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El Fin de la Superioridad Moral: de Adorni a Gaza

La elección en la ciudad de Buenos Aires tiene trasfondos librescos y fílmicos que pueden ayudarnos mirar más allá de sus escalofriantes números. Comencemos con lo que nos agravia directamente por estas horas. Para empezar, un simple cambio de vocales y un salto: de Adorno a Adorni. Salto que retrasa, salvo para los mercados, nuestro verdadero parlamento. Sustitución de una “o” por una “i” que tiene la capacidad de revisar a la luz de los resultados un texto de 1950. La personalidad autoritaria fue un voluminoso trabajo de casi 900 páginas escrito por Theodor Adorno en colaboración con Else Frenkel-Brunswik y R. Nevitt Sanford. Se trataba de comprender qué tipo de subjetividad escondida en el corazón de la experiencia moderna había creado las condiciones para el advenimiento del fascismo.


Por Abel Gilbert y Diego Sztulwark
 


Setenta y cinco años antes del acontecimiento Adorni, el libro de Adorno, basado en una larga investigación de campo, había establecido cuatro escalas de la personalidad autoritaria: antisemitismo (A-S), etnocentrismo (E), conservadurismo político-económico (PEC), y fascismo (F). Y si bien con el paso del tiempo el trabajo fue blanco de críticas metodológicas y conceptuales, el reverdecimiento de las fuerzas del mal y sus afectos en el sur del sur nos reencuentra con esos rasgos de la topología F: antiintelectualismo (acaban de promover un concierto sinfónico con Pimpinela en el ex CCK), superstición y ocultismo (consultan a oráculos), exaltación del poder y la dureza, la destructividad y el cinismo, la proyectividad y la preocupación exagerada por el sexo (sintagmas sobre el onanismo y la vejación), el resentimiento y, desde ya, la aceptación de una cultura autoritaria, una agresividad a flor de piel, la manipulación y la tendencia maniática e intolerante. ¿Cuántas de estas manifestaciones laten en este presente cada vez que se habla desde el púlpito de la ganancia y se aplaude con distintos grados de entusiasmo?

Adorno y su equipo creían que el libro era un aporte a la tarea de desactivar el potencial fascista sobre la base de cambios educativos y culturales. Los deepfake y las milicias digitales son en cambio la gramática del escarnio. Y Adorni, el portavoz ágrafo de la regresión, el goce por lo procaz, quien establece un punto de corte político que no solo puede explicarse tampoco a partir de un antiperonismo visceral, el dólar barato y la oferta de reducción del precio de los IPhone. Hay un humus, una materia orgánica al servicio de la revolución. El contador Adorni es la metonimia. De su mano, y en medio de la desafección de la mitad del electorado, Milei ha convertido a la capital en cabeza de playa de su conquista nacional.

 

II

El optimismo que acompañó al candidato Leandro Santoro hasta que cantaron las urnas fue sincrónico con una ventisca cultural que invitaba a imaginar mejores escenarios que el presente. Hablamos de El Eternauta que acá merece un desdoblamiento clarificador. El Eternauta-libro es una narración de lo trans-temporal. Su comienzo –diferente de la serie de Netflix– es la aparición, ante el escritor Germán Oesterheld, de Juan Salvo, una especie de espectro de todos los tiempos. La transmutación del poder de relatar se da en ese inicio, en el que el guionista le comunica a su personaje el poder de narrar. Antes que protagonista, Salvo es el narrador que nos cuenta la historia de una invasión. Antes que héroe, Salvo es quien atesora y revela un relato de peligros y heroicidad colectiva. Oesterheld –años más tarde militante, combatiente, luego desaparecido junto con sus cuatro hijas– queda incluido en el libro como un personaje tácito (a él se le cuenta la historia). Esa es la estrategia de la resistencia: Salvo le susurra a Germán los acontecimientos espantosos y nobles que el guionista transcribe y López dibuja para que nuestra imaginación despegue.

La eternidad, aclara Spinoza, no es inmortalidad. Una cosa es durar ilimitadamente, y muy otra cosa es ser exterior respecto del tiempo. El caso del Eternauta-libro es, por lo tanto, el de quien recorre la historia –va y viene en ella– como mensajero de lo atroz y de la aventura popular. El Eternauta-serie realiza ese viaje como recorrido de la memoria: Salvo viene de –y vuelve a– Malvinas. Su percepción está transida por el sentimiento de lo ya vivido. Sus alucinaciones son mensajes viajeros a descifrar. Su amigo Favalli lleva consigo la memoria de 2001. Lo transtemporal es el modo de sentir de lo que resiste.

