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La Mesa Beatle: En el hospicio

Buen día desde La Barra Beatles, hoy dentro de su amplia sección donde se le rinde culto al rock argentino. En nuestra música abundan los dúos, sobre todo en los 70´s donde estaba de moda lo acústico. A raíz de la explosión que causó Sui Generis, varios productores salieron a la caza a ver si encontraban reemplazantes. Varios tenían cosas para decir y llegaron al disco, otros se perdían entre recitales pequeños y alguna que otra aparición en las revistas del palo. Lógicamente que los Sui fueron irreemplazables, y claro, ¿de dónde sacás otro Charly García?


Por Jorge Garacotche

Me parece que fue en 1974 cuando fui con mi amigo Daniel Flanagan al teatro Astral, en la Avenida Corrientes, un lunes por la noche, a ver el trío de Litto Nebbia, junto a González y Astarita. Los lunes no había funciones teatrales, entonces las salas se abrían para los recitales de rock y a un precio acomodado. En un momento, Litto, a quien tenemos fichado como un monumento a la generosidad, presentó a un dueto, si no recuerdo mal contó que uno de los dos era alumno suyo de guitarra. Se fue el trío y por un ratito este dúo se cantó unos temas. Dijeron llamarse Pastoral.

La primera sorpresa fue el que hacía la primera voz, un enorme cantante que reconocí de inmediato, pensé “este va a hacer carrera con semejante voz”, y no me equivoqué. Encontré en él cierta influencia spinetteana, lo cual no está nada mal, pero me impactó, era agradable, melodioso, con algo tanguero y una dicción muy clara. Me quedó clavado el tema con el que cerraron, “En el hospicio”. Ya desde el nombre me pegó, era una época en donde se hablaba mucho de la locura, surgían otras explicaciones, daba la impresión de que una serie de profesionales salieron a explicarnos que esas personas, que todos y todas rechazaban, eran seres humanos y merecían un espacio, no el encierro. Quién no tuvo de vecino a un personaje apodado “el loco”, en qué barrio no veíamos a uno, nadie sabía qué le pasaba, lo señalaban como alguien distinto, sufriendo el abandono familiar y dando vueltas por las calles, perdido a cualquier hora y casi siempre con las mismas ropas.

Por ese tiempo yo iba muy seguido al Cine Arte, un templo, y en varias películas aparecía el tema de la locura, pero siempre observada desde otro lugar, como si fuera alguien vencido por un entorno cruel, castigado vaya a saber por qué, pero siempre quedaba la imagen de una debilidad pronunciada, sin resto como para darle pelea a una sociedad que primero agredía y después preguntaba… si preguntaba.

La canción habla en primera persona, lo cual siempre golpea distinto. La descripción que se va haciendo es desgarradora consiguiendo que a la altura del estribillo uno esté de parte del personaje, hasta siente necesidad de apagar el equipo e ir en su rescate.

“Quiero atrapar al sol, en una pared desierta, me siento tan libre, que hasta me ahoga esa idea, me hace mal la realidad, de saber que el perro es perro y nada más…”.

Siempre me pareció que al encarar una letra en primera persona todo eso que se dice tiene una carga más íntima, como si lo que se contara fuera más verdadero, se habla con conocimiento de causa y uno lo recibe, se compromete con lo escuchado.

Lo que sigue es emocionante, para mí, porque intenta reflejar lo que está soñando quien relata: “Quiero descolgar al sol, chapalear entre las hojas, estirar mi soledad, correr entre los pasillos y buscar la realidad, de que el perro no sea perro y nada más…”.

El estribillo, que se canta solo una vez, es corto pero escalofriante: “Encierro real, claustro de barro, sombras… sombras”.

Sobre el final suben la apuesta y entonces el dolor se canta con una palabra tras otra, cargando la melodía de una tristeza infinita: “Porque me dejan pensar, en toda esa gente humana, y después para jugar, hasta me atan a mi cama, puedo ver la realidad de que el perro sea perro y nada más…”.

