En su artículo «La operación secreta para que los trabajadores festejen su propio ajuste», publicado en el diario Tiempo Argentino, el periodista Mariano Quiroga plantea que la reforma laboral impulsada por el gobierno de La Libertad Avanza (LLA) no es únicamente una iniciativa meramente económica, sino más bien una operación cultural y comunicacional de precisión quirúrgica. Su objetivo es transformar la percepción colectiva sobre el trabajo, los derechos y la justicia social.
La pregunta que articula esta estrategia es radical: ¿cómo hacer que un trabajador acepte —y hasta celebre— una reforma que lo perjudica? La respuesta no está en los números del presupuesto ni en los indicadores de productividad. Está en el lenguaje, a partir de una narrativa que, lejos de acercarse a la verdad, apunta a moldear un marco mental, donde, en el caso que nos ocupa, prima el culto al mérito propio.
Aquí es donde entra en escena Frank Luntz, un consultor político y
encuestador estadounidense, conocido por su trabajo con el Partido
Republicano. Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford,
Luntz se especializó en el uso estratégico del lenguaje para moldear la
opinión pública. Su premisa es clara: «No importa la verdad, importa el
marco mental».
Durante más de tres décadas, Luntz perfeccionó un método basado en focus
groups y en el análisis emocional en tiempo real. Equipaba a los
participantes con diales que medían sus reacciones ante distintas
palabras y frases. Así descubría qué términos generaban miedo, orgullo,
rechazo o empatía. Luego diseñaba un diccionario paralelo que sus
clientes —desde políticos hasta corporaciones— repetían hasta que el
nuevo lenguaje se volvía sentido común.
Entre sus logros más conocidos está haber reemplazado «impuesto a la
herencia» por «impuesto a la muerte» (death tax) o «calentamiento
global» por «cambio climático», para suavizar la percepción pública
sobre temas impopulares. Su libro «Words That Work» (2007) es una biblia
del framing político.
El método Luntz en la Argentina de Milei
El primer paso es semántico: cambiar el eje del debate. Ya no se trata de proteger al trabajador, sino de liberarlo.
El segundo paso es emocional: invertir el sentido del perjuicio. No se dice «vamos a facilitar el despido», sino «vamos a posibilitar la libertad de contratación». No se elimina la indemnización: se quita una «traba» que impedía conseguir trabajo.
El tercer paso es narrativo: construir un villano. Y en este caso, el enemigo no es el empresario que precariza, sino el sindicalista que «vive de tus derechos». Así, el trabajador deja de ver al sindicato como el instrumento para la defensa de sus derechos y lo percibe como su carcelero. Cuando se eliminan derechos, no se siente una pérdida, sino una victoria sobre la «casta sindical».
Finalmente, se introduce la falsa fórmula del mérito individual. El empleo protegido se asocia con el «asistencialismo», mientras que la precariedad se presenta como libertad, esfuerzo y adultez. El trabajador precarizado no solo acepta esta situación, sino que también desprecia a quienes tienen estabilidad laboral. La reforma ya no es una herramienta para abaratar costos empresariales, sino un acto de justicia social que «iguala hacia abajo» en nombre del mérito.
La batalla cultural
El objetivo de esta estrategia es mucho más ambicioso que la aprobación
de una ley: deslegitimar el contrato social construido durante un siglo.
Si un joven dice «la indemnización es un curro», si un despedido afirma
«no me echaron, me liberaron», la reforma ya no necesita ser votada: ya
fue instalada en las conciencias.
Como concluye Quiroga, «cuando la mayoría cree que el derecho es un
privilegio, ningún gobierno futuro podrá restaurarlo sin ser acusado de
querer volver a esclavizar al pueblo».
Esto no es simplemente comunicación política. Es una operación cultural
de largo aliento. Una que busca transformar una derrota material en una
victoria simbólica. Hacer que el esclavo ame sus cadenas. O peor, las
adopte como alas propias.
Periódico VAS


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