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Argentina, racismo y demonización

Termina un Mundial con Argentina demonizada como nunca antes en la prensa internacional, en redes sociales, en las conversaciones. Todavía no sabemos las consecuencias que tendrá esto en el futuro: los estereotipos y las fake news tienden a perdurar durante décadas. Es un buen momento para que abramos los ojos y veamos la facilidad con la que pueden desplegarse campañas de este tipo también para incidir en una elección o desacreditar a ciertas personas e ideas.  Una campaña de odio contra la Argentina se hizo evidente entre medios masivos y redes sociales en el tramo final del Mundial. Algunas de las acusaciones más fuertes reactivaron el debate sobre el racismo. Un tema que es demasiado importante para discutirlo de la manera idiota en la que lo estamos haciendo. 


Por Ezequiel Adamovsky

De las acusaciones vertidas, sólo me voy a concentrar en las que involucraron la relación entre la Argentina y el racismo. Fueron varias. Por una parte, se retomó la antigua acusación de que nuestro país está lleno de nazis y que cobijó a los criminales de la Segunda Guerra Mundial. Como ya expliqué en otro sitio, ese es un estereotipo falso, sembrado por Estados Unidos en la década de 1940 y replicado por el antiperonismo local. Desde entonces nos persigue, sin que haya motivos reales para eso. Al mismo tiempo, sin que a nadie le parezca contradictorio, esta vez también se acusó a la Argentina por estar bancando a Israel en el genocidio que lleva a cabo. En este caso, corresponde hacerse cargo: con Milei, nuestro país está apoyando activamente la mostruosidad en curso en Gaza, Cisjordania y Líbano. Somos el único país del mundo, junto a Estados Unidos, que todavía sostiene a Israel. Es triste, pero en esa acusación hay verdad y corresponde que nos avergoncemos. Incluso si la abrumadora mayoría de los argentinos condena las atrocidades de Israel.

Pero la acusación de racismo más insidiosa es la que involucró el racismo argentino contra los afrodescendientes y, en menor medida, los pueblos originarios. Ya en el Mundial anterior había aflorado, con la pregunta de por qué nuestra Selección no tiene jugadores negros. En ese momento, escribí una nota explicando por qué era absurda. Tan absurda, que alcanza con invertirla: si en países como EE.UU., Inglaterra o Francia hay tantos jugadores negros, no es por la ausencia de racismo de sus sociedades, sino precisamente, por lo contrario. Es la espantosa historia colonial y de segregación de esos países lo que explica que vivan allí amplias poblaciones afrodescendientes, trasladadas a la fuerza u obligadas a migrar a sus antiguas metrópolis por la pobreza que ellas mismas trajeron a sus pueblos sometidos. Como expliqué en aquella nota, Argentina tuvo jugadores negros en su seleccionado bastante antes que casi todos los países europeos. Y siguió teniendo afrodescendientes luego, como lo era Maradona, solo que su aspecto físico no lo delataba. ¿Por qué? Porque sus ancestros africanos tuvieron descendencia aquí mezclándose con blancos. Algo que las leyes de segregación racial de EE.UU. o las costumbres de los europeos retrasaron mucho tiempo más.

El racismo es una cuestión demasiado importante como para discutirla de la manera idiota en la que lo estamos haciendo. Les voy a proponer respuestas a dos preguntas diferentes. La primera: ¿Hay racismo en la Argentina? La segunda: ¿Es la Argentina un país particularmente racista por comparación con los demás?

El racismo, ¿qué cosa es?

Antes que nada, una definición. El racismo es una forma de acción discriminativa. Eso quiere decir que separa, ordena y jerarquiza a las personas. No es la única. En nuestras sociedades también se separa y jerarquiza a las personas según su clase social, sus hábitos, su género, etc. Lo característico del racismo es que la discriminación parte de la idea de que hay algo en el cuerpo de las personas discriminadas que las hace inferiores, algo que transmiten a su descendencia a través de algún vector biológico, como la sangre o los genes. 

Decir que es una acción discriminativa significa que no es una mera opinión; quiere decir que jerarquiza a las personas de forma efectiva y sistémica. No hay racismo sólo porque un individuo opine mal de otro. El racismo no es una mera cuestión de palabras mal dichas, de ofender verbalmente a alguien. Existe cuando una comunidad entera es víctima de una discriminación que se plasma materialmente, de maneras reales y concretas, porque se la imagina racialmente inferior. 

Caras y caretas. Foto publicada con motivo de la inclusión
por primera vez de la percepción de raza en
el Censo Nacional Argentino.


