismo y nacionalismo, por ejemplo, no guarda ninguna relación a sus verdaderas políticas. En su primero año, el “trumpismo” abarcó la desregulación –el virtual aplastamiento del Estado regulatorio– un mayor recorte del gasto social, las privatizaciones, la reforma impositiva a favor de los ricos y el capital y explícitamente en contra de los pobres y la clase obrera, y una expansión del subsidio estatal al capital: en resumidas cuentas, el neoliberalismo en esteroides.
William I. Robinson. Profesor de Sociología, Universidad de California en Santa Bárbara.

En este sentido, la ideología del fascismo del siglo XXI descansa sobre la irracionalidad –la promesa de restaurar la seguridad y la estabilidad no es racional sino emotiva-.
Mauricio Macri tuvo la audacia de ser el primer mandatario constitucional que recibe en la Casa Rosada a un policía acusado de “homicidio por exceso en la legítima defensa”. Lo cierto es que su empatía explícita hacia el uniformado Luis Chocobar –en medio de la difusión del video que lo muestra ultimando a quemarropa al ladronzuelo Pablo Kukoc, de 17 años– no demoró en instigar otros crímenes aún más espeluznantes, como el de Facundo Ferreira, el niño de 12 años fusilado por la policía tucumana. Pero el beneplácito oficialista por el “gatillo fácil” además estimuló un simpático deporte grupal: el linchamiento de presuntos malvivientes en manos de civiles enardecidos. Tal fue el reciente caso de Cristian Cortés, de 18 años, martirizado hasta la muerte por “vecinos” de la ciudad de San Juan tras arrebatar un celular. Cabe decir que se trata de una práctica que en su momento también mereció una ya olvidada bendición presidencial.
“Daniel es un ciudadano sano y querido; él debería estar con su familia, tranquilo, tratando de reflexionar en todo lo que pasó”, supo decir Macri el 15 de septiembre de 2016 en diálogo con radio La Red.
Se refería al carnicero de Zárate, Daniel Oyarzún, quien tras sufrir un robo ingresó en la historia policial argentina a raíz de su aporte metodológico en el campo de la “justicia por mano propia”, una innovación que bien podría denominarse: “embestida vehicular seguida de linchamiento”.
Para que ocurriera el linchamiento –luego de perseguir y atropellar con su Peugeot 306 al ratero en fuga–, la faena de aquel hombre se vio completada por la súbita complicidad de una cantidad no determinada de “vecinos” que prodigaron una sinfonía de puñetazos y patadas sobre la víctima –identificada como Brian González–, cuando, aplastado entre la trompa de la camioneta y un semáforo, agonizaba con el cuerpo roto por dentro.
Tal acto le valió al irascible Oyarzún un breve arresto, su procesamiento por “homicidio simple”, la contención de Macri y, al final, su excarcelación “extraordinaria”. Pero todo eso sin que el expediente judicial ni las coberturas periodísticas, al igual que las expresiones vertidas por el espíritu público en las redes sociales, repararan en el signo colectivo de ese asesinato, olvido que, por cierto, escamotea el eje mismo del asunto: la existencia –nada menos que entre la “parte sana” de la población– del criminal espontáneo y agrupado con otros asesinos. Una tipología para tener en cuenta.

Ciudadano común

Es imposible determinar con exactitud el origen de semejante tendencia en la Argentina. Pero uno de sus hitos más notables se produjo el 9 de abril de 2009 en una esquina de Sarandí. Su disparador –nunca mejor utilizada esta palabra– fue la muerte del camionero Daniel Capristo, malogrado con ocho tiros por un pibe de 14 años al pretender evitar con un revólver el robo del Fiat Palio de su hijo. De modo que, en principio, lo ocurrido fue apenas otro intento fallido de “justicia por mano propia”. Pero el capricho invisible del azar lo llevaría a una situación sin precedentes en materia de bestialismo ciudadano.
Una no muy buena impresión habría causado entre familiares y vecinos del difunto que el fiscal Enrique Lázzari, al llegar al lugar del hecho, dijera del matador: “Es menor y no se puede hacer mucho”. Esa frase bastó para desatar una lluvia de golpes sobre él. Entonces fue apaleado en el suelo y hasta recibió un ladrillazo en la espalda, después de que la jauría humana lo persiguiera a lo largo de dos cuadras. Los canales transmitían el incidente en vivo; ante tales circunstancias, el movilero de TN soltó: “Fíjense en la indignación que hay; la bronca de los vecinos es clara y genuina”.
Al otro día tres mil vecinos convergieron en la plaza de Valentín Alsina para reclamar medidas urgentes contra la inseguridad. Y ante todo micrófono que se les puso a tiro, expresaron sus ideas al respecto. Una prima de Capristo, dijo: “La pena de muerte es un regalo; a los delincuentes habría que mutilarlos antes”. Un tipo que se identificó como Diego Díaz, sostuvo: “Hay que colgar a los chorros en postes de luz, y los medios deben mostrar cómo se desangran”. Otro sujeto portaba un cartel con una propuesta: “Control de la natalidad”. Es de suponer que muchos de los presentes habían participado la noche anterior en la agresión al fiscal. Lucían inmutables, como si la responsabilidad penal no los alcanzara.
El hábito de linchar había llegado a la Argentina para quedarse. Desde entonces la prensa ha visibilizado el asunto de manera espasmódica, al punto de demorar exactamente cinco años su instalación en las primeras planas. Eso sucedió recién en abril de 2014, al ser asesinado el joven David Moreyra por una turba en Rosario. Se le atribuía el robo de una bicicleta. A partir de aquel instante empezaron a saltar a la luz decenas de casos similares en todo el país. Y con el correspondiente debate al respecto.
En términos jurídicos, lo que en realidad se discute es la neutralización de robos callejeros –en especial, arrebatos de carteras y celulares; es decir, delitos excarcelables por su poca monta– mediante el recurso del homicidio calificado por alevosía (indefensión de la víctima) y ensañamiento (intención de agravar la agonía). Su conveniencia, dicho sea de paso, sumó una cantidad apreciable de opiniones favorables. En conjunto, una suerte de Evangelio de la Seguridad Vecinal, cuyo eje teórico se basa en dos simples pilares discursivos: “Hay un Estado ausente” y “La gente está cansada”. Y en tal sentido, desde luego, flota un interrogante: ¿Es el pánico ante la posibilidad de padecer algún delito lo que causa tales sentimientos en la muchedumbre o, por el contrario, sus integrantes siempre suelen razonar así? Habría que saberlo.
En las antípodas de tal pensamiento, suele haber una profusión de frases alrededor de un mismo concepto: “La justicia por mano propia no es justicia”. Apenas una tímida manera de decir que agruparse en una horda para patear a una persona hasta la muerte es un recurso inconducente y poco republicano. Como si en el “ciudadano común” no hubiera un gen criminal.