Cuando no queda otra que organizarse, y sólo resta descubrir la fuerza y la inteligencia colectiva crear es resistir y resistir, crear. Salvo, Favalli y sus compañeros buscan armas. No solo fusiles. También saberes. Leen, tratan de entender qué tecnologías funcionan en las nuevas condiciones en la que ya no hay wifi, redes ni celulares. El paso por Campo de Mayo –imposible eludir que fue el mayor campo de detención clandestina de personas de la última dictadura– es parte del shock inicial, la conmoción y la reacción propia de la catástrofe.

Pero la ficción (el streaming) no estructura realidades y El Eternauta-serie, con su lema “nadie se salva solo” tiene por ahora, y remarcamos la cuestión temporal, tanta eficacia como la tuvo en 2023 “el Estado te cuida”. La entrada en acción de un nosotros en la disputa es apenas una promesa para una próxima temporada de la serie. El primer tramo de los seis capítulos termina con el intento de Juan Salvo de mandarse solo. La irrupción de lo colectivo como factor capaz de derrotar el odio cósmico es una promesa que no tiene fecha de realización. Debe producirse.

 

III

A mitad de la historieta de Héctor G. Oesterheld y Solano López, es decir, cuando la nieve hizo su trabajo letal y comienza a esbozarse una “resistencia”, Salvo y Franco se encuentran en la Glorieta de Barrancas de Belgrano, que se muestra desde lejos en el último capítulo. Franco logra engañar al Mano que maneja todo desde una consola. El puñetazo lo desestabiliza por completo. Ya no es esa figura cruel. “Alcánceme esa escultura, por favor…. en la gracia de ese cuello hay siglos de arte”, pide, y el resistente lo corrige: “no es una escultura…es una cafetera”. El arte contemporáneo ha tenido numerosos equívocos de esa naturaleza (como si Oesterheld se hubiera tomado a la chacota a las postvanguardias neoyorquinas). Pero también podría señalarse: la humanización del Mano, el enemigo, viene de la mano del malentendido visual. El miedo a sentirse atacado activó en él una glándula artificial. Le cuenta a los terrícolas que, así como en los hombres se genera la adrenalina frente a ciertas situaciones, en los manos el terror segrega un veneno que los mata en unos minutos. Los amos suyos lo habían instalado bajo la certeza de que nadie querrá rebelarse. El Mano se despide cantando: mnimo athesa eiooo. Parece un canto de cuna. “No es tiempo de odiar, es tiempo de luchar”, dice Salvo. La tarea es sobreponerse al terror cuando ya no existe un Estado que te cuida, ni siquiera las Fuerzas Armadas con su mito fundante de haber nacido con la nación misma.

La glándula mileista secreta en parte de la sociedad el pánico a un kirchnerismo mitológico y comunizante, el horror a un ciclo inflacionario que se conjura resignando derechos en un intercambio tan desigual como invisible; miedo también a perder el derecho humano a atravesar el Atlántico en un avión y volver atiborrados de mercancías, pavor, por último, a que una disidencia, incluso mínima, sea criminalizada en el mundo virtual o de cuerpo presente. Antes de que nos arrobemos con la segunda y épica temporada en Nexflix, El Eternauta habilita una lectura política cargada de preguntas sobre los modos de desbaratar el terror inoculado y a la vez acerca de la construcción de una fuerza antagonista.

 

IV

El Eternauta cohabita por estas semanas el espacio virtual junto con una extraordinaria película sobre otras maneras de superar la glándula de terror, entendida como una disciplina reticular que atraviesa mentes y cuerpos. La semilla del fruto sagrado, de Mohammad Rasoulof cuenta la historia de una familia iraní cuya madre se dedica hasta dónde puede a articular lo imposible: la ficción de un ensamblaje familiar autoritario en pleno 2022 marcado por el movimiento de liberación de las mujeres en Teherán y más allá. El padre, mientras, hace carrera en el poder judicial, forzado a firmar sentencias de muerte sin leer siquiera las acusaciones. Las dos hijas –una mayor y otra adolescente– se van volcando a la causa que estalla en las calles. No hay poder fundado en la tradición que no merezca ser aplastado cuando su brutalidad sólo sirve para aniquilar el deseo de libertad de pueblos enteros. Pierre Hadot corregía la fascinación de Foucault por la libertad como cuidado de sí. Le recordaba que, para los antiguos griegos, las prácticas de uno mismo pasaban necesariamente por el cosmos y por la ciudad. La estúpida idea “anti woke” según la que los problemas de género y de raza deben ser subordinados a cuestiones previas no llega a captar la sabiduría da Hadot: el cosmos y la ciudad definen el carácter político del yo. Sea judía, shiíta, sunnita, marxista o cristiana: la idea patriarcal de un orden de sumisión pierde su legitimidad cuando las mujeres de la comunidad se le rebelan. Y eso se acelera cuando las hijas saben quién es un padre que, en su paroxismo, llega a someterlas a interrogatorios para dilucidar la suerte de su pistola extraviada. La madre, finalmente, se suma a la causa filial: ha podido superar la docilidad. La glándula del terror internalizado deja de funcionar a partir de que se concluye que no hay salvación individual. Sobreviene primero el desafío, luego la deserción abierta y, por último, el enfrentamiento. En la lucha del trío de mujeres se acumula un historial de décadas que las excede. El régimen iraní entendió la película y condenó a Rasoulof a ocho años de cárcel y latigazos. Partió al exilio junto con dos de las actrices. Una decidió quedarse y asumir el alcance de su acto.