Una sociedad es racista cuando existen prejuicios sobre la ancestría de algunas personas que hacen que tengan menos oportunidades económicas, menos derechos civiles o políticos, o que sean violentadas. El racismo no se acaba cuando una sociedad aprende a no decir palabras incorrectas y a tratarse con amabilidad. Tampoco, cuando algún individuo excepcional de la comunidad discriminada consigue algún lugar de poder o de reconocimiento. 

En Estados Unidos aprendieron a no usar la “N-word” y en 2009 eligieron un presidente negro. ¿Dejaron de ser racistas? En absoluto: la población afroestadounidense sigue siendo despreciada, sigue ocupando los peores trabajos y ganando menos, sigue siendo objeto de una violencia policial y judicial espeluznantes; las élites económicas siguen siendo abrumadoramente blancas. 

El mundo moderno se estructuró en torno de la discriminación racial. Hasta donde sabemos, fue en la España medieval tardía donde apareció por primera vez el pensamiento racial, la idea de que ciertos cuerpos transmiten a su descendencia algún elemento que los hace inferiores. La usaron inicialmente para segregar a judíos y musulmanes. Luego, cuando colonizaron América, aplicaron ese mismo pensamiento para separar y jerarquizar a las personas según su color y su ancestría. Cuando otros países, como Francia e Inglaterra, se sumaron a España y Portugal en la empresa de colonizar territorios ajenos y secuestrar y esclavizar africanos, adoptaron y desarrollaron aún más ese racismo. 

Buena parte del vocabulario racista de las lenguas inglesa y francesa deriva del castellano. La idea de la superioridad de una “raza blanca” se difundió por todo el mundo, junto con la asociación de lo negro o lo no-blanco con lo abyecto o inferior. Todavía hoy, por todas partes, esas nociones organizan jerarquías materiales, reales, entre las personas. Por todas partes, las personas de tez blanca y ascendencia europea gozan de privilegios. Los países del norte colonial siguen extrayendo recursos y trabajo barato del mundo que alguna vez colonizaron y de las personas no-blancas que deben migrar. Eso es racismo. Los pueblos no-blancos siguen siendo objeto de violencias interminables que les propina el “mundo libre”. Que caigan bombas con tanta facilidad sobre poblaciones negras y marrones: eso es racismo. Vivimos en un mundo profundamente racista. No hay país que pueda decir de sí mismo que está libre de racismo. Incluso las personas racializadas, a veces, internalizan el racismo como autodesprecio. Está por todas partes.

¿Es Argentina un país racista?

Por supuesto que Argentina es un país racista, como lo son todos los de América Latina y del resto del mundo. Negarlo sería absurdo y, además, contribuye al estereotipo que hoy nos golpea. Ser incapaces de reconocer el racismo propio es signo de que ni siquiera lo ves. 

Argentina surgió de una colonia española organizada, como las demás, según una jerarquía de “castas”. Buenos Aires fue un importante puerto para el tráfico de esclavos. Los hubo por todas partes en el territorio nacional. Como en toda América, los esclavizados fueron objeto de violencias espantosas. Lo mismo vale para los indígenas. Hacia 1830, los negros y mulatos eran el 30% de la población porteña y más en otras ciudades. Luego de 1860 ya todos libres, los negros siguieron siendo despreciados. También los indígenas y mestizos. A más tardar a fines del siglo XIX, además, nuestras clases altas comenzaron a transferir sobre la totalidad de las clases populares los estigmas que antes dirigían a los afrodescendientes. Desde entonces, se considera que un pobre es “un negro”, tenga o no la piel oscura. ¿Por qué? Porque se presupone que, aunque no la tenga, su cuerpo está “contaminado” por sus mezclas y contactos con cuerpos no-blancos. 

La discriminación sobre base racial sigue siendo constitutiva de la sociedad argentina. Lo vemos en la distribución desigual de las oportunidades económicas: si uno toma una muestra del 10% más rico y el 10% más pobre de nuestra población, verá diferencias muy evidentes en los aspectos físicos. Tal como pasa en todo el mundo Atlántico, los cuerpos de tez oscura siguen teniendo las peores oportunidades y acceden con mucha menor frecuencia a posiciones de prestigio o poder. Los cuerpos de tez blanca siguen beneficiándose de su trabajo barato. En segundo lugar, lo vemos en la violencia: tal como sucede en todas partes, las personas no-blancas (o imaginadas como tales) tienden a sufrir maltratos mucho más severos por parte de la policía, el Poder Judicial y otras agencias del Estado y también en los ámbitos privados. En tercer lugar, lo vemos en los persistentes estereotipos negativos que circulan en las conversaciones, en la publicidad, entre los políticos, que representan a “los negros” (recuerden, no solo, ni particularmente a los afrodescendientes, sino más bien el conjunto de las clases populares) como una población de calidad inferior. Estos tres elementos son muy frecuentes en casi todos los países. 

