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Piazzolla y Mulligan, una cumbre del tango y el jazz


El marplatense que revolucionó el tango y el saxofonista estadounidense grabaron un disco juntos. El trabajo fue arduo y hubo rispideces entre ambos, pero con el tiempo supieron valorar el esfuerzo.

Por Oscar Muñoz




Verano italiano de 1974. Estaban citados en los Estudios Mondiale, de Milán. La idea de un encuentro magistral, una “cumbre” del tango y el jazz, prendía fácilmente en las expectativas del productor Aldo Pagani, teniendo en cuenta los créditos de los artistas: su representado, el bandoneonista argentino Astor Piazzolla, que venía de romper moldes con la grabación de Libertango, y el consagrado y eximio saxofonista estadounidense Gerry Mulligan.

Pero en el proyecto no solamente iban a confluir dos talentos, sino dos personalidades dispares, con distintas maneras de entender e interpretar la música que amaban.

Mientras Astor, fiel a su proverbial exigencia, arribaba a las sesiones puntual y provisto de carpetas con partituras, apurando cigarrillos en la espera, su colega se demoraba arrastrando los efectos de las trasnochadas rociadas con whisky, para luego desenfundar su ostentoso saxo barítono, dispuesto a improvisar en el lenguaje universal del jazz.

La grabación de Summit (o Reunión cumbre, como se lo bautizó para el mercado local) trajo como resultado una música de oscura y densa belleza, desprovista de encasillamientos y no exenta de rispideces y tensiones, que de vez en cuando asoman entre los pliegues sonoros de una obra única.

Uno de los impulsores de la idea original fue el baterista Tullio De Piscopo, que participó del registro de Libertango e integraba el grupo italiano de Mulligan, a quien le hizo escuchar el casete respectivo, mientras se trasladaban en auto. La reacción del estadounidense fue entusiasta y confesó espontáneamente que le gustaría conocer y tocar con Piazzolla,

No sabía con quién se estaba metiendo.

Entablado el contacto, el arreglo entre ambas partes estipulaba que aportarían la mitad del material cada uno, trasladándose de esa manera el porcentaje al reparto de regalías. Una fórmula habitual en los discos de jazz, que Astor desconocía o no estaba dispuesto a reconocer, acostumbrado a tener todo bajo control en la composición y los arreglos. Cuando se encontraron en el mismo estudio milanés en el que había parido el disco electrónico, el argentino desplegó la totalidad del repertorio ya escrito.

A Mulligan le costó adaptarse a un formato tan rígido y las sesiones se convirtieron en un proceso difícil de digerir para ambos.

Cuando se demandaba demasiado de sus dotes de lectura musical, replicaba: “Hubieran llamado a Stan Getz”, por el otro famoso saxofonista.

De ahí que la autoría de los temas corresponda casi íntegramente a Piazzolla, con la excepción de “Aires de Buenos Aires”, firmado por Mulligan.

Una de las gemas del disco es “Años de soledad”, cuya imperativa introducción se convertiría, andando el tiempo, en número puesto de escenas clave de muchas telenovelas vernáculas.

El disco tuvo reseñas elogiosas, pero algunas apuntaron que la participación de Mulligan no pasaba de sesionista de lujo, interpretando una música que claramente no era la suya.

Por aquellas fechas, el crítico de la revista Jazz Magazine, que asistió a un concierto presentación, señaló que “la asociación de los dos músicos quedó marcada por el predominio manifiesto del elemento argentino sobre la música de Mulligan (…) No hubo más que sumisión por parte del saxofonista que dobló, sin autonomía, el discurso del bandoneón”.

Hoy en día, la reseña del sitio allmusic.com lo considera registro fiel de una “magnífica sesión del saxo barítono Gerry Mulligan con el gran gurú del tango-arte. Mayormente, de un clima oscuro, con gran variedad tonal y difícil de rotular con etiquetas simplistas. Un evento único, completamente exitoso”.

La percepción de Piazzolla fue evolucionando. Si bien apenas concluida la experiencia juró “nunca más voy a volver a grabar con este borracho”, en perspectiva llegó a considerar la obra como una de “las cosas más lindas” que concretó.

Para Mulligan, el recuerdo también se fue endulzando con el tiempo y la regalías, que fueron cuantiosas, porque el disco se siguió reeditando y vendiendo largamente.



All that jazz

Habiendo emigrado sus padres, por lo que creció en Nueva York, era inevitable que el jazz influenciase tempranamente a Piazzolla (antes que el tango que escuchaba su padre y debía parecerle una música más bien exótica). Estaba en el aire que respiraba de la barriada del West Side, donde vivía, y en las calles que transitaba diariamente.

