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lunes, 19 de septiembre de 2016

La Educación y La Nueva Campaña del Desierto


En el mismo lugar que Julio Argentino Roca un 25 de mayo de 1879 dio inicio simbólico (que por supuesto ya venía ocurriendo en la práctica y violentamente desde mucho antes) al avance militar sobre las comunidades indígenas de Patagonia, Esteban Bullrich, ministro de Educación y Deportes, estuvo en un acto en la ciudad rionegrina de Choele Choel y dijo textual: "Hace muy poquito cumplimos 200 años de nuestra independencia, y planteábamos con el Presidente que no puede haber independencia sin educación. Y tratando de pensar en el futuro, esta es la nueva Campaña del Desierto. Pero no con la espada, sino con la educación."
Hace poco, el ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires negó que fueran 30 mil los desaparecidos. Dos genocidios, igualmente crueles, igualmente criminales. Lo de Bullrich, ¿causará la misma indignación pública que obligó a renunciar a Lopérfido? ¿O hay genocidios que duelen menos que otros?


La frase del ministro provocó algo así como vergüenza ajena hasta en los voceros mediáticos del macrismo, y es comprensible. Puede continuarse hasta el cansancio la polémica sobre Roca y sus andanzas. Pero comparar una pretensión de gesta educativa con lo que objetivamente fue una masacre, que muchos historiadores y estudiosos elevan al nivel de etnocidio institucional, es de mínima una ofensa al intelecto. Y que incurra en ella nada menos que el ministro nacional de Educación, lleva el asunto a un terreno complicado de descifrar porque, convengamos, refuerza el interrogante ya formulado cuando advirtieron que cambiar la moto o el celular, o viajar al exterior, era una fiesta que no puede ser para todos; cuando alertaron que si la nafta estaba cara había que dejar de usar el auto; cuando les pidieron perdón a los españoles por haberles expropiado YPF; cuando llamaron a ir abrigado por la casa en lugar de usar la calefacción; o cuando el 9 de julio, precisamente, Macri aludió a "la angustia" que sintieron los patriotas al separarse de la corona.



El ministro de Educación y Deportes de la Nación, Esteban Bullrich, afirmó que "la educación será la nueva campaña del desierto". Habló sin ponerse colorado. En su discurso no estuvieron ni los asesinatos masivos de personas ocurridos durante las campañas militares, ni los campos de concentración que funcionaron para los prisioneros indígenas, ni los traslados forzados de miles de familias cuyas mujeres y niños fueron repartidas entre las familias aristocráticas (que a la vez financiaron las campañas a través de bonos de la Sociedad Rural). Todos hechos ya comprobados a través de decenas de investigaciones fundadas en archivos, en denuncias de diarios de época, en los propios partes militares y en la historia oral de las comunidades, entre muchas otras fuentes. Sería imposible creer que el ministro no conoce el alcance atroz y el genocidio realizado a través de un proceso sistemático y planificado por parte del Estado argentino sobre los pueblos indígenas.
Y resulta difícil no asociar la afirmación de Bullrich con la que hace unos pocos meses hizo el ministro del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Darío Lopérfido, cuando desde su cargo en el ministerio de Cultura sostuvo que los desaparecidos durante la última dictadura cívico militar no fueron 30.000.



Esa afirmación de Bullrich no se da en soledad, es continuación de una editorial del diario La Nación de hace pocas semanas en las que se dice que las campañas al desierto fueron un enfrentamiento de culturas. "Enfrentamiento de culturas" ya ni siquiera es la "gesta militar" ponderada como fundamental para el progreso de la nación. Esa avanzada militar festejada con honores en la última dictadura cívico militar al festejarse los cien años. Otra coincidencia de genocidios.
Cuando las frases como que "los mapuches son chilenos" se caían de tan absurdas, lo mismo que decir que las campañas al desierto fueron una "gesta patriótica" que permitió el progreso y no un cruel genocidio, ahora esos discursos retornan.

Y esto es peligroso, es como si volviera el “por algo será” en relación a los desaparecidos. Y son peligrosos esos discursos porque la historia está íntimamente asociada a la memoria. Porque cuando la historia se arropa de verdad objetiva actúa y disputa sentidos en las memorias sociales. Y otra vez una (la historia oficial) asume más valor que otras (las subalternas). Y la memoria, los recuerdos compartidos, las maneras de pensarse como colectivo, la memoria que se hace carne en los sujetos y los sujetos que avivan la memoria vuelven al arcón de los recuerdos rotos y sin valor.

