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¿Batalla cultural o salto evolutivo?


En los últimos tiempos hemos visto un avance de las derechas y ultraderechas en el mundo, ganando terreno electoral en muchos países y llegando al poder en varios de ellos. Desde el punto de vista económico, ya estábamos acostumbrados desde hace décadas al avance del neoliberalismo representando siempre los intereses del poder económico concentrado, pero solía hacerlo presionando, tanto a gobiernos de derecha como a los progresistas, para aplicar las políticas económicas que favorecieran a la banca y al capital concentrado en general, pero manteniendo cierto nivel de "corrección política" para adaptarse a los nuevos tiempos; y así hemos visto gobiernos que aplicaron políticas económicas neoliberales, pero siendo un poco más aggiornados en otras áreas, como los derechos de las minorías, el cuidado del medio ambiente, y ciertas políticas públicas de contención social. Pero más recientemente han ido surgiendo los llamados "populismos de derecha" que, además de reivindicar al más crudo capitalismo salvaje y depredador, atacan sin ningún tipo de filtro ni autocensura todas las conquistas sociales haciendo de ello su bandera política, logrando que a través de la manipulación del relato mediático y de las redes sociales, una buena parte de la población ponga en duda la validez o conveniencia de tales conquistas, y hasta logran movilizar una considerable cantidad de militantes que promueven el odio hacia los inmigrantes, el colectivo LGBT, los ecologistas, al feminismo y obviamente a lo que llaman populismo de izquierda y sus políticas económicas redistributivas.


Por Guillermo Sullings


El término “wokismo”, que originalmente se utilizaba para manifestar la necesidad de “estar despierto y alerta” ante la discriminación a los afroamericanos y que luego se extendió a otros tipos de reivindicaciones, ahora la derecha lo utiliza peyorativamente para referirse a lo que definen como una “dictadura cultural del progresismo”, enfatizando en ciertas exageraciones, dogmatismos y cancelaciones para conseguir así la adhesión de una parte de la población. En esta confrontación con el wokismo la derecha levanta la bandera de una nueva “Batalla Cultural”, obviamente en sentido opuesto a la formulada por el Gramscismo, promoviendo la hegemonía de la derecha.

Como en toda batalla, debe haber dos bandos bien definidos, y a través de sus medios de comunicación y la manipulación de redes sociales se ocupan de demonizar y estigmatizar a todo aquel que reivindique los derechos humanos, la justicia social y el cuidado del medio ambiente como “seres miserables”, “escorias comunistas” y otros epítetos que buscan deshumanizar a todo el que piensa distinto, y hasta justificar el uso de la violencia contra ellos. Muchos jóvenes, tal vez hartos de la prédica de un progresismo “políticamente correcto” (y a menudo hipócrita), sienten que la rebeldía juvenil ahora pasa por ser de derecha y adhieren a estos nuevos fascismos. Esta estrategia extremadamente maniquea no es muy diferente a la utilizada por el fascismo que emergiera hace un siglo y terminara con las peores atrocidades; y también consigue como en aquellos tiempos, el apoyo del poder económico que se siente beneficiado por partida doble, ya que puede contar con la complicidad de los gobernantes para explotar y depredar, y a la vez lo puede hacer sin ningún prurito al estar avalado por el apoyo popular de quienes paradójicamente respaldan a sus propios verdugos.

Frente a esta situación algunos, desde ambos bandos se preguntan cómo lograr ganar la batalla cultural y así tener la hegemonía que permita gobernar. Pero qué pasaría si nos  preguntáramos si realmente la solución pasa por librar esa batalla y en ese terreno; o preguntarse también para qué se quiere realmente ganar una batalla cultural y tener la hegemonía, ¿para hacer qué exactamente?

