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Eternautas

Cuatro ideas después de la marcha contra la extranjerización.  La movilización contra la reforma de la Ley de Tierras logró cambiar los capítulos más dañinos del proyecto oficial y dejó algo más que un resultado parlamentario. Represión expandida, un nuevo nosotros en defensa de lo común, y una distancia que se profundiza, otra vez, entre el palacio y la calle. En Anfibia pensamos algunas ideas sobre qué se repite y qué hay de nuevo en la resistencia frente al proyecto libertario. 


Por Ernesto Picco y María Mansilla

 

¿Quién ganó? ¿Qué se ganó? Si el héroe argentino por excelencia es el héroe colectivo, como nos contó Oesterheld en El Eternauta, el movimiento que volteó los capítulos más dañinos del proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada debería sentirse triunfante. ¿Pero alcanza esa fuerza social que incidió desde las redes primero y en las calles después para hablar de un movimiento? Difícil. 

¿Quién fue? ¿Qué cosa fue? ¿Una suerte de envión popular resensibilizado con la deriva del país que logró organizarse contra la avanzada extranjerizante? ¿O es algo más? Sea lo que fuera, el efecto fue potente. ¿Cómo se organiza esa potencia para que siga incidiendo el día después? 

Los libertarios -que quieren garantizarle al capital extranjero el acceso a nuestras tierras y a los recursos naturales- dieron media sanción a un proyecto, pero no el que querían. Ganaron, pero se sienten derrotados. Una victoria pírrica. En una disputa abierta, porque el proyecto sigue siendo dañino en materia de desalojos y de las posibilidades que le quita al Estado para accionar sobre el territorio. Pronto se discutirá en Diputados. 

Lo que vivimos en las últimas horas en Argentina fue nuevo. Una campaña masiva y transversal - trans-política y trans-ideológica, unida por el lema tan genérico, potente y emocionante de #laPatriaNoSeVende- logró presionar al Congreso. La rosca habilitó el giro de legisladores de Misiones, Tucumán y la Patagonia que torcieron la historia. Antes de la sesión y del desborde callejero, lograron sacar del proyecto el articulado que afectaba la Ley de Tierras. Luego, ya con la gente enfrentando a la policía en las calles, pudieron defender la Ley de Manejo del Fuego. Lo que vivimos ayer también fue nuevo por la modalidad de represión. Y por las preguntas con las que amanecimos hoy. En Anfibia pensamos juntos y anotamos cuatro cosas que aprendimos en estas horas. 

  

Sobre la represión

Plaza del Congreso, 6 de agosto, seis de la tarde, bar esquinero de Mitre y Avenida Callao. Nuestro compañero Marcelo Moretti, cronista anfibio que cubre la movilización, entra corriendo al bar para refugiarse de los gases lacrimógenos. Pronto todos tienen que evacuar:  el humo empieza a entrar por debajo de la puerta. Desde los camiones hidrantes, la policía rociaba las ventanas para evitar que los que estaban adentro pudieran filmar. La cacería empezó media hora antes. Marcelo corre de vuelta a la calle, se aleja por Mitre hacia Riobamba, escapa de la policía. En la esquina cruza a un amigo que venía en sentido contrario:

–No sigas para allá, están disparando. Vengo de la boca del lobo.
–No. ¡Yo vengo de la boca del lobo! 

Del otro lado, una barrera de motos lista para salir a cazar y policías con las itacas remontadas. Hay más seguridad que de costumbre, vienen de todos lados. No hay una salida clara, como en otras marchas. Marcelo y su amigo se quedan juntos. Escapan zigzagueando entre la avalancha por las calles laterales mientras los cordones policiales siguen expandiéndose para barrer hacia los márgenes de la Plaza Congreso, escupirlos a hacia Balvanera y Monserrat. La violencia policial de ayer fue diferente, más amplia que otras, más larga. El ritmo fue otro: el ataque persistente y la cacería, por un lado, y la voluntad de los cansados que se quedaron horas avanzando y retrocediendo en masa, por el otro. La gente no se dispersaba a pesar de la amenaza. Resistía. En las redes se viralizaban en tiempo real videos y testimonios desesperados: los gases y los hidrantes, la infantería tomando calle Corrientes, la persecución de las motos en las calles aledañas. 

La coreografía de la represión y el aguante se extendió hasta la noche y terminó con 1500 heridos y 29 detenidos: ocho por la policía de la Ciudad y 21 por la federal, a disposición de la justicia de CABA. Victoria Darridou, del equipo de Justicia y Seguridad del CELS, dio un dato escalofriante en Futurock: “Toda la intervención de ayer fue ilegal. Un disparo de bala de goma no puede ir a la cara, un gas no se puede tirar a 10 centímetros de una persona”. Queda la pregunta de cuánto más se puede encender la calle. Porque el gobierno avanzará en su plan. Florencia Gómez, coautora de la Ley de Tierras, le dijo anoche a Anfibia después de la votación: “La ciudadanía entera, sin importar la mera política, le mostramos al mundo que tenemos consciencia de lo colectivo, de lo nuestro. Y que defender la patria vale la pena. Nos queda ahora seguir luchando para que no se aprueben los desalojos exprés, expropiaciones y el super RIGI. Nos quieren callados y quietos. No lo van a lograr”. 