 

V

Foucault define a la parresia como el coraje de pronunciar la verdad ante el poder, corriendo el riesgo “de decir, a pesar de todo, toda la verdad que piensa”. Pero es también, dice, “el coraje del interlocutor que acepta recibir como verdadera la verdad hiriente que escucha”. Rasoulof ha tenido ese coraje y lo tiene en especial Pnakaj Mishra. Si algo ayuda a pensar El mundo después de Gaza (2025) es lo que podíamos denominar el fin de la superioridad moral, posición según la cual la crítica se practica como juicio antes que como acto de comprensión. El juez debe guardarse de aquellas máculas que podían deterioriar su autoridad. En cambio, todos podríamos, llegado el caso, desear o incluso necesitar comprender y quizás ser comprendidos. Después de Gaza la superioridad moral no alcanza el rango de un mal chiste. El libro de Mishra no es un tratado sobre valores (ni un lamento sobre su tiranía), sino un extraordinario ejercicio de crítica intelectual y de valentía.

¿Cómo se anula un derecho? ¿Cómo es que se nos arrebata el derecho a comparar? Se nos prohíbe la analogía del Gobierno de Milei con la última dictadura, o el genocidio israelí en Palestina con la Shoá. Comparar no es, por supuesto, igualar. Se trata de extraer entre situaciones por fuera diferentes algunos rasgos comunes, alguna forma consistente de parentesco, de continuidad o de expresión común para iluminar una relación precisa o un aspecto inadvertido. La comparación es un instrumento elemental del proceso de producción de conocimiento. Milei tiene algo de la dictadura, cierto que en un contexto nuevo y por tanto de un modo muy diferente. Que no sean lo mismo –que no desaparezcan miles de personas, etc– no impide encontrar un rasgo común, un determinado contenido semejante. Situar a la Shoá/Holocausto en una comparación con las barbaries en Gaza (o con el apartheid sudafricano) no quiere decir relativizar su siniestra irreductibilidad. Sí quiere decir, en cambio, que es posible inscribir aquel horror nazi dentro de las practicas del exterminio colonial tanto previas como posteriores. Es lo que hacen Pankaj Mishra o Bentzi Laor Peter Pál Pelbart –en su libro Etnocentrismo judío. Líneas de fuga–, por poner dos ejemplos de escritos bien contemporáneos. En el caso del Laor y Pál Pelbart se trata de una apelación a los judíos que aún no se han vuelto reaccionaros a no ceder el derecho –moral e intelectual– a comparar.

