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Eso que llamas tiempo libre, es trabajo no pago

El advenimiento de la Nueva Fase del capital que estamos transitando ha consolidado un proceso de pantallización de nuestras vidas, que no hace más que profundizarse a medida que avanza la digitalización global y la dependencia tecnológica. Las pantallas ya no son sólo dispositivos de entretenimiento o comunicación, sino que se han convertido en extensiones de nuestro cuerpo, mediando nuestras relaciones laborales, afectivas e incluso nuestra percepción de la realidad. Este fenómeno, acelerado por la inteligencia artificial, el metaverso y la economía de plataformas, redefine constantemente los límites entre lo público y lo privado, entre el tiempo productivo y el ocio, mientras genera nuevas formas de desigualdad y control social.



El Informe Global Digital 2025 publicado el pasado mes de febrero arroja datos tan contundentes como inquietantes: más de 5.240 millones de personas son usuarias activas de redes sociales, lo que equivale al 63,9% de la población mundial. En esta nueva fase de hiperconectividad, el espacio digital se vuelve un territorio estratégico. Lejos de tratarse sólo de un canal para «mantenerse en contacto con amigos y familiares», como aún lo cree el 50,8% de los usuarios, las redes se consolidan como espacio de reproducción ideológica, vigilancia, trabajo y disputa de sentido.

Nuestra vida cotidiana —ese espacio vital que media entre los individuos y la totalidad social— ha sido profundamente transformada por el uso ininterrumpido y cada vez más penetrante de las tecnologías digitales. Como consecuencia, han emergido nuevos mecanismos de alienación que ocultan el carácter explotador de estas tecnologías mientras legitiman dispositivos de poder para la construcción de sentido común.

Podemos pensar estas plataformas como parte fundamental del aparato ideológico de la sociedad actual. Pero también, como terreno en el que la lucha de clases adquiere nuevas formas. Lo que aparenta ser un ocio inofensivo, un «ocupar el tiempo libre», es una extensión de la jornada laboral y un nuevo campo de subjetivación.

 

El trabajo invisible en las redes: ¿Quién produce valor?

Uno de los datos más reveladores del informe es que más de 1 de cada 3 usuarios afirma utilizar redes sociales para actividades relacionadas con el trabajo. Esta cifra adquiere un sentido aún más profundo si consideramos que el usuario promedio pasa 6 horas y 38 minutos en internet, promedio que alcanza las 8 horas 44 minutos en Argentina. Este tiempo que pasamos en el territorio virtual, se constituye como tiempo de trabajo aprovechado por los dueños de las plataformas para el desarrollo de las fuerzas productivas.

En este sentido, la producción de datos es astronómica: mensualmente se generan casi 150 exabytes (un exabyte equivale a mil billones de gigabytes). La complejidad de los mecanismos de explotación que permiten utilizar estos datos para avanzar en nuevas tecnologías es realmente notable. Existen numerosos ejemplos que ilustran esta tendencia, como Pokémon Go, donde los datos recopilados de las interacciones de los usuarios se emplearon para desarrollar modelos de inteligencia artificial geoespacial. Otro caso destacado es el de Snapchat, cuyas tecnologías de filtros de realidad aumentada han sido aprovechadas para perfeccionar sistemas de reconocimiento facial y de vigilancia.

Así, la distinción entre el tiempo «libre» y el tiempo «de trabajo» se diluye, consolidando al espacio virtual como un nuevo locus standi para la producción. Este cambio ha traído consigo una mayor sofisticación en los mecanismos de control social y en la producción de subjetividad. Un cambio cualitativo importante en este contexto es nuestra percepción del tiempo en entornos virtuales: no lo reconocemos como tiempo de trabajo, sino que lo vivimos como tiempo de ocio.

En otras palabras, mientras que en etapas anteriores del capitalismo la explotación se centraba en la apropiación de la plusvalía generada durante la jornada laboral, remunerada con un salario presentado en apariencia como «equivalente» al trabajo realizado, en la fase actual del capitalismo este proceso se ha intensificado y extendido, al punto de que no identificamos nuestro tiempo de trabajo como tal.

