En 2026, el Ártico dejó de ser una frontera para convertirse en un premio. En el centro de este giro geopolítico se encuentra Groenlandia, la isla más grande del mundo, que ha pasado de ser una periferia congelada en los mapas a ser el epicentro absoluto de un nuevo "Gran Juego". Un enfrentamiento diplomático, económico y estratégico se libra en sus costas, enfrentando a Estados Unidos con sus propios aliados de la OTAN y dibujando una nueva línea de fractura en el mundo democrático. El catalizador de esta crisis tiene un nombre: la "Doctrina Donroe" de la administración Trump. Esta doctrina, que propone abiertamente la adquisición o anexión de Groenlandia, no es una excentricidad aislada. Es la manifestación extrema de una lógica que coloca el interés nacional estadounidense —interpretado de manera unilateral y transaccional— por encima de los principios fundacionales de las alianzas occidentales. Al cuestionar directamente la soberanía danesa sobre la isla, Washington no solo desafía a Copenhague; pone en jaque el artículo 5 de la OTAN, la sagrada cláusula de defensa colectiva. La pregunta que resuena en las capitales europeas es incómoda y novedosa: ¿Puede un miembro de la OTAN ser la amenaza existencial para otro?Por Lic. Alejandro Marcó del Pont
El Valor Estratégico: Más Allá del Hielo
Para entender la obsesión de Washington, hay que descifrar el código geopolítico de Groenlandia. Su valor se despliega en tres dimensiones entrelazadas:- El Guardián Militar: Groenlandia es la piedra angular del flanco norteatlántico. Alberga la Base Espacial Pituffik (la antigua Thule), un ojo y un oído irreemplazables para la alerta temprana de misiles, la vigilancia espacial y el rastreo de lanzamientos sobre el Polo Norte. Junto con Islandia y el Reino Unido, forma la crítica Franja GIUK, un cuello de botella donde, desde la Guerra Fría, la OTAN busca contener a la flota submarina rusa. Aunque algunos argumentan que su valor militar puro ha decrecido desde 1991, su relevancia se ha recargado con la reemergencia de Rusia como potencia ártica agresiva y la expansión china.
- El Controlador de Rutas: El cambio climático, irónicamente, está escribiendo el guion del futuro económico del Ártico. El deshielo está abriendo dos pasajes legendarios: la Ruta del Mar del Norte (bajo control ruso) y el Paso del Noroeste (sobre Canadá). Groenlandia se sitúa en la confluencia atlántica de ambas. Quien controle sus aguas y sus puertos futuros, controlará las «autopistas» marítimas que podrían acortar el trayecto Asia-Europa en casi un 60%, desafiando el monopolio de Suez y Panamá. Hoy son rutas peligrosas y esporádicas, pero mañana serán arterias comerciales vitales. Groenlandia es la futura estación de peaje y salvamento de ese mundo.
- La Caja Fuerte de Minerales: Bajo el hielo que retrocede yace la otra gran razón de la disputa: recursos a una escala faraónica. Groenlandia no es solo pesca (que hoy supone el 90% de sus exportaciones). Es un almacén de minerales críticos para la transición energética y la alta tecnología: se estima que guarda 38 millones de toneladas de tierras raras (el 8º depósito mundial), además de litio, grafito, cobre y oro. En su plataforma continental, yacen potenciales 31.400 millones de barriles de petróleo y gas. Es, en esencia, la llave para que Occidente reduzca su dependencia estratégica, sobre todo, de China.
La administración argumenta motivos de seguridad nacional, el control de facto sería insuficiente ante una «amenaza híbrida» o una inversión china masiva que compre lealtades en Nuuk. Solo la bandera estadounidense, alegan, garantizaría una defensa «robusta e irreversible».
Sin embargo, el análisis crítico apunta a motivaciones más profundas y problemáticas. Aunque Trump diga «no es por los minerales», la soberanía transferiría la gestión de los yacimientos de la autoridad autónoma groenlandesa (y su socio danés) directamente a Washington. Esto facilitaría contratos exclusivos para empresas estadounidenses, eliminaría riesgos regulatorios «extranjeros» y aceleraría la explotación al ritmo que marque el interés nacional de EE.UU., pasando por alto posibles objeciones ambientales o sociales locales.
Pero quizás el motivo más inmediato y menos discutido sea la materialización de un mega-proyecto de defensa: el «Golden Dome» (Cúpula Dorada). Anunciado en 2025 como un «Iron Dome para América», el Golden Dome es la pieza maestra de la política de defensa del segundo mandato de Trump. Se presenta como un escudo antimisiles integral para proteger el territorio continental de amenazas del Ártico, especialmente de Rusia y China. Es, en esencia, la versión del siglo XXI de la «Guerra de las Galaxias» de Reagan, adaptada a un Polo Norte sin hielo.
Su funcionamiento dependería de una red de sensores, radares e interceptores desplegados en el Alto Ártico. Y aquí está la clave: Groenlandia es la plataforma indispensable. Su localización es perfecta para instalar los «ojos» que deben detectar los lanzamientos sobre el polo. Sin control soberano sobre ese territorio, el despliegue del sistema quedaría sujeto a la voluntad política de un gobierno autónomo groenlandés y a la aprobación final de Dinamarca, aliados que podrían poner condiciones ambientales, financieras o de uso.
La cifra es astronómica: el Golden Dome tiene un costo estimado entre 844.000 millones y 1,1 billones de dólares. Es, simple y llanamente, uno de los mayores contratos de defensa de la historia. Y ese dinero no va al vacío. Fluye directamente a los gigantes del sector: Lockheed Martin, RTX (Raytheon), Boeing y Northrop Grumman, conglomerados que en 2025 ya facturaban combinadamente más de 200.000 millones anuales en defensa.
La adquisición de Groenlandia no sería, entonces, solo una jugada geopolítica. Sería el acto administrativo final que desbloquea el contrato del siglo. Garantizaría un despliegue sin obstáculos, cronogramas acelerados y, sobre todo, eliminaría cualquier interferencia de socios con sensibilidades diferentes. La Doctrina Donroe, en este sentido, es también una doctrina de negocios: asegura el territorio para materializar un sistema que, a su vez, asegura ganancias colosales para la industria de defensa estadounidense.
La crisis por Groenlandia expone una fractura profunda. Por un lado, una potencia hegemónica que, guiada por una lógica de soberanía absoluta y beneficio inmediato, está dispuesta a redibujar fronteras entre aliados. Por otro, el orden liberal basado en normas, soberanía inviolable y defensa colectiva que la propia potencia ayudó a construir.
El dilema europeo y de la OTAN es existencial. ¿Cómo responder a un aliado que se convierte en revisionista dentro de la alianza? ¿Se aplica el artículo 5 contra las «amenazas» económicas y políticas de Washington? La Doctrina Donroe no es solo una política sobre el Ártico. Es un experimento de presión máxima sobre los límites de la alianza occidental. Su resultado definirá si el Ártico del futuro se gestiona mediante la cooperación y el derecho internacional, o mediante la pura lógica de la fuerza y la anexión, donde el deshielo no solo revela recursos, sino también las verdaderas prioridades de las potencias.
Lic. Alejandro Marcó del Pont


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