Después de ganar una beca para estudiar en París con la prestigiosa docente Nadia Boulanger, un Piazzolla en plena ebullición descubrió de primera mano a Mulligan hacia mediados de los años 50. Su recuerdo, quizás equívoco, de haber escuchado un grupo de ocho integrantes (cuando Mulligan tocaba regularmente con un sexteto, ampliado a diez músicos en aquella época) le inspiró la formación del Octeto Buenos Aires, con el que revolucionó el sonido del tango convencional, a su regreso al Plata. Además de incorporar guitarra eléctrica, también adoptó el gesto improvisatorio del jazz, aunque su música (según iba a entender el propio inspirador, veinte años más tarde) estaba mayormente escrita, como sucede siempre en el tango,

Pero el Octeto fue resistido y combatido por los tradicionalistas, su música no era bailable y el mantenimiento de una formación semejante se tornó insostenible. Así que Astor optó por hacer las valijas y regresar a la ciudad que fue su cuna musical. Antes de partir anunció el proyecto de fusionar el jazz y el tango con un quinteto bautizado JT, iniciales de ambos géneros. Incluso, precisó que las letras debían pronunciarse en sus idiomas de origen (“ye/te”). El investigador y musicólogo Diego Fischerman, en su discografía crítica, interpretó que constituía un guiño cómplice de la liviandad de la aventura, tomando una denominación que identifica un recurso fácil y oportunista.

En cualquier caso, el intento no prosperó ni artística ni comercialmente. Take me Dancing! The Latin Rythms of Astor Piazola (sic), grabado en Nueva York con percusión al tono y músicos locales, languideció como el “disco maldito” que su realizador no quiso que se reeditara jamás.

“Es de lo único que se arrepintió en su vida”, sintetizó su hija y biógrafa Diana Piazzolla.

 

Un muchacho como aquel

¿Quién era aquel jazzman que Piazzolla había escuchado con devoción en los 50 y trató con cierta condescendencia veinte años más tarde? Nacido en 1927 (era seis años menor), fue uno de los pocos instrumentistas de gran nivel que dedicó sus empeños al incómodo y poco frecuente saxo barítono; su primeros logros fueron como arreglador, tanto de la big band del legendario baterista Gene Krupa como del noneto de Miles Davis, que además integró eventualmente.

Su vínculo con la música del inmenso Miles se prolongó en el tiempo, hasta comienzos de la década del 90, cuando regrabó añejos tracks con algunos de los miembros originales de los grupos.

En la mejor (o peor) tradición del género, no le faltaron problemas con drogas y pasó una temporada en la cárcel.

Su ascenso al estrellato se produjo con una singular formación de cuarteto, sin piano, compartiendo protagonismo con el malogrado trompetista Chet Baker, que combinaba el lirismo de este con el estilo más conversacional de Mulligan. Precursores del cool jazz, basado en un tempo lento y con repartidas improvisaciones, cosecharon enorme reconocimiento, instalando la línea musical que seguiría hasta sus últimos días (falleció en 1996).

Promediando los años 80, editó Big Little Horn, donde se atrevía incluso a cantar un simpático retrato autobiográfico, “I Never Was a Young Man” (Nunca fui un hombre joven).

 

Lo que vendrá

Doce años más tarde de su ¿sociedad? con Mulligan, Astor volvió a convocar a un músico de jazz para generar un contrapunto virtuoso. El elegido fue el vibrafonista Gary Burton, quien repartía su tiempo como autor, intérprete, docente en Berklee y ameritaba colaboraciones con otros tantos talentos (Chick Corea, Keith Jarret).

La dupla se presentó y grabó en vivo en el renombrado Festival de Montreaux, The New Tango, concebida como una suite para los dos instrumentos líderes.

En el pináculo de su fama y libertad creativa, Astor se apoyó esta vez en su grupo habitual (Fernando Suárez Paz, violín; Pablo Ziegler, piano; Horacio Malvicino, guitarra, y Héctor Console, bajo). El resultado fue una obra homogénea, basada íntegramente en las premisas del argentino, quien escribió una de las piezas (“Vibraphonissimo”) para lucimiento de su colega.

El grado de exigencia y obsesión de Astor puede rastrearse hasta en los últimos trabajos que editó en vida. Tras la grabación de The Rough Dancer and the Cyclical Night (que contó con el aporte del vientista cubano Paquito D’Rivera, uno de los fundadores de Irakere), el cotizado productor estadounidense Kip Hanrahan repasaba en la consola unos sonidos de bandoneón que le resultaban ásperos, cuando Piazzolla irrumpió furioso en el estudio.

“Qué diablos te pensás que estás haciendo –le recriminó en inglés–. ¡Si te atrevés a corregirme algo, te pego un tiro!”

Desconcertado, Hanrahan argumentó que en una grabación precedente, Astor llegó a discutir cuatro días sobre un efecto del violín.

“Eso era distinto, esa música precisaba la claridad de una visión. Este trabajo necesita la oscuridad de un sueño nostálgico”, replicó el troesma del nuevo gotán.

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