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La vida del miedo

Los "pibes chorros", el hecho maldito del país neoliberal: Un fantasma recorre nuestra sociedad y es el fantasma de los pibes chorros. Los resultados que arrojan todas las famosas encuestas de la Hegemonía cultural ubican al problema de la inseguridad a la cabeza de todos los males. El espectro de estos jóvenes faunos ya no solo atemoriza sino que ha modificado la vida misma de nuestras sociedades. La gente vive con miedo real. Todas sus conductas y costumbres pasaron a estar organizadas en torno a ese miedo. Las familias se gastan fortunas en adquirir equipos de seguridad, tanto tecnológicos (cámaras, alarmas) como humanos; es decir, los vigilantes, guardianes, etc. Pero ese miedo, no se agota en la definición clásica del diccionario que habla de una "Sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario". No es un miedo pasivo, que se queda a la espera del arribo de las bestias, es un miedo activo, que hace vivir, que fecunda motivos de conversación, que junta y une a las personas, que las ayuda a encontrar rápidamente un sentido existencial. Encuentran una razón para justificar sus días remodelando los cuidados para que no les roben algo. 

Por César González 

El peligro latente del “caco” los mantiene alertas, los hace pensar y sobre todo les ayuda a expresar y liberar emociones. Se manifiesta un odio visceral que se corresponde con un amor cada vez más grande hacia la propiedad y objetos de consumo. A más amor hacia las cosas más odio hacia quien pretenda quitármelas. Por eso podemos hallar todos los días en los muros de Facebook el relato de aquellos que cuentan a través de insultos y maldiciones que les fue robado su celular. Marcando su furia, exigiendo venganza.

Siempre se considera robo... el robo directo de los objetos, pero pocos tienen en cuenta la planetaria administración delictiva que tutelan esos objetos. Pocos asignan con el mismo rotulo de robo a las cifras que debemos abonar cada mes a las compañías multinacionales que administran nuestros equipos telefónicos, los aumentos repentinos, los precios de servicios que supuestamente iban a ser unos y terminan siendo otros. No, la gente común como se dice, no puede ni quiere aceptar que eso es un robo, le buscan otro nombre, a veces corrupción, otras avaricia o ambición. Se justifica de mil maneras diferentes el hecho de que no podemos igualar y equiparar a los sujetos dueños de compañías, o al empresariado en general, con los pibes chorros. Quien escribe, sabe que al plantear este tema se somete al peligro de la malinterpretación nerviosa, y a ese grito ridículo de la ira ciudadana que inmediatamente si uno habla de estos problemáticas te bendice con frases del estilo: “Eso porque a vos no te robaron, espera que te roben y vamos a ver si seguís pensando lo mismo” “¿Qué, estás haciendo apología del delito?”. El rechazo, el silencio y la violencia que genera remarca su actualidad, afirma su urgencia y la profunda necesidad que tiene el campo intelectual de engordar el tamaño y la calidad de la bibliografía al respecto. Es un problema para nuestra sociedad que pocos pueden abordar desde un lugar original. El sentido común y la dinastía mediática nos empujan a odiar a esos pibes, y es un odio ni siquiera productivo, que transforma a todos los análisis en balbuceos llenos de ira.

La mayoría de los llamados pibes chorros son aquellos que cometen delitos contra la propiedad y nunca o casi nunca cometen ataques del orden sexual. Se busca sobre todo sustraer el bien material. La mayoría de ellos se declaran delincuentes y el violador para sus códigos marginales es digno de desprecio y muerte. En cambio en el ámbito público el criterio moral de las masas frente al violador no suele ser el mismo con el juzga a los pibes chorros. Por dar un ejemplo; en el vagón de un tren una chica empieza a gritar que algún hombre está acosándola, es muy probable que muchas de las personas que viajen en ese momento no intervengan, y si lo hacen lo harán muy tímidamente. Muchas mujeres conscientes de esta indiferencia no se animan a estallar de furia cuando sufren todos los días estas aberraciones. En cambio sí alguien gritara que alguien le robó el celular todo el vagón, el tren (y los que esperan en la estación también), harán lo posible e imposible en capturar, linchar y si pueden despedazar al ladrón.

