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Del Neoliberalismo al Fascismo II - Campos de Concentración Nazis: Base Industrial del Capitalismo de Hoy

Luego de pasado unos días desde que publicamos la nota Del Neoliberalismo al Fascismo: la Idiotez y la Barbarie encuentro esta nota interesantísima que paso a copiar, y que viene a ratificar lo que expusimos en nuestro post pero desde el punto de vista del pasado, cosa que nos sirve para parcatarnos en el momento en el que estamos y hacia donde vamos: grandes trasnacionales hoy vigentes se enriquecieron directamente del nazismo. Ahora gobiernos y empresas (como Volkswagen, Siemens o IBM, por sólo mencionar algunas) pretenden borrar una parte de la historia. Hitler y sus similares fueron un producto capitalista que, enfrentado a otros sistemas también capitalistas, buscó llevar al extremo los métodos de explotación y concentración de la riqueza. Sirva como una segunda parte de nuestra saga "Del Neoliberalismo al Fascismo".

El 27 enero pasado en Italia se ha conmemorado el denominado Día de la Memoria, una forma hipócrita y cínica de limpiarse la conciencia por parte de quien ha cometido y sigue cometiendo crímenes de lesa humanidad en nombre del capital. Con esa proclamación se envía al imaginario colectivo unas cuantas fórmulas abstractas. Lo único que se busca es que nuestros cerebros, recuerden, “tengan memoria”, pero no entiendan lo que ha pasado. Nos dicen que es importante no olvidar. Se trata de una actitud tan “genuina”, como la de una sociedad “protectora de los animales”, como decía Antonio Gramsci en sus Cuadernos. Miles de personas participaron en la jornada. No tenemos nada contra las más nobles intenciones que pueden estar atrás a esta participación masiva; pero a un día de memoria, preferimos una vida de comprensión.
Frente a muchos discursos conmovedores, preferimos hacer unas preguntas directas: ¿Quién quería los campos de concentración? ¿Cuáles fueron las causas? ¿Qué razones económicas terminaron para crear la razón sicológica?

Si la respuesta es la “banalidad del mal”, deberían explicarnos por qué esta “banalidad” se pudo generar con tanta violencia en la mitad del siglo pasado y en Europa. Si aceptamos las tesis de la “banalidad del mal”, nos quedaremos desarmados frente al fenómeno por el cual, por definición, no tendría ni soluciones ni explicaciones algunas.

A continuación, una historia donde conviven Hitler, la SS, el Tercer Reich al lado de IBM, Siemens, Volkswagen y las grandes compañías alemanas...


Hay quien explica también que la existencia de los campos de concentración representa el último capítulo de una discriminación secular en la cual fueron sometidos los hebreos. Dejamos a lado el hecho que en los campos de concentración no sólo murieron los hebreos, sino también latinos, gitanos, anarquistas, comunistas, socialistas, homosexuales, eslavos, opositores políticos, discapacitados, etcétera. Pero supongamos que, aunque fuera así como dicen, la cuestión sería que alguien nos debería explicar el porqué de “tan gran” prejuicio religioso haya podido llegar a esos niveles.
El materialista italiano Arturo Labriola solía decir que “las ideas no caen solas desde el cielo”. En este caso, deberíamos decir: las pesadillas no surgen desde el inframundo, sino que surgen en el terreno de la lucha de clase y de los procesos económicos. Y esto sucede a pesar de cual sea la opinión que tiene el hombre, de las motivaciones ideales, éticas, morales, religiosas y en las cuales, dicen, se mueven sus propias acciones.
A nosotros no nos interesa cuál era la perversa convicción que movía al sicópata nazi a nivel individual. Quien escribe este artículo no es siquiatra sino historiador. A nosotros no nos interesa cuál era su fin, sino la base social en la cual dichas convenciones se pudieron desarrollar. Ya que, si lo pensamos, las causas y los efectos parecen invertidas. Los campos de concentración no surgen por la presencia de un prejuicio religioso, sino que fueron los prejuicios religiosos y raciales heredados los que proveyeron del pretexto ideológico de un hecho económico y social bien radicado.