En esta digitalización y virtualización de la vida, no solo trabajamos sin remuneración para que otros acumulen capital, sino que lo hacemos bajo la apariencia de estar buscando la solución a «nuestras necesidades» o la satisfacción de «nuestros deseos». Desde el uso del perfilado algorítmico para la segmentación de contenido, pasando por la integración de mecánicas de juego en aplicaciones y el empleo de tecnologías de persuasión que apuntan a la liberación de neurotransmisores, el territorio virtual se ha convertido en una verdadera trampa para atrapar la atención y mantener la interacción de los usuarios, convergiendo en una estrategia que disfraza el trabajo no remunerado como entretenimiento y auto-mejora personal.

De esta manera, las plataformas no solo organizan nuestro trabajo, sino que también moldean nuestra manera de pensar, desear, sentir y vivir. Mientras escucho música en YouTube desde mi PC, puedo estar realizando búsquedas en Google, revisando WhatsApp en mi teléfono, navegando por Instagram en busca de fotos o un restaurante, mientras mi smartwatch monitorea mi frecuencia cardíaca y alerta sobre llamadas entrantes. Incluso, la cafetera, las luces, el lavarropas, la heladera y hasta el comedero de las mascotas están conectados a internet. Todo sucede simultáneamente, de manera instantánea y casi imperceptible, superponiéndose en nuestra experiencia cotidiana. Así se transforma nuestra forma de vivir y producir: ya no estoy solo en la fábrica realizando una tarea específica; en cambio, llevo la fábrica en mi mano.

Las plataformas digitales se convierten entonces en éstas “nuevas fábricas” cuyos avances generan condiciones de producción de riquezas que son apropiadas por los dueños de las mismas, dando lugar al lucro indiscriminado y a la posibilidad inherente de poder moldear los comportamientos de la humanidad de una manera más sofisticada, como una carrera de competencia por los “me gusta” de Meta o la búsqueda del éxito individual que nos muestra Tik Tok.

Por eso la batalla ya no es sólo por la tierra o los medios de producción tradicionales: es también por el control del territorio virtual, con el control del tiempo, de la atención y de la subjetividad, es decir, de nuestro saber colectivo.

La digitalización global avanza, pero no lo hace de manera homogénea. A pesar del aumento del acceso a internet y la telefonía móvil (con más del 70% de la población mundial usando celulares), aún existen más de 2.630 millones de personas sin conexión. Esta brecha no es técnica sino política. La exclusión digital reproduce y amplifica las desigualdades existentes entre países del norte y del sur global, entre centros urbanos y periferias rurales.

Además, las plataformas más poderosas están mayoritariamente concentradas en manos de corporaciones transnacionales que responden a lógicas del capital financiero, tecnológico y digital, la Nueva Aristocracia Financiera y Tecnológica (NAFT), con sus intereses geopolíticos particulares. BlackRock, Vanguard, StateStreet y Fidelity encabezan la lista de fondos financieros que concentran la mayoría de las acciones de Apple, Microsoft, Google, Amazon, Alibaba, Tencent, Xiaomi y más. En ese sentido, lo digital responde a un orden global donde unos pocos deciden qué se ve, qué se censura y qué se viraliza.

La información que circula en redes es filtrada por algoritmos opacos que priorizan sus intereses privados sobre los de la humanidad, lo que afecta la forma en que los pueblos se informan, se organizan y comprenden el mundo. En esta nueva fase, las redes sociales son un campo de batalla tanto como lo son las calles del mundo.

 

La respuesta es urgente

Ante este panorama, la respuesta es urgente. Hoy las redes sociales son herramientas de ‘’ocio aparente’’ que esconden la producción y reproducción del sentido común capitalista, el verdadero objetivo de la NAFT envuelto en un polvo difícil de despejar. La sabiduría de las mayorías está hoy secuestrada por el capital. Pero también puede y debe liberarse.

Tomar las redes no implica romantizar la tecnología, sino ponerla al servicio de los intereses populares. Implica crear y difundir contenidos que cuestionen y disputen el poder y que organicen desde las bases. Implica también construir soberanía digital para ponerla al servicio del interés de las mayorías.