Cuando Antonio Gramsci volcó su pensamiento en los cuadernos, escritos en la cárcel del fascismo italiano, para los comunistas de la época no había dudas de que el comunismo era la solución política y económica, y en todo caso el desafío principal era cómo llegar al poder para aplicarlo ¿sería a través de golpes palaciegos? ¿o mediante revoluciones y alzamientos populares?, ¿sería a través de procesos democráticos respaldados por masas proletarias organizadas en sindicatos? La pregunta era cómo lograr el poder y mantenerlo, conseguir que la sociedad respaldara, se convenciera; pero pocos se preguntaban sobre qué hacer con ese poder cuando se obtuviera, porque se suponía que eso ya estaba claro y que el comunismo era la solución. Pero un siglo más tarde, después de la caída del socialismo real, después del fracaso estrepitoso de las economías centralizadas, esa respuesta ya quedó obsoleta, y hoy en día si alguien se preguntase cómo llegar a tener la hegemonía que le permitiese gobernar con apoyo social, debiera antes que nada preguntarse qué va a hacer con ese poder, porque no parece estar muy claro, habida cuenta de las reiteradas frustraciones con gobiernos de diferente signo.


Tal vez habría que comprender que los bandos que hoy se disputan la hegemonía no son más que diferentes avatares de un mismo poder que perdura incólume rigiendo los destinos de la humanidad con diferentes disfraces. Desde hace mucho tiempo ya que, gobierne quien gobierne, la riqueza se acumula cada vez más en pocas manos, el poder financiero domina el mundo, el planeta se sigue destruyendo, la violencia perdura y escala, y cada vez más seres humanos son marginados del sistema. Gobierne quien gobierne, todos aceptan esta marcha hacia el abismo de la civilización, algunos lo hacen por convicción, y otros con resignación; algunos pisan el acelerador y otros buscan infructuosamente el freno, mientras sostienen el volante en la misma dirección.

Por eso es un error pensar que frente al avance de las ultraderechas lo que habría que hacer es redoblar esfuerzos desde el progresismo para ganar la batalla cultural y recuperar la hegemonía. Toda batalla implica encerrarse en bandos, y lo que se necesita es comprender que el 99 % de la población tiene problemas similares, comparte los mismos sufrimientos y temores, tiene angustia por un futuro cada vez más incierto, y la responsabilidad de esto no radica en ese 99 %, sino en el otro 1%, que es el más interesado en que nos dividamos en bandos para responsabilizarnos unos a otros, y para eso manipula la información y la subjetividad de las personas. Sentimientos como el odio, la envidia, el revanchismo, la discriminación son utilizados por los manipuladores para lograr que se conformen los bandos y se distraigan luchando entre sí. Ya hemos visto en la historia lo que pasa cuando los peores sentimientos se exacerban para incentivar la lucha entre bandos; varios genocidios comenzaron de ese modo, con gobiernos de diferente signo; se ha deshumanizado a otros por la raza, por la clase social, por la religión, por el nivel de educación, o por la nacionalidad, hasta llegar a una cosificación que justificaba cualquier matanza: ocurrió en la Europa dominada por los nazis, ocurrió en la Unión Soviética, en China, en Camboya, en Ruanda, en Sudáfrica, en India, en los Balcanes, solo por citar algunos ejemplos, pero los casos sobran lamentablemente, y aunque supongamos que en estos tiempos no se llegará a tanto, ya es suficiente con la polarización que existe en las sociedades para impedir que las mayorías se reconcilien y abracen un proyecto común: la polarización hace que se demonice al otro bando y por lo tanto ningún razonamiento, argumento, fundamentación, e incluso dato concreto puede ser verdadero o digno de ser considerado si pertenece al bando contrario.