En su desarrollo supremo, la producción capitalista ha superado las barreras de un mercado nacional. Cada burguesía de un país con capitalismo avanzado tiene la tendencia a extender de manera imperialista su propio dominio en otros mercados y colonias. No puede existir capitalismo sin imperialismo, como ya no puede existir un desarrollo industrial y financiero capitalista sin militarismo y dominación de los mercados internacionales. Pero en su desarrollo particular, Alemania se había vuelto una potencia industrial cuando Francia y Reino Unido ya habían ocupado ampliamente el espacio colonial. La industria alemana podía seguir su propio crecimiento imperial sólo poniendo en discusión el equilibro geopolítico a nivel internacional. Sólo esto puede explicar la política agresiva del militarismo alemán (y por cierto, nunca y jamás, las supuestas características genéticas del alemán).
El nazismo le creó un programa posible a la burguesía imperialista alemana para, así, lanzar su desafío por el control del mercado mundial. La teorización de una superioridad de la raza aria, así como la un “espacio vital” hacia Oriente, eran sólo las justificaciones criminales y aberrantes de un programa de unificación del mercado europeo bajo el mando del imperialismo alemán.

Para lograr este objetivo se necesitaba de un inmenso esfuerzo militar y productivo que no tenía precedentes. La cuestión no era conquistar militarmente unos cuantos países, sino llevar a cabo una ocupación colonial y permanente de toda Europa y Asia. Hasta ahora, hay una tendencia de pensamiento que nos quieren imponer la idea de que la guerra debe considerarse como un conflicto entre Estados o ejércitos, como si esto fuera únicamente un choque de tipo militar, basado en tácticas, potencias de fuego y calidades de mandos. Pero, en realidad, la superioridad militar nace en el campo de la superioridad productiva. Y antes de volverse militar, la guerra se juega en el terreno de la productividad del trabajo.

Lo que era necesario ante todo era la conquista de la paz social entre fuerzas productivas y, desde ahí, poder explotar sin conflicto la fuerza de trabajo. El primer objetivo del capital alemán y de su brazo armado, el Partido Nacionalsocialista de Hitler, era el de la sumisión total de la organización del trabajo, y de cualquiera expresión organizada y consciente del movimiento obrero y campesino. Subordinados con la violencia a las fuerzas del capital, el trabajador y el desempleado alemán tenían que canalizar su propio odio de clase hacia un enemigo externo. Así nace la mal llamada “comunión de intereses” del patrón y del obrero alemán reunidos bajo el concepto de la “raza aria”, base ideológica de la pax romana nazi, y que tenía que reflejarse en la asunción de un enemigo común.
Fabricado al comienzo bajo presupuestos políticos y económicos, el racismo y la xenofobia de masa nazis encontraron su laboratorio en las problemáticas económicas ligadas a la producción bélica industrial. El gueto y el campo de concentración fueron nada menos que la respuesta a la necesidad de que la máquina productiva capitalista trabajara a su máximo esfuerzo.

La industria tenía que producir al máximo y sin tregua, mientras al proletariado, al desempleado y a la clase media alemana los nazis le entregaban la divisa militar para conquistar y ocupar toda Europa y Asia. El Estado tenía la obligación de acumular enormes cantidades de capital sin poderse financiar en el mercado internacional. Crear ulteriores impuestos a la pequeña y gran burguesía alemana, hubiera podido significar para el nazismo quitar la mesa donde estaban sentados y provocar peligrosos desequilibrios en la base social de sus referencias. Un tremendo problema para una potencia militar e industrial como aquella alemana.