Mishra hace de Gaza –del arrasamiento de la vida de un pueblo en vivo y en directo– un problema universal y actual, seguramente el más urgente y quizá también el más profundo en cuanto a sus implicancias históricas y éticas; se pregunta cómo funcionan las delimitaciones de la responsabilidad moral frente al poder en el mundo actual, es decir, luego de la crueldad –o genocidio– como respuesta a la masacre del 7 de octubre; hace un repaso preciso, delicado y erudito del nudo abierto por la Shoá/Holocausto desde una perspectiva que no es occidental ni de oriente medio, sino de un alto hinduismo con conciencia crítica, a la larga gandhiana; repasa las diversas interpretaciones que fueron sucediéndose del horror en los campos y los crematorios nazis, en la que se va incluyendo, como por capas, los diversos suprematismos –tanto de los colonialismos de la primera mitad del siglo XX, como de los nacionalismos de postguerra–; recoge la historia de las masacres hechas por los diversos nacionalismos en la India y en África, por los colonialismos inglés y alemán y por los imperialismos de EEUU y Turquía; estudia al detalle las diversas actitudes tomadas ante el genocidio Nazi por los diversos momentos del sionismo, el Estado de Israel, las víctimas de los Lager y los escritores de la diáspora (Primo Levi, Hannah Harendt, Jurek Brecker, Zygmunt Bauman, George Steiner, Marek Edelman, uno de los comandantes del levantamiento del Gueto de Varsovia, y sobre todo Jean Améry, sobreviviente de un campo, pero no sólo); es un tratado sobre los problemas ligados a la descolonización, la negritud y los estudios postcoloniales, y también sobre los nacionalismos de derecha extrema de Modi en India, Erdogan en Turquía y Putin en Rusia (en algún lado Mishra escribe: la revolución shiíta en Iran terminó con el tercer mundismo, y por eso no deja de ser notable la correspondencia con el filme de Rasoulof); es, además, una enorme reivindicación de la mínima esperanza que queda en el mundo, en los tan criminalizados movimientos universitarios que han denunciado la limpieza étnica y que piden –arriesgando sus carreras y proyectos vitales– frenar el saqueo y el exterminio de los palestinos. De los palestinos hoy, como de los judíos y los gitanos ayer, y de cualquier masa humana considerada indeseable en todo tiempo y lugar. Después de Gaza no enjuicia, comprende. Asume la complejidad y, a su modo, pega un alarido que parece decir: tenemos que ser capaces de hacer sentir a los perpetradores del horror sus enormes y repugnantes responsabilidades, y para eso tenemos que ser capaces de sentir cómo crece en nosotros otra clase de responsabilidad en nuestras vidas y en nuestras prácticas. En un punto es invertir el sentido de la flecha del tiempo: ir de un presente Adorni otra vez a Adorno y sus superaciones.

 

VI

Los rodeos del texto son aparentes. En la noche triunfal de la ultraderecha retumban los silencios sobre lo señalado. La naturalización del odio y la imagen recurrente de un ataúd al que le falta un último clavo es lo que hasta el momento coloca los deseos de supresión en un plano no letal como ocurre en Gaza. Pero, ¿cuánto de la pulsión destructiva que se descargó contra Jan Yunis, Wadi Gaza, Rafah o Deir al-Balah puede insinuarse remotamente en las incitaciones de un nuevo suprematismo de la ultraderecha argentino? “Haití está aquí/ Haití no está aquí”, cantaron en 1993 Caetano Veloso y Gilberto Gil a modo de breve y perplejo ensayo musical sobre una escena tremenda en Bahía, cuando los policías, todos afrobrasileños, golpean con saña a sus vecinos negros y mulatos. Es solo cambiar el nombre de las ciudades, jugar otra vez con las palabras, para reconocer instancias de peligro que se alejan y aproximan. La limpieza étnica en Gaza no ha merecido casi la reacción de la dirigencia política (hay un valioso artículo de Sebastián Lacunza al respecto). Solo conocemos avales y ceños fruncidos de solidaridad con Netanyahu. Una de las excepciones a la regla del mutismo y la indiferencia ha sido Vanina Biasi, quien acaba de ganar un lugar en la legislatura por el Frente de Izquierda. La parresia de Biasi. El locuaz Santoro no podría decir lo mismo –participa desde fines de abril de este año del Grupo Parlamentario de Apoyo al Estado de Israel junto a Ramiro Gutiérrez (UxP), Sabrina Ajmechet y (PRO), Fernando Iglesias (PRO), entre otros. Según una nota del portal de la Cámara de Diputados de julio de 2024, Santoro destacó ante el embajador de Israel en Argentina, Eyal Sela «la capacidad» de ese Estado segregacionista para «sobreponerse a los problemas». No conocemos expresiones posteriores de dolor, asco o perplejidad sobre la suerte de los palestinos. En esa aquiescencia ante el poder abrumador, Santoro está más cerca de Adorni que de cualquier glosa adorniana. Eso también se relaciona con la crueldad, una definición que ha articulado su campaña a modo de consigna. Seguramente le gustó mucho El Eternauta. ¿Es acaso un disparate señalar que la Buenos Aires distópica de la serie tiene hoy un lugar real a miles de kilómetros? ¿Dónde se lleva a cabo una invasión de absoluta superioridad tecnológica? ¿Qué debe hacer un grupo humano para enfrentarla? Mientras buena parte del mundo mira hacia otro lado, a sus pantallas, y le dicen, vía Netflix, que nadie se salva solo, allí, en Gaza, entre el polvo y las bombas, entre los niños fulminados y la hambruna, quieren que nadie se salve. Vivimos en una ciudad donde ganan las elecciones los que celebran el extermino que perpetran las FDI y preparan escarmientos y epítetos variados para los que se antepongan al reformateo profundo de este país.


Abel Gilbert y Diego Sztulwark


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