Entonces digamos. Afirmemos que las campañas militares de fines del siglo XIX en Pampa y Patagonia tuvieron como objetivos convertir en propiedad privada a las tierras y cuerpos indígenas.
Y digamos también que hasta mediados del siglo XX, esto continuó en la región chaqueña donde obrajes, ingenios (Ledesma, San Martín del Tabacal, Las Palmas, La Esperanza, La Forestal, entre otros), misiones católicas franciscanas y reducciones estatales para indígenas como Napalpí y Bartolomé de las Casas se hicieron cargo del trabajo sucio de sacar a las comunidades de sus territorios para ponerlas, forzadas, al servicio del aparato productivo del Estado. Como en el 76’, otra vez, las grandes empresas, la iglesia y el Estado acordando un plan estratégico de refundación de la nación argentina. La frase se entiende en la suma de muertes silenciadas sin justicia. Se entiende con la masacre Napalpí en 1924, se entiende con la masacre de La Bomba en 1947. Ambas con centenares de muertos, ambas con juicios iniciados, ambas con juicios ninguneados y cajoneados. Se entiende con las represiones y desalojos de la última década, se entiende con la muerte de Roberto López en La Primavera, de Javier Chocobar en Tucumán, con la de Cristian Ferreyra en Santiago del Estero, entre muchas otras. Éstas y aquellas en gobiernos democráticos.

Las siguientes declaraciones a que se refiere este comunicado fueron hechas ayer (15/09) durante la inauguración del Hospital Escuela de Veterinaria de la UNRN en Choele Choel.


Bariloche 16 de septiembre 2016
Comunicado en rechazo a las declaraciones del Sr. Ministro de Educación Esteban Bullrich realizadas en nuestra casa de estudios en Choele Choel, en las cuales compara el avance de nuestra universidad en términos de una “nueva campaña del desierto, pero no con la espada, sino con la educación.”
Los abajo firmantes, becarios, investigadores, docentes y personal del Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio de la Universidad Nacional de Río Negro y del CONICET, expresamos nuestro profundo rechazo a las declaraciones del Sr. Ministro de Educación Esteban Bullrich realizadas en nuestra casa de estudios en Choele Choel, en las cuales compara el avance de nuestra universidad en términos de una “nueva campaña del desierto, pero no con la espada, sino con la educación.”
Desde las investigaciones científicas realizadas en nuestra institución, desde la memoria social en nuestra región y desde el sentido común aquello que usted, Sr. Ministro de Educación, refiere como hecho histórico en términos de “campaña del desierto” ha sido un genocidio. Bajo ningún concepto puede aceptarse que un crimen de lesa humanidad pueda ser utilizado como metáfora para referir a una política pública. Esto supone o bien una supina ignorancia e indiferencia ante la historia de nuestro pueblo, o bien una propuesta educativa, en este caso, que comparte los lineamientos principales con aquello que se compara.
Ambas son preocupantes, ya que en efecto la llamada “campaña del desierto” no se realizó sólo con la espada, como usted afirma, sino a través del apoyo financiero de sectores que se enriquecieron con el despojo de los pueblos originarios, de la concentración, deportación y división de las familias sometidas, de su distribución como fuerza de trabajo semiesclavizada para el beneficio de distintos sectores de poder en el país, de la entrega y borramiento de la identidad de miles de niños separados de sus familias. Usted habla de hacer una “nueva campaña” con la educación, desconociendo que ha sido precisamente el sistema educativo en nuestro país un responsable directo de que los prejuicios y discriminaciones se hayan perpetuado, construyendo a los pueblos originarios como “salvajes”, “extranjeros” y “ladrones”, y a la región en que vivimos como un “desierto”.
No podemos compartir ni aceptar ninguna otra campaña al desierto. Convocamos a usted, Sr. Ministro a desandar, a través de la historia y de una reflexión honesta sobre las asimetrías y desigualdades de nuestra sociedad, las políticas que sometieron a los pueblos originarios al genocidio. Sólo así podremos pensar en políticas educativas interculturales, en un plano de igualdad, de respeto y verdadera participación ciudadana.
IIDyPCa-CONICET-UNRN (Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio de la Universidad Nacional de Río Negro y del CONICET)

¿Son o se hacen?


2 comentarios:

  1. Son.- No me cabe ninguna duda.- Podrán ser ineptos en muchos aspectos pero, mayormente son hijos de puta y delincuentes.-

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  2. Teniendo en cuenta, la suerte que corrieron los indios en la campaña del desierto, queda claro lo que nos tiene preparado para el futuro la rebolu-cion de la alegria.
    Mas claro echale agua!!!

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