Era necesario por lo tanto la conquista de un mercado de materias primas y a bajo precio, capitales a costo cero y una intensificación sin precedentes de la explotación de la mano de obra, pero con la doble dificultad de no poder disponer de amplios sectores del proletariado movilizados en el frente. Si las conquistas militares dieron las materias primas, el racismo dio la respuesta a una parte de los demás problemas aquí postulados.
Las leyes raciales en Alemania y en Italia, predisponían precisas limitaciones de acceso al mercado del trabajo salariado por parte de los hebreos y otras “etnias” y un censo muy preciso de sus bienes y capitales. En determinado momento, veremos como este censo ha representado la base para la expropiación de unos cuantos sectores de la pequeña y media burguesía. Una forma de tasación forzosa para sustentar las cajas de Estado de un país a capitalismo avanzado en guerra.
En unas condiciones “normales”, sabemos que el capitalista se “limita” a apoderarse de las horas de trabajo de un obrero a cambio de un salario mínimo que –en teoría– sirve para poder sobrevivir y para que el día sucesivo regrese a su trabajo. En condiciones “normales”, el Estado capitalista se apodera de las ganancias producidas a través la tasación. Pero, por las mismas razones aquí explicadas, este mecanismo tenía que alcanzar su máximo extremo y dimensión nunca logrado. El Estado y el patrón nazis no sólo tenían que disponer de la fuerza de trabajo y de los impuestos del obrero y del artesano hebreo, sino también de sus cuerpos y de todos sus bienes. El campo de concentración era el punto final de este mecanismo capitalista. El campo de concentración era, por ende, la racionalización final y organizada sobre bases industriales capitalistas.
En 1942 el jefe de la oficina económica y administrativa de la Schutzstaffel (conocida simplemente como SS), la policía secreta de Hitler, Pohl, publicaba un decreto en el cual se destacaba el carácter exquisitamente productivo de los campos de concentración. La eliminación de los detenidos tenía que realizarse por “cansancio por trabajar”.
Escribe Pohl a Himmler:
“La guerra ha causado un cambio contundente en la estructura de los campos y ha modificado en manera radical las tareas sobre el empleo de sus internados. El internamiento por razones de seguridad, educación o prevención ya no tiene sentido. Su centro gravitacional se ha posicionado hacia la economía. Lo que ahora es importante es la movilización de todos los internados al trabajo, por razones bélicas, y por lograr la paz. Por medio de esta concesiones resulta también necesario adoptar unos decretos para transformar los campos de concentración en organizaciones más idóneas a las tareas económicas, ya que la forma pasada reflejaban un mero interés político”.
Los “detenidos preventivos” eran nada menos que unas horrendas y macabras listas de colocación para esta fuerza de trabajo. Concentrados en los guetos, los hebreos, los latinos, los disidentes políticos, los eslavos, podían ser trasladados rápidamente a la “producción”. El número de estos internos por razones productivas crecían junto con el esfuerzo bélico: 60 mil en 1941; 115 mil en agosto de 1942; 160 mil en abril de 1943, y 200 mil en agosto de 1944. Nacían oficinas dentro y alrededor de los campos de concentración y también campos de concentración alrededor de las principales empresas. Es demostrada la complicidad de casi toda la burguesía industrial alemana en el proyecto del Tercer Reich. Según fuentes históricas, se aprovecharon de la mano de obra esclavizada empresas como la Volkswagen, los Thyssen y Krupp y la Siemens. Los responsables de los diversos campos tenían hasta la obligación de entregar los niveles de producción alcanzados.


Las imágenes hollywoodianas de unos cuantos detenidos masacrados de manera irracional en los campos de concentración nazis, deberían ser sustituirlas con aquellas imágenes verdaderas y espantosas de una clasificación y organización científica de la fuerza de trabajo. Los campos de concentración pudieron operar uno de los primeros database informativos de la historia, por lo menos a nivel masivo. La estadunidense IBM firmó un contrato, una alianza económica y estratégica, con los nazis para entregarle a ellos la tecnología necesaria para “archivar” todas las informaciones demográficas necesarias para controlar la población y, luego, para poder seleccionar los detenidos. El así llamado sistema Hollerith se basaba en fichas con foros que permitían poder archivar las capacidades de trabajos de los detenidos. Estos códigos permitían reconocer y clasificar en sus llegadas en un campo de concentración las funciones de los detenidos: carpintero, médico, artesano, metalúrgico, trabajador de la construcción, etcétera.
Todo lo que representaba un costo o era un obstáculo para la producción tenía que ser eliminado: comidas, pausas, descanso. La mano de obra inutilizada o innecesaria, superflua, tenía que ser eliminada y desechada. Y este círculo se cerraba transformando los muertos en materia prima.
Como ya hemos dicho, los hebreos no fueron la mayoría relativa de los detenidos, no fueron los únicos. Ya que el nazismo no ha exterminado sólo a los hebreos, sino también a los latinos, a los homosexuales, a los anarquistas, comunistas y socialistas, etcétera. Y sobre este exterminio ha construido la máquina perfecta de la ganancia capitalista. Sólo si sabemos interpretar los campos de concentración nazis bajo este supuesto, seremos capaces de comprender también la barbarie nazi no como un paréntesis horrendo en el camino “color de rosa” del capitalismo hacia el progreso, sino como uno de los destilados más puros y genuinos de este sistema criminal. Un sistema que en sus manifestaciones más extremas se basa en la esclavitud, y pone nuevamente en auge el hombre de la Edad Media… aunque si le entrega las tecnologías más avanzadas es el de un país de capitalismo avanzado.
No siempre el capitalismo genera el fascismo, pero es dentro del capitalismo que encontramos las bases y las explicaciones de los crímenes fascistas y nazis.
Si sabemos comprenderlos, siempre tendremos memoria.
Alessandro Pagani - Historiador y escritor; maestro en historia contemporánea; diplomado en historia de México por la Universidad Nacional Autónoma de México y en geopolítica y defensa latinoamericana por la Universidad de Buenos Aires





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