Las calles físicas dejaron de ser hace tiempo el único territorio que las sociedades transitamos. La realidad indica que la virtualidad es hoy un territorio en disputa, un espacio de lucha por construir e imponer sentidos compartidos.

Como dijo Marx, la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. En esta nueva fase del sistema capitalista, esa lucha también se da en Instagram, en TikTok, en WhatsApp y en todas las redes y plataformas donde la humanidad está presente. Y ahí, como en toda lucha, no alcanza con observar. Necesitamos transformar el sistema con acciones directas digitales y de calle que impliquen tomar el control del territorio físico y virtual.
 

Lucas Aguilera - Magíster en Políticas Públicas y Director de Investigación de NODAL.
 

 

La Tecno-Religión, dios en el bolsillo

Por Miguel Posani 

En el siglo XXI, la tecnología ha trascendido indudablemente su función instrumental para convertirse en un sistema de creencias global. Una tecno-religión cuyos templos son nuestras mentes conectadas a las pantallas, cuyos rituales consisten en horas de devoción digital y cuyo dogma es la fe en el progreso infinito y la inminente singularidad tecnológica. Se nos promete una inteligencia superior que englobará todo el conocimiento humano y resolverá nuestros problemas, un nuevo dios forjado en código y datos, uno basado en las ciencias.

La tecnología no ha venido a reemplazar a la religión—no lo necesita—, pero sí ha colonizado los espacios emocionales y simbólicos que antes ocupaba lo sagrado. Desde la búsqueda de unidad hasta la promesa de trascendencia, la tecno-religión responde a necesidades humanas esenciales: el deseo de conexión, el miedo a la muerte y la sed de significado.

Uno de los motores de la religiosidad ha sido siempre la alienación, y la tecno-religión es hija de una época que multiplica este fenómeno. No sólo coexiste con las religiones tradicionales o con cualquier menjurje sincrético, sino que se vuelve complementaria y hasta simbiótica con ellas. En muchos aspectos, es una religión arcaica vestida con ropajes futuristas.

Para Marx, la alienación se da cuando el trabajador pierde el control sobre su labor, su producto y su esencia social. Hoy, en la economía digital, esta alienación se replica de manera radical.

La alienación del dato es una realidad: los usuarios generan valor (plusvalía) con su actividad en plataformas (likes, búsquedas, contenido), pero ese valor es apropiado por corporaciones como Google o Meta, que lo convierten en capital. Las relaciones humanas cada vez más quedan mediadas por algoritmos. Instagram y Tinder mercantilizan la intimidad, reduciendo las relaciones humanas a interacciones programadas.

La autonomía se diluye en sistemas opacos. Los algoritmos determinan nuestras elecciones, desde lo que consumimos hasta con quién nos relacionamos, convirtiéndonos en apéndices de la máquina digital. Somos los proletarios digitales, desconectados del fruto de nuestro trabajo virtual y en busca de algo en qué creer para seguir existiendo.

Y la tecno-religión sacraliza esta explotación con narrativas de "innovación", "renovación", "revolución" y "reinventarse", enmascarando la extracción de plusvalía cognitiva y afectiva. Nos mantiene en un estado de expectativa constante, prometiendo un futuro redentor. Esta religión se adapta perfectamente a nuestras necesidades porque la fe y la esperanza están puestas en lo que está por venir.

Y como si fuera poco es la única religión que ofrece satisfacción inmediata a diferencia de las demás. Y la satisfacción inmediata es el estar conectados “al todo” que es internet. Es como si la Iglesia Católica repartiese heroína como sacramento diario.

Mientras los evangélicos llevan su Biblia bajo el brazo, los fieles de la tecno-religión llevan en la mano su celular: un altar portátil, un espejo narcisista de gratificación instantánea. Así como los evangélicos buscan constantemente en la biblia orientación, los fieles de la tecno-religión tienen GPS.

Además, tienen hasta sus profetas del advenimiento del nuevo mesías tecnológico, lo que parece inevitable. La llegada de una inteligencia artificial autoconsciente se perfila como el momento de revelación divina, el instante en que la singularidad nos trascenderá y entraremos en otro reino más allá del virtual y digital.

