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Cómo Israel convirtió la promesa de ‘America First’ en una guerra eterna para Trump

El 28 de febrero de 2026, las explosiones que sacudieron Teherán no solo alcanzaron los enclaves subterráneos del programa nuclear iraní; su onda expansiva viajó miles de kilómetros hasta fragmentar el cemento político sobre el que Donald Trump había construido su segunda presidencia. En una operación de una audacia y un riesgo extremos, la Fuerza Aérea de Estados Unidos, en supuesta coordinación con Israel, lanzó el ataque más contundente contra Irán desde la crisis de los rehenes de 1979. El objetivo declarado por la Casa Blanca era quirúrgico y clásico: eliminar de una vez por todas la amenaza de las instalaciones nucleares y el arsenal de misiles balísticos de la República Islámica. Pero la magnitud de lo que se vivió en la madrugada —con informes que hablaban no solo de bombas sobre centrifugadoras, sino de un misil que alcanzó el búnker donde se refugiaba el líder supremo, Alí Jamenei— delataba una ambición mucho mayor: la decapitación del régimen y su colapso definitivo. Sin embargo, la pregunta que flota sobre los escombros de Teherán y sobre los mercados de Nueva York no es tanto si Irán puede reconstruirse, sino si Estados Unidos y su presidente podrán sobrevivir a las consecuencias de su propio éxito militar. La paradoja posee una belleza trágica propia de un drama griego. Donald Trump, el presidente que llegó al poder prometiendo enterrar las «guerras eternas» y poner «América Primero», acaba de abrir la puerta a un conflicto de desgaste en Oriente Próximo que amenaza con devorar su legado, su base electoral y la estabilidad de la economía global. Y todo apunta a que no lo hizo solo, que fue conducido hacia allí, con la precisión de un relojero suizo, por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
 

Por Lic. Alejandro Marcó del Pont

 

La influencia extranjera es uno de los enemigos más perniciosos del gobierno republicano.

George Washington

 

Para entender la magnitud del abismo al que se asoma Trump, hay que abandonar por un momento los mapas de los generales y poner la mirada en las gasolineras de Ohio y Pennsylvania. El corazón del movimiento MAGA late al ritmo del precio del crudo. Su núcleo electoral, la clase trabajadora blanca y la clase media manufactureras, fueron las grandes víctimas de la inflación post-pandemia. Cada dólar que sube el barril es un voto que se aleja de las urnas republicanas. Los analistas de Goldman Sachs y Barclays llevaban semanas advirtiéndolo en sus informes: un conflicto abierto con Irán dispararía el petróleo. El Brent y el WTI, superarían con facilidad la barrera de los 100 dólares, llevando la inflación de vuelta a territorios prohibidos, cerca del 5%. Las hipotecas se encarecerían, el crédito para el pequeño negocio del Medio Oeste se congelaría y el sueño de «America First» se desvanecería en un espejismo de estanflación.

La lógica elemental dictaba que Trump no podía permitirse ese escenario. Su instinto de supervivencia política, que siempre ha sido su principal brújula, debería haberle llevado a contemporizar, a amenazar, quizá a un bombardeo simbólico sobre instalaciones militares abandonadas. Pero no a esto. No a un ataque que, según fuentes de inteligencia, citadas por Reuters y The Straits Times días antes de la operación, fue desaconsejado explícitamente por la CIA. La agencia advertía que un «golpe decapitador» contra Jamenei no provocaría el colapso del régimen, sino su relevo por figuras aún más radicales de la Guardia Revolucionaria (IRGC), dispuestas a una guerra de desgaste infinita. Si la inteligencia americana lo sabía, si los modelos económicos lo predecían, ¿qué nube tóxica nubló el juicio del presidente?

La respuesta, incómoda pero cada vez más aceptada en los círculos analíticos de Washington, tiene dos caras. Una, la más volcánica y pública, es la del propio Netanyahu, un superviviente nato que lleva décadas viendo en Irán una amenaza existencial que debe ser eliminada antes de que sea demasiado tarde. Su lógica era la del «ahora o nunca». Con un presidente americano impredecible y deseoso de demostrar fuerza, y con un análisis equivocado de los ayatolás más débiles por las protestas internas, la ventana de oportunidad se abría de par en par. La otra cara, la más turbia y que circula en los pasillos del poder bajo el sigilo del off the record, tiene nombre y apellido: el lobby israelí y los expedientes Epstein.

Se sabe, y no es un secreto para los servicios de inteligencia, que Jeffrey Epstein no trabajaba solo; su red de influencia y chantaje era una telaraña que conectaba con intereses israelíes, con el Mossad. La teoría que gana adeptos es que el material comprometedor que el Departamento de Justicia estadounidense guarda en sus cajas fuertes sobre figuras clave del establishment no es propiedad exclusiva del gobierno federal. El Mossad, se argumenta, tiene una copia. Y en el momento crucial, cuando la maquinaria bélica dudaba entre la prudencia y la audacia, esa información pudo haber actuado como un sutil, pero eficaz, elemento de coerción. No hace falta un vídeo de Trump en una situación comprometida para doblegar su voluntad; basta con tener la capacidad de filtrar información sobre un colaborador cercano, un familiar o un donante clave para que la geometría de las decisiones empiece a torcerse.