Linchar a un pibe chorro es una puerta hacia la redención, siente el ciudadano. Cree que así se transforma en un verdadero héroe moderno. No alcanza con decir que a esta situación se llega por la manipulación incesante de los grandes medios de comunicación, que necesitan de la inseguridad para generar contenidos y rellenar el tiempo al aire. La inseguridad, como nos dijo Foucault se sabe ya hace décadas, es una materia instalada en los medios como el clima o los deportes. Pero si imagináramos un panorama donde los medios dejan de existir, el sentimiento de odio y venganza que siente la población civil hacía los pibes chorros no decrecería en nada, se mantendría tal cual o se inventarían otros medios para exhibirlo y educar a las masas bajo la sombra del miedo. “Uno vive "del", "por", "con", "en contra" y "en favor del" delito, pero no son sin él” decía el gran Elías Neuman. También me resulta necesario aclarar que intento no pensar a los pibes chorros como simples chivos expiatorios del capitalismo o feroces consecuencias de la desigualdad del sistema. Marx, en su texto que nunca me cansaré de citar “Elogio al crimen”, resalta que el delincuente produce riqueza, tanto material como simbólica, por lo tanto si produce es causa más que consecuencia, es lo que produce, no el producto. Por eso es una presencia necesaria y fundamental para el armado de nuestra sociedad. Una pieza indispensable del rompecabezas. En el plano económico, siguiendo la reflexión de Marx, el pibe chorro es la razón del salario de múltiples y variadas disciplinas. Desde el policía al abogado, desde el trabajador social al psicólogo social y el psiquiatra, pasando por los periodistas de policiales a los empresarios que vendan sistemas de alarmas, todos están determinados conscientemente a la labor del pibe chorro. Y en el plano imaginario también es generador de empleo y una renovable materia prima, ya que son muchísimas las películas y series de televisión que desde un punto de vista ridículo, morboso e inverosímil viven abordando el tema de la delincuencia y la marginalidad.

El público para obras artísticas que representen el mundo delincuencial no falta ni escasea, al contrario sobra. “Vuestra literatura, vuestras bellas artes, vuestras diversiones de sobremesa celebran el crimen. El talento de vuestros poetas glorifican al criminal, que en la vida odiáis” decía con una precisión Jean Genet en su pequeño gran texto “El niño criminal”.

La figura del pibe chorro es imprescindible para el capitalismo, este es un correlato de aquel, una miniaturización de su esencia. La violencia del pibe es una representación menor de la violencia sistemática de dicho sistema. El pibe es una continuidad del orden, no una ruptura de este. Un sistema sustentado en el robo, organizado en base a la propiedad (que es el primer robo como decía Bakunin) un sistema donde se nos obliga a consumir, donde el prestigio, la felicidad y el placer son determinados por la capacidad adquisitiva y el capital simbólico, es decir por la cantidad de dinero que se posea o la cantidad de saber acumulado. Donde pocos dudan en exhibir opulentamente sus adquisiciones materiales y simbólicas frente a la miseria. Pero la violencia in-nata del capitalismo en todas sus formas es naturalizada por el ciudadano, no molesta, no se cuestiona, al contrario se defiende, se lucha por ella. Me pueden robar la fuerza de trabajo, la mayor parte de mi tiempo biológico, pueden sacarme mi trabajo, mi casa, pero un negro de mierda no puede robarme nada. El asaltado accede a una ira cósmica, sobrenatural. El robo sufrido los hace descubrirse a fondo. Gracias al pibe chorro el ciudadano se involucra en su realidad social, protesta, sale a marchar, convoca a otras víctimas como él, se reúnen, hacen pancartas, piensan consignas, logran modificar leyes etc. Otros gracias al delito sufrido se transforman en flamantes políticos profesionales.

Ahora, es necesario hablar de los lugares de donde suelen salir esos pibes chorros. Vaya casualidad y aunque duela que la información sea tan evidente, la mayoría de ellos viven en villas miserias o barrios populares, quizás puede haber casos de pibes no provenientes de un ambiente de pobreza ni de estructuras familiares rotas, pero en la estadística ese número es irrisorio. Basta pegarse una vuelta por cualquier cárcel a realizar una encuesta y se encontrará con lo que todo el mundo sabe; a la cárcel van los que cometen delitos, sí, pero con la condición indisoluble de que sean pobres. Actualmente en esos espacios de donde provienen la gran parte de los pibes chorros encarcelados no hallaremos ningún síntoma de piedad por parte de la población de sus pares hacia ellos. Todo lo contrario, se lincha también a los pibes chorros, se los denuncia, se llama a la policía y se los apunta en la villa misma. Lo llamativo es que esos pibes chorros muchas veces son hijos o familiares directos de los denunciantes, que antes de intentar contener o escuchar las razones que tiene el pibe para salir a robar prefiere entregárselos a las fieras del universo penal.