 

Sobre el sentimiento nacional

Algo cambió en la calle y en el sentimiento popular. No necesariamente para bien ni políticamente productivo. Crece la resistencia, que no es poco. En las últimas semanas ha tomado voz y cuerpo un nosotros mayor, que se desliza y escapa de la polarización entre libertarios y kirchneristas, manifestándose unido bajo la narrativa común en defensa del territorio nacional frente a la extranjerización. Convergen en esta trama distintos factores que son combustible para la reacción en las redes y en la calle: la bandera malvinera en el mundial, el cansancio de los cuerpos a los que se les agota la narrativa del esfuerzo, el discurso del gobierno que no afloja la crueldad y les soltó abiertamente la mano a las mayorías endeudadas diciendo que son acuerdos entre privados y ahora sí sálvese quién pueda. 

La consigna de La Patria No Se Vende es un paraguas lo suficientemente amplio para articular malestares y demandas muy diversas, entre los opositores de siempre, los desilusionados con las promesas de libertad, los apolíticos y los escépticos. Y como ocurre con todas las movilizaciones donde unos ponen el cuerpo y otros miran, los que habitualmente asisten al drama como espectadores empiezan a sintonizar bajo los pesares comunes, a hacerse cargo de su propio hartazgo y formar parte de ese nosotros heterogéneo y agitado. Que se agranda. Y que aunque por ahora sigue huérfano de liderazgo político, es capaz de producir efectos políticos, como la doble amputación de los artículos más dañinos del proyecto de ley de inviolabilidad de la propiedad privada. 

  

Sobre la crisis de representatividad

Frente al malestar generalizado de las calles, en el palacio la oposición política está dramáticamente fragmentada. José Mayans pidió en Gelatina que Axel y Máximo “se dejen de romper las pelotas”. Juliana Di Tullio dijo en El Destape que la discusión la tiene podrida. El peronismo se autofagocita en la interna. En el Congreso nadie parece reunir una representación capaz de expresar la voluntad popular que se agita en la calle. 

Si la fuerza del proyecto libertario con sus reformas legislativas salvajes y aparentemente imparables encontró su límite en el sentimiento nacional - algo de lo que el mileísmo no se puede apropiar como bandera, el sentimiento nacional encuentra su límite en la falta de representatividad política. Tarde o temprano lo que se expresa en las redes y en las calles necesita encauzarse en los canales institucionales de representación ciudadana, legislación y gestión y de lo común. Hasta aquí, todo eso aún parece estar lejos. 

 

Sobre la trampa de diciembre

Ante cada marcha que parece más grande o novedosa que la anterior, se dispara un reflejo: la comparación con 2001. Hay una fantasía entre los opositores de siempre acerca de la movilización popular como vía posible para hacer tambalear al gobierno lo suficiente como para que caiga o se debilite hasta que algo mejor lo reemplace. Pero ese horizonte es una trampa. En 2001 la Argentina era otra, el mundo era otro. 

En 2001 se movilizaban las nuevas organizaciones sociales, piqueteros y excluidos del mercado de trabajo, víctimas del ajuste menemista, hijos de desaparecidos, la democracia seguía siendo nueva. En 2026 los actores son otros -los endeudados, los desempleados, los pluriempleados, los desclasados- mientras que nuestra democracia tiene ya suficientes años y decepciones acumuladas para los más jóvenes, que no conocen pasados más oscuros. 


Y sin embargo, Milei, sus jefes y sus adláteres encuentran ahora un límite. Pero los intereses que los empujan y los personajes que dictan las leyes que intentan hacer pasar, son fuertes. La potencia virtual y callejera que se enfrenta al proyecto libertario para defender la tierra, para evitar que se venda la patria, sigue necesitando una representación política institucional capaz de articular las demandas y un proyecto común que enfrente al proyecto individualista y deshumanizante de los libertarios. Hasta que eso suceda, el loop puede seguir. Y más: se pueden seguir profundizando las desigualdades y la violencia. Más cerca que el 2001 están los otros países latinoamericanos contemporáneos donde las calles revueltas y la inestabilidad política han sido largas y no se han resuelto, atravesados por la melancolía de lo que nunca más volverán a ser. Basta con pensar en Perú, en Ecuador o en el Chile de la última década.

El horizonte es incierto. La pelea será larga. No sabemos cuánto va a durar ni cuánto va a costarnos esa resistencia. Quizás no termine nunca, pero si nos encuentre en tiempos más prósperos y felices. Pero después de esta semana tenemos una buena noticia. Sabemos que, como en El Eternauta, frente a la invasión extranjerizante, la Argentina es su propio héroe colectivo. Y resiste.


Ernesto Picco y María Mansilla



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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.