El cuarto elemento es más distintivo. Argentina es uno de los poquísimos países de América Latina, junto con Costa Rica, que se imagina como una nación racialmente “blanca” y culturalmente “europea”. Otros varios países se imaginan “blancos” pero no solamente europeos. En casi todos los demás países de la región, las élites propusieron narrativas de unidad que invitaban a sus ciudadanos a imaginarse como una nación mestiza o heterogénea en sus colores, y heredera de influencias culturales más variadas, incluyendo las africanas e indígenas. Esta fantasía de ser un país blanco agrega al racismo argentino un elemento más, que se ha hecho notar numerosas veces, sobre todo entre nuestros vecinos. Recuerden los revuelos que se armaron en toda la región cuando Macri y de nuevo Alberto Fernández, intentando diferenciarse y presentarnos como superiores, sostuvieron que “los Argentinos descendemos de los barcos”. En este último punto, es justo que al menos los hermanos latinoamericanos estén resentidos con nosotros. Es una fantasía insostenible y perniciosa, hacia adentro y hacia afuera. 

¿Es Argentina un país especialmente racista, más que otros?


Esta pregunta es más difícil de responder, pero mi opinión es que definitivamente no si la comparación es con el hemisferio norte. Posiblemente un poco más que algunos países latinoamericanos, un poco menos que otros, pero tampoco aquí parecerían haber diferencias muy considerables, quitando la de los discursos oficiales de la nación, que por supuesto es importante.

Hay pocas encuestas comparativas confiables que permitan responder sobre bases firmes. En las que hay, por ejemplo, los argentinos perciben en un porcentaje muy alto que en nuestro país sí hay discriminación étnica o racial. El porcentaje, sin embargo, es comparable al de otros países de la región y del mundo. Es decir: los argentinos no tenemos dificultades para percibir el racismo propio, incluso cuando individualmente muchos lo nieguen. Otra encuesta internacional preguntó “¿Te molestaría tener un vecino de otra raza?”: la Argentina dio uno de los porcentajes más bajos del mundo, por debajo de Estados Unidos o Francia y muy por debajo de México o España.

Ahora, percepción no es realidad. ¿Cómo se comparan los países en términos de la materialidad de sus racismos? Si la comparación es con Estados Unidos, creo que no hay discusión posible. No es mucho decir, en verdad, porque el país del norte ha tenido una historia de violencia racista bastante extrema, sólo comparable a la de la Sudáfrica del apartheid o la Alemania nazi. De hecho, pocos lo saben, pero los nazis se inspiraron en el ejemplo estadounidense para poner en pie su sistema de segregación racial.

Estados Unidos abolió la esclavitud en 1866 luego de una guerra civil tremenda, porque los blancos del sur se oponían. Pero a eso no siguió la igualdad, sino un régimen de segregación racial que duró otros cien años. Se prohibió por ley el casamiento e incluso el sexo entre blancos y negros. En buena parte del país tuvieron escuelas, hospitales, transporte, barrios, espacios de sociabilidad, etc. separados. Incluso muchos sindicatos obreros eran segregados. En el siglo XIX y durante buena parte del siguiente existieron agrupaciones de blancos suprematistas con cientos de miles de militantes que perseguían y aterrorizaban a los negros. Todavía existen hoy, aunque con menos adherentes. Se documentaron más de 5 mil linchamientos y hubo decenas de episodios de motines en los que blancos atacaban poblados o barrios negros. Los afroestadounidenses del sur solo consiguieron desmantelar el sistema de segregación legal y acceder al derecho al voto efectivo luego de 1960. El último estado que retiró de su constitución la prohibición del casamiento interracial fue Alabama: lo hizo recién en el año 2000, tras un referéndum en el que 40% de los votantes todavía se manifestaron a favor de sostenerla.

Que caigan bombas con tanta facilidad sobre poblaciones negras y marrones: eso es racismo.

Todavía hoy en Estados Unidos la población negra está económicamente subordinada y es objeto de una violencia constante. La vida cotidiana de la gente común está por supuesto más integrada que en 1960, pero se siguen notando las formas espontáneas (y no tanto) de segregación. 