Más allá de la leyenda negra de los videos y las fotos, la influencia del lobby israelí en Washington es una realidad tan tangible como el mármol del Capitolio. Académicos de la talla de John Mearsheimer y Stephen Walt lo documentaron hace años en «The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy». No es una conspiración, es un hecho político: el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y sus satélites financian campañas, moldean discursos y condicionan votaciones en el Congreso con una eficacia aplastante. Ningún político que aspire a mantenerse en el poder quiere enfrentarse a una maquinaria de desprestigio multimillonaria financiada por el lobby. Esa coerción, la financiera y la política, es tan efectiva como cualquier chantaje. Así, cuando el Pentágono y el Departamento de Estado debatían la respuesta a Irán, las opciones que priorizaban la «ventaja militar cualitativa» de Israel pesaban más en la balanza que aquellas que defendían la estabilidad económica doméstica.

Lo que ocurrió sobre el terreno en la madrugada del 28 de febrero revela hasta qué punto las prioridades estaban desalineadas. Si EE.UU. buscaba una operación quirúrgica para degradar la capacidad militar iraní y proteger sus bases en la región, los resultados hablan de otra cosa. Los satélites mostraban impactos en instalaciones navales y lanzaderas de misiles, sí. Pero también llegaban imágenes dantescas desde Minab, donde una escuela elemental cercana a una base militar fue alcanzada, matando a 150 niñas, ataques al Hospitales de Teherán, atestados de víctimas civiles. El sello de un ataque diseñado no para ser corto y ejemplarizante, sino para ser total y, sobre todo, irreversible. Eso no era una advertencia; era una declaración de guerra existencial. Era la firma de Israel, el socio que necesita que el conflicto se convierta en una ciénaga para que Irán no pueda levantar cabeza.

Y en esa ciénaga es donde Trump corre el riesgo de quedar atrapado. Lo que él concibió probablemente como un «show of force» espectacular al estilo Trump —una explosión de grandeza que forzara a Irán a una negociación de rendición— ha sido interpretado por el mundo y por los mercados como la entrada en una trampa de costes infinitos. Irán no colapsó. Su liderazgo ha sido sustituido por líneas duras de la Guardia Revolucionaria que prometen venganza. El Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 25% del petróleo mundial, tiembla ante la posibilidad de un bloqueo total. Y mientras los petroleros empiezan a desviar sus rutas, el rendimiento del bono americano a 10 años se dispara: los inversores exigen más rentabilidad por el riesgo de una inflación que ya no ven transitoria, sino enquistada por la geopolítica.

La lógica de Netanyahu, fría y calculadora, ha funcionado a la perfección. Ha conseguido que el ejército más poderoso de la Tierra participe en la eliminación de su mayor enemigo estratégico sin tener que sacrificar la totalidad de sus reservas. Ha logrado que EE.UU. queme su crédito político y económico en un conflicto que, para Israel, es de vida o muerte. Para Trump, en cambio, el balance es un desastre absoluto. No solo ha roto su promesa fundacional de terminar con las guerras eternas, sino que lo ha hecho en un momento de máxima vulnerabilidad económica para su electorado. La fractura en su base leal, la profundamente antiglobalista que lo subió al poder, puede ser ya imborrable. Le ven como un presidente que fue engañado o chantajeado, o sencillamente traicionó sus principios por presiones externas.

La teoría de la «captura estratégica» que se estudia en las academias militares cobra aquí vida propia. Cuando un aliado menor logra que la potencia mayor ejecute acciones que sirven exclusivamente a sus intereses regionales, incluso a costa del bienestar interno de la potencia, la relación deja de ser una alianza para convertirse en una tutela invertida. Y eso es lo que ha sucedido. Netanyahu ha mirado a Trump a los ojos y le ha convencido de que asesinar a Jamenei era un regalo. Pero ese regalo venía trasmitido con la inflación, la subida de tipos y la certeza de una derrota en las elecciones de medio mandato.

Mientras el humo se disipa sobre Teherán y las primeras represalias iraníes golpean bases americanas en siete países, una pregunta sobrevuela el Despacho Oval: ¿quién gobierna realmente la política de defensa de Estados Unidos? La respuesta, por incómoda que resulte en un país que se precia de su soberanía, parece apuntar hacia Jerusalén. Donald Trump, el negociador que prometía no dejarse engañar, ha caído en la trampa más antigua del tablero de Oriente Próximo: creer que se puede usar la fuerza sin pagar un precio político. Su legado, el de «America First», yace ahora enterrado bajo las ruinas de un bombardeo que no traerá la paz, sino una guerra eterna diseñada en los despachos de Tel Aviv. Y la historia, una vez más, le recordará no como el presidente que acabó con las guerras, sino como aquel al que su aliado más astuto utilizó para empezar la más peligrosa de todas.

 

Lic. Alejandro Marcó del Pont




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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.