Muchos años después de haber escuchado tantas veces esta canción vi la película “Hombre mirando al sudeste”, una película inolvidable que desató en livings y bares una de las más grandes polémicas que recuerdo, por obra y gracia de algunas escenas misteriosas. Una película que hasta la mitad nos recarga de una euforia bañada en comprensión para, en la otra mitad, hundirnos en la desazón total, con todos los colores de la muerte. Cuando vi este film por primera vez, mientras veía los pasillos y salas del Hospital Psiquiátrico Borda, pensaba en esta canción, en esas palabras que nos llevaron a pensar qué es lo que sucedía dentro de un hospicio y acá en nuestra ciudad.

Pastoral nació en algunos de los recreos del Colegio Mariano Moreno allá por 1971. Dos pibes que tocaban guitarra y cantaban se conectaron y allí empezó el sueño. Ellos eran Alejandro de Michele y Miguel Angel Erausquín. El debut de este dúo no se dio en Buenos Aires sino en Mar del Plata el 18 de noviembre de 1973.

En ese mismo año consiguieron grabar su primer álbum, “Pastoral”. Los contrató el pequeño pero respetado sello Cabal. La difusión fue  imperceptible, de modo que el público rockero no se enteró. La grabación tuvo una producción mínima, pero el sonido era crudo, las canciones pegaron fuerte en quienes las escucharon y el dúo avanzaba de a poco, pero sin freno. En ese álbum estaba la canción “Libertad Pastoral”, la composición era propia pero el manejo sucio de un productor, un tal Piscinelli, desató un conflicto por los derechos. Lo cuenta el propio De Michele en 1974 a la Revista Pelo: “Te voy a dar un ejemplo de lo que significa estar dentro de la maquinaria y cómo hay que luchar por no ensuciarte. Cuando surgió la posibilidad de grabar creíamos que toda la gente que estaba alrededor de este asunto era honesta y limpia; y en alguna medida pensábamos que iban a hacer lo posible para hacer llegar lo que nosotros pensábamos hacer como músicos. Pero no fue así: sin que nosotros lo supiéramos nuestro tema central ‘Libertad Pastoral’ apareció firmado por mí y por el productor, que se adjudicó parte del tema para cobrar las ganancias que diera. Eso es muy habitual en el ambiente musical. Pero nos enteramos tarde. Por suerte la compañía también ignoraba el asunto y cuando se enteró echaron al productor». Tremenda realidad de aquellos tiempos donde los inescrupulosos de siempre lo arruinaban todo. Esto no fue un caso aislado.

Las cosas cambiaron y mucho en el segundo disco. La producción estuvo a cargo de Litto Nebbia, lo cual trajo una enorme tranquilidad tanto en lo anímico como en lo artístico. Incluso Litto acercó a los músicos que conformaban su trío para la base rítmica. El resultado está a la vista, un disco notable, con un arte de tapa que estuvo a cargo del propio Alejandro. El buen gusto, las buenas melodías, las letras sentidas, recorren todo el disco. Aquí se empieza a hablar de los arreglos vocales del dúo y, principalmente, de la llamativa manera de cantar de De Michele.

La canción fue un éxito comercial, sonaba en muchos lugares en un tiempo en donde al rock argentino le costaba muchísimo llegar a las radios. Donde sí sonaba muchísimo este tema era en las guitarreadas, los actos de colegio, fogones, en cuanta reunión se encontraba un grupo de adolescentes. Lo recuerdo como uno de los temas más fogoneros de esos años en donde uno intentaba cantar un tema lo más copado posible, que se clave en el alma de la gente que nos rodeaba. Claro que uno lo cantaba y ponía todo el énfasis dirigiéndose a las miradas femeninas, allí estaba la principal recepción, la máxima finura en sensibilidad, como siempre sucede. Si habré conocido mujeres por cantar y filosofar sobre esta letra, si me habré arrimado a tipos nobles con los que compartí reuniones, caminatas y solidaridad para con un sector tan olvidado, injustamente abandonado, como son aquellos que no pueden más y estallan hacia adentro. El rock argentino también estuvo ahí para acompañar y concientizar; es que el rock argentino siempre está en tantos lugares en donde se hace necesaria la música.

Jorge Garacotche




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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.