Por contraste, Argentina comenzó a desmantelar la esclavitud apenas se independizó, sin que hubiese resistencias considerables. En 1831 concedió el derecho al voto a todos los varones libres, del color que fuesen. Los últimos esclavizados que quedaban, para entones no muchos, fueron liberados en 1860, y las leyes no hacían diferencias de color u origen étnico. Luego de esa fecha, Argentina no conoció formas de segregación racial, ni legales, ni informales o privadas que fuesen explícitas. A pesar de que los prejuicios raciales abundaban, al menos en Buenos Aires, la vida de sus clases populares estuvo bastante integrada. Los casamientos entre blancos y negros fueron muy comunes y la sociabilidad fue mixta desde muy temprano. No existieron las asociaciones suprematistas y los historiadores no han podido documentar ni un solo linchamiento o motín antinegro. 

La población negra de la Argentina fue perdiendo visibilidad, un poco por la disminución de su número relativo cuando llegó el aluvión de inmigrantes europeos, otro poco porque los casamientos mixtos fueron atenuando las diferencias perceptibles, y bastante por la presión blanqueadora de los discursos oficiales de la nación.

En los últimos pocos años, el Estado argentino tomó políticas de reconocimiento y reparación de esa invisibilización y hoy la Argentina exhibe el rostro de una mujer negra en uno de sus billetes (algo que en Estados Unidos proponen desde hace décadas pero todavía no avanzó).

Respecto de Europa, la comparación también parecería favorable. En Inglaterra, por ejemplo, los motines de blancos contra población no-blanca fueron abundantes; todavía en 2026 hubo varios muy graves. Siendo uno de los países del mundo que más inmigración recibió, los episodios de violencia xenofóbica en Argentina fueron muy menores y hoy casi no se registran. Por supuesto que existen prejuicios y violencia policial contra inmigrantes, pero en sus actitudes la sociedad argentina ha sido bastante más receptiva que Francia, Italia o incluso España, donde los ataques organizados de blancos contra inmigrantes son muy habituales. 

El supuesto “multiculturalismo” —la idea de una convivencia de etnicidades en pie de igualdad— es poco más que una narrativa de unidad. Es una fantasía, lo mismo que la de la “Argentina blanca” o la del Brasil “democracia racial”. No es en absoluto una descripción de la realidad. En muchos casos, de hecho, funciona como una sutil continuidad de las expectativas de segregación: todas las “razas” deben vivir en armonía y respeto mutuo, a condición de que no se mezclen. Cada una con su cultura, pero separadas.

Queda, por supuesto, el aspecto más superficial de la cuestión: el lenguaje. Es cierto que, por la tensión en sus relaciones interétnicas, Estados Unidos y Europa se han habituado a erradicar de sus discursos públicos cualquier palabra o alusión que pudiese sonar racista. Por contraste, los argentinos son bastante incontinentes en esto, como en todo. Especialmente en contextos futboleros. Pero nuevamente aquí: que los argentinos no hayamos adoptado la fantasía del multiculturalismo para lidiar con nuestra heterogeneidad, ni el vocabulario que utilizan en el norte para nombrar sus diferencias, no significa que el racismo sea aquí mayor. 

Discutir el racismo en nuestros propios términos

Además de afectar la reputación del país, la campaña de demonización de la Argentina también está impactando negativamente en la lucha de los afroargentinos, los indígenas y los marrones. En estos días vimos replicarse decenas de posteos, con intención supuestamente antirracista, que afirmaban, por ejemplo, que en la Argentina “no hay negros” porque hubo una política deliberada de exterminio. El dato no solo es falso (nunca hubo tal exterminio), sino que, además, termina negando todavía más la existencia de los afroargentinos, que vienen luchando hace décadas para salir de la invisibilización. Por el foco en la presencia o no de personas afrodescendientes de piel muy oscura, omite completamente la consideración de los demás grupos racializados en nuestro país.

Es fundamental que retomemos el debate sobre el racismo en nuestros propios términos, sin importar agendas pensadas para sociedades de otro tipo. El debate antirracista en Estados Unidos, por caso, suele omitir completamente la relación entre etnicidad y clase, sin la cual el racismo en América Latina es incomprensible.

Recuerden: lo que importa, antes que nada, es la materialidad del racismo, lo que padece realmente un cuerpo no blanco en una sociedad dominada por blancos. Seguramente, los estadounidenses, europeos o latinoamericanos que hoy demonizan a la Argentina como “el país más racista del mundo”, encuentran útil desligarse de sus propios problemas endilgándoselos a otro. Lo peor que podríamos hacer nosotros es eso mismo: combatamos los estereotipos prejuiciosos que emergieron en este Mundial, sin negar los problemas que tenemos y sin dejar de trabajar para mejorar nuestra sociedad. En nuestros propios términos.

 

Ezequiel Adamovsky

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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.