Por otra parte, la interconexión digital genera experiencias colectivas que evocan sentimientos de unidad y trascendencia, similares a los que antes se asociaban con la religión.

Internet se convierte en lo sagrado: estar conectado es el cielo, la desconexión es el infierno. Desaparecer de la red es volverse inexistente frente al todo digital. Sin embargo, esta impresión de unidad es parcialmente ilusoria. Las burbujas algorítmicas fragmentan la realidad, pero la narrativa del "todos estamos conectados" satisface el anhelo humano de pertenecer a un todo significativo, al igual que en religiones como el budismo ("interconexión universal") o el cristianismo ("cuerpo de Cristo").

Así mismo la exposición constante a flujos infinitos de información (scroll en redes, streaming, notificaciones) provoca una sensación de inmersión en algo más grande que nosotros mismos. Es un éxtasis digital diluido y adictivo, comparable a las experiencias religiosas de asombro ante lo sublime.

Esta hiperconexión también enferma la mente. Existe una "ecología de la atención" actual en donde lo urgente desplaza a lo importante. Y debes olvidar rápidamente la información anterior para ver una nueva.

Nos volvemos infomaníacos, atrapados en un caos de estímulos y perdiendo capacidad crítica y de autocontrol.

Por otra parte, cada religión tiene su mitología. En la tecno-religión, la fe en el progreso y la tecnología como solución universal a los problemas sociales (cambio climático, desigualdad, crisis existenciales) ignora la complejidad sistémica. Nos venden salvación en forma de innovación, sin cuestionar sus implicaciones.

Jean Baudrillard, describió en los años 80 una sociedad donde los simulacros (copias sin original) sustituían lo real. Hoy la tecno-religión es una fase superior de ese proceso. Las redes sociales crean una hiperrealidad en la que la vida se edita y el yo se convierte en un espectáculo diseñado para la validación externa. Los "likes" son signos vacíos, rituales de un culto narcisista. Algoritmos invisibles, como dioses caprichosos, determinan qué escuchamos, qué pensamos, qué creemos, desdibujando la frontera entre libre albedrío y programación. Para Baudrillard, la tecno-religión no es solo alienación: es el asesinato de lo real.

Así esta nueva fe nos sumerge en una alienación multidimensional. En lo material, se nos explota económicamente mediante la apropiación de datos y transformando mágicamente nuestro tiempo de vida en tiempo de exposición a la pantalla contabilizable y productora de plusvalía.

En lo cognitivo, nuestra complejidad humana se reduce a patrones algorítmicos. Y en lo simbólico, la experiencia real es sustituida por simulacros digitales. El resultado es un fetichismo tecnológico, donde veneramos las herramientas que nosotros mismos creamos, otorgándoles un poder casi divino. La inteligencia artificial, como los ídolos de antaño, cobra cada vez más vida propia ante nuestros ojos.

Vivimos inmersos en un sistema ritual totalizante: desbloqueamos compulsivamente nuestros teléfonos como en un rito diario, estamos constantemente pendientes de ellos, confesamos nuestros pecados en tweets y buscamos la absolución en la recarga diaria de energía.

Pero este culto no nos redime; nos atrapa en un ciclo de dependencia y ansiedad, un limbo digital del que es difícil escapar. Así como un esquizofrénico lleva su manicomio en el bolsillo en forma de pastillas, los humanos modernos llevan a su dios en el bolsillo: el celular.

Como escribió Edgar Morin, "el problema no es la tecnología, sino su inserción en un sistema ciego". Un sistema que prioriza el beneficio inmediato, sin visión ética ni pensamiento sistémico, desconectado de la complejidad humana. Romper con la tecno-religión no significa rechazar la tecnología, sino redefinirla como herramienta al servicio de la humanidad, y no como su sustituto de ella. Solo así podremos escapar del templo digital y reconstruir un mundo verdaderamente común.

Aunque, si soy honesto, el otro día me quedé sin internet durante 24 horas. En un momento de desesperación, asumí mi oculto politeísmo y le recé al dios de internet... y volvió al rato. Tal vez rezarle sí funciona. Pero, al fin y al cabo, ¿no es esta la misma lógica con la que operan todas las religiones?

Miguel Posani



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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.