¿Qué puede pensar alguien que pasa con el colectivo y ve una villa rodeada de patrulleros, perros, caballos, y hasta un helicóptero sobrevolando continuamente? ¿Qué se genera en el alma de los niños que crecen sumergidos en esas imágenes de decenas de efectivos exhibiendo sin pudor sus armas, cascos y tanquetas al lado de ellos? Los pibes chorros están abandonados hasta por su propia familia, son perseguidos y odiados por su propia aldea, que quizás eran los únicos y los últimos capaces de poder ayudarlos a que dejen el camino de las armas y la violencia. Ante toda una sociedad que los ubica en el lugar de la monstruosidad los pibes no hacen más que asumir su rol. Me recuerda a una frase de Iván el terrible II, la obra maestra realizada por Eisenstein, cuando en un momento Iván dice algo así; “Soy el que quieren que sea, ¿acaso no dicen de mí que soy terrible?, pues seré ese entonces”.

Lo que la sociedad, los gobiernos, las ciencias sociales parecen o simulan no entender, es que todas los pibes chorros no son ningunos monstruos ni cuerpos poseídos por el demonio que es necesario exorcizar. Son pibes que siguen la lógica del capital y su ilusión de acceso, seres determinados a nunca tener capital pero que tienen fe en él y en sus ofertas, como la mayor parte de la sociedad, que los medios para alcanzar los fines capitalistas (comprarse cosas, tener éxito, ser respetado por la cantidad de posesiones, etc.) irremediablemente necesitan de la violencia. Los pibes quieren tener el lujo que les ofrece el sistema cómo único garante de placer. La manera que tendrán miles de jóvenes de nuestro país en subirse a un buen auto será robándoselo. Las alternativas para ellos, como se sabe, son los trabajos que nadie quiere hacer, siempre y cuando exista la demanda de esas tareas laborales. Los pibes de las villas también quieren bailar por un sueño, quieren el brillo de la fama de los futbolistas. La publicidad les dice que todos somos parte del mismo mundo, pero no todo el mundo vive en las mismas condiciones materiales.

El pibe chorro es una pequeña escala del gran capitalismo, una remake de bajo presupuesto de los grandes delincuentes, que nadie nunca ha linchado ni ha pensado en linchar. Por un lado está la derecha que solo propone como solución asesinar a esos pibes o bajar la edad de imputabilidad. Por el otro lado está la izquierda, que clásicamente los considera Lumpen-proletariat en un sentido despectivo, es decir como saboteadores de la conciencia de clase, traidores a la clase trabajadora, etc. Y luego está la tercera posición, la que cree que la solución es un tímido paternalismo más discursivo que tangible, ya que en los hechos luego también se los segrega, margina o se los trata como a monitos. Todas estas reflexiones en torno a los pibes chorros, parten de una premisa; anularles la voz y su fuerza subjetiva.


Muchos de los pibes chorros antes de serlo fueron niños de la calle. Nuestras vanguardias iluminadas afirman que detrás de los niños de la calle hay siempre un adulto manejándolo como un títere. Es la excusa predilecta para no brindar siquiera unas limosnas a esos niños de la calle. Pero si se investiga con seriedad uno se va encontrar que existen niños que ya no son niños, sino veteranos. Indudablemente existen adultos que se aprovechan de alguno de ellos por la diferencia de fuerza física. Pero hay cientos de niños de la calle que son autónomos y reyes absolutos de su realidad. “Más el joven criminal rechaza la indulgente comprensión, y la solicitud, de una sociedad contra la que acaba de rebelarse cometiendo su primer delito. Habiendo adquirido a los quince o dieciséis años, o antes, una mayoría de edad que los más valientes no tendrán ni siquiera a los sesenta, él desprecia su bondad” (Jean Genet).

César González - Cineasta, escritor. 


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