El grito

Resulta aún más aterrador constatar que los asesinatos colectivos no siempre tienen por propósito poner freno o castigar un delito sorprendido en flagrancia. Ciertos ejemplos –catalogados apenas como “desbordes inexplicables” de la condición humana– así lo demuestran.
Un caso testigo en la materia fue el crimen de Emanuel Balbo, sucedido el 16 de abril de 2017 en el estadio Kempes, de Córdoba, durante el clásico de Belgrano con Talleres. No está de más repasar su dinámica.
“¡Ese es de Talleres! ¡Un infiltrado, mátenlo!” fue el grito que señaló a la víctima, de 22 años, y que puso fuera de sí a los hinchas de Belgrano. Balbo bajó 25 escalones entre alaridos acusatorios, puñetazos y patadas, hasta llegar al borde de la tribuna, desde donde fue arrojado al vacío. Murió luego de una agonía que duró tres días.
Bien vale considerar dos cuestiones: sus verdugos –quienes se sumaban por decenas en cada metro que Balbo avanzaba hacia su absurda muerte– no eran barrabravas sino simples espectadores, y no necesitaron más que el grito del instigador –un tal Oscar “Sapo” Gómez, que sostenía un entredicho previo con la víctima– para encender la mecha de ese asesinato.
Un grito, ese sencillo estímulo pavloviano supo ser el detonante de otras tragedias criminales. Un grito. Como el que lanzó la hija de Richard Souto, un herrero de Benavídez, durante la tarde del 28 de septiembre de 2010.
“¡Es un ladrón! ¡Es un ladrón!”, chillaba, señalando a un chico que a lo lejos intentaba parar un remis.
El chofer pensó que le quería robar el auto; otros vecinos creyeron lo mismo, apresurándose a intervenir. Aquella “detención ciudadana” se efectuó con golpes y patadas. Un linchamiento, digamos, de baja intensidad.
Entonces emergió un vehículo por una calle lateral; a bordo iba el padre de la gritadora con algunos allegados. Los vecinos que retenían al presunto ladrón lo entregaron a sus perseguidores.
En realidad era Matías Berardi, de 17 años, quien había sido secuestrado por ellos en la madrugada, al regresar de un baile. Durante la negociación con su familia por el rescate, él logró huir de su lugar de cautiverio.
A la noche apareció muerto en un descampado, con un tiro en la nuca.
Los vecinos de Souto deberán arrastrar eternamente esa cruz.
Si la historia de la humanidad algo enseña es que son muy plausibles las conductas homicidas en individuos insospechados. Sin embargo lo que resulta aún más espeluznante es que un conjunto de “personas normales”, que por lo general no se conocen entre sí, que van o vuelven de sus tareas rutinarias, de pronto se comploten en un crimen tan súbito como abyecto.

El 13 de junio de 2017 un niño de 10 años fue linchado por una horda de peatones en la esquina de Colón y General Paz, de la capital cordobesa. Su pecado: intentar el robo de un celular. El ataque fue filmado y se viralizó en las redes sociales. Allí se ve a sus agresores zamarreándolo, antes de tirarlo al piso en donde recibió un aluvión de golpes. Su silueta indefensa y sangrante es una postal del presente. Una paramédica se interpuso, y así el pibe logró salvar su vida. Después, la dotación de un patrullero se lo llevó preso. Y la “gente” fue retomando lentamente su camino.
¿Esos seres, ya en sus sus hogares, les contaron a los hijos que venían de “reventar” a un niño junto con otros honrados ciudadanos?
Como aconseja Macri, estas cosas “hay que reflexionarlas en familia”.
Ricardo Ragendorfer

¿Qué va a ser de un país que ha elegido al miedo como forma de vida? Qué nos queda si, después de habernos robado el trabajo, la educación y la sanidad, y después de humillar a nuestros ancianos y de restregarnos los privilegios de la banca y las grandes empresas, consentimos además que nos empapen de miedo?.
La dictadura y sus persistencias no dejan de estar en el menú del macrismo. Más que de un modelo se trata de una inspiración. Hay algo que atraviesa el tiempo, aunque debe ajustarse a otros climas de época y que une el “por algo será” con la justificación del linchamiento. Eso está ahí, no se ha ido. Hoy es el momento del retorno de aquello que siempre estuvo. Sin dudas, Macri no es la dictadura, pero su gobierno mantiene con ella un enrarecido aire de familia.




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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.