Giuliano de Empoli, en su libro “Los ingenieros del caos”, analiza y describe muy bien cómo a través de las redes sociales se ha manipulado a las personas para que terminen apoyando a determinados candidatos o determinadas políticas; y quien mayor provecho ha sacado de esta manipulación por las redes ha sido la ultraderecha, que no ha tenido ningún prurito en difundir noticias falsas, o apelar a los peores sentimientos del ser humano; porque precisamente, como bien señala este autor, la propaganda por redes sociales se alimenta de emociones negativas, porque estas aseguran mayor participación. Las fake news que apelan a emociones negativas se viralizan rápidamente, mientras que las desmentidas de las mismas no tienen gran difusión. Si antes decíamos que el actual crecimiento de la ultraderecha tenía similitudes con los fascismos que surgieron hace un siglo, esta es otra coincidencia, la táctica de Goebbels del “miente, miente, que algo quedará”. Este tipo de propaganda manipuladora no enfatiza tanto en las supuestas virtudes del bando que la produce, sino más bien en los imperdonables defectos del bando opuesto, al punto de deshumanizarlo por completo; así se llega a un punto tal que buena parte de la población es capaz de apoyar y soportar al peor de sus verdugos, con tal de que no gane la partida el otro bando, al que le enseñaron que debía odiar.

Es por eso que, si se busca una transformación profunda en las sociedades, y un cambio sustancial en la dirección que lleva la civilización, no podemos plantearlo en términos de batalla cultural, de puja entre bandos, sino más bien como la necesidad de un salto evolutivo, y eso implica muchas cosas, pero sobre todo la épica de una ética superadora de la mediocridad actual.

Y cuando hablamos de mediocridad, no nos referimos solamente al individualismo, el odio, la discriminación y la crueldad de la ultraderecha, sino también a las palabras huecas y a la hipocresía del progresismo.

Tal vez haya que redefinir algunos conceptos y palabras que representen mejor la profundidad de una nueva ética social. Tal vez habría que hablar más de reciprocidad, y no tanto de solidaridad, ya que este último término está muy asociado al humanitarismo limosnero, mientras que la reciprocidad nos refiere más a un sistema de relaciones en las que los miembros de una comunidad se comprometen a ayudarse mutuamente. Tal vez habría que hablar de humanizar la mirada sobre los demás, porque ello implica aplicar la vieja regla de oro, tratar a los demás como queremos ser tratados, y de eso se desprenden un cúmulo de acciones y consideraciones que ayudarían a destrabar la trampa de los bandos, y nos llevaría a comprender mejor las ideas y sentimientos de los demás. Tal vez habría que hablar de liberación, más que de libertad, porque la liberación implica un proceso permanente, y en una sociedad cambiante y compleja, la diferencia entre la libertad teórica y la libertad concreta a menudo nos exige reconsiderar los términos de la misma.

Con respecto al concepto de igualdad, no hay duda de que todos deben tener iguales derechos y oportunidades, pero la falta de oportunidades en la práctica es la que motiva propuestas compensatorias que podrían ser tildadas de igualitaristas, y ante eso surgen las críticas de los defensores de la meritocracia, que obviamente nada dicen de la falta de igualdad de oportunidades; por tal motivo habría que plantear a la igualdad de oportunidades como un requisito sine qua non si se quiere sostener un régimen de propiedad privada, porque en ese caso el derecho de propiedad debe estar condicionado por el derecho a la igualdad de oportunidades y no a la inversa, y en la medida de que la concentración de riqueza sea un obstáculo para la igualdad de oportunidades, habrá que replantearse el derecho al uso de la propiedad del capital concentrado. Pero por sobre todo habrá también que preguntarse también por el verdadero sentido de la vida humana en contraste con el materialismo consumista y alienante que hoy es aceptado como el ordenador de la organización social y la realización individual.

En definitiva, si de los laberintos se sale por arriba, habrá que empezar a volar hacia nuevas utopías que resuenen en los sentimientos más profundos del ser humano; porque no será suficiente con proponer el cambio de las prácticas democráticas, o de las técnicas económicas o de la legislación, en todo caso todo eso deberá ser la consecuencia de un verdadero salto evolutivo.


